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El pub Gallagher’s
D ejamos a mi abuela descansando, aunque sabemos que en breve se refugiará en la cocina y horneará un pastel de zanahoria para desayunar mañana.
Es su manera de gestionar el duelo, de llenar silencios calentando los estómagos de sus seres queridos.
Comprendemos su decisión de no acudir al pub más famoso del pueblo a darle un último adiós a mi abuelo; en el fondo, yo hubiera preferido quedarme con ella.
Lo único que deseo ahora mismo es meterme en la cama para superar el jet lag que me está dejando hecha polvo desde que llegué hace unas horas, pero no me queda otra opción. Así que mi hermana y yo nos dirigimos hacia allí y, mientras avanzamos por las solitarias calles, aprovecho para preguntar:
—¿Cómo es que Siobhan está trabajando de camarera? Pensé que había terminado el curso de administrativa y estaba haciendo las prácticas en la destilería.
Aisling se queda pensativa y ralentizo el paso para ajustarme la bufanda oversize alrededor del cuello. Ya no recordaba cómo la humedad y el frío irlandés te calaban hasta los huesos.
—Terminó la beca y le ofrecieron un contrato temporal para cubrir una baja por maternidad, pero… no acabó de convencerle y rechazó la oferta.
—¿Y piensa ganarse la vida poniendo Guinness a los borrachos del pueblo? —Mi tono de voz suena más brusco de lo que pretendía.
—Sarah, dale un poco de tregua. Está bastante perdida en la vida y no sabe lo que quiere hacer aún.
—Pues ya va siendo mayorcita. Tiene veintiún años. Nosotras, a su edad, ya habíamos abandonado el nido para buscarnos la vida.
—No creo que sea el mejor momento. Ahora que la abuela se quedará sola, tal vez le venga bien la compañía.
—Eso es cierto. Me gustaría quedarme más tiempo aquí, pero en una semana tengo el vuelo de vuelta.
—No te preocupes, hermanita. Intentaré venir más a menudo los próximos meses. Ya sabemos que tienes una vida muy ocupada en Nueva York y el trabajo te tiene absorbida a todos los niveles.
Si ese comentario hubiese venido de otra persona, me lo habría tomado de la peor manera. No obstante, Aisling es el ser humano con menos malicia del planeta y lo tomo como un comentario al aire, en vez de como un reproche, así que lo dejo pasar.
Giramos hacia la calle principal, donde se encuentra el pub , y paseamos junto al río en un sendero peatonal que he recorrido infinitas veces a lo largo de mi vida.
He de reconocer que, pese a mi aberración por este pueblo, más por los recuerdos que lleva asociados que por el propio lugar en sí, no ha dejado de mejorar en la última década.
Sobre todo, en esta época del año, cuando la estridente iluminación policromática y las guirnaldas navideñas decoran las farolas, haciendo brillar al pueblo hasta su máxima expresión.
Todos los motivos ornamentales han sido estratégicamente colocados con excesiva opulencia y los comercios locales se afanan por engalanar sus escaparates para atraer al turismo exterior.
En cuanto el calendario pasa la hoja del mes de enero, los habitantes de este pueblo comienzan a planear los preparativos para el siguiente periodo festivo.
Cada año se superan más que el anterior.
Y es que Middleton ha sido galardonada en diversas ocasiones con el premio al mejor mercado navideño de toda Irlanda.
Este año, según me consta, se postula a la misma categoría a nivel europeo, compitiendo con Rovaniemi, el hogar del mismísimo Papá Noel.
Tanto entusiasmo me abruma. No me puedo creer que acabemos de enterrar al abuelo.
Me veo incapaz de esbozar una sonrisa forzada ante los vecinos, pero no me queda otra opción.
Así que cuando mi hermana abre la puerta de madera del pub centenario, elevo mis comisuras para fingir que tengo las energías suficientes como para lidiar con lo que me espera en el interior.
—Hola, chicas. Os acompaño en el sentimiento —nos saluda la propietaria de la floristería que ha preparado todos los detalles florales para la ocasión.
—Gracias, Mary, por todo tu trabajo. Ha quedado precioso.
—Lo que sea por vuestra familia. Ha sido una ceremonia muy emotiva. Vamos, tomad asiento. Es hora de dar el último adiós a vuestro abuelo.
Mientras Ash saluda al resto de los vecinos, me detengo a contemplar el ambiente que reina en el bar.
Quizá, este siempre haya sido el bar más conocido del pueblo, por la amabilidad de la familia Gallagher, su extensa carta de cervezas y whiskies , y la actuación de diversas bandas de música o solistas locales que amenizan la velada tocando sus mejores canciones.
Y es que la música en directo es una tradición tan arraigada en este país como el día de San Patricio.
Observo a Siobhan tras el mostrador, tirando una jarra de cerveza Murphy, mientras dispone sobre la barra varias bandejas de comida para invitar a los vecinos a un pequeño tentempié.
Necesito hablar con ella sin demora. Desde que he llegado, apenas me ha dirigido la palabra.
Shiv siempre ha sido bastante retraída, pero, además, soy consciente de que a mí me guarda un cierto rencor.
Tal vez por vivir al otro lado del charco, quizá por no estar cerca de la familia.
¿Quién sabe? Es una conversación que hemos omitido durante demasiados años: al principio, porque ella era demasiado pequeña y, después, porque el silencio se instaló entre nosotras y nos dejamos llevar por la comodidad que suponía evitar abrir viejas heridas del pasado.
Sin embargo, soy consciente de que tengo que ser más cercana, tenderle la mano y demostrarle que estaré ahí siempre para ella.
Mientras examino la foto de mi abuelo, postrada en un caballete de madera sobre la tarima del bar, percibo muy cerca la presencia de alguien que me susurra en el oído:
—Bienvenida a casa, Sarah.
Su inesperada voz me hace dar un respingo y giro sobre mis talones para reencontrarme con una de las pocas personas con las que no tengo que simular una sonrisa forzada.
—¡Aiden! No esperaba verte por aquí.
—¿Dónde sino? —Levanta sus manos para mostrar su apellido grabado en la pared y una sonrisa preciosa se dibuja en su boca—. Ahora trabajo aquí, aunque no creo que te sorprenda.
Nos reímos al unísono por la obviedad. El tatarabuelo de Aiden fundó este pub hace más de un siglo y sus respectivos descendientes han tomado las riendas del negocio, por lo que los Gallagher son una de las familias más conocidas y queridas de este pueblo, junto a la mía.
—¿Así que ahora este sitio es definitivamente tuyo? ¡Vaya! Recuerdo las veces que bromeamos en la adolescencia con que, el día que fueras el dueño del bar, invitarías a tus amigos a pintas gratis todos los días.
Se ríe y ese sonido me llega al alma como un bálsamo para contrastar el desánimo que me acompaña.
—Espero que solo seas tú la que se acuerde de eso, porque esa panda de vagos se sienta detrás de la barra todos los días después de salir del curro. —Pone los ojos en blanco y gesticula una mueca burlona—. Si hubiera cumplido mi palabra, estaría ahora mismo en la ruina.
—Me alegra saber que la pandilla sigue más unida que nunca.
Un halo de nostalgia me sobreviene por dentro y observo la mesa donde nos reuníamos todas las tardes después de salir del instituto.
—Bueno…, unida, unida, no diría yo. Algunos van y otros vienen. Ya sabes: familias, críos, responsabilidades… Ya no es lo que era, pero en Navidad todos vuelven a casa… excepto tú.
El silencio se hace presente entre nosotros, solo interrumpido por los murmullos de la clientela de fondo. Aiden se percata de cómo ha sonado, por lo que cambia su gesto y matiza sus palabras:
—Solemos reunirnos para hacer una cena después de Navidad. Tal vez, si todavía sigues por aquí, podrías pasarte. Estoy seguro de que se alegrarán de verte.
—Sí, quizá —titubeo mientras mis recuerdos se hunden en el pasado.
—Oye, perdona. Tengo que dejarte. La ceremonia está a punto de empezar y veo a tu hermana agobiada detrás de la barra. —Me roza el antebrazo y el sutil contacto hace que resurjan en mi interior sentimientos que creía enterrados—. Me alegro mucho de verte. Estás preciosa… como siempre.
Deja entrever una tímida sonrisa y se apresura a atender a los clientes que se amontonan detrás del mostrador. Lo observo en la distancia y, mientras sirve un whisky de la destilería local, atisbo cómo alza la mirada de nuevo para buscar la mía.
Apenas llevo unas horas en casa y un remolino de emociones amenaza con acabar con mi estabilidad. Mi corazón palpita ante esa mezcla de sentimientos agridulces. Sin embargo, ya estoy de vuelta y no hay marcha atrás: tengo que afrontar la realidad.