Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 12
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Grace’s bakery

L a peste a alcohol que desprenden nuestros cuerpos contrasta con el aroma a crema pastelera que nos recibe al llegar a casa de la abuela. Toda la encimera, más la mesa de la cocina y el comedor están abarrotados de dulces decorados con motivos navideños.

—Jovencitas, pasad por aquí las dos antes de meteros a la cama —nos ordena la abuela desde los fogones sin mirarnos a la cara.

—Señora Callaghan, usted debería haberse dedicado a ser detective privado en vez de pastelera —suelta Aisling con sorna mientras nos acercamos por ambos lados a darle un beso en cada mejilla—. Sentimos llegar tan tarde, abu.

—¿Tan tarde o tan pronto? Porque ya es casi la hora de comer —nos reprende con la mirada—. Si no fuera por Aiden, que me ha llamado a primera hora para asegurarme que estabais bien, pero que no llegaríais hasta más tarde a casa, hubiera movilizado ya a toda la policía.

—La Gardaí tiene mejores cosas que hacer que andar buscando a dos jóvenes con resaca.

Aisling se encoge de hombros, amaga con coger un dulce de la bandeja y la abuela le da un manotazo para que se retire.

—Tengo dos nietas que son unas sinvergüenzas. Menudo ejemplo vais a dar a vuestra hermana pequeña.

Nos agarra suavemente de las orejas y nos da un tirón, como cuando éramos unas crías. La abrazamos por ambos lados y su sonrisa se ensancha hasta su máxima expresión. Incluso Cupcake aprovecha el momento y pasa por nuestro lado para rozarse con mi pierna.

—Por cierto, ¿dónde está Shiv? —pregunto con un cierto grado de preocupación por la forma en la que acabó ayer la cena.

—Ha madrugado para ir a preparar una tarta para el concurso de mañana.

—¿Qué concurso?

La abuela y Aisling se quedan de piedra y se giran hacia mí, ahogando una expresión de estupefacción. Hasta el gato parece no querer oír nada de lo que me tienen que reprochar, por lo que reprime un maullido y sale corriendo de la estancia.

—Abuela, ¿tú sabes si se le puede revocar a Sarah su pasaporte de Middleton?

—No lo sé con certeza, pero si de mí dependiera, no me temblaría la mano en hacerlo, por mucho que sea mi nieta —admite la abuela, soltando una carcajada amarga.

—¿Se puede saber de qué estáis hablando?

—Dinos, por favor, que estás bromeando.

Niego con la cabeza y ambas dejan escapar un largo suspiro en señal de derrota.

—El concurso de tartas de San Esteban, la fiesta más importante del año. Más que la propia Navidad, más que San Patricio. El único día en el que viajan a Middleton miles de personas desde todos los rincones del país. Hasta The Irish Times nos ha dedicado la portada durante un par de años seguidos.

—No tenía ni idea de que fuera tan popular —confieso ojiplática por la vehemencia de sus respuestas.

La realidad es que mi mente ha borrado de un plumazo muchos detalles de mi pasado y, aunque me vienen a la memoria destellos de esta festividad, no recordaba su gran trascendencia.

—Abuela, habla con tu abogado, es hora de desheredar a tu nieta mayor. No merece llevar los apellidos de esta familia —finge una mueca de indignación y se cruza de brazos.

Qué exageradas son las mujeres de esta familia cuando se lo proponen.

—Cariño, sé que llevas muchos años viviendo fuera, pero como nieta de pasteleros, te ruego, por favor, que no vayas diciéndolo por ahí muy alto.

Mi abuela junta las palmas de las manos en el pecho y dibuja en su cara una sonrisa traviesa, tras lo cual se gira para comprobar la siguiente hornada de galletas.

—Me marcho ahora porque tengo sueño y quiero echar una cabezadita —añade mi hermana—, pero esto no va a quedar así, Sarah O’Hara. Qué vergüenza para esta familia. ¡Qué vergüenza!

Sube las escaleras echando improperios por la boca y se me escapa una risotada. Agito la cabeza y me levanto de la silla para despedirme también de la abuela.

—Voy a ver qué hace Shiv .

—Sarah, cielo. Ten paciencia con ella. Es una buena muchacha, pero necesita espacio y recuperar su confianza.

Asiento y me dirijo hacia la antigua panadería. Toco con los nudillos en la puerta, pero no recibo respuesta, así que, al verla entornada, la empujo suavemente y accedo al interior.

Un halo de nostalgia me sobreviene al recordar episodios de mi infancia entre los pasillos del antiguo local.

El olor a harina de trigo se cuela por todos los recovecos de la estancia, mientras que el merengue endulza el ambiente para hacer salivar a cualquier visitante.

Examino con ternura el enjuto local y la sonrisa de mi abuelo se hace más presente que nunca tras el mostrador.

Añoro tanto los productos que elaboraban mis abuelos con sus manos, que, en los años que llevo viviendo en el extranjero, apenas he probado un pastelito o un trozo de pan.

A excepción de aquel viaje a París con la familia, hace un par de veranos, donde nos dejamos llevar por los manjares de la repostería francesa.

Sin embargo, jamás dejamos de asegurar frente a mis abuelos que, como los de esta panadería, no existían otros iguales en el mundo entero.

Según cruzo la cortina que me lleva a la trastienda, un fuerte olor a licor de Baileys me invade de nuevo. Juro que no volveré a beber nunca más.

«Ya, claro, como las últimas veinte veces que te has prometido lo mismo», me recuerdo a mí misma.

—Hola, Shiv.

Se nota que está concentrada en lo que está haciendo porque da un respingo en el sitio y se gira para comprobar de quién proviene la voz.

—Casi me matas de un infarto —me reprocha mi hermana pequeña llevándose una mano al pecho .

Vaya, no empezamos con buen pie.

—Perdona, no te quería asustar. ¿Qué estás haciendo?

—Una tarta.

—¿Para el concurso de mañana?

—Ajá —responde escueta.

—Tiene muy buena pinta. Si sabe tan bien como huele…

—¿Qué quieres, Sarah? —Su tono de voz distante denota que sigue enfadada.

Doy un largo suspiro y me acerco hasta ella para tratar de tener una conversación de hermana mayor a hermana pequeña.

—Shiv, estoy preocupada por ti.

—Vaya, eso es nuevo.

—¿Qué quieres decir?

—Que pensaba que no te importábamos las personas que vivimos aquí —confirma lo que ya intuía.

—¿Cómo puedes decir eso? Claro que me importáis. Sois mi familia.

Le quito la manga pastelera de la mano, pese a sus protestas, y alzo su mentón para que me mire a la cara.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué estás así desde que llegué?

—No es nada.

—Ya…. y la manera en la que te marchaste ayer de la cena deja entrever que claramente «no es nada» —sentencio, y de mis labios se escapa una risa amarga.

—Tengo que matizar los bordes de la tarta para dejarla reposar el tiempo suficiente antes del certamen. Déjame acabar, por favor.

—Cuando antes hablemos, antes podrás continuar con lo que estás haciendo.

—Ya no tengo diez años, Sarah. No me sigas echando la bronca como cuando vivías en casa.

Un silencio se instala entre nosotras, solo interrumpido por las íntimas notas de Same questions del cantante Max McNown de fondo.

—Así que es eso, me echas en cara que ya no vivo aquí. Pero hace ya casi una década que me fui, ¿qué ha cambiado ahora?

Deja escapar un largo suspiro y amaga con responder, pero las palabras se quedan atascadas en su garganta.

—Shiv, estos días le he estado dando muchas vueltas a la idea de volver a casa.

—¿En serio? —Se gira y veo un gesto de sorpresa en su cara. Asiento logrando captar su atención.

—Solo quiero que sepas que no me marché de aquí para alejarme de vosotras ni de los abuelos.

Todo lo contrario: erais lo único que me retenía aquí, pero…

—trago saliva y me humedezco los labios— necesitaba poner distancia de este lugar, de los recuerdos dolorosos de papá y mamá, de mi pasado con Kevin.

Quería saber lo que era empezar una vida de cero, sin la sombra de la pesadumbre que nos persigue en este sitio.

—¿Y no pensaste en nosotras? Yo apenas era una cría y no entendía por qué otra persona de mi vida se marchaba sin mirar atrás.

Sus ojos vidriosos manifiestan un profundo pesar.

—Lo sé y no había día que no me arrepintiera de dejaros aquí.

—Mi voz se resquebraja por completo—. Al principio fue algo temporal.

Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que en Nueva York era una persona totalmente anónima.

Nadie me conocía ni sabía nada de mi pasado.

Es más, me encontraba rodeada de gente con historias probablemente mucho más duras que la mía y sentía que así pasaba desapercibida.

En Middleton, por el contrario, todavía había personas que nos seguían mirando con lástima a las tres huerfanitas .

—Hace tiempo que eso quedó atrás, Sarah.

Ahora, cuando los habitantes de este pueblo se refieren a esta familia, les viene a la mente el olor a pan recién horneado, las galletas de jengibre de la abuela o la tarta de frutas que sigue arrasando.

—Alza sus manos para mostrar los restos de la antigua panadería de mis abuelos—.

Nos recuerdan como un dulce que les alegra el día y no como los restos de una fruta pasada por los que sienten pena.

—Tienes razón, me he dado buena cuenta de ello durante estos días —esbozo una media sonrisa—. Este pueblo ha cambiado. Y espero que no sea solo por la magia de la Navidad que vuelve locos a sus habitantes.

Nos reímos por las locuras que hacen nuestros vecinos en esta época del año y una cálida sensación se asienta en mi estómago al verla contenta por primera vez.

—Oye, siento lo que te dije el otro día en la cena. No pretendía hacerte daño. Es solo que… ahora que no está el abuelo, siento que cada vez me queda menos tiempo también con la abuela y… me da miedo quedarme sola.

—Nunca estarás sola, Shiv. Nos tienes a Aisling y a mí. Nada ni nadie nos va a separar.

La cojo de la mano para atraerla hacia mí y nos fundimos en un emotivo abrazo. No importa que tenga las manos llenas de harina y azúcar, porque no hay sensación hogareña más cálida ni mejor regalo navideño que un abrazo de mi hermana pequeña.