Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 9
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Ecos del ayer

M i abuela se excusa con una intensa cefalea para abandonar la cena y acostarse pronto en la cama, así que Aisling y yo recogemos los platos de la mesa sumidas en un tenso mutismo.

Las palabras de nuestra hermana pequeña rebotan en nuestras cabezas, donde solo el tintineo de las copas y la vajilla resuenan como música de fondo.

Sabemos que Shiv tiene turno en el bar, así que suponemos que se ha adelantado a la hora acordada para una de las noches más ajetreadas en el Gallagher’s.

Tras haberse evaporado de esa manera, las dos hemos considerado cederle una parcela de espacio.

Aun así, es demasiado temprano y ninguna tiene ganas de meterse en la cama, por lo que no me sorprende la invitación de mi hermana.

—¿Te apetece tomar una copa? No creo que sea capaz de dormir a estas horas.

—¿Quién podría? —me lamento—. Vamos, nos hará bien cambiar de aires.

Los espesos copos de nieve se ciernen sobre nuestras cabezas y el frío helador no invita a ver algún alma por la calle. La Nochebuena suele ser una velada para pasarla en familia. No obstante, hay quienes desean continuar la fiesta en el pub y el Gallagher’s no es una excepción.

Según cruzamos la puerta, percibimos el ambiente cargado.

Un cantante de música country toca su guitarra acústica sobre el escenario y no encontramos ni un solo lugar disponible al lado de la barra.

Lo mismo ocurre con las mesas de madera, que se encuentran totalmente ocupadas, por lo que nos situamos en doble fila para pedir un par de copas.

Shiv nos mira de reojo con el morro fruncido, se dirige al lado opuesto de la barra para atender a otros clientes y nos ignora de manera deliberada. Mi hermana y yo nos miramos con semblante serio y doy gracias a Aiden por interrumpirnos cuando se acerca a nuestro lado:

—¡Feliz Navidad, chicas! ¿Qué os puedo ofrecer?

—Lo más fuerte que tengas —suelta Ash con ganas de dejar atrás la cena y disfrutar de lo que queda de noche—. Algo que no ofrezcas habitualmente a tus clientes y que guardes solo para las ocasiones en las que te pidan algún brebaje para olvidar.

—«¿Brebaje?». ¿Quién utiliza ese palabro en pleno siglo XXI? —Nos reímos los tres y, por un instante, nuestro gesto comienza a destensarse.

—Tengo algo perfecto para la ocasión. Pero ¿qué ha pasado para que traigáis esas caras?

—La cena de Nochebuena ha saltado por los aires en el día más mágico del año —manifiesto con ironía.

La pareja que está sentada en los taburetes altos se dirige a la pista de baile, así que mi hermana y yo aprovechamos para tomar asiento y estar más cerca de Aiden.

—Dejadme adivinar, tiene que ver con vuestra hermana pequeña.

—Premio para el caballero. —Ash aplaude con desgana.

—Me lo he imaginado en cuanto ha cruzado la puerta del bar. Ha llegado con cara de pocos amigos, una hora antes de que empiece su turno. Cuando le he preguntado si estaba bien, ha mascullado algo ininteligible en los cuellos de su camisa y se ha puesto a limpiar mesas.

Los tres nos giramos hacia el otro lado de la barra donde Siobhan deja reposar las dos jarras de Guinness que acaba de servir del tirador. Nos mira de reojo y puedo comprobar por su gesto cómo intuye que estamos hablando de ella, así que nos ignora y sigue sirviendo copas.

—No sabemos qué hacer con ella. Estoy muy preocupada.

Aiden agita la coctelera y nos sirve dos copas de un líquido transparente, a la que añade unas gotas de lo que parece licor de grosella.

Brindamos y Aisling se gira para hablar con el cantante , que ha bajado del escenario tras anunciar que se tomará diez minutos de descanso.

Se nota que mi hermana tiene buen ojo para los negocios y no pierde oportunidad de captar nuevos fichajes.

—No quiero meterme en temas familiares —continúa Aiden—, pero durante el tiempo que lleva aquí trabajando conmigo he notado que se ha abierto un poco más.

Creo que lo que necesita es salir y relacionarse.

Me da la sensación de que se encuentra muy sola y la muerte de Conor ha agudizado todavía más ese vacío.

—Eso parece. —Doy un trago a la copa y noto cómo el líquido me quema la garganta—. Esta noche nos lo ha echado todo en cara. Parece que llevaba años guardándose tanto rencor, y lo ha vomitado en medio de la cena, sin dejarse nada para el postre.

—Sarah, tienes que hablar con ella cuanto antes. Aisling al menos viene un par de veces al año, pero tú… llevas una década fuera.

—Lo sé.

Apoyo los codos sobre la barra y me froto la cara con las manos en señal de rendición.

—Lo siento, te dejo que esto está a rebosar, luego hablamos —se disculpa para seguir sirviendo al resto de la clientela.

Le hago un ademán con la mano para restarle importancia y continúo con mi monólogo interno, preocupada por la reacción de mi hermana. ¿De verdad he sido egoísta por querer vivir mi vida? ¿Por dejar Irlanda para emprender una carrera al otro lado del mundo?

Tengo que confesar que, desde que llegué hace unos días, por primera vez me replanteo la remota posibilidad de regresar a casa.

No tanto por los reproches de Shiv, sino porque este regreso me está sirviendo para cerrar viejas heridas del pasado que creía imposibles de cicatrizar; y, al mismo tiempo, me está permitiendo ver las cosas desde otra perspectiva.

Estoy tan ensimismada en mis pensamientos que apenas percibo la presencia de un hombre de mediana edad sentado a mi lado. Cuando alzo la cabeza, lo descubro mirándome con una sonrisa y levantando su jarra para brindar.

—¡Feliz Navidad!

Esbozo una sonrisa por educación y le correspondo con el mismo gesto.

—¡Feliz Navidad a usted también!

No tengo muchas ganas de entablar conversación con nadie, especialmente con un desconocido, pero me observa de una manera que me está inquietando y lo miro de reojo otra vez para ver sus intenciones.

—Te pareces mucho a tu madre.

Sus palabras captan mi atención. ¿De qué me conoce este hombre?

—Creo que se está equivocando. Mi madre… Mi madre no está…

—Lo sé y lo siento mucho.

El brillo se evapora de su mirada y algo me dice que se conocían de otra vida, pues si viviera, mi madre debería tener una edad similar a la de él.

—Gracias. Ha pasado mucho tiempo ya.

—Demasiado… y, aun así, siempre la recordaré. Tú eres la que más se parece a ella de las tres. Los mismos ojos grandes, el pelo liso… Hasta las arruguitas que te salen en las comisuras de los ojos cuando sonríes.

Su confesión me deja en shock . No le falta razón: el abuelo siempre me decía que yo era la viva imagen de ella cuando me reía.

—Perdona, pero ¿de qué la conocías?

El hombre suspira, da un sorbo a su pinta de cerveza y se dirige de nuevo a mí.

—Éramos amigos de jóvenes. Era la chica más popular del instituto y tenía pretendientes en todo el pueblo y parte del de al lado.

—Y al final se quedó con mi padre, un hombre de Galway. ¿Lo conociste a él también?

Su rostro se ensombrece, carraspea y traga saliva .

—No —responde. Vuelve a dar un sorbo a la jarra y hunde sus recuerdos en el pasado—. Yo me fui a trabajar a Inglaterra poco tiempo después. No llegué a conocerlo. Me enteré del accidente de coche que tuvieron. Siento que murieran los dos.

—Bueno, en realidad… —dudo de si explicarle lo que realmente sucedió, pero este pueblo es incapaz de mantener un secreto a salvo, por lo que sigo adelante—, solo mi madre murió en aquel accidente. Mi padre y mi hermana pequeña sobrevivieron.

—Perdona, pensé que…

—Mi padre no lo soportó y… se quitó la vida dos semanas después de aquello.

Sus ojos se abren como platos y puedo comprobar que está tan conmocionado como si fuera un familiar directo. Debió de estar muy unido a ella en el pasado.

—Siento mucho que tuvieras que vivir todo aquello tú sola. Eras tan pequeña…

—A veces me parece que fue ayer, aunque hayan pasado veinte años ya —trato de evitar que mis ojos se humedezcan, pero es inevitable cuando se remueve el pasado—.

Venían de Galway a pasar las Navidades con mis abuelos.

Mi hermana Aisling y yo habíamos empezado las vacaciones escolares unos días antes y estábamos aquí ya con ellos.

—Menos mal, podría haber sido una tragedia si hubierais ido todos en el coche. —Se percata de sus palabras y se corrige a sí mismo—. Quiero decir… una tragedia mayor de la que ya fue de por sí.

Le dedico una sonrisa cordial.

—Gallagher, cóbrate lo mío y lo de ellas dos.

Se levanta y deposita un billete de veinte euros en la barra .

—Oye, te lo agradezco, pero no hace falta que...

—Es lo mínimo que puedo hacer por vosotras. Gracias por esta noche, Sarah.

Se coloca el abrigo y desaparece entre la multitud que se agolpa en la salida del bar. Me deja con la palabra en la boca y demasiadas preguntas sin respuesta.