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El último adiós
N o hace ni una hora que he aterrizado en Cork, con un breve tránsito en el aeropuerto de Edimburgo. El vuelo ha sido bastante movidito. Odio las turbulencias y la sensación de adrenalina que se despierta en mi cuerpo cuando esa caja de zapatos en forma de avión se zarandea por encima de las nubes.
Acabo de aparcar el coche de alquiler y atravieso las puertas del cementerio, donde mi familia y amigos más cercanos despiden a mi abuelo.
Atisbo de lejos muchas caras conocidas que se giran al percibir mis pisadas sobre la gravilla.
La llovizna empapa los rostros de los vecinos del pueblo y embarra el pavimento lleno de hojas, que sobrevuelan los nichos, en una tétrica imagen en blanco y negro.
—Estamos hoy aquí reunidos para recordar a nuestro hermano Conor Callaghan que nos deja a sus ochenta y cinco años de edad.
Aunque su cuerpo nos haya abandonado, su espíritu vivirá para siempre en nuestros corazones.
En el de Grace, su mujer, y en el de sus nietas, Sarah, Aisling y Siobhan que se encuentran aquí con nosotros —continúa el Padre oficiando la misa.
Mi abuela está sentada en primera fila, escoltada por mis hermanas a cada lado.
Tomo asiento al lado de Shiv, que me dedica una mirada inexpresiva, mientras que en el arrugado rostro de mi abuela asoma una triste sonrisa al percatarse de mi presencia.
Me toma la mano y se la lleva a su boca para besarla.
Con ese simple gesto ya puedo sentir que estoy en casa.
—Gracias por venir, cariño —susurra mi abuela cuando finaliza el entierro—. Tengo a mis tres niñas en casa. Este día ya es un poquito menos gris.
—Ni se te ocurra darme las gracias. Tendría que haberlo hecho mucho antes —confieso con un hilo de voz—. Solo me arrepiento de no haberme podido despedir de él.
—Tu abuelo estaba muy orgulloso de ti y, a pesar de la distancia, sabía que lo querías mucho. —Acerca su mano a mi mejilla y la acuna con ternura, como solía reconfortarme cuando era niña—. Voy a saludar al resto. Me alegro de verte tan guapa como siempre.
Mis abuelos son muy conocidos y queridos en Middleton, ya que regentaban la panadería y pastelería del pueblo hasta el momento de su jubilación.
Por tanto, multitud de vecinos han venido para darnos el pésame y despedirse de la persona que hacía posible que las familias del pueblo tuvieran un pan sobre la mesa en cada comida.
Después de la liturgia, iremos al pub a recordar anécdotas y vivencias del abuelo, como suele ser habitual.
Había olvidado que una de las peculiaridades de este país consiste en que, cuando alguien fallece, los irlandeses no nos centramos en la tristeza ni la ausencia que deja la persona, sino en celebrar la vida rememorando y compartiendo los momentos que vivimos a su lado.
Siempre encontré un punto de cinismo en esta tradición para los más allegados, sobre todo cuando la persona que se marcha es demasiado joven y nadie espera que la mala suerte se cebe con la misma familia, no una, sino dos veces, como ocurrió con la mía.
Esta podría considerarse una tercera ocasión, pero mi abuelo tenía ya una cierta edad y su marcha no puede compararse con la tragedia que asoló a nuestra familia un par de décadas atrás.
Trato de aguantar el tipo lo mejor que puedo.
Aisling es la que se encarga de organizar todos los preparativos y poner la mejor cara delante de los vecinos y amigos.
Es la más sociable de las tres y le agradezco que esté sosteniendo el peso de la familia en este momento.
Por otro lado, hace rato que he perdido la pista de Siobhan, con la que apenas he cruzado un par de palabras.
No sería extraño que se haya escondido en algún agujero para no hablar con nadie.
—Chicas, no tengo humor para ir al Gallagher's. ¿Me hacéis el favor y os acercáis de mi parte a saludar al resto de la gente?
—Claro, abu, necesitas descansar, están siendo unos días muy intensos —apunta Aisling, mirando hacia los asientos traseros del coche, donde mi abuela sostiene la mirada perdida en el infinito.
—Nosotras nos encargamos de todo, no te preocupes. Por cierto, ¿habéis visto a Shiv?
—Puede que haya ido al pub con Aiden a prepararlo todo. Se les ve en muy buena sintonía desde que están juntos. Es una gran influencia para ella.
—¡¿Cómo?! —Freno de golpe al llegar a un cruce y les pido perdón por la brusquedad—. ¿Me estáis diciendo que Siobhan y Aiden están juntos?
Mi hermana se carcajea y veo por el espejo retrovisor cómo una mueca traviesa se dibuja en el rostro de mi abuela. Qué bonito es verlas sonreír de nuevo en un día como este.
—Pero ¿qué te pasa en la cabeza, sis ? ¿Estás loca? Se llevan once años.
—Tu hermana pequeña lleva unas semanas trabajando como camarera en el bar de los Gallagher —aclara mi abuela.
—Ah, oh —balbuceo y me mantengo en silencio—. Así que…, ¿no están juntos? ¿Ni con ella ni con nadie?
Desvío la vista de la carretera y no me pasa desapercibida la mirada que Ash dedica a la abuela.
—¿Por qué ese repentino interés por saber si Aiden está soltero? —prosigue mi hermana, que me está leyendo la mente con las cejas enarcadas.
—Nada, olvidemos el tema —sentencio, y me arrepiento enseguida de avivarlo mientras giro a la derecha para entrar en la calle donde jugaba en la infancia—. No creo que esta sea la mejor conversación para un día como hoy.
Un halo de nostalgia me sobreviene, solo interrumpido por la dulce voz de mi yaya que parece que, por un momento, ha recuperado su tono habitual.
—Así que no quieres saberlo, ¿eh?
—¡Grace Callaghan! ¡Cómo te gusta el chisme! —finjo escandalizarme porque sigue metiendo cizaña.
Aparco frente a la casa familiar y me giro para observarlas. Primero a Ash, que me lanza una mirada traviesa, y luego a mi abuela, que se contesta a ella misma y denota que es la más lianta de todas:
—Ese muchacho está soltero y entero. Hace poco se divorció de una mujer de Galway que no le ha dado tregua en el poco tiempo que ha durado su matrimonio.
—Se nota que le van las mujeres de esa ciudad —apunta mi hermana, aludiendo a que nosotras tres nacimos en Galway y nos trasladamos a Cork a muy temprana edad.
—Siempre pensé que habríais hecho una buena pareja. Un joven serio, responsable y que siempre cuidó de ti, aunque solo fuerais amigos. Una lástima que ambos estuvierais con otras personas, sino…
—Vamos a dejarnos de tonterías por hoy —corto la conversación de manera tajante y cojo la maleta del coche para entrar en casa.
El aroma a canela y jengibre trepa por mis fosas nasales para calentarme el alma.
¿Cómo puede un simple olor a galletas recién horneadas evocarnos las imágenes más tiernas de nuestra infancia?
Si hay algo que recuerdo con especial nostalgia son las tardes de juegos entre la casa y la panadería que se ubica en el local contiguo.
Desde que mis abuelos se jubilaron, el espacio que ocupó en su día Grace’s bakery permanece cerrado.
El ajado cartel metálico sigue colgado en el muro de la fachada principal.
Nadie se ha querido hacer cargo de un negocio que requiere madrugar a las tres de la mañana, para hornear el pan y los bollos, y que estén listos a primera hora.
La mayor parte de la gente joven deja Middleton para marcharse a las grandes ciudades como Cork, Dublín o Londres donde encuentran más oportunidades laborales.
Son muy pocos los que se decantan por permanecer en el pueblo costero, que ronda los dos mil habitantes, donde la agricultura y el par de destilerías locales de whisky emplean a la mayor parte de la población.
Eso sí, en Navidad todo el mundo regresa a casa, pues esta es la fiesta más importante para los habitantes del pueblo y las localidades aledañas.
No se me ha escapado, al transitar en coche por sus calles, que no queda un solo rincón que no esté decorado con figuritas rojas y verdes.
Todo está preparado para esta gran celebración y todo apunta a que, en los próximos días, me reencontraré con viejas amistades del pasado.
«Hogar, dulce hogar».