Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 10
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Noches de desenfreno…

V enir al pub no ha sido tan mala idea. Me he reencontrado con viejos compañeros de instituto, vecinos del pueblo e incluso con jóvenes que se acercan de los pueblos aledaños para celebrar por todo lo alto esta festividad.

Hace rato que perdí a Aisling; se mueve entre la gente como la mejor relaciones públicas del pueblo.

Me he tomado un par de gin-tonics más y mi vejiga me apremia a ir al baño.

Me miro en el espejo y veo el rímel de mis ojos esparcido hasta en la frente.

La noche está llegando a su fin y la estoy disfrutando más de lo que pensaba.

A pesar de las frías miradas de Shiv, Aiden se detiene a hablar conmigo cada vez que no le requieren el resto de los clientes y nos estamos poniendo al día de los últimos años.

Me refresco la nuca bajo el gélido chorro del agua y, cuando me estoy secando las manos, percibo unos gemidos reprimidos provenientes del último cubículo.

Imagino que será alguna pareja joven culminando una noche de desenfreno.

Sin querer interrumpir, evito hacer ruido y me apresuro a salir del baño.

No soporto seguir escuchando más esos aullidos de macho alfa.

Pero justo cuando voy a agarrar el pomo de la puerta, el pestillo se abre y aparece mi hermana con el pelo alborotado.

—¡Ash! ¿Pero qué…? ¿Qué haces tú…?

Por su gesto de sorpresa, deduzco que no esperaba encontrarme ahí pasmada.

Sin mirarme a la cara, se sube el tirante del vestido y esboza una sonrisa forzada mientras se acerca al tocador a lavarse las manos.

Reconozco al músico de country saliendo tras ella y se dirige al exterior del baño sin siquiera mirarnos a la cara.

Mi hermana amaga con articular una palabra, pero lleva tantas copas encima que apenas se mantiene erguida, por lo que, sin esperar a que me dé una explicación, le censuro su actitud:

—No me puedo creer que le estés poniendo los cuernos a tu prometido. Tantas ganas que tenías de casarte y ahora te has acostado con el primer tipo que se te ha puesto a tiro.

—Hermanita, te quiero mucho, pero la culpa de todo esto es tuya.

Me quedo ojiplática ante su reproche.

—¡Lo que faltaba! ¿Acaso yo te he obligado a arrojarte en los brazos del melenudo?

—Me encantan los hombres con melenita. Ya sabes… tienes donde agarrar cuando quieres que se dirijan al punto exacto. —Una sonrisa burlona se dibuja en su cara.

—¡Aisling! No me cambies de conversación.

—Te recuerdo que yo no soy la única que se está tirando a un hombre casado. Bueno, en este caso es al revés, tú ya me entiendes.. .

—Te conté todo esto en confianza y esa relación tiene los días contados. Además, es diferente. ¡Yo no estoy casada! —protesto con indignación.

—Ya te vale, sis . Yo que pensaba que tú eras la moralista de la familia. Y, mira, va a ser que ahora te equivocas más que ninguna.

Espero que sea el alcohol el que esté hablando, porque no es habitual que Aisling me eche este tipo de cosas en cara.

Precisamente, suele ser una persona bastante abierta de mente y que me juzgue a mí por lo mismo que acaba de hacer ella tiene tela.

Aunque ¿no le estoy reprochando yo el mismo error?

Definitivamente, los seres humanos estamos llenos de contradicciones.

—Vale, Ash. Lo siento. No he querido sonar tan brusca.

—Quizá tengas razón. Me habéis hecho dar muchas vueltas a la cabeza estos días sobre este compromiso.

Salimos del baño y nos dirigimos a sentarnos en una de las mesas. Son casi las tres de la mañana y ya quedan pocas personas en el local.

—Bien, me alegro de que estés reflexionando sobre lo precipitado que es este matrimonio. —Suspiro de alivio.

—No, si la boda seguirá adelante. Aunque creo que RJ y yo tenemos que abrir la relación. No puedo imaginar que él sea el único hombre con el que me vaya a acostar en lo que me queda de vida.

Cierro los ojos y me masajeo las sienes. No me puedo creer lo que estoy escuchando. Quizá sea mejor mantener esta conversación mañana, con una taza de café, en vez de los restos del whisky aguado que quedan en su copa.

—Aisling, cariño. Cuando conozcas al hombre adecuado, te darás cuenta de que acostarte todas las noches con la misma persona el resto de tus días será algo maravilloso.

—Se deja caer sobre la mesa de madera y le acaricio el pelo como cuando éramos pequeñas—.

Porque será el único con el que te apetezca despertarte por las mañanas e irte a dormir todas las noches.

Te aseguro que ese día llegará y te sentirás la mujer más afortunada del mundo.

—¿Y crees que RJ no es el adecuado?

—Si te lo cuestionas es porque no lo es. Pero eso solo lo puede decidir tu corazón.

—¿Y cómo sabes tú todo esto? Si sigues soltera con treinta y dos años.

—Porque cuando llega la persona adecuada, hay algo dentro de ti que lo nota al instante —confieso.

Giro la cabeza hacia la barra donde Aiden se encuentra secando unos vasos y veo cómo esboza una sonrisa perfecta—.

El corazón se te acelera cada vez que lo miras a los ojos, te entran palpitaciones y la respiración se entrecorta.

Y las mariposas en el estómago… no son cuentos de película.

Se sienten de verdad, aunque no puedas explicarlas.

No me he dado cuenta de que mi hermana se ha quedado frita sobre la mesa hasta que unos sutiles ronquidos la delatan.

¡Mierda! ¿Y ahora cómo la llevo hasta casa?

Me dirijo hasta la barra y le pregunto a Aiden por Siobhan:

—Se ha marchado ya hace un rato. Como ha venido antes a trabajar esta noche, le he dado permiso para que se vaya a descansar antes a casa.

—Creo que tendré que llamar a un Uber para que nos lleve de vuelta —manifiesto señalando al cuerpecito de Aisling, que se ha deslizado de la mesa para quedarse tumbada en el banco de madera.

—Esto no es Nueva York, Sarah. —Se ríe—. Jamás he visto pasar un Uber por Middleton. Quizá algún taxi pueda acercarse desde Cork, pero a estas horas…, dudo que llegue antes de las cinco o seis de la mañana.

—¡Oh, joder! ¿Y qué hago con ella ahora? ¿Te la puedo dejar ahí y paso a buscarla mañana? No creo que te dé mucha guerra. Como mucho te pedirá un vaso de agua y un ibuprofeno cuando se despierte a media tarde —bromeo.

—Anda, vamos a llevarla al piso de arriba. Tengo el coche en el taller, sino os acercaba yo mismo.

—Muchas gracias, Aiden. No sé qué haría sin tu ayuda.

—Lo que sea por ti.

No me pasan desapercibidas sus palabras.

La cogemos entre los dos y subimos los doce escalones que separan el bar de su apartamento en el primer piso.

Cualquiera que la viera pensaría que está en los huesos, pero ahora pesa tanto que parece un muerto.

Aiden la coge en brazos, mientras yo trato de bajarle el vestido que ahora le llega hasta la cintura, haciéndole perder la poca dignidad que le queda.

—Imagino que no esperabas tener invitadas esta noche en tu casa —comento, en un intento por destensar el ambiente. Le muestro una sonrisa sincera al salir de la habitación y cerrar la puerta.

—Esta no es mi casa —me explica poniendo su mano en la parte baja de mi espalda para invitarme al salón—.

Al principio, cuando regresé de Galway me quedé aquí durante un tiempo.

Hace su función, pero quería algo más personal, más mío: un hogar donde echar raíces.

Así que comencé a construir una más grande a las afueras.

—¡Qué envidia! Yo tengo una ratonera de seis metros cuadrados y comparto la mitad del baño y la cocina —me lamento y dejo escapar un largo suspiro—. No sé si alguna vez me podré permitir algo para mí sola.

—Podrías…

—¿Cómo? Los precios de los pisos son desorbitados y para alquilar algo decente yo sola tendría que conducir tres horas de ida y tres de vuelta para llegar al trabajo.

—No me refiero a Nueva York. Podrías buscar trabajo aquí y comprarte una casa con jardín bastante apañada.

Me detengo unos segundos para asimilar su propuesta. Hace unas semanas, ni siquiera se me habría pasado por la mente volver a Irlanda, pero desde que estoy aquí, la idea me persigue con demasiada insistencia.

—El otro día me dijiste que ya no te ataba nada allí —insiste mientras regresa de la cocina con una botella de vino y dos copas en la mano.

—No te falta razón, pero… ¿qué haría yo aquí? Sin trabajo, sin amigos, no tengo nada…

—Oye, ¿cómo que sin amigos? Eso me ha ofendido. —Dibuja una mueca burlona y me tiende una copa mientras nos sentamos en el sofá.

—Quiero decir que…

—Ya sé lo que querías decir, era broma. —Esboza una sonrisa traviesa—. Pero ahora en serio, hay mucha gente que se moriría de ganas de tenerte aquí de vuelta.

—¿Como por ejemplo tú?

—Como por ejemplo yo.

Un silencio inunda la sala, y su mirada me envuelve con una intensidad casi tangible. Estamos muy cerca, tan cerca que puedo inhalar el aroma de su aftershave , un olor tan familiar que me retrotrae a las tardes de nuestra juventud.

Se acerca con timidez, esperando una señal para que lo detenga. Aun así, no puedo resistirme porque quiero que esto suceda. No sé si serán las copas de más, y que esta noche me siento muy desinhibida, pero mis ojos se dirigen al contorno de sus labios, esperando a recibirlo con ansia.

Sin decir palabra, se aproxima a mi boca y me roza suavemente las comisuras, depositando pequeños besos alrededor.

Hace tiempo que dejé de verlo como mi mejor amigo y, ahora que estoy de vuelta, solo observo al hombre en que se ha convertido en esta última década.

Un hombre corpulento que despierta en mí un deseo intenso.

Dejamos de lado la timidez y me devora hasta dejarme jadeando.

Un solo beso suyo ya no es suficiente para calmar mis ansias, así que nos tumbamos sobre el sofá, dejando de lado las copas de vino por esta noche.

La velada ha comenzado de la peor manera, pero este acercamiento logra sanar un poquito más las heridas que este lugar me dejó tiempo atrás.