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La Nochebuena
N o me considero el Grinch, pero escuchar las interminables listas de villancicos navideños cada año, como un disco rayado, acaba por fulminar la poca paciencia que me queda.
Aun así, me atavío con un vestido decente y mi mejor sonrisa para hacer de esta nostálgica noche una velada en compañía de tres de las mujeres más importantes de mi vida.
La ausencia de mi abuelo se nota en el ambiente y en su silla vacía.
Pese a ello, la yaya insiste en que desea celebrar todos los años que permaneció al lado de su marido, en vez de deprimirse y llorar su pérdida.
Qué capacidad de resiliencia la de esta mujer.
Lo ha demostrado en todos los oscuros episodios de su larga vida.
La admiro por dentro y por fuera. Tiene la habilidad de contagiar una sonrisa allá donde va, y sigue calentando el cuerpo y el alma de los habitantes de Middleton con sus mejores postres, pese a llevar años legalmente retirada.
—Brindemos por el abuelo, que estará alzando su copa de vino desde el cielo —manifiesta Aisling y todas chocamos nuestros vidrios en el centro de la mesa—. Venga, que hay que acabar todas estas botellas. Abuela, acerca tu vaso que te lo relleno.
—Uy, no, hija, que yo ya voy un poco contentilla.
—Un día es un día. ¿Hace cuánto no estamos aquí todas para celebrarlo?
Una punzada de arrepentimiento me atraviesa, asimilando la culpabilidad que encierra ese interrogante.
—¿Qué creéis que estará haciendo el abuelo en su nueva vida? —pregunta Siobhan y el silencio invade el comedor mientras pensamos en una respuesta.
No creo en la existencia de la vida después de la muerte.
Considero que es una mentira piadosa de la que nos hemos dotado para tener esperanza y fe en la persona que desaparece de nuestras vidas.
Sin embargo, visualizo al abuelo cuando todavía vivía en Irlanda con ellas y un sentimiento de tristeza inunda mi corazón.
—Seguirá siendo un culo inquieto —apunta Ash. Las cuatro nos reímos, conscientes de la certeza de esas palabras, ya que mi abuelo apenas descansaba—. Me lo imagino con la pala en la mano ayudando a todos sus vecinos a despejar los montones de nieve de las entradas de sus casas.
—Y después de acabar de apuntalar el tejado para evitar que se cuele la humedad —añade Shiv amorrada a la botella de vino espumoso—, se irá al pub a tomarse una Guinness y dirá en voz alta para que le oigan todos los parroquianos del bar:
—¡Una perfecta recompensa por una faena bien hecha! —clamamos las cuatro al unísono.
Nos reímos recordando anécdotas del hombre que nos crio como un padre, y presiento que estaría orgulloso de vernos aquí, a las cuatro mujeres, de buen humor, evocando retales de su vida.
Él jamás nos habría permitido derramar una lágrima por su ausencia.
Aun así, la nostalgia se abre paso y, casi sin quererlo, la memoria de nuestros propios progenitores se suma a la conversación como un invitado más.
—Seguro que están los tres reunidos y vuestro abuelo les estará contando lo orgullosos que estamos de vosotras tres.
Permanecemos unos instantes en silencio imaginando esa estampa en nuestras cabezas.
—Contadme cosas de papá y mamá —nos pide Shiv que comienza a relajar sus signos de expresión por primera vez desde que llegué—. Yo no tengo ningún recuerdo de ellos y menos en Navidad.
—Cuando tú, Siobhan, no habías nacido, y Sarah y Aisling eran aún pequeñas, pasábamos todas las Nochebuenas en Galway. Teníamos un pequeño ritual que consistía en salir a patinar el día de Navidad a un lago cercano que solía congelarse cuando bajaban las temperaturas.
—Oh, sí, es verdad. Lo había olvidado. Yo siempre estaba cogida de la mano de mamá. No podía mantener el equilibrio y acababa cayéndome al suelo todo el rato —explico mientras suelto una carcajada acordándome de esa anécdota que llevaba tiempo escondida en mi memoria.
—No sabía que hubiera lagos en Irlanda donde se pudiera patinar —apunta mi hermana pequeña.
—Hoy en día eso sería una temeridad y está totalmente prohibido. Además, las temperaturas están subiendo por culpa del cambio climático. Ya no hay nevadas como las que recuerdo cuando era pequeña en las que era casi imposible salir de casa para ir a la escuela en los años cincuenta.
—Pues yo solo me acuerdo de aquella Navidad donde el tío Sam se vistió de Papá Noel y nos trajo un montón de regalos a todos los primos.
Yo quería una muñeca a la que le crecía el pelo al instante presionando un botón, pero me trajeron una guitarra de juguete con la que no sabía qué hacer —gruñe Ash y mi cabeza viaja a ese momento del pasado.
—Menudo tostón nos diste con la maldita muñeca. —Pongo los ojos en blanco—. Y, mira, al final papá y mamá acertaron con un juguete que ahora se ha convertido en tu pasión y trabajo.
—Qué sabios eran —indica Shiv con una mueca nostálgica. Ella apenas era un bebé y dudo que guarde algún recuerdo de ellos—. Ojalá poder tenerlos aquí de nuevo para poder darles un abrazo.
—Tranquila, hija, que tu abuelo ya se habrá encargado de transmitirles el mensaje. Y, si no, ya se lo daré yo cuando los vea. No me queda mucho para reunirme con ellos.
—Abuela, por favor, no digas tonterías, estás en la flor de la vida. —La cojo del brazo y le dedico una mirada llena de ternura. Soy consciente de que, a estas alturas de la vida, mi yaya ya ha perdido todo el miedo que podía tenerle a la muerte.
Ash hace una broma sobre que la abuela ha hecho un pacto con el Diablo y durará eternamente. Las tres reímos hasta que el sonido de un llanto llama nuestra atención. Nos giramos para observar los ojos vidriosos de Siobhan y cómo se sorbe la nariz:
—No, yaya. No te vayas. Tú también no, por favor.
—Ay, mi niña. No debes tener miedo a la muerte.
He vivido una vida plena y feliz junto al abuelo y vosotras tres.
—Los ojos cristalinos de la abuela denotan asimismo un cambio en su semblante—.
Y, a pesar de que la vida se llevó a mi hija y a mi yerno demasiado pronto, no puedo sentirme más dichosa al haberos tenido con nosotros durante tanto tiempo.
Habéis crecido fuertes y sanas. No podría pedir nada más a Dios que veros felices durante lo que me queda de vida .
Deslizo mi mano por la mesa para posarla encima de la de Shiv cuyas lágrimas brotan a raudales. Quiero consolarla, sin embargo, hasta ese momento solo me ha enviado señales de indiferencia, así que temo su reacción.
—Shiv, cariño. No te vas a quedar sola, si eso es lo que temes —trato de mostrar seguridad, pero mis palabras se quiebran al hablar—. Aisling y yo estaremos siempre a tu lado.
Sus lágrimas cesan de golpe. Espero que la haya reconfortado. No obstante, observo cómo su rostro se endurece y retira la mano de debajo de la mía con brusquedad.
—Que tú precisamente me digas que estaréis siempre a mi lado me parece una broma de muy mal gusto.
Hace tiempo que saliste de nuestras vidas y Ash decidió seguir tus pasos para dejar este pueblucho y buscarse la vida en la gran ciudad.
—Clava sus ojos en los míos y me lanza una mirada llena de desdén—.
Soy consciente de que tu glamurosa vida en Nueva York se encuentra a años luz de lo que te puede ofrecer este lugar, pero no vengas ahora a decirme que estarás siempre a nuestro lado porque no es verdad.
Decidiste marcharte y te quedarás allí siempre.
Al igual que lo hicieron mamá y papá. Aisling decidió abandonarnos tiempo después y ahora el abuelo también nos ha dejado.
—Un silencio sepulcral llena el vacío—. Solo me queda la abuela, si ella se va, me quedaré completamente sola.
—Shiv —trata de interceder Aisling para calmar el ambiente—, creo que estás siendo demasiado injusta.
—«¿Injusta?». Injusta es cómo me ha tratado la vida. Ojalá hubiera muerto en aquel estúpido accidente y ahora no estaríamos aquí teniendo esta conversación.
Vemos cómo se levanta y de dos zancadas sale del comedor. Las tres nos miramos desconcertadas y solo podemos percibir el estridente portazo de la puerta principal .
Sus últimas palabras pululan en el ambiente y se convierten en lanzas afiladas que regresan provocándonos un inmenso dolor.