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Una noticia bomba
M e despierto a las once de la mañana. He dormido casi doce horas, algo impropio en mí, y por fin siento cómo comienzo a recuperar un poco de energía vital.
El cambio de hora me está dejando machacada.
Aun así, la tranquilidad que se respira en este lugar contrasta sobremanera con el bullicio que caracteriza al minúsculo apartamento que comparto en Brooklyn con mi compañera de trabajo y amiga Rachel.
En una de las estanterías reconozco varias cámaras de fotos de la época.
Mi abuelo me transmitió el amor por la fotografía y me llevaba todos los sábados al flea market que se organizaba en el centro de Cork para buscar reliquias antiguas relacionadas con ella.
En total, atesoro casi una decena de cámaras, de las que estoy segura de que la mitad han dejado de funcionar.
Recuerdo tomar instantáneas de las casas de colores victorianas que se asemejan a una baraja de cartas en Ballyvoloon o del pintoresco pueblo de Kinsale.
Sin olvidar las de los imponentes acantilados de Moher en una excursión con el instituto.
Quién sabe, tal vez me anime a desempolvarlas, aunque solo sea como un último adiós a mi abuelo del que aún me castigo por no haberme despedido en persona.
Cuando abro la puerta, me encuentro con Cupcake esperando tumbado al otro lado.
Es el gato persa de mis abuelos, que apenas era un cachorro cuando lo adoptaron, meses antes de que me mudara de manera definitiva de esta casa.
Se frota pasando entre mis piernas y le rasco la cabecita de su precioso pelaje grisáceo.
Me alegra saber que aún me recuerda, a pesar del tiempo transcurrido.
Al bajar las escaleras, el aroma a vainilla me inunda las fosas nasales. Observo a mi abuela con las manos en la masa, mientras Aisling les cuenta las anécdotas de los vecinos la pasada noche en el pub . Por fin veo a Shiv esbozar una tímida sonrisa por primera vez.
—¡Buenos días, chicas! —Abro la boca tratando de contener un bostezo.
—Buenos días, bella durmiente. Pensábamos que se te habían pegado las sábanas ya —confiesa mi hermana mediana.
—Había olvidado que aquí se duerme de maravilla. —Abrazo a mi yaya por la espalda y me coge la mano para besarla—. ¡Pero qué bien huele!
—Siéntate a desayunar, corazón. Hay galletas de jengibre y pastel de zanahoria. Voy a poner la tetera a calentar.
Me acerco a Aisling para darle un beso en la mejilla y, cuando voy a hacer lo propio con Shiv, se levanta bruscamente para llevar la taza al fregadero, dejándome desconcertada por el desplante.
He de hablar con ella cuanto antes, así que amago con entablar una conversación neutra, pero se excusa con salir pitando de casa.
—Espera un momento. No te vayas todavía, Shiv —le ordena Aisling.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunta mi abuela que se gira hacia nosotras mientras se limpia las manos en el ajado delantal.
—Sentaos todas, tengo que contaros una cosa.
—Espero que sea rápido, tengo que ir a abrir el bar.
—Tú dirás.
La miramos expectantes mientras se levanta, desaparece de la cocina y regresa al mismo lugar. El silencio se adueña de la estancia cuando levanta la mano y nos muestra el dorso, donde un reluciente pedrusco brilla en el anillo de su dedo anular.
—¡Me caso!
Una sonrisa resplandeciente se dibuja en su rostro y pivota su mirada entre las caras de las tres mujeres. A juzgar por nuestros silencios, se nota que nos hemos quedado ojipláticas. El siseo de la tetera interrumpe la tensa calma y el gesto de mi hermana cambia en una milésima de segundo.
—Lo siento. Sé que no es el mejor momento para daros esta noticia, ya que ayer enterramos al yayo, pero… hacía mucho que no estábamos todas juntas y pensaba que no habría otra ocasión.
Su gesto se ensombrece al ver que no reaccionamos. Sin embargo, mi abuela se levanta, se acerca hasta ella y la envuelve en un cálido abrazo.
—Claro que es un buen momento, cariño. Por fin una buena noticia en esta casa. Nos alegramos mucho las tres, ¿verdad?
—Habla por ti, abuela —exclama Siobhan levantándose de la mesa—. Ahora sí que me tengo que ir.
El ruido del portazo nos hace pegar un respingo en la silla. Las tres nos miramos, visiblemente incómodas, y trato de buscar las palabras adecuadas sin desanimar a mi hermana mientras muestro mis dudas ante esta repentina noticia bomba.
—Enhorabuena, Ash. Me alegro por ti, si es lo que quieres, pero… no sabíamos que mantenías una relación seria.
—Bueno, la verdad es que es algo reciente.
Nos conocimos el verano pasado en uno de los conciertos que organiza mi discográfica en Cornualles.
—El brillo ilumina gradualmente sus ojos—.
Fue amor a primera vista. Pasamos la noche en su caravana, me susurró canciones al oído y supe que no habría otro hombre con el que quisiera pasar el resto de mis días.
—También dijiste lo mismo cuando te enamoraste del australiano el año pasado —añadí siendo consciente de que mi hermana era muy impulsiva, especialmente en temas del corazón.
—Esta vez es diferente, Riley es el elegido.
—¿Y no te ha acompañado en este viaje para que lo conozcamos? —pregunta mi abuela que, hasta este momento, ha permanecido callada.
—Tenía mucho trabajo. Está organizando una gira por toda Europa el año que viene y prefería dejarme gestionar estos temas sola con mi familia.
—«¿Gestionar estos temas?» ¿La muerte del abuelo? —Bufo con sorna—. ¿Estás segura de que con ese tipo de hombre quieres acostarte y levantarte todos los días de tu vida?
—No es lo que parece, Sarah. De verdad, dadle una oportunidad.
—Siempre te pasa lo mismo. Te enamoras a la primera de cambio y luego me llamas llorando en mitad de la noche para que te consuele cuando te rompen el corazón.
—Al menos yo me abro al amor. ¿Cuánto hace que tú no tienes una cita? Lo siento, hermanita, pero empiezo a pensar que tienes el corazón de piedra.
—Vamos, chicas, no os peleéis —trata de interferir la yaya—. Estoy segura de que será un buen chico.
—Solo quiero protagonizar mi propia historia de amor y dejar de ser una mera espectadora.
—¿Como en las comedias románticas navideñas? —pregunto con incredulidad—. Esas solo están en la tele, lejos de la realidad.
—¿Y qué me dices de los yayos? ¿O de papá y mamá? ¿No son pruebas suficientes de que el amor verdadero existe? —gesticula con las manos haciendo aspavientos.
—Nuestros padres tuvieron la misma historia de amor trágica que Romeo y Julieta.
—¡¡Sarah!! —me reprende mi abuela con la mirada.
—¿Cómo puedes ser tan insensible?
He ido demasiado lejos con ese comentario.
—Lo siento. No… No debería haber dicho eso.
—Ayy, mis niñas. —La abuela nos coge de la mano por encima de la mesa—. Sarah, tú siempre has sido la más racional, la que tiene los pies sobre la tierra. Y entiendo que te pongas esa coraza para evitar sufrir, pero con esta actitud te estás perdiendo cosas maravillosas en la vida.
—La vida es una constante desilusión tras otra. No puedo creer que pienses así después de enterrar ayer al yayo .
—Cariño, el dolor lo llevo por dentro, y eso no quita que la vida continúe. Tengo que seguir adelante por vosotras tres, igual que lo hice en el pasado.
Las arrugas de su rostro dan buena cuenta de toda una vida llena de aflicción.
—Además, prefiero focalizarme en recordar los momentos felices que disfruté de vuestro abuelo, en vez de pensar en los pocos años de vida que me quedan sin él.
No llego a empatizar con su punto de vista. Quizá por todo lo que ha sufrido esta familia a lo largo de la vida y la manera tan injusta en la que nos ha tratado. No obstante, entiendo su postura y asiento con la cabeza sin responder a su consejo.
—La yaya tiene razón. Es una mujer llena de sabiduría. La vida son dos días y no podemos dejar de crear recuerdos memorables.
«Qué pelota es», pienso mientras mi hermana sonríe con esa positividad de sobre de azucarillo que, a veces, me saca de quicio.
—Aisling, cariño —la abuela se gira para referirse ahora a ella—; de las tres, eres la más positiva y risueña, y eso te honra.
Aun así, te precipitas con demasiada facilidad, porque no ves una pizca de maldad en nadie, y eso a la larga podría pasarte factura.
Tu corazón es demasiado valioso para que nadie lo pisotee a la primera de cambio, así que cuídalo y espera a que la persona adecuada llegue para poder entregárselo al completo.
La sonrisa de Ash se desvanece de un plumazo y, sin abrir la boca, traslada su mirada desde la abuela hacia mí interiorizando lo que acaba de oír.
—Y luego está mi pequeña Siobhan, que ha crecido a la sombra de sus hermanas mayores, y aún desconoce lo que la vida le deparará. Chicas, necesito vuestra ayuda si no queremos perderla para siempre.