UNA NAVIDAD DE MUERTE 27. El pudin abierto
93%

27. El pudin abierto

El pudin abierto

Un pudin de Navidad se flamea con ceremonia o no se flamea.

Eso lo dice Penhallow, y lo dice con una gravedad tan absoluta que ninguno de los siete presentes se atreve a llevarle la contraria.

Ha colocado el pudin sobre la mesa baja de la biblioteca, encima de su bandeja de plata, con la ramita de acebo recién clavada.

Ha apagado las lámparas. Solo queda el fuego de la chimenea, que baña la sala de una luz rojiza, y una vela en un candelabro de plata que Beatrix sostiene con las dos manos, temblando, porque nadie le ha pedido que lo haga y ella ha decidido que alguien tenía que hacerlo.

Ivy sigue en su butaca. No ha dicho nada desde lo del frasco. Mira el pudin con una expresión que no sé describir, la del que ve cómo se abre una puerta que llevaba años intentando derribar.

—Señores —dice Penhallow, con las manos a la espalda—. Es tradición de esta casa que el pudin de Navidad se flamee con coñac, a medianoche, delante de todos los invitados. Esta noche, por razones evidentes, hemos tenido que aplazarlo. Pido disculpas.

—Aceptadas —dice Hermione.

—El señor Quill, que en paz descanse, habría querido que se cumpliera la tradición.

—Y que nos pusiéramos coronas —añade Teddy.

—Y coronas.

Declan, sin decir palabra, se quita la suya, de papel morado, ya hecha un acordeón, y la deja en la cabeza de Ivy. Ella la mira de reojo, con tal frialdad que Declan retira la mano y se la lleva al pecho, como un niño al que han regañado.

—Qué bonito —murmura Beatrix, con un hilo de voz.

—Cantaremos —anuncia Penhallow.

—¿Cantaremos? —pregunta Nate.

—«Dios salve al rey».

—Pero si es el rey, no la reina…

—Es una tradición de 1998.

—Es muy reciente para ser una tradición.

—Señor Calder.

—Cantaremos —se rinde Nate.

Penhallow descorcha una botella de coñac, de las buenas, de etiqueta ennegrecida, y vierte un chorro generoso sobre el pudin.

El líquido resbala por la corteza, brilla, gotea sobre la plata.

Se oye un chisporroteo. Un olor denso, a uvas viejas y a madera, inunda la sala.

Hermione cierra los ojos, aspira, y murmura algo que suena a «Barty».

—Señorita Ashworth —dice Penhallow, ofreciéndome la vela —. Con su permiso.

—¿Yo?

—Usted ha cuidado el pudin.

—Lo hemos cuidado entre dos.

—Ustedes.

Nate me mira. Yo lo miro. Ninguno de los dos sabe a quién va dirigido «ustedes». Cogemos la vela entre los dos, con las manos juntas, y acercamos la llama al coñac.

Fuuum.

Una llama azul recorre el pudin entero, con un sonido de seda que se rasga, y todo el postre se ilumina por dentro, como una lámpara de ámbar. Beatrix suelta un «oooh» con un hilo de lágrima. Teddy aplaude. Declan se santigua. Y Penhallow, con la voz más baja y más temblorosa de la noche, empieza:

—Dios salve al rey…

Lo cantamos. Es una cosa que no creía posible.

Siete personas despeinadas, sin dormir, en calcetines y pijamas de ovejas, delante de una chimenea de Shropshire, a las seis de la mañana de Navidad, entonan un himno nacional, desafinadas, medio llorando, medio riéndose, con un pudin en llamas y una asesina en una butaca.

Hermione canta como una trompeta oxidada.

Beatrix no se sabe la letra y se inventa la mitad.

Teddy canta una octava más alta que los demás.

Nate, a mi lado, canta muy bajo, con una voz de barítono que me sorprende y que me hace pensar, con una punzada, que me gustaría oírle cantar otra cosa.

Ivy no canta.

Pero cuando llegamos al final, cuando la llama azul se apaga con un último parpadeo y el humo se queda flotando sobre el pudin como un fantasma educado, veo que tiene los ojos húmedos. Muy poco. Una brillantez mínima. Vuelve la cabeza hacia la chimenea para que no la veamos.

Penhallow toma un cuchillo de plata. Lo sostiene un momento sobre el pudin, con las dos manos, como un sacerdote sobre el altar.

—Con su permiso, señora.

—Adelante, Alistair.

Corta.

La hoja se hunde despacio. La corteza cede con un crujido pequeño. Dentro, la masa es oscura, húmeda, llena de pasas y de frutas confitadas, y huele a especias y a licor. Penhallow corta un primer trozo, lo aparta con cuidado, y vuelve a hundir el cuchillo. Se oye un clic.

Un clic metálico. Pequeño. Agudo.

Penhallow se detiene. Retira el cuchillo. Y con las puntas de los dedos, muy despacio, aparta la masa del corte, y saca de dentro del pudin, envuelto en papel de aluminio, un paquetito del tamaño de una moneda grande.

—Es el seis peniques —dice Teddy.

—Es lo que se ha puesto siempre dentro —dice Hermione.

—Da suerte a quien lo encuentra —dice Beatrix.

—No es un seis peniques —dice Penhallow.

Lo desenvuelve. El papel de plata cae, arrugado.

En la palma de su mano, sobre una piel arrugada y manchada de pasas, descansan dos objetos.

Uno, redondo, de plata antigua, diminuto, con la efigie de una reina: la moneda de seis peniques de toda la vida.

Y el otro, rectangular, de plástico negro, con una pequeña tapa deslizable y un lacito de cinta roja atado al agujero.

Un pendrive.

Nadie dice nada. Ni siquiera Hermione. Se oye el crepitar de la chimenea, un tronco que se rompe, el goteo del deshielo en los canalones. Y de pronto, desde la butaca de orejas, una voz muy fina, muy baja, casi un suspiro:

—Lo sabía.

Todos nos volvemos hacia Ivy.

—Lo sabía —repite, con los ojos fijos en el objeto—.

Sabía que lo había escondido en algún sitio de esta casa.

Lo busqué en la caja fuerte. Lo busqué en su biblioteca, en su coche, en sus libros, en el invernadero.

Y estaba… —Se le escapa una risa sin aire—.

Estaba en el postre. Barty. Siempre escondía lo importante en lo más dulce.

—Ivy —dice Nate.

—No. —Levanta una mano—. Déjame terminar. Déjame decirlo. Quiero oírlo yo también.

Se levanta. Se alisa el abrigo, que está sucio de barro y de insecticida.

Se recoloca el moño, que ya no tiene arreglo.

Tiene la espalda recta. La voz, tranquila.

Y por un instante, solo un instante, vuelve a ser la directora editorial que nos recibió ayer en el salón, con las frases limpias y las manos juntas.

—Dieciséis años —dice—. Dieciséis años haciendo ganar dinero a un hombre que firmaba con exclamaciones y me pagaba un sueldo de secretaria.

Dieciséis años leyendo manuscritos de gente que no sabía escribir, y corrigiéndolos hasta que vendían cien mil ejemplares.

Dieciséis años diciendo «sí, Barty», «claro, Barty», «ahora mismo, Barty».

Y cada Navidad, la Cena del Crimen, las coronas de papel, las galletas, los chistes de jardinero. Y yo, preparando la sangre.

—Ivy…

—Me quedé con una parte. Pequeña. Nunca más de lo que me debía.

Eso me decía. «Es lo que me debe.» Un día fueron diez mil libras.

Luego cincuenta. Luego un poco más. Y un día me di cuenta de que ya era un millón.

—Sonríe, con una tristeza muy grande—. Y de que nadie lo había notado.

Salvo una correctora de Bristol, en un margen, hace dos años.

Siento que todos me miran. Se me suben los colores.

—Yo solo pregunté por los decimales.

—Lo sé. Y lo tapé. Con un «error de formato». Y pensé: ya está. Pero luego Barty se puso raro. Me miraba. Me hacía preguntas pequeñas. En octubre me dijo, con aquella sonrisa: «Ivy, este año tengo una sorpresa para la cena. Creo que te va a encantar». Y yo supe que lo sabía.

—Y decidiste matarlo.

—No fue una decisión. —Se pasa la mano por la frente—.

Fue un reflejo. Como la interrogación. Todo lo que he hecho esta noche ha sido un reflejo.

Preparé la sangre como cada año. Fui al invernadero por si acaso.

Cogí la raíz sin pensar, y me dije: «Solo por si acaso».

Hice el extracto en mi habitación, con el vodka del minibar, mientras os vestíais para la cena.

«Solo por si acaso». Y cuando lo vi beber…

Se calla. Se muerde el labio.

—Dijo «¡puaj!» —dice, con la voz rota—. Dijo: «Este año te has pasado de amarga». Y se rio. Y yo le dije «es la cosecha». Y seguí cortando mi carne en cuadraditos.

Nadie dice nada. Beatrix llora en silencio. Declan reza con los labios, sin sonido. Teddy aprieta su bomba de fumigar. Y Hermione, inmóvil en su butaca, con la mirada de una mujer que ha visto muchas cosas y que ninguna le ha parecido tan triste, murmura:

—Qué desperdicio.

—Lo sé.

—Qué desperdicio de mujer inteligente.

Ivy se ríe. Es una risa seca, corta, sin alegría. Se tapa la boca con la mano.

—Eso me lo decía él —confiesa.

—¿Qué?

—Siempre. «Qué desperdicio, Ivy. Con lo lista que eres.»

Nate se ha levantado. Se acerca a la mesa, coge el pendrive de la palma de Penhallow con dos dedos y mira a su alrededor.

—Hay un portátil en mi maleta —dice—. Con un poco de batería.

—Tráelo —digo.

Sale. Vuelve a los dos minutos con un ordenador pequeño, de carcasa gris, que deja sobre la mesa baja, entre el pudin y el candelabro. Lo abre. Lo enciende. La pantalla ilumina nuestras caras de un blanco frío. Inserta el pendrive. Una ventana se abre. Aparecen dos archivos.

El primero se llama Auditoría_Harrington&Pole.pdf. El segundo, Para_quien_corresponda.mov.

—Empieza por el segundo —dice Hermione.

—Hermione…

—Empieza por el segundo.

Nate hace clic.

La pantalla se oscurece un segundo. Después se ilumina.

Aparece un despacho que reconozco: la butaca de piel agrietada, la estantería hasta el techo, los carteles enmarcados.

Y en el centro del encuadre, sentado a su escritorio, con un jersey de renos que parpadea, el bigote blanco bien peinado y una taza de café en la mano, Barty Quill.

Sonríe. Se le arrugan los ojos. Mira a la cámara con esa expresión de niño al que le han dejado solo con una caja de petardos.

—¡Hola! —dice. Su voz suena un poco metálica por el altavoz, pero es suya, entera, tronante, viva—. Si estáis viendo esto, es que o he muerto, o me he vuelto muy listo. Y como lo segundo es poco probable, os pido que no os asustéis.

Beatrix se tapa la boca con las dos manos. Hermione cierra los ojos.

—Primero, lo importante. Mamá, ¡Alistair! —Se acerca a la cámara, como si fuera a darles un beso a través de la pantalla—. Quiero que os caséis. Llevo cuarenta años viendo cómo os miráis por encima de la sopa. Me cansa. Os lo digo ya, que luego me muero y no puedo presionaros.

Hermione suelta un sollozo ahogado, y es la primera vez en toda la noche que la veo llorar. Penhallow, a su lado, se ha puesto blanco como la cera. No se mueve. No pestañea. Solo le tiembla el labio inferior, un poco, muy poco.

—Segundo. Bea. —Barty baja la voz—. Hay dos billetes en el cajón de mi escritorio. Lisboa. Si estoy muerto, ve tú. Con quien quieras. Con el cura, si hace falta. ¡Pero ve! Y toca el piano allí. Aunque lo toques fatal.

Beatrix se echa a llorar a mares, sin ruido, con los hombros temblando. Declan, a su lado, le pone una mano en la espalda y ella no la aparta.

—Tercero. Teddy. Tu novela es cursi. Es muy cursi. Es la cosa más cursi que he leído en veinte años. ¡Publícala! Yo no puedo, porque soy un cobarde, pero tú no tienes por qué serlo. Habla con Clem. Ella lo arreglará.

Teddy abre la boca. La cierra. Se quita las gafas. Se las limpia con la manga del pijama de ovejas, aunque están perfectamente limpias.

—Cuarto. Nate. —Barty sonríe—. Deja de ponerles ojos color tormenta a todos tus personajes. En serio. Ya.

Nate se echa a reír. Una risa muy suave, empapada.

—Quinto. —Aquí Barty se queda un segundo callado. Mira el café. Respira—. Y quinto es lo más difícil. Ivy.

La pantalla chisporrotea. Ivy, de pie junto a su butaca, no se mueve.

—Si has llegado hasta aquí, es porque has sido tú.

Y si has sido tú, es porque he fallado como jefe, como amigo y como casi padre, que es lo que he sido para ti durante dieciséis años.

Sé lo del dinero. Hace seis meses que lo sé.

Contraté a un auditor que ha descubierto una sociedad en la isla de Man, Hedera Holdings.

Hedera. Hiedra. Ivy. Qué poco imaginativa, querida.

Me ha dolido más el nombre que el dinero.

—Dios mío —murmura Teddy—. Hedera helix.

—No sé si lo has hecho por rencor o por miedo o por una de esas cosas que se hacen sin saber cómo.

Y no me importa. No hoy. Lo que quiero decirte es esto.

Te iba a perdonar. —Se le quiebra la voz.

Se pasa el dorso de la mano por los ojos—.

Te iba a perdonar delante de todos, esta noche, después del postre.

Y a darte la mitad de la empresa, que ya era tuya, y a decirte que te devolviera el dinero a los autores y que luego volvieras a trabajar.

Porque eres la mejor editora que he conocido en mi vida. ¡Y porque eres idiota! ¡Pero la mejor!

Ivy se ha llevado las manos a la cara.

—Si me has matado, es que no me has dado tiempo. Qué cosa más tonta. Qué cosa más tonta, Ivy.

Se calla. Sonríe de nuevo, con los ojos mojados.

—Y ahora lo último. Clem. —Me señala con el dedo, directamente, a través de la cámara, y siento un calambre en el estómago—.

Gracias por los decimales. Gracias por todas las comas.

Gracias por tener una letra tan bonita y una paciencia tan escasa.

Cuida de Nate. Es un desastre, pero escribe bien.

Y cuida el pudin, que lo he cocinado yo, o Alistair, que viene a ser lo mismo.

Los dos se ríen en la pantalla. Yo, en la biblioteca, estoy llorando de una manera muy poco profesional.

—Una cosa más —dice Barty, y se inclina hacia la cámara, con un guiño enorme—. Si el asesino ha dejado una tarjeta con interrogación, ¡le han pillado! ¡Jamás pondría yo una interrogación! ¡Ni muerto! ¡Better luck next year!

Y alarga el brazo y apaga la cámara.

La pantalla se queda negra.

Durante un rato muy largo, nadie dice nada. Solo se oyen los sollozos de Beatrix, la respiración de Penhallow, el goteo del tejado. Hermione ha apoyado la frente en el puño. Nate se ha sentado a mi lado, sin darme cuenta, y su mano busca la mía en la oscuridad, y la encuentra.

Y entonces, de pie junto a su butaca, con las manos cubriéndole la cara, Ivy Delacroix dice, con una voz tan pequeña que apenas se oye:

—Con exclamación.

—¿Cómo? —pregunta Hermione.

—Que lo ha dicho con exclamación. —Baja las manos. Tiene la cara cubierta de lágrimas y de polvo blanco—. Siempre lo hacía. Qué hombre más insoportable.

Se echa a reír, con una risa horrible, quebrada, entre sollozos. Y esta vez, por primera vez en toda la noche, nadie la mira con odio.