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El reencuentro
M i estancia en Irlanda va llegando a su fin, sin embargo, he conseguido alargar unos días más las vacaciones y he cambiado el billete de avión, a pesar de haber desembolsado un pastizal.
Maldigo de nuevo estas fechas, aunque en esta ocasión ha valido la pena, y temo el día que tenga que hacer las maletas y despedirme de mi abuela y hermanas una vez más.
Pese a mis reticencias iniciales, Aisling me convence para ir a la cena que mi antiguo grupo de amigos organiza por estas fechas.
Becca le extendió la invitación también a ella y me tranquiliza saber que Ash estará a mi lado para la ocasión.
Entre Aiden y mi vieja amiga han organizado todos los preparativos y no quiero dejarlos en la estacada una vez más, especialmente cuando hace diez años que no veo a la mayor parte de la pandilla.
A decir verdad, tengo ganas de encontrarme con ellos.
Con todos excepto… con esa persona que me obligó a tomar la decisión de marcharme para siempre de mi hogar .
Camino más callada de lo normal, un detalle que mi hermana percibe enseguida, y agradezco que me conceda un margen de espacio para prepararme mentalmente para lo que se viene.
Supongo que intuye lo que me ocurre, aunque la realidad es que solo esa persona y yo sabemos lo que sucedió las últimas semanas de mi estancia en Middleton una década atrás.
Mi silencio lo ocupa Aisling, que no para de contarme anécdotas de su vida en Londres mientras nos dirigimos al pub .
Según abro la puerta de madera, la sonrisa de Aiden me da una cálida bienvenida tras la barra.
Solo con ese pequeño detalle, los músculos de mi cuerpo ya comienzan a relajarse.
No nos hemos visto desde el beso de la otra noche, y siento que no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de nuestros sentimientos —aunque ni yo misma tenga del todo claros los míos—, para evitar cualquier malentendido antes de mi marcha.
Percibo unos murmullos a lo lejos y me encuentro con las miradas indiscretas de Jess y Jenna, que cuchichean desde una esquina del bar.
Ninguna era parte del grupo como tal en el instituto.
Las dos tienen unos años menos que yo y compartían pupitre con mi hermana.
Aunque, según he oído, desde que Kevin y Jess comenzaron a salir, no dejan de apuntarse a todos los encuentros.
Nunca simpaticé con ellas cuando íbamos al colegio.
Se notaba desde lejos que su popularidad era razón suficiente para aplastar a cualquier compañera de clase como si se tratase de una hormiga.
Son el tipo de personas cuya personalidad atrae enseguida cuando eres joven; sin embargo, al crecer y enfrentarte al mundo real, abres los ojos y te das cuenta de que simplemente son un pequeño grano de arena insignificante, comparado con el vasto mundo que nos espera ahí fuera.
Mientras hablo con Aiden, veo a Kevin salir del baño y, sin quitarme un ojo de encima, regresa a su sitio, que casualmente está a mi lado, frente a una pinta de Guinness mediada .
—Hola.
—Sarah… —balbucea—. Me dijeron que ibas a venir a la cena, pero no las tenías todas conmigo.
—Sí, he vuelto para el funeral de mi abuelo. —Mi voz se quiebra.
—Lo siento. Conor era un buen hombre.
—Lo era —asiento y observo cómo mi exnovio trata de mirar detrás de mí, como si buscara algo o a alguien.
—¿Has venido sola?
—No, me ha acompañado Ash. —La señalo mientras charla y toma una copa de vino con Becca y Amanda en una mesa del fondo.
—No, me refiero a… si has venido sola de Nueva York. Es allí dónde vives ahora, ¿no?
—Sí y sí —respondo con sequedad sin saber dónde va a parar con este interrogatorio.
—¿Y entonces él no te ha acompañado?
Dudo unos segundos mientras trato de discernir a quién se refiere en masculino y ato cabos enseguida. Simplemente no lo sabe y no tiene por qué saberlo. Niego con la cabeza y le confirmo que no hay nadie en mi vida.
Lo entiende. Me dedica una sonrisa triste, aunque veo un pequeño brillo de esperanza en sus ojos. La misma sensación agridulce que sentí al escapar de Middleton hace diez años.
Kevin traga el líquido negro que queda en su jarra de golpe.
Pensé que había dejado la bebida, pero se ve que sus problemas de alcoholismo no han desaparecido.
Están más presentes que nunca, porque sigue siendo su única manera de afrontar todas las mierdas con las que tiene que lidiar en su vida.
Ya lo hacía entonces, cuando estábamos juntos, y puedo intuir que la rehabilitación a la que se ha sometido no le ha servido de mucho.
—¿Quieres tomar algo?
Agradezco que Aiden nos interrumpa, porque, de no ser así, empezaría a sentir que mis ganas de salir corriendo de aquí sin mirar atrás crecen sin control.
—Ponme una copa de vino, por favor.
—A mí ponme otra birra —ordena Kevin con un tono de voz autoritario.
—No son ni las seis de la tarde. Creo que has bebido bastante por hoy.
—¿Me vas a decir a mí cuánto es demasiado y cuánto no? ¿Te pones chulito ahora que ella está delante otra vez?
Se levanta del taburete para arremeter contra Aiden, pero el efecto del alcohol se deja entrever en sus movimientos precipitados, y se aferra a la barra del bar como puede.
Sus gritos han llamado la atención de todos los presentes y los murmullos del fondo se han silenciado para volverse y averiguar qué está pasando entre ellos dos. Jessica se acerca para intentar agarrarlo del brazo, pero este le da un manotazo y le lanza una mirada de desdén.
Siento un poco de pena por ella. Podría haber sido yo… si mi relación con él no se hubiera roto en mil pedazos, justo cuando entré en la habitación y los pillé teniendo sexo oral sobre el escritorio de la casa de Becca.
—Será mejor que nos vayamos a casa —sugiere su mujer y me dedica una mueca llena de compasión.
—Tú no me digas adónde tengo y no tengo que ir. —Se suelta de su amarre y, tambaleándose, se dirige hacia la puerta de salida—. Me voy a otro sitio donde quieran mi dinero. —Escupe en el suelo del pub con asco y de dos zancadas sale al exterior .
Jessica se disculpa con Aiden, en un detalle que él le resta importancia, y sale tras su marido de allí. Jenna esboza una sonrisa complaciente y, sin añadir nada más, sale detrás de ellos de manera sigilosa.
—Vaya, no me esperaba que la cena de esta noche viniera con espectáculo incluido —admite Aisling en voz alta y levanta la copa de vino para proponer un brindis, relajando así la tensión que se ha generado en el ambiente.
—¡Por la generación del 93! —exhala Becca, que se acerca al grupo con su mujer agarrada de la cintura.
—Y por la del 97 —añade mi hermana—, que menos mal que estoy yo aquí como representación, si no… —Pone los ojos en blanco en referencia a sus excompañeras de clase que acaban de salir del bar.
La cena marcha mejor de lo que esperaba.
Degustamos unos entrantes y un plato principal, mientras nos ponemos al día de nuestras vidas.
Me alegra saber que a la mayor parte de nosotros no nos ha tratado mal la vida.
Algunos han permanecido en Middleton, como Aiden o Tim.
Otros se han mudado a Cork, como Rob que entrena al equipo de fútbol gaélico del instituto y Kirsten, su mujer, que es guía turística en una reconocida empresa europea.
Además de Becca, que reside en la capital, como ya me había comentado, Anna vive en Swords, cerca del aeropuerto, donde trabaja como auxiliar de vuelo para una conocida aerolínea nacional.
Puedo sentir una cálida complicidad entre ellos, pese a que no estén en contacto la mayor parte del año.
Aun así, me cuentan que aprovechan este encuentro navideño como una tradición que marcan como ineludible en el calendario.
Siento una cierta envidia de las bromas internas que ya tienen entre ellos.
Incluso Aisling, que también viene todas las Navidades, se ríe con sus comentarios .
Soy la única que no sabe qué ha sido de la mayor parte de mis antiguos amigos y, en parte, no puedo evitar sentirme al margen. Ellos no tienen la culpa de que yo me alejara para siempre, y aun así siento la necesidad de enmendar también con ellos mis errores.
La lista se va haciendo cada vez más grande. No he sido consciente de todas las personas a las que, de una u otra manera, rompí el corazón, hasta que llegué aquí. No me queda mucho tiempo en Middleton, pero estoy dispuesta a poner mi granito de arena para intentar cerrar las cicatrices del pasado.