Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 1
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Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1)

Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1)

Por Siena Bastida

© inepub.com

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Milagro navideño

A travies o las puertas giratorias del aeropuerto con el corazón en la garganta y me dirijo al mostrador de la compañía sin dilación.

El JFK rebosa de pasajeros con ganas de disfrutar de la Navidad con sus familias.

Los villancicos atormentan las cabezas de los viandantes y los anuncios promocionales copan los escaparates de los comercios sin ningún pudor.

Hace demasiado tiempo que estas fechas dejaron de significar alegría y fiesta para mí. Quizá nunca lo fueron. Porque estos días de diciembre están marcados en rojo en el calendario por un motivo diferente. Y este año no podía ser la excepción.

—Lo siento, pero todos los vuelos hacia Europa están cancelados desde este momento.

—¿Cómo dice? —Mi respiración se entrecorta al intentar explicarme. Soy incapaz de vocalizar las palabras adecuadas—. No… No puede ser, tengo que viajar a Irlanda. Es el funeral de mi abuelo que… acaba de fallecer .

Pronunciar esas palabras en voz alta me hace asimilar la dolorosa realidad un poquito más.

—Siento mucho su pérdida, pero por seguridad todos los vuelos comerciales han tenido que ser suspendidos —insiste la mujer, de rasgos afroamericanos, que me observa con indiferencia desde el otro lado del mostrador.

—¿Sabe cuándo saldrá el próximo?

—Todavía no podemos predecir cuándo mejorará el clima. —Su tono de voz se tiñe de un cariz sarcástico. Apostaría a que no es la primera vez que le hacen esa pregunta. Pese a ello, al instante se percata de mi semblante afligido y finge una mueca de compasión.

—Entiendo, pero… ¿puede que salga algún vuelo hacia Miami y de allí conectar con cualquier destino de Europa? Lo que sea con tal de salir del país.

La mujer suspira y me lanza una mirada llena de desdén. Se baja de la silla y puedo comprobar que es aún más pequeña de lo que parecía a simple vista. La vena de su yugular se está hinchando de tal manera que temo que amenace con explotar en cualquier momento.

—¿Ha visto usted las noticias? Es más —se corrige a sí misma con un tono cada vez más brusco—, gírese y mire a través del ventanal. ¿Usted cree que este temporal que asola toda la Costa Este del país sin precedentes nos dará pronto una tregua?

Me doy la vuelta y miro de reojo, más como un gesto involuntario que para comprobar que, en efecto, lleva nevando con virulencia casi una semana entera. La potente ventisca está afectando a las comunicaciones de todo el país como nadie recuerda haber visto en décadas.

—Disculpe, ha quedado claro. No la molesto más.

Recojo el pasaporte del mostrador y con un gesto de derrota me aparto a un lado para dejar su turno al siguiente pasajero. Compruebo el gesto de mal humor del resto de personas que hacen cola y me hace presagiar que la representante de la aerolínea perderá los estribos de un momento a otro.

Jamás suelo viajar en estas fechas. Detesto las Navidades, pero esta vez ha sido una razón de fuerza mayor la que me ha obligado a coger un avión.

Pienso en mi familia. Mi abuela debe de estar haciendo galletas de jengibre en casa.

Es la única manera que tiene de lidiar con el duelo y asimilo lo triste y vacía que tiene que encontrarse cuando el amor de su vida se ha marchado para siempre.

Por suerte, espero que mi hermana pequeña, Siobhan, le haga compañía. Es la única que no abandonó Middleton de las tres, ya que yo resido desde hace una década en Nueva York y Aisling, la mediana, lleva otros tantos años en Londres.

Una punzada de arrepentimiento me estalla por dentro.

Llevo demasiado tiempo sin viajar a Cork, tratando de huir de todos los recuerdos que me persiguen de mi pasado.

Sobre todo, en Navidad, cuando ese maldito pueblo, que está obsesionado con la fiesta de Papá Noel, los regalos y el árbol de Navidad, nos recuerdan que hay razones para sonreír.

Odio ser testigo de esa falsa pantomima donde la gente es feliz durante apenas unas semanas mientras el resto del año se enfrentan a la despiadada realidad. Ya dejé de hacerlo, cuando el cruel destino echó por tierra el futuro y los sueños de la familia O’Hara Callaghan.

Aun así, no tengo otra opción que regresar a casa y cuidar de la única familia que me queda. Desconozco cuándo será, así que llamo a Ash, con la que había acordado encontrarnos en el aeropuerto de Dublín una vez que ambas aterrizáramos.

—Lo siento, no llegaré a tiempo al funeral.

—¿Qué ha pasado, Sarah? ¿Has perdido el vuelo? —me pregunta Aisling con el ruido del denso tráfico londinense de fondo.

—Hay un metro de nieve en las calles y me han cancelado el vuelo y todos los que salen en las próximas horas. —Un gemido lastimero emana de mi garganta—. No me puedo creer que no vaya a despedirme del abuelo.

— Sis , él sabe que lo querías mucho. No hace falta que estés allí para demostrarlo.

—Lo sé, pero ni siquiera podré acompañar a la abuela en estos momentos tan duros.

—No te preocupes, yo estoy camino de Heathrow y Siobhan debe de estar allí con ella —trata de reconfortarme con sus palabras.

—¿Alguna vez te sientes culpable de haber dejado Irlanda?

Mi hermana exhala un hondo suspiro, solamente interrumpido por el sonido de los cláxones al otro lado de la línea.

—En días como hoy, no pasa un momento sin que me arrepienta de ello, no te voy a mentir.

—Al menos, tú estás más cerca. Siempre puedes coger un avión y plantarte allí en poco más de una hora.

—Y, aun así, no vuelvo tanto a casa como debería…

Un silencio inunda nuestra conversación y percibo de fondo cómo el taxista anuncia que ya están llegando al aeródromo británico.

—Oye, hermanita, no te sientas culpable y, por favor, mantente serena. Siempre has sido la que mantiene los pies en la tierra de las tres. Ahora te tengo que dejar, acabo de llegar al aeropuerto.

—De acuerdo. Que tengas un buen viaje. Te quiero .

—Yo también. Intentaré llegar cuanto antes.

Pienso en la conversación con Aisling y me pierdo en los recuerdos del pasado.

El dolor surge de mi interior y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos.

Siento que ya no puedo controlar mis emociones y el sollozo se convierte en una catarata que amenaza con acabar conmigo.

No me importa estar rodeada de cientos de personas, ya no importa nada más.

La familia es lo más importante y ya no podré estar con ella en estos momentos tan cruciales.

— Ho, ho, ho . ¡Feliz Navidad!

Un hombre orondo, vestido de Papá Noel, se acerca hacia mí agitando una campanilla.

—Feliz Navidad para usted también —musito sin muchas ganas de tener contacto humano.

—Desconozco qué le ha pasado, aunque estoy seguro de que la suerte está a punto de cambiar su vida.

Me tiende un pañuelo para que me seque las lágrimas.

—Gracias, pero eso es imposible. A menos que deje de nevar y se reanuden los vuelos.

—Es Navidad, la época del año en la que los milagros ocurren.

Si alguna vez creí en ellos, ni siquiera lo recuerdo. Sin embargo, comprendo que la gente necesite un resquicio de luz para seguir confiando en la magia.

Le dedico media sonrisa al hombre y simula tirar unos polvos mágicos por encima de mí. Se despide con una inclinación de cabeza y reanuda su paso por los pasillos de la terminal.

Un sentimiento de congoja me sigue acompañando y creo que estoy algo aturdida porque no dejo de escuchar mi nombre a lo lejos. Al menos, el hombre disfrazado de Papá Noel ha conseguido despejar mi cabeza y mi sollozo ha cesado por momentos.

—¡Sarah!, ¡Sarah O’Hara!

Me percato de que es la representante de la aerolínea la que me llama desde el mostrador. Me acerco presintiendo que he olvidado alguna de mis pertenencias, como el pasaporte, pero observo que lo llevo en el bolso.

—¿Me llamaba?

—Sí, quería comentarle que ha quedado una vacante libre en el último vuelo que saldrá hacia Europa antes de que llegue el fuerte temporal.

—¿En serio?

Me seco las lágrimas con la manga del jersey y mis ojos se abren como platos.

—Están a punto de finalizar el embarque. Les acabo de avisar de que no cierren todavía las puertas, así que dese prisa o no llegará a tiempo.

—Muchas gracias, Ronda.

Lleva su nombre grabado en una placa metálica en el pecho y me alegra que, pese a su humor de perros, se haya apiadado de mí.

—¡Y feliz Navidad! —grito mientras echo a correr por el pasillo.

Parece que los milagros navideños al final sí que existen.