Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 6
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Un café con espuma

—E l amor nos ciega por completo y, cuando se nos cae la venda de los ojos, a veces ya es demasiado tarde.

Podría contar mis relaciones fallidas con casi todos los dedos de mi mano.

—Fueron años muy duros —recuerda y veo cómo sus ojos se hunden en el pasado—. No me acababa de habituar a la ciudad, ni a sus padres ni hermanos que me miraban por encima del hombro por provenir de una familia con un mísero pub en un área rural de Cork.

—Esa gente no tiene ni idea de lo queridos que sois los Gallagher en Middleton. Ellos se lo pierden. Mira que nací en Galway, pero esta estúpida rivalidad entre las dos ciudades nunca la lograré entender. Hay gente que la lleva hasta los extremos.

—No te puedes imaginar cada vez que hay un torneo de hurling entre los dos equipos rivales. No es la primera vez que he tenido que echar a algunos clientes del local cuando su euforia llega a las manos.

Resoplo con hastío y doy un sorbo al café.

—Así que, básicamente, aquella relación tenía los días contados. Comencé a pasar los fines de semana en Middleton y después me enteré de que Dana se había buscado un juguetito durante mi ausencia: un antiguo compañero del instituto.

—¡Noooo!

Deslizo mi mano hasta posarla sobre su antebrazo en señal de consuelo, y nuestras miradas se encuentran en la calidez del contacto.

—Siento mucho que tuvieras que pasar por aquello.

—No te preocupes. No te voy a negar que al principio fue difícil. Sin embargo, a la vuelta me recibieron con los brazos abiertos y no me costó adaptarme de nuevo.

—Puedo imaginármelo, aunque no siempre suele ser así.

Cuando te mudas a otra ciudad, país e incluso continente como yo, llega un punto en el que no te sientes de ninguna parte.

El sitio que te ha visto nacer sigue su curso y te has perdido la mitad de las cosas que pasan.

En cambio, con el nuevo lugar vives el presente, pero no logras integrarte, porque ni naciste ni creciste allí y hay elementos de su cultura con los que nunca llegarás a encajar.

—No te falta razón.

Se acerca, desliza su dedo pulgar por mi labio superior y siento un cosquilleo por todo el cuerpo.

—Perdona, tenías un poco de espuma del café.

Desvío mi mirada de sus ojos y un sofoco me sobreviene por dentro.

—Entonces ¿no acabas de adaptarte a Nueva York ?

Tomo unos segundos en silencio meditando la pregunta antes de continuar.

—Es complicado dar una respuesta concreta.

—Inhalo todo el oxígeno que puedo y trato de matizar mis palabras—: Por un lado, tengo un buen trabajo en el Departamento de Contabilidad de una conocida revista de viajes en Estados Unidos.

Comparto piso con una de mis mejores amigas en una caja de zapatos de cincuenta metros cuadrados, pero con los precios del alquiler no me podría permitir nada más.

Y, además, salimos de fiesta todos los fines de semana. Una vida perfecta, a simple vista.

—¿Dónde está el «pero»?

—Que ya no tengo veinte años y las prioridades van cambiando. No es lo que quiero para el resto de mi vida.

—Ya… —deja escapar un gemido de comprensión—, entonces, por lo que me dices, esa relación complicada que tienes ¿no será la razón definitiva por la que te quedes?

Niego con la cabeza y me mira cómo si esa pregunta hubiera invadido mi área de privacidad.

—No lo creo. Esa relación…, por llamarla de alguna manera porque ese hombre ya está casado, se encuentra en respiración asistida y tiene los días contados —suelto a bocajarro.

—¡Oh!, entiendo.

Un silencio se instala entre ambos, solo interrumpido por el tintineo de la vajilla y el zumbido de la cafetera de fondo.

—Adelante, puedes juzgarme. Soy consciente de que no me voy a llevar el premio a la mejor persona del año. Ni hermana, amiga o nieta, ya que estamos…

Me encojo de hombros asumiendo mis errores.

—No te martirices. Aquí nadie es perfecto… Todos tenemos nu estras mierdas.

—Sí, pero las mías han llegado demasiado lejos —manifiesto con una mueca de derrota—. De hecho, creo que este es buen momento para comenzar a enmendar errores ahora que estoy de vuelta en casa.

—En unos días se acabará el año. Sé que no eres muy fan de estas fechas, aunque mi abuela siempre dice que tras el Samhain todo se renueva y asegura que es el mejor momento para dejar atrás las sombras, limpiar el aura de energías negativas y abrirse a un nuevo comienzo.

—Ayy, la yaya Adele. ¿Cómo se encuentra? ¡Qué ganas tengo de verla! —exclamo y se me ilumina la cara al saber de su existencia—. Siempre estuve convencida de que nuestras abuelas heredaron la sabiduría de las brujas celtas.

—Se encuentra mejor que tú y que yo. Dice que prefiere quedarse en una residencia, que le recuerda a vivir en un hotel de cinco estrellas. —Esboza una sonrisa hasta su máxima expresión—. Y en cuanto a lo otro, no sé si quiero saber más de eso.

—Yo tampoco suelo creer mucho en la magia, pero hace unos días me pasó algo que… Bueno, a lo que iba. Ya que te tengo enfrente, voy a empezar contigo.

—Dispara, soy todo oídos.

—Quiero pedirte disculpas por cómo me marché aquel día de la fiesta en casa de Becca.

—Sí, no me olvido de aquella noche.

Sus ojos se oscurecen con el recuerdo.

—Siento la manera en la que desaparecí. No actué bien huyendo despavorida sin darte ninguna explicación después de… nuestro beso .

A decir verdad, aquel momento es lo único positivo que recuerdo de aquel año.

—No te preocupes, eso ya es agua pasada. Y, además, era comprensible después de lo que habías descubierto de Kevin.

—Ya, pero eso no me dio derecho a dejarte plantado para hacer las maletas y mudarme a la otra punta del mundo sin darte ninguna explicación. —Me encojo de hombros—. Eras mi mejor amigo. Además de mi familia, tú eres el único al que le debía algo.

—No sé si contarte esto, pero imagino que lo averiguarás tarde o temprano. Kevin y Jess llevan juntos desde entonces y han tenido dos niñas.

Me examina esperando mi reacción hasta que se da cuenta de que no me sorprende.

—¿Lo sabías?

—Sí, me lo dijo Aisling en su día.

—No estaba seguro de cómo te afectaría. No quiero que sufras más de lo que ya lo hiciste.

—Como dices, aquello ya es agua pasada. Mi relación con Kev no pasaba por su mejor momento y cuando los pillé juntos en la fiesta de Becca, fue el detonante que necesité para salir de aquella relación tormentosa.

—Siempre fuisteis la pareja más popular del instituto.

—Bueno…, discrepo. Él era el capitán del equipo de fútbol, la estrella que deslumbraba por donde iba. Yo, simplemente, era su novia de entonces —matizo.

Recordar lo que sufrí con mi primer amor me resulta doloroso. Es un episodio del pasado que prefiero dejar en el olvido.

—Pues todos os tenían mucha envidia, especialmente Jessica que no paró hasta conseguir lo que quería .

—Desde que Kev tuvo la lesión en la rodilla, no volvió a levantar cabeza. Fueron años muy difíciles y… cuando creyó encontrar la solución en el whisky , desde entonces ya no se recuperó.

Suspiro y me acabo el último sorbo del café.

—Cuando tuvieron la primera hija, parecía que iba mejorando.

Estuvo un tiempo en rehabilitación, pero estaban de deudas hasta las cejas y seguía viniendo al pub todas las tardes después de salir de trabajar de la fábrica —explica.

Traga saliva y humedece sus labios—. Intenté hablar con él como amigo y le aconsejé que debía parar.

Hubo días en los que me negué a servirle una copa más y se lo tomó terriblemente mal.

Pensaba que todo el mundo estaba en su contra y, durante un tiempo, ni me dirigió la palabra.

—Kevin siempre tuvo una personalidad complicada. Sufrí demasiado por él. Pero, Aiden, no quiero que pienses que mi marcha tuvo algo que ver con nuestra ruptura. —Permanezco unos segundos en silencio—. Pasaron cosas… Pasó algo que… Perdona, es muy difícil recordarlo ahora.

Siento cómo una lágrima se desliza por mi mejilla y ya no puedo parar.

—Ey, no pasa nada. Si algún día te apetece contármelo, aquí estoy.

Acerca su dedo pulgar a mi cara para limpiarme el lagrimal, y yo envuelvo su mano para apoyarme con delicadeza sobre ella.

—Gracias por estar siempre ahí.