Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 15
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La confesión

L as agujas del reloj han llegado a la medianoche.

El tiempo ha pasado volando entre bromas, confesiones y anécdotas del pasado.

Agradezco que me hayan tratado como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Nadie me ha lanzado ningún reproche por mi ausencia; todo lo contrario, me han arropado y hecho sentir como en casa una vez más.

Aiden propone continuar la velada en su casa.

El pub se encuentra en el centro de Middleton y, después de las doce, cierra para no molestar a los vecinos.

Aisling decide marcharse a casa, aduciendo que se encuentra cansada.

Aunque creo que lo ha hecho más para asegurarse de que, finalmente, me sintiera a gusto con mis amigos y así cederme un espacio a solas con ellos cuando me encontrara más aliviada.

Parece que hoy sea ella la hermana mayor y esté cuidando de mí, pero lo cierto es que lo hacemos mutuamente.

Ahora siento más que nunca por dentro el concepto de «hogar» .

Becca, Amanda y yo vamos con Aiden en su coche, mientras que Rob y Kirsten nos siguen detrás con el suyo.

Su casa se encuentra a orillas del río Lee, que desemboca en el mar.

Apenas son diez minutos de trayecto, pero en cuanto llegamos me quedo anonadada con el precioso barrio residencial que están levantando a las afueras.

Recuerdo de pequeña cómo esa zona era tratada como el retrete industrial del condado.

La polución de las fábricas y los residuos tóxicos se aglutinaban en ese vertedero al que nadie quería acercarse.

Me alegro de que le hayan dado un lavado de cara a la zona y ahora sea una preciosa ribera con casitas unifamiliares, algunas de las cuales cuentan incluso con sus propios embarcaderos individuales.

—Bienvenida a mi hogar.

Aiden posa su mano en la zona baja de mi espalda y me alienta a entrar. Un hormigueo me recorre todo el cuerpo cuando me mira con esa sonrisa que hace resaltar las arruguillas de sus ojos.

Debo de ser la única que pisa un pie en esta casa por primera vez porque el resto se mueve por aquí como pez en el agua.

Todos se dirigen directamente al porche cubierto que da al río y se acomodan en los sofás, mientras Aiden enciende la chimenea para mitigar la sensación gélida que se cuela desde el humedal.

—¿Qué queréis tomar? —ofrece el anfitrión.

Me quedo absorta, observando los farolillos que cuelgan de las vigas de madera y que iluminan delicadamente toda la estancia, pero me giro para preguntar:

—¿Tienes ginger-ale ?

Necesito dejar de comer y beber durante estas Navidades o volveré a Nueva York con cinco kilos más .

Ayudo a Aiden a traer todas las bebidas al exterior y nos acomodamos en el sofá que nos han dejado libre.

Las dos parejas están acurrucadas respectivamente en cada lugar y la atmósfera de intimidad se acrecienta por momentos.

Me tapo con la manta que me ofrece Aiden y charlamos los seis como en los viejos tiempos.

A excepción de Amanda, que creció en Limerick, los demás nos conocimos en el colegio donde estudiamos juntos. Kevin, Rob y Aiden, además de Kirsten, Becca y yo éramos inseparables y la nostalgia nos retrotrae al pasado cuando Rob comenta:

—Pensé que la antigua pandilla no se reuniría de nuevo, pero parece que estamos más cerca de conseguirlo.

—Cómo he echado de menos estos momentos —añade su mujer y todos sonreímos con añoranza.

—Casi toda… —matiza Becca—. Kev está presente en el pueblo, pero parece que lleva perdido demasiado tiempo. Me da mucha pena verlo tan alicaído y pensaba que con el nacimiento de su segunda hija iba a levantar cabeza, aunque se ve que no tiene la menor intención…

—Nunca fue el mismo desde la lesión. Cuando jugábamos en el instituto, siempre supe que él sería la estrella. Despuntaba en el campo como el que más y el resto éramos simples aficionados a su lado —sonríe Rob hundiendo los recuerdos en el pasado.

—Siento que te marcharas a Nueva York, Sarah, porque perdimos el contacto durante mucho tiempo —apunta Kirsten—, pero en realidad me alegro de que te alejaras de él por cómo podrías haber acabado.

—Es normal, después de lo que pasó con el embarazo, como para no hacerlo… —revela su marido a su lado y en cuando se da cuenta de sus palabras, se lleva una mano a la bo ca y me mira con gesto de horror.

—¿Embarazo? ¿De quién? Jess no estaba embarazada por entonces… —pregunta Becca y el silencio inunda el escueto espacio del porche.

Aiden, que ha permanecido callado hasta este momento, ladea la cabeza y se queda mirándome fijamente a los ojos, mientras un gesto de desconsuelo comienza a reflejarse en su cara.

No me puedo creer que este secreto esté saliendo a la luz de la manera más inoportuna. Pensé que solo Kevin conocía esa información, pero veo que ni siquiera pudo mantener su bocaza cerrada y tuvo que contárselo a su amigo Rob.

La tensión entre nosotros se vuelve casi palpable y el silencio que sigue a la confesión pesa más que cualquier palabra.

Rob no deja de mirarme y pronuncia en silencio las palabras «lo siento» con su boca.

El resto del grupo, incluida Amanda —desconcertada por su escaso conocimiento de nuestro pasado—, clava sus ojos en mí a la espera de una explicación.

—Ha pasado mucho tiempo desde aquello y creo que es hora de contaros la verdad. Os merecéis que os explique todo lo que pasó —susurro.

Veo de reojo el gesto de Aiden, que pierde su mirada en un punto infinito del río. Me duele en el alma no habérselo contado a él desde el principio.

Los cuatro pares de ojos restantes me observan con atención y siento que me voy a romper en mil pedazos de un momento a otro. Becca, que la conozco lo suficiente como para saber que jamás me juzgaría por mi pasado, se acerca a mí y posa su mano sobre mi rodilla para animarme a continuar.

—Estaba terminando los últimos exámenes de la carrera. Tenía casi todas las notas ya, y uno de mis profesores me mandó el formulario para solicitar una beca de verano en Nueva York.

Hundo los ojos en el pasado y, pese a que he tratado de borrar algunas de esas escenas, la secuencia de los hechos de aquellos días se me presenta más clara que nunca.

—Me empecé a encontrar mal, aunque supuse que se debía al agotamiento de las largas jornadas de estudio.

—El silencio se agudiza en el ambiente—.

Aun así, sabía que algo no marchaba bien y, como llevaba un retraso de un par de semanas en el periodo, decidí hacerme una prueba de embarazo que, muy a mi pesar, resultó positiva.

Nadie dice una palabra. Nadie respira. Tan solo percibo mi ritmo cardiaco golpeándome con un mazo por todo el cuerpo.

—Kevin y yo no estábamos en nuestro mejor momento.

Faltaba a los entrenamientos, a las sesiones de fisioterapia y ya por entonces se refugiaba en el whisky para ahogar sus penas.

No sabía qué hacer. No quería cargarle con un peso más, pero era mi novio y necesitaba compartir el peso de la carga con la otra persona responsable.

—Cariño, ¿cómo no nos dijiste nada a nosotras? —Kirsten se lleva la mano a la boca y me observa con un gesto lastimero—. Te hubiéramos ayudado.

—Lo sé, pero estaba tan asustada que no sabía a quién recurrir.

Mis hermanas eran todavía muy pequeñas y mis abuelos tenían demasiadas responsabilidades, además de la panadería y de nosotras tres.

Así que se lo conté a Kevin y no recibió la noticia de la mejor manera.

Me dijo que no quería saber nada de eso, que me deshiciera de él, que no podía cargar con nada más así en su vida…

—¿Deshacerte de él? ¿En Irlanda? Por entonces el aborto estaba todavía ilegalizado —apunta Becca y asiento recordando ese oscuro momento del pasado.

—No supe nada más de Kevin hasta el día de la fiesta en tu casa.

Es más, daba la relación ya por terminada.

Aun así, pensé que allí tal vez podría encontrarme con él y hablar de ello con más calma, pero lo encontré con Jessica en una habitación.

No voy a entrar en detalles, ya sabéis de sobra lo que ocurrió.

Y fue entonces cuando mi mundo se vino abajo.

—¿Por eso te marchaste y no volviste nunca más? —me pregunta Aiden, que habla por primera vez, y asiento con temor.

Veo un mar de dudas reflejado en sus ojos, pero siento que esa respuesta le hace comprender episodios del pasado que nunca llegaron a quedar resueltos del todo.

—Al cabo de dos días, me confirmaron la beca, así que sin pensarlo hice las maletas y me marché a Nueva York. Allí era mucho más fácil interrumpir el embarazo... Con dinero casi todo es posible en Estados Unidos.

—Sarah…, siento haber desvelado tu secreto. —El arrepentimiento en el rostro de Rob parece sincero, y le hago un ademán con la mano para restarle importancia.

—Tenía que hacerlo, y pediros disculpas por haberme ido sin daros ninguna explicación.

Erais mis amigos y no os merecíais que me marchara para no volver más.

—Sonrío con tristeza—. Cuando acabé la beca y la empresa me ofreció un contrato, me planteé regresar, pero vi la oportunidad de empezar de cero sin tener que volver a enfrentarme de nuevo a los demonios del pasado.

Así que finalmente decidí quedarme. Hasta hoy.

—Es comprensible; cualquiera en tu situación habría hecho lo mismo —manifiesta Kirsten, sentándose a mi lado y estrechándome contra su cuerpo, en un simple gesto que me transmite todo su apoyo.

—Gracias a vosotros, de verdad, por haber estado a mi lado y recibirme de nuevo como si no hubieran existido estos últimos diez años .

Siento que, tras esta conversación, remacho una fisura más de mi corazón y puedo seguir adelante. No obstante, Aiden permanece callado a mi lado, probablemente asimilando toda la información. Definitivamente, necesito una conversación a solas con él.