UNA NAVIDAD DE MUERTE 28. Nieve limpia
97%

28. Nieve limpia

Nieve limpia

Las máquinas quitanieves llegan a las nueve y diez de la mañana, con un ruido de dragón masticando hojalata.

Lo oye primero Teddy, que se ha quedado dormido de pie junto a la ventana de la biblioteca con su bomba de fumigar en brazos y se despierta de un respingo, con las gafas torcidas.

—¡Hay una cosa! —dice—. ¡Una cosa grande y naranja!

—Es una máquina —le explica Nate.

—¡Una máquina! ¡Viene hacia aquí!

—Eso es bueno.

—¡Con luces!

—También es bueno.

—¡Y con una señora detrás!

Todos nos acercamos al ventanal. Es la primera vez que miro el exterior desde hace horas, y lo que veo me deja sin palabras.

La tormenta se ha ido. El cielo es de un azul de postal, tan limpio que parece pintado.

La nieve cubre el jardín, el invernadero, los setos, el camino, con una capa blanca, intacta, que brilla al sol como azúcar glas.

En el patio, el Rolls-Royce de Barty parece una tarta de cumpleaños.

Y por el camino de entrada, entre los pinos cargados, avanza lentamente un enorme vehículo naranja con una pala delante y una luz giratoria encima.

Detrás, a cierta distancia, un coche de policía con una franja azul y amarilla.

—Navidad —dice Beatrix, muy bajito.

—Feliz Navidad —dice Declan.

—Feliz Navidad —decimos todos.

Y esta vez nadie lo dice con vergüenza.

La inspectora se llama Dolores Thorne, tiene cincuenta y cinco años, el pelo cano cortado a navaja y una mirada de acero que se detiene en cada uno de nosotros durante exactamente tres segundos.

Llega con un sargento joven, rubio y colorado, que carga con una maleta de metal, y se planta en el recibidor de Willowbrook sacudiéndose la nieve de las botas con la tranquilidad de quien ha visto de todo y no espera ninguna sorpresa agradable.

—Buenos días —dice—. Me han avisado de una pasajera con maleta que un taxista dejó anoche delante de la verja de esta casa y de la que no se ha vuelto a saber nada. Y de un puente inundado.

—Soy yo —digo.

—Ya lo veo. —Me repasa de arriba abajo, el jersey de lentejuelas lleno de harina, los zapatos de ciudad empapados, el bolígrafo rojo en la mano—. Parece que ha tenido una noche entretenida.

—Tenemos un muerto.

—También me lo habían avisado. El taxista tiene muy buen olfato.

—¿Quién es el responsable de la casa?

—Yo —dice Hermione, apoyada en su bastón, con el pelo plateado impecablemente recogido en un moño que se ha hecho sola en cinco minutos y el vestido verde esmeralda otra vez puesto, con todas sus lentejuelas—.

Soy la madre del difunto. Hermione Quill.

Y esta —señala a Penhallow— es mi casa, aunque figure a nombre de mi hijo.

—Señora Quill. Lamento su pérdida.

—Gracias. Pase. Hay café. Y una asesina. Está en la biblioteca, con una corona de papel morada. No ha opuesto resistencia.

La inspectora cierra los ojos un segundo, como quien cuenta hasta tres para no preguntar nada.

—Sargento —dice—. Tome nota.

—¿De qué, jefa?

—De todo.

Nos lleva un buen rato. La inspectora lo escucha todo con una atención que me recuerda a la mía cuando leo un manuscrito difícil.

Le contamos la cena, el brindis, el apagón, el cuerpo, la tarjeta, el álbum, el cuaderno, el frasco, los guantes, el pudin, el pendrive, la confesión.

Se lo contamos desordenadamente, a coro, interrumpiéndonos, y ella va anotando en una libreta con un lápiz pequeño, sin decir nada, con el ceño fruncido.

Cuando llegamos a lo de las exclamaciones, levanta la vista, me mira, vuelve a mirar su libreta y escribe algo con mucho cuidado.

—Perdone —digo—. ¿Qué ha apuntado?

—«Interrogación.» —Sonríe por primera vez—. Es la primera vez que un asesino se delata por un signo de puntuación. Se lo voy a contar a mi marido, que es bibliotecario.

—Yo soy correctora.

—Lo sé. Me lo han dicho unas nueve veces.

—Es que es importante.

—Lo sospecho.

El sargento, mientras tanto, ha bajado al salón con otro agente y un hombre con un maletín. Es el forense. Vuelven al cabo de veinte minutos. El forense habla en voz baja con la inspectora, que asiente. Luego se acerca a mí.

—Dice el doctor que la dosis fue importante y rápida. Que murió sin sufrir mucho. —Se aclara la voz—. Es un consuelo pequeño, lo sé.

—Es un consuelo —digo.

—Y hay una cosa más. —Saca del bolsillo de la chaqueta un papel doblado—.

Esta cantidad de aconitina en vino tinto de mala calidad se disimula bien.

Pero hay un detalle técnico que a mí me ha llamado la atención.

Si el señor Quill hubiera bebido el vino sin la raíz, habría sido solo un vino malo.

Con la raíz, empezó a sentir hormigueo en la boca a los tres minutos.

Y la señorita Delacroix no podía saberlo, pero en esos tres minutos él ya sabía que algo iba mal.

—¿Y qué hizo?

—Salió del comedor. Fue al salón. Se tumbó en la alfombra, con el gorro de Papá Noel, como cada año. —La inspectora aprieta los labios—. Quería que su última broma saliera bien.

Nadie dice nada. Hermione, que está a mi lado, aprieta con fuerza el pomo del bastón.

—Qué hombre más tonto —dice, y se le caen dos lágrimas.

—Sí, señora.

—Qué hombre más bueno.

—Eso también.

A las once, dos agentes se llevan a Ivy.

Va esposada, con el abrigo de lana gris, el moño deshecho, la corona morada todavía puesta, que nadie se ha atrevido a quitarle.

No lleva zapatos. Los tacones negros están en una bolsa de plástico, etiquetados como prueba.

Camina por el recibidor de Willowbrook con la dignidad de quien entra en una sala de consejo, con la barbilla alta y la espalda recta. Y al llegar a la puerta, se detiene.

—Un momento —dice.

El agente la mira. La inspectora, desde la escalera, asiente.

Ivy se gira. Me busca con la mirada. Yo estoy en el último escalón, con la Implacable en la mano, sin saber por qué la llevo ahí.

—Clem —dice.

—Dime.

—Quería preguntarte una cosa.

—Dime.

—Es una tontería.

—Dímela.

—Cuando lees un manuscrito. Cuando encuentras un error. —Se humedece los labios—. ¿Qué sientes?

Me quedo pensando. Es la pregunta más rara que me han hecho en mi vida y, sin embargo, creo que es la más sincera.

—Un picor —respondo—. Aquí. En la mano.

—¿Y cuando lo corriges?

—Alivio.

—Qué envidia.

—Tú eres mejor editora que yo correctora.

—Eso es mentira.

—Es una opinión profesional.

—Gracias. —Sonríe un segundo, una sonrisa chica, pálida, y me doy cuenta de que lo hace sin abrir la boca, como si le hubieran enseñado a no sonreír del todo—. Dime una cosa más.

—Lo que quieras.

—¿La interrogación estaba mal?

—Mal, no. —Sonrío también—. Estaba bien puesta. Pero no era de Barty.

—Ya.

—A Barty le gustaban las exclamaciones.

—Lo sé. —Se vuelve hacia la puerta, y por primera vez veo cómo le tiembla la barbilla—. Siempre lo supe. Es lo que me sacaba de quicio.

Y se la llevan.

Cuando la puerta se cierra, nadie habla. Fuera, el coche de policía arranca con un crujido de nieve. Hermione cierra los ojos. Beatrix se suena la nariz con un pañuelo de encaje. Declan se santigua, y lo hace despacio, con una calma que no le había visto en toda la noche.

—Padre —dice Hermione—. Va a hacer usted algo por mí.

—Lo que quiera, señora.

—Va a casarnos.

Declan parpadea.

—¿A quiénes?

—A Alistair y a mí.

Se hace un silencio muy largo. Penhallow, a su lado, que estaba de pie junto a la escalera con las manos a la espalda y la pajarita derecha otra vez, se pone tan rígido que parece que se le va a partir la columna.

—Señora —dice.

—Alistair.

—No es correcto.

—Es Navidad.

—Soy su mayordomo.

—Eres mi mayordomo desde hace cuarenta y un años. Y mi hijo me ha dicho en una grabación, delante de todos, que me case contigo. No pienso desobedecer a un muerto. —Se acerca, con el bastón, un paso—. Y tampoco pienso seguir esperando.

—Señora, yo…

—Siéntate.

—No puedo.

—Siéntate, Alistair. En esa silla. Ahora.

Penhallow mira la silla. Mira a Hermione. Mira a los siete que lo observamos con la respiración contenida. Y despacio, con una dignidad inmensa, con una rigidez de siglos, se sienta. Se queda mirando el suelo.

—Por primera vez en cuarenta y un años —murmura— me he sentado delante de los invitados.

—Se te ve muy bien —dice Hermione.

—Gracias, señora.

—Y ahora, ¿qué contestas?

Penhallow alza los ojos. Los tiene húmedos. Y dice, con una voz que viene de un lugar muy hondo, un lugar al que no ha dejado entrar a nadie desde 1985:

—Muy bien, señora.

—¿«Muy bien, señora»?

—Con muchísimo gusto, Hermione.

Es la primera vez que la llama por su nombre.

Hermione se tapa la boca con la mano, con una risa temblorosa.

Beatrix se echa a llorar a mares. Declan, todavía en calcetines, saca del bolsillo un librito negro y empieza a buscar una página con una solemnidad que le dura tres segundos.

Teddy aplaude, y todos aplaudimos, y es un aplauso torpe, mojado, lleno de mocos, el más bonito del mundo.

El resto de la mañana pasa como pasan las mañanas después de las noches muy largas: sin que nadie se dé cuenta.

Beatrix sube a su habitación, hace la maleta y baja con un sombrero de ala ancha y las gafas de sol, a pesar de que no hay un rayo de sol en todo el vestíbulo.

«Me voy a Lisboa —anuncia—. Con los dos billetes.

Uno lo usaré yo. El otro lo guardo para el día en que alguien me pida que me lo piense.

» Mira de reojo a Declan, que se pone del color de un tomate.

«Pascua, querido. Hablaremos en Pascua.»

Teddy me trae su manuscrito, trescientas doce páginas atadas con una goma, y me lo pone en las manos con una reverencia de monaguillo. «Con lápiz rojo», me recuerda. «Con bolígrafo», le recuerdo. Y nos reímos.

La inspectora Thorne se queda un rato más. Antes de irse, se acerca a Nate con una sonrisa que no le había visto hasta ahora, la de una mujer que lleva toda la mañana conteniéndose, y le dice, con un hilo de voz:

—Perdone la indiscreción. ¿Usted es Nathaniel Calder?

—Eh… sí.

—El del inspector Grimm.

—El mismo.

—Tengo todos sus libros.

—Qué amable.

—¿Me firmaría uno?

—Inspectora, tenemos un muerto en el salón.

—Lo sé. Pero me lo he traído en el coche. Por si acaso. —Saca de su bolso, con una expresión de culpa infinita, un ejemplar muy manoseado de El inspector Grimm y el crimen del reloj—. Es el que más me gusta.

Nate me mira. Yo me tapo la boca con la mano.

Y él, con la seriedad de un hombre que firma un tratado de paz, coge un bolígrafo azul, abre el libro por la primera página y escribe una dedicatoria.

Cuando la inspectora se va, curiosa, me asomo por encima de su hombro.

Pone: Para Dolores, que sabe más que Grimm. Con ojos color tormenta. N.

—No es verdad —le digo.

—¿El qué?

—Lo de los ojos.

—Es el último —promete.

A las doce, cuando por fin se han ido todos los coches y la casa ha vuelto a quedarse en silencio, Nate y yo salimos a pasear.

No lo hemos planeado. Simplemente cogemos los abrigos, el suyo sigue húmedo de ayer, el mío huele a harina, y salimos al patio.

Hace frío, pero es un frío limpio, de los que huelen a pino.

El sol, bajo, rasante, tiñe la nieve de color miel.

Nuestros pasos hacen un crujido de galleta.

A lo lejos, en una rama, un petirrojo nos mira con cara de no saber nada.

Caminamos sin decir nada, por el camino de entrada, entre los pinos, hasta que llegamos a la verja. La misma verja. El mismo hierro forjado. El mismo cartel.

PRIVATE PROPERTY.

Con una T diminuta, en rojo, entre la R y la P.

—Se ve —dice Nate.

—Ya lo sé.

—Te ha quedado muy bien.

—Gracias.

—Penhallow me ha dicho que Barty lo había dejado así a propósito. Que era el primer misterio de la casa.

—Y que lleva once años sin que nadie lo resuelva.

—Pues lo has resuelto tú.

—Era una errata, Nate. No un misterio.

—A veces es lo mismo.

Me mira. Los ojos marrones, normalísimos, ligeramente turbios, con el sol de frente. Se le ha marcado el hoyuelo. Se mete la mano en el bolsillo, saca algo, y me lo tiende. Es un rotulador negro, de los de punta gruesa, que ha debido de coger del escritorio de Barty.

—¿Para qué? —pregunto.

—Para que cierres el asunto.

—¿Qué asunto?

—El del cartel.

Lo miro. Miro la verja. Y de pronto lo entiendo. Cojo el rotulador, me pongo de puntillas, estiro el brazo, y al final de la última palabra, con un trazo grueso, firme, redondo, con un punto perfectamente redondo debajo, escribo un signo.

PRIVATE PROPERTY!

Me aparto. Contemplo mi obra con los brazos en jarras.

—Barty lo habría querido —digo.

—Con tres.

—Con uno. Una sola. A regañadientes.

—Es la regla de oro de Ivy.

—Es la regla de oro de Clem. Un signo de exclamación por verja. Y solo cuando se lo merece.

—¿Se lo merece?

—Es Navidad. Nos hemos salvado de un asesinato. Y me han invitado a una boda.

—Y has resuelto el misterio de la T.

—Y he resuelto el misterio de la T.

Nate sonríe. Se acerca. Me quita el rotulador de la mano, lo guarda en el bolsillo y me coge de la cintura, y yo noto, a través de la lana del abrigo, que le tiemblan los dedos.

—Ya ha terminado —dice.

—¿El qué?

—Esto. Lo de anoche. El asesinato. La noche. —Traga saliva—. Dijimos que cuando esto terminara.

—Lo recuerdo.

—Tengo que reclamar una cosa.

—¿Qué cosa?

—Los otros dos tercios.

—¿Del perdón?

—Del perdón.

—Estaban pendientes de revisión.

—Lo sé.

—Los he revisado.

—¿Y?

Me pongo de puntillas, otra vez. Le pongo una mano en el cuello. Le sonrío, y noto que me tiembla la boca.

—Aprobados —susurro.

Y le beso, delante de una verja, bajo un sol de invierno, con un petirrojo de testigo y una errata corregida a mis espaldas, y es el mejor beso de mi vida, aunque no sea el primero. Cuando nos separamos, nos quedamos con las frentes juntas, riéndonos sin ruido.

—No se lo digas a Barty —dice Nate.

—Se lo diré yo.

—¿Cómo?

—En una tarjeta. —Le miro—. Con exclamación.