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Cork
A doro esta ciudad. Había olvidado lo que era pasear por las empedradas calles de Cork, con la ligera llovizna empapándome la cara y el sonido de la música callejera deleitando mis oídos.
Recuerdo con especial nostalgia mis años de estudiante universitaria.
Solía regresar a Middleton los fines de semana.
Pese a ser un trayecto de apenas media hora en coche, decidí que la mejor opción era mudarme a la ciudad y comenzar mi vida adulta desde cero.
Apliqué a varias becas mientras trabajaba a destajo durante las tardes y las vacaciones, para desahogar a mis abuelos de las facturas que llegaban de manera asidua a casa.
Aisling se ha quedado teletrabajando. Tenía una reunión urgente por Skype con sus jefes de la discográfica.
Le encanta la música desde que era una niña y me alegro de que haya convertido su pasión en una carrera profesional con la que se gana la vida de la mejor manera.
Eso sí, me tiene preocupada con la última noticia con la que nos ha sorprendido esta mañana.
Mi hermana, una mujer casada con una futura promesa del rock .
Según nos daba más detalles de su vida, mis alertas se iban activando hasta su máximo nivel.
—Yaya, tenemos que convencer a Ash de que acabe con esta locura de la boda de una vez por todas.
Nos encaminamos al mercado de frutas y verduras que se organiza a orillas del río Lee.
Faltan un par de días para la Nochebuena y, a pesar de mis pocas ganas de celebrar esta fiesta, quiero ayudarla a organizar un menú y una cena perfecta.
Soy consciente de que, por ahora, es lo único capaz de devolverle la ilusión.
—Sarah, ya va siendo hora de que dejes a tus hermanas equivocarse. O tal vez no. ¿Cómo sabrán que están tomando la decisión correcta si no se embarran hasta las cejas y aprenden de sus propios errores?
—Abuela, dime que no soy la única a la que todo esto le huele fatal.
Aprieto los labios y me guardo un comentario más mordaz, temiendo lo peor.
—Lo que tú y yo pensemos da igual. Es ella la que tiene que tomar sus propias decisiones. El papel de la familia consiste en escucharla y apoyarla, no juzgarla antes de que ocurra nada.
Frunzo el ceño. Tal vez tenga razón.
—Es solo que no quiero que lo pase mal.
—Cariño, ya nos ha tocado sufrir demasiado en esta familia, es hora de que seamos felices por una vez. Deja de pensar tanto en tu hermana y céntrate en ti. ¿Qué hay de tu vida amorosa? Porque tampoco sueltas prenda. ¿Hace cuánto no te das un garbeo al cuerpo?
Mi gesto cambia por completo y me carcajeo por la manera en la que se expresa. Antes de que me dé tiempo a contestar con una evasiva, observo a dos caras familiares comprando en uno de los puestos de verduras aledaños.
—Hablando del rey de Roma —masculla mi abuela en una expresión que piensa que no la he oído.
—Grace, Sarah. ¡Qué alegría veros por aquí!
La madre de Aiden me envuelve en un cálido abrazo, bajo la atenta mirada del camarero que, al verme llegar, muestra un brillo inconfundible en sus ojos.
—Caroline, ¡cuánto tiempo!
—Te vimos cuando llegaste a todo correr al cementerio. Quisimos acercarnos a saludarte, pero se te veía tan apurada que no consideramos que fuera el momento para entablar conversación.
—Menudo viaje. Por poco no llego.
—Es el mejor regalo de Navidad que me ha podido hacer, a pesar de todo —apunta mi abuela.
—¿Cómo va tu vida en América? Espero que estés considerando regresar pronto a casa. Aquí te echamos mucho de menos, ¿verdad, Aiden? —Dibuja una mueca burlona en su cara—. Unos más que otros, apostaría.
Mi amigo carraspea y asiente con la cabeza.
—Eh, sí, claro. Sería genial volver a tenerla en casa —añade mientras un rubor le sube por las mejillas.
—Oye, estoy pensando: ¿qué os parece si venís a cenar con nosotros al pub esta Nochebuena? Pondremos algo de picar y luego dejaremos que los jóvenes sigan la fiesta —propone Caroline entusiasmada.
—No te preocupes, querida. Ya tengo los canapés preparados. Solo me falta el postre… ¡Quién lo diría de una pastelera! —ironiza la abuela—. Pero te agradezco la oferta. Seguro que la s chicas se animan a salir y tomar algo después.
—De hecho, Grace, necesito pedirte consejo para elaborar una tarta de hojaldre y manzanas. ¿Me podrías acompañar a un puesto cercano si no tenéis mucha prisa?
—Cualquier momento es bueno para hablar de repostería. Aquí estoy para lo que haga falta. Así los chicos también tienen tiempo para tomar un café y ponerse al día de sus vidas.
Aiden y yo, que hemos permanecido callados hasta este momento, nos quedamos de piedra ante la estratagema de estas dos mujeres. Y, con la boca abierta, observamos cómo se despiden entre risotadas mientras pasean agarradas del brazo.
—No me lo puedo creer. Menudas dos están hechas —apunto mientras dejo escapar una sonrisa.
—Son tal para cual. Pero no les falta razón, tenemos que ponernos al día de nuestras vidas. Hace una década que no nos vemos y seguro que han pasado muchas cosas desde entonces.
—Sí, he de reconocer que ha sido demasiado tiempo. Pero en mi defensa diré que sin pasaporte americano o la green card es muy difícil entrar o salir del país sin que te puedan deportar definitivamente.
Espero que no se dé cuenta de mi pequeña mentirijilla.
Durante estos últimos años he viajado con mis abuelos y mis hermanas a varias ciudades europeas, e incluso en una ocasión llegaron a visitarme los cuatro en Nueva York.
Aun así, he sido reacia a volver a Irlanda para evitar reabrir viejas heridas del pasado.
—Puedo imaginar, sobre todo si tienes allí tu vida montada con pareja o hijos...; es complicado jugársela.
«Muy sutil, Aiden».
—Por fortuna, no es mi situación. Es verdad que casándome con un americano podría obtener la nacionalidad más fácil, pero no se ha dado el caso hasta ahora.
—Así que… ¿no tienes pareja?
Enarca una ceja y me examina con un pequeño atisbo de esperanza, aguardando mi respuesta.
—Digamos que estoy en una relación complicada… Demasiado complicada.
No quiero pensar ahora mismo en ese aspecto de mi vida, así que cambio de tema de inmediato:
—Y ¿qué hay de ti? Me han dicho que has estado casado, pero que tu matrimonio no acabó de la mejor manera —pregunto, deseosa de conocer los detalles.
Clava su mirada en mí y deja escapar una mueca socarrona.
—Perdona, ya sabes que en Middleton no existen los secretos.
—No te preocupes. En realidad, no hay nada que esconder, más que el hecho de que a mis treinta y dos años ya soy un hombre divorciado. Menudo fracaso.
—«Afortunado en el juego, desafortunado en el amor», dicen. Quizás deberías jugar el premio gordo de la lotería esta Navidad.
Sonríe y me indica con la mano la presencia de una cafetería cercana. Asiento y nos encaminamos hacia su interior, que nos da la bienvenida repleta de ornamentos navideños. Tomamos asiento en la mesa, ubicada junto a un gran ventanal, y la camarera se acerca a anotar el pedido.
—La verdad es que no me quejo de mi vida. El pub marcha sobre ruedas y definitivamente he vuelto a Cork para asentar mi vida.
—¿Has vivido mucho tiempo fuera? —pregunto con curiosidad.
—Se puede decir que di unas cuantas vueltas antes de volver a casa —aclara y se encoge de hombros para continuar—: Cuando acabamos la universidad, estaba un poco perdido y mis padres insistieron en que debía tomar las riendas del negocio familiar, pero para ello tenía que formarme antes.
Así que viajé a Edimburgo para hacer un curso sobre hostelería y me quedé unos meses más aprendiendo el oficio.
—¿Y qué pasó después?
—De allí me ofrecieron un puesto en un restaurante de tres estrellas Michelin en Belfast, donde conocí a Dana que acababa de terminar su carrera.
La camarera nos interrumpe depositando dos cafés con crema y un par de shortbreads para acompañar como detalle. Aiden aprovecha para soltar una bocanada de aire y continuar.
—Dana quería boda, casa, hijos y perro. El pack completo de familia perfecta a los veinticinco años, así que digamos que por amor cedí ante el matrimonio antes de lo esperado.
Tuve que dejar el norte de Irlanda, y un trabajo que me apasionaba, para instalarnos en un apartamento temporal.
Nos casamos en una pequeña iglesia cerca de Galway ante nuestras familias y un puñado de amigos cercanos.
—Vaya, eso sí que es tenerlo claro. Estoy segura de que Caroline puso el grito en el cielo.
—La conoces demasiado bien. —Me sonríe con complicidad—. Mi familia no vio con buenos ojos todo esto al principio, pero finalmente cedió por apoyarme. Ya sabes, en ocasiones se hacen demasiadas estupideces por amor.