UNA NAVIDAD DE MUERTE 26. Los guantes de terciopelo
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26. Los guantes de terciopelo

Los guantes de terciopelo

Hay un momento, en todas las novelas policíacas, en que el detective cambia de tono.

Se supone que es el momento de la gravedad. El momento en que baja la voz, se pasea por la sala con las manos a la espalda y deja caer, una por una, las pruebas. Yo nunca había creído en ese momento. Siempre me parecía teatral. Siempre le ponía un margen: «¿Nadie interrumpe? ¿Nadie bosteza?».

Pues resulta que sí. Resulta que cuando uno tiene siete personas delante, una chimenea detrás y una asesina en una butaca, la voz baja sola.

—Cuarenta segundos de oscuridad —digo—. Es lo que dura un apagón en Willowbrook, cuando Barty aprieta el interruptor. Cuarenta segundos en los que ocho personas están sentadas a una mesa, a oscuras, sin saber qué ocurre. En esos cuarenta segundos, pasaron cuatro cosas.

Levanto un dedo.

—Una: Barty se fue al salón. Con una copa de vino que acababa de beber. Y se murió.

Dos dedos.

—Dos: alguien dejó una tarjeta junto a su plato. Esa tarjeta. Para que todos pensáramos que seguía el juego. Para que nadie corriera a socorrerle. Para ganar tiempo.

Tres.

—Tres: Penhallow y Hermione, que no estaban donde dijeron, estaban donde no iban a decir. —Hermione me mira. Sonrío—. Y que no tuvieron nada que ver, porque estaban ocupados en algo que no me incumbe y que es muy bonito.

—Margaret —dice Hermione.

—Perdón.

Cuatro.

—Y cuatro: alguien movió una silla casi un metro, se levantó sin ruido, pasó entre Declan y el sitio de Barty, con unos tacones, con un clic de bolso, con un olor a jabón caro, y volvió a sentarse. Con mucho cuidado. Y arregló su servilleta.

Ivy no se mueve.

—Declan oyó los tacones —sigo—. Y el clic.

Yo oí el clic también, pero no entendí qué era.

Una tapa de metal. Un broche. Y lo he entendido hace una hora, en el pasillo, cuando tu bolsa se ha abierto en el aire.

—Me agacho. Recojo del suelo el contenido que Hermione ha traído envuelto en un trapo y que ha dejado sobre la mesa, y lo coloco en fila, como piezas de ajedrez—.

Un pintalabios. Unas gafas. Un cuaderno.

Y un estuche de polvos, de plata, con un cierre muy sonoro.

Aprieto el cierre. Hace clic.

—Ese —murmura Declan, con los ojos muy abiertos.

—Ese —repito.

—Qué descuidado por mi parte —dice Ivy.

—Y luego —sigo, sin pararme—, el cuaderno.

Lo cojo. Es un cuaderno pequeño, de tapas negras, con una goma elástica. Lo abro. Hojeo. Me detengo en la primera página escrita. Respiro. Y empiezo a leer, en voz alta, para todos, lo que hay dentro.

—Hojas y hojas, con una letra que no es la de Ivy.

Grande. Inclinada hacia la derecha. De rotulador negro.

Con una frase repetida cuarenta, cincuenta, sesenta veces.

Better luck next year. Better luck next year.

Better luck next year. —Paso una página—.

Al principio, con la letra torpe, con las eses mal hechas, con temblores.

Y a medida que avanzan las páginas, mejor.

Más segura. Más grande. Más parecida. —Levanto el cuaderno—.

Hasta que, aquí, a la mitad, se parece tanto a Barty que da miedo.

Alzo el cuaderno para que todos lo vean. Páginas y páginas, un puñado de ensayos que van acercándose a un modelo hasta confundirse con él. Y en cada una, al final de cada línea, una marca. Un signo dibujado, tachado con violencia, y sustituido, justo al lado, por otro más pequeño, más discreto.

—Todas empiezan con exclamación —digo—. Al principio.

La hace, porque sabe que Barty la ponía.

Y la tacha. Y escribe una interrogación.

Cincuenta veces. Sesenta. —Cierro el cuaderno—.

No podía evitarlo. Su mano no se lo permitía.

Había tachado tantas exclamaciones en dieciséis años que ya no sabía escribir una.

Un murmullo recorre la sala. Beatrix se lleva la mano a la boca. Declan se santigua, no sé por qué. Teddy dice «guau» en voz baja y se tapa la boca con la bomba de fumigar.

—Es un ejercicio de caligrafía —dice Ivy.

—De la letra de Barty.

—Siempre me ha fascinado.

—En una libreta, en tu bolsa, la noche del crimen.

—Soy una persona curiosa.

—Eres una falsificadora.

—Eso es muy duro, Clem.

—Es muy preciso. —Sin soltar el cuaderno, me giro hacia Teddy—. Teddy, cuéntalo.

—¿Yo?

—Cuenta lo de la raíz.

Teddy se pone de pie, con la bomba de fumigar en brazos y la cara color remolacha.

Traga saliva. Mira a Hermione, que asiente.

Mira a Nate, que le hace un gesto con la mano.

Y con una voz que empieza como un hilo y acaba como una cuerda, cuenta todo: la tarde, la visita de Ivy al invernadero a las cuatro y media, los guantes de terciopelo verde que no se quitó, la hiedra, la raíz de Mildred que ya no está, el hueco en la tierra, la aconitina que se concentra en alcohol, el sabor amargo, el entumecimiento, la muerte rápida.

Cuando termina, está sudando. Las gafas se le han empañado.

Pero no se ha disculpado ni una sola vez.

—Muy bien, Teddy —dice Nate.

—Gracias.

—Has estado impecable.

—He dicho «aconitina» ocho veces.

—Nueve.

—Qué bien.

—Y una cosa más —añado—. Teddy, trae el frasco.

—¿Qué frasco?

—El que encontraste.

Teddy parpadea. Ha olvidado que lo encontró. Hurga en el bolsillo del pijama de ovejas y saca un frasquito de cristal oscuro, sin etiqueta, del tamaño de un dedo, tapado con un corcho. Lo sostiene entre dos dedos, con un cuidado exquisito.

—Estaba enterrado en el tiesto de Mildred —dice—. Esta noche, antes de la persecución, cuando fui al invernadero. Alguien lo había dejado allí, debajo de la tierra, a un palmo de profundidad. Yo pensaba que era un cebo para ratones. Pero no. Huele a ginebra. Y a algo más.

Lo destapa. Se lo acerca a la nariz, y retrocede con un respingo.

—Es amargo —murmura—. Es muy amargo.

—Es el extracto —digo.

—Es el extracto.

—Y lo enterró allí —sigo, volviéndome hacia Ivy— cuando salió de la biblioteca a las tres menos diez. Con los zapatos en la mano. Y volvió con las suelas manchadas de barro y una hojita de helecho. Yo las vi. No me creí ni una palabra de que estuvieras durmiendo.

—Una persona puede ir al jardín a las tres de la madrugada.

—Una persona puede.

—Soy sonámbula.

—Los sonámbulos no llevan zapatillas de fieltro en el bolsillo.

Ivy no responde. Y esta vez no es un silencio de calma. Es un silencio de cálculo. Se le nota que está pensando. Que dibuja, dentro de su cabeza, con una precisión de ingeniera, el plano de las pruebas, y busca por dónde sacar una pierna.

—Un frasco no es una condena —dice, por fin.

—No.

—Un cuaderno, tampoco.

—No.

—Unos guantes sucios, menos.

—Menos todavía.

—Y una interrogación —dice, con una media sonrisa— es solo una interrogación.

—Pero todo junto —responde Nate, levantándose del sofá— empieza a parecer un asesinato.

—Con permiso, señor Calder, usted no es el más indicado para hablar. —Ivy gira la cabeza hacia él con una lentitud que me hiela la sangre—. Usted estaba en el despacho de Barty esta noche, a las tres de la madrugada, con la caja fuerte abierta. Lo vi. Se lo conté a Hermione.

—¿Tú me viste?

—Los dos nos vimos.

—Perdona, pero tú no estabas allí.

—Usted me vio salir. Pero no me vio entrar.

Porque yo ya había entrado antes. Y cuando abrí la caja, no había nada.

Solo calcetines. Y cuando me di la vuelta, usted ya estaba en la puerta.

—Sonríe, con una frialdad que da escalofríos—.

¿Cuál de los dos le parece más sospechoso?

¿La mujer que lleva dieciséis años en la empresa?

¿O el escritor al que, por cierto, le han estado robando las regalías?

Se hace un silencio helado.

—¿Robando? —dice Nate, muy despacio.

—Es una forma de hablar.

—Hace dos meses me dijiste que era un retraso en la contabilidad. «Hay un retraso.» Lo recuerdo palabra por palabra.

—Y es lo que era.

—¿Y cuándo ha pasado de retraso a robo?

—Se dice así. Todo el mundo lo dice.

—Nadie lo ha dicho en toda la noche —respondo yo, con una voz que no reconozco—. Ni Hermione, ni Beatrix, ni Declan. La única persona que ha escrito esa palabra es Barty, en una carta que solo hemos leído Nate y yo. Y la otra persona que la sabe es la que se ha quedado con el dinero.

Ivy me mira. Es la primera vez en toda la noche que parece asustada de verdad. Se muerde el labio. Mira a Nate. Mira a la chimenea. Y entonces, de la forma más inesperada, casi con un suspiro, deja caer los hombros.

—Muy bien —dice—. Muy bien, Clem. Lo has hecho muy bien.

—Gracias.

—¿Quieres saber lo mejor?

—Dime.

—Que no tienes nada que demuestre por qué.

—Por qué qué.

—Por qué. Por qué iba a querer yo matar a Barty. —Y sonríe, con unos dientes pequeños, blancos, muy parejos—. Un frasco, un cuaderno y una interrogación no son un motivo. Y sin motivo, querida, no hay jurado en Inglaterra que condene a una mujer.

Entonces, desde la puerta, con una voz grave y pausada, que parece la de un reloj de pared que se aclarara la garganta, Penhallow dice:

—Quizá el motivo esté en el pudin.

Todos nos volvemos.

Penhallow se ha ajustado la pajarita. Sostiene, entre las manos, envuelto en un trapo de cocina a cuadros, con el aspecto solemne de quien lleva una reliquia, un objeto redondo, oscuro y brillante.

Desde su butaca, con el bastón sobre las rodillas, Hermione lo mira como no ha mirado a nadie en cuarenta años.

—Señorita Ashworth —dice—. Con su permiso. Creo que ha llegado la hora.