Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 13
50%

13

El concurso de tartas

E l día de San Esteban es festivo en Irlanda. Cuenta la leyenda que esta celebración surgió de la necesidad de prolongar la Navidad, ya que muchos familiares emprendían largos viajes para reunirse en estas fechas con sus seres queridos y, de paso, aprovechar las sobras de comida del día anterior.

Y si en cualquier lugar el periodo festivo se alarga hasta Año Nuevo de manera irremediable, en Middleton puede llegar incluso hasta mediados de enero debido a la devoción que el pueblo siente por esta fiesta.

No se escatima en dinero ni esfuerzos, porque todos los habitantes arriman el hombro para que estos días las calles se engalanen con sus mejores ornamentos, atrayendo así a turistas de todos los rincones de Irlanda.

Los comercios del centro permanecen cerrados hoy, aunque la fiesta se ha trasladado a las afueras donde las cuadrillas de jóvenes transitan por las calles disfrazados y cantando mientras piden dinero, como manda la tradición local.

—Este es mi día preferido del año. ¿Has visto lo precioso que ha quedado todo?

Asiento con la cabeza, sin responder a Aisling, y me acerco a un puesto de chocolate caliente para fotografiar su ostentosa decoración. Le pedimos dos vasos para llevar y la mujer los corona con unas nubes de caramelo que flotan sobre la superficie.

—Había olvidado lo felices que éramos de pequeñas cuando llegaba este día.

Creo que esta fue una de las razones por las que los abuelos nos convencieron de quedarnos definitivamente con ellos en Middleton, tras el fallecimiento de nuestros padres.

No es que tuviéramos otra opción, pero se empeñaron en hacer de la Navidad una época que nos recordara que todavía existían razones para sonreír.

—No sé cómo a la gente le gusta tanto ir a Londres o a Nueva York en estas fechas cuando existe Middleton en el mapa —exagera Ash que disfruta como una niña de este día.

—Me encanta el encendido del árbol de Navidad del Rockefeller Center y patinar sobre la pista de hielo, pero el presupuesto que tienen las ciudades grandes no es comparable al cariño y mimo que ponen los vecinos de este pueblo.

—Y que lo digas. Mira —señala con el dedo—, ahí están Siobhan y la abuela con el jurado. Vamos a acercarnos para ver cómo van. Aunque ya sabemos que Grace siempre será la ganadora —esboza una sonrisa traviesa.

No me sorprende que la mejor tarta del concurso haya sido siempre y será la que elabora mi abuela.

Mi hermana me cuenta que llegó un cierto punto del certamen en el que el Comité de Fiestas creó un nuevo premio honorífico que siempre le otorgan a ella.

Por ello, la yaya, muy humildemente, se ofreció a salir de la competición para no interferir en la lista de los posibles ganadores.

Sonrío ante la anécdota por el orgullo que profeso por esa mujer.

Este año, Siobhan se presenta por primera vez.

Parece que han surgido comentarios de vecinos de otros pueblos aledaños que acusan a Grace de elaborar la tarta para ayudar a su nieta a ganar.

Aun así, tanto los miembros del jurado como los habitantes de Middleton se han unido en una piña para desestimar esa polémica y apoyar a mi hermana pequeña como una concursante más.

De hecho, me consta que Shiv se ha empleado a fondo en crear un pastel original y se ha esforzado el doble, e incluso el triple, por quitarse ese estigma social.

Las caras de satisfacción de los catadores oficiales lo corroboran cuando prueban un pedacito de cada tarta y se miran entre ellos con cara de complicidad.

—Apostaría todo mi dinero a que este año vuestra hermana pequeña se lleva el premio gordo —dice una voz familiar mientras se acerca y reconozco al hombre con el que charlé el otro día en el pub —. Tiene una pinta tremenda desde aquí.

—No me extraña, ha aprendido de la mejor.

Le sonrío con educación. Trato de mostrarme amable al considerar que es una conexión del pasado de mi madre que aún sobrevive y de la que me gustaría saber más; aun así, apenas conozco a este hombre y su presencia me suscita dudas.

—Perdona mis modales, no me presenté el otro día. Soy James.

—Encantada. Yo soy Sarah, pero eso ya lo sabes —aclaro recordando cómo mencionó mi nombre en el bar.

Nos quedamos en silencio y alzo la vista hacia los miembros del jurado que están a punto de terminar y se reunirán para evaluar los resultados.

El resto de las porciones sobrantes se venderán entre los visitantes de la feria y el dinero recaudado se destinará a causas sociales.

Este año me ha parecido ver que será para una asociación contra la violencia de género que ha proyectado la construcción de viviendas sociales a las afueras de Cork.

Cuando los vecinos de este pueblo se reúnen para una buena causa, no hay nadie que les gane por su corazón y solidaridad.

Mi abuela se hace a un lado y charla con Caroline, la madre de Aiden. Examino de lejos sus rostros que noto cómo se ensombrecen al mirar hacia donde estamos. No logro discernir lo que están hablando, pero las palabras de James me interrumpen para despedirse y alejarse de mí.

—Que tengas un buen día, Sarah.

—Igualmente.

Hace un rato que Aisling se ha alejado para conversar con una antigua amiga de la adolescencia, así que aprovecho para seguir sacando fotos.

Ajusto su luminosidad, contraste y brillo con una aplicación de edición de imágenes para después subirlas a mis redes sociales.

En apenas unos minutos, la foto consigue cientos de likes .

Me sorprende su repentino alcance, ya que habitualmente apenas son algunas decenas de amigos y conocidos los que suelen presionar el corazoncito.

Y entonces me percato de que la revista de viajes para la que trabajo como contable la ha compartido en sus stories , reportándome nuevos seguidores en unos instantes.

Soy consciente de que mi amiga Rachel, que tiene un lío con el community manager de nuestra empresa, ha tenido algo que ver en esto.

Y es que ella siempre insiste en que potencie mi afición a la fotografía para convertirla en algo más, pero he de confesar que el síndrome de la impostora me visita con demasiada frecuencia.

Además, ya tengo un trabajo como contable que, aunque no sea el de mi vida, pega con mi personalidad cuadriculada y paga las facturas cada mes, que al final es lo que cuenta. ¿Qué más podría pedir?

—Pero bueno, si al final mi hermana mayor va a ser una superestrella de la fotografía. No me lo puedo creer —exclama mirando cómo sube el contador de seguidores en mi perfil social—. Si al final vas a superar hasta a la mismísima Selena Gómez.

—Ni en sueños... Ya sabes cómo son estas cosas: llamas un poco la atención y a los quince minutos ya se han olvidado de ti, o de las fotos, mejor dicho —matizo restándole importancia.

—Oye, prométeme que, cuando seas famosa, me presentarás a algún cantante de country buenorro de esos que tenéis en América.

—Déjate de famosos, tú lo que necesitas es a alguien más terrenal.

—¿Te he contado alguna vez cómo, gracias a mí, Harry Styles se hizo famoso?

—Unos tres millones de veces.

—Tú te ríes, pero él no estaría donde está hoy si no fuera por mí.

—¿Me vas a contar otra vez cómo el destino quiso que vuestros caminos se cruzaran? —Pongo los ojos en blanco—. Bueno, para qué pregunto, si me lo vas a contar igual…

—Yo era una joven inocente e inexperta, pero con muchas ilusiones y una preciosa sonrisa que conquista a cualquiera. —Mueve las cejas arriba y abajo varias veces.

—Si tú lo dices…

—No me interrumpas —me reprende con gesto serio y no puedo evitar reírme—. Estaba inquieta pero emocionada porque era mi primer día en la discográfica y quería causar la mejor impresión.

—Vete al grano, si total no me queda otra que tragarme de nuevo la historia.

—Solo puedo decir que la mejor decisión que ha tomado mi empresa, en su casi medio siglo de vida, ha sido mi contratación.

—No sé qué sería de todos esos artistas que han saltado a la fama sin ti. Quizá hoy nadie conocería a los Beatles —ironizo, aunque sé que es una gran profesional y ha catapultado a la fama a varios artistas internacionales.

—Tú te ríes, pero si yo no hubiera estado en ese momento en la recepción y no le hubiese cedido el paso a Harry Styles antes que yo, puede que hoy no hubiera llegado adonde está.

—Creo que los One Direction tuvieron algo que ver…

—Oye, ¿crees que todavía se acuerda de mí? Sería un buen momento para pedirle un aumento a mis jefes por mi proactividad.

La abrazaría y mataría a partes iguales.

Lanzo un largo suspiro y la dejo hablando sola mientras sigo caminando.