25. El álbum
El álbum
Hay una norma no escrita en las novelas de misterio: cuando el detective reúne a los sospechosos para explicarlo todo, siempre hay una chimenea encendida y alguien que se sirve una copa.
En Willowbrook, a las cinco y media de la madrugada de Navidad, hay las dos cosas.
Penhallow ha reavivado el fuego de la biblioteca con una pericia de siglos.
Hermione, envuelta en una manta y con el bastón de zorro atravesado sobre las rodillas, se ha servido un jerez que nadie le ha pedido que no se sirviera.
Y yo, de pie, delante de la chimenea, con el jersey de lentejuelas lleno de harina, barro y restos de insecticida, siento que se me ha olvidado cómo se respira.
Estamos todos. Los ocho. Los siete, mejor dicho, más Ivy.
Beatrix, con el abrigo de pelo sobre el camisón y el antifaz de seda todavía en la frente, está sentada en el borde de un sillón, con los zapatos en el regazo, porque no ha tenido tiempo de ponérselos.
Declan, en calcetines, con la corona morada de papel y el crucifijo de madera, se ha colocado a su lado con la cara de un hombre que ha olvidado el sermón.
Teddy, en pijama de ovejas, abraza su bomba de fumigar contra el pecho como un osito de peluche de latón.
Penhallow, de pie junto a la puerta, con el cazo de cobre y la pajarita torcida, parece un portero de discoteca de otro siglo.
Nate se ha dejado caer en el sofá, con las rodillas separadas y la cabeza entre las manos, jadeando todavía.
Y en el centro, en una butaca de orejas, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo, cubierta de polvo blanco de insecticida, con el moño deshecho y el abrigo de lana lleno de barro, está Ivy Delacroix.
Tiene la espalda recta. Tiene la mirada fija en un punto de la pared.
Es la imagen de una mujer que ha decidido no mover un solo músculo de la cara.
—Bien —dice Hermione, dando un golpecito en el suelo con el bastón—. Margaret. Es tu turno.
—Clem.
—Margaret. Habla.
—¿Tengo que…? —Miro a mi alrededor—. ¿Delante de todos?
—Es lo que se hace.
—¿Hay un protocolo?
—Hay un asesino, querida. Eso es un protocolo muy completo.
Respiro hondo. Saco del bolso, con las manos todavía temblorosas por la carrera, el álbum de tapas verdes.
Lo sostengo en alto. Lo abro por una página cualquiera.
Y empiezo a hablar, con una voz que no reconozco, la de alguien que lleva doce horas sin dormir y se da cuenta de que lo único que sabe hacer en el mundo es leer con atención.
—Esta noche —digo— han ocurrido muchas cosas. Han ocurrido tantas, y tan deprisa, que casi nadie se ha fijado en la que más importa. Es un detalle muy pequeño. Se escribe con un solo trazo.
—Pues dilo ya —dice Beatrix.
—Una interrogación.
Silencio.
—Cuando Barty murió —sigo—, encontramos una tarjeta junto a su plato.
Better luck next year? :). Hermione nos dijo que su hijo dejaba una cada año.
Lo que no dijo, porque no podía saberlo, es que la tarjeta de hoy tenía algo raro.
Y yo sí lo sabía. Porque llevo cinco años corrigiendo sus correos, sus prólogos, sus cartas.
Y Barty Quill, señoras y señores, no ponía interrogaciones.
—¿Cómo que no? —dice Declan.
—Nunca. Era una cuestión de principios. Para él, la duda era un defecto de carácter.
Un editor, decía, no pregunta. Afirma. Escribía con exclamaciones.
Muchas. Cuantas más, mejor. —Levanto el álbum—.
Y aquí lo tenéis. Veintiocho tarjetas. De 1998 a 2025.
Todas dicen lo mismo. Todas, absolutamente todas, terminan en exclamación.
Algunas, en doble. Una, en quíntuple. Y alguien, no sé quién, escribió en lápiz al lado de la de 2011: «Señor, es demasiado».
—Fui yo —dice Penhallow, desde la puerta.
—Lo sospechaba.
—Eran cinco, señorita. Me pareció excesivo.
—Era excesivo.
—Gracias.
—Y sin embargo —continúo—, la de este año, la que apareció junto a su plato, la única que no estaba escondida debajo, termina con una interrogación.
Alguien la escribió, con la letra de Barty, con su rotulador, con su papel, con su inglés.
Un trabajo precioso. Pero cuando llegó el momento de poner el último signo, esa persona se equivocó.
Y se equivocó de una manera muy concreta.
—¿De cuál? —pregunta Nate, desde el sofá, aunque ya lo sabe.
—De la manera en que se equivoca quien lleva dieciséis años tachando exclamaciones en todos los manuscritos de una editorial.
Todos los ojos se vuelven hacia Ivy.
Ella no se mueve. Sigue mirando la pared. Solo parpadea una vez, muy despacio, como un reptil al sol.
—Es una interrogación —dice, con una voz perfectamente clara—. No es un delito.
—No —concedo.
—Cualquiera podía haberla escrito.
—Cualquiera con acceso al rotulador, al papel y a la mesa. Y con tiempo. Y a oscuras. Y con el hábito de quitar exclamaciones.
—Hay mucha gente que odia las exclamaciones.
—¿Quién, además de ti?
—No lo sé.
—¿Alguien más en esta sala?
Ivy mira a su alrededor. Nadie levanta la mano. Declan se rasca la nuca. Beatrix niega con la cabeza. Teddy, que odia hacer ruido, se esconde detrás de su bomba.
—Yo odio las exclamaciones —dice Hermione.
—Mamá, no mientas.
—No miento. Las odio. Pero me gusta decir «¡Alistair!».
—¿Y la puntuación en general? —pregunta Nate.
—Una vulgaridad.
—Gracias, Hermione.
—De nada, Julian.
Me aclaro la garganta. Esto se me está yendo de las manos. Me meto la mano en el bolsillo del jersey y toco la Implacable, que ya está templada. Y entonces tengo una idea. Una idea sencilla, de esas que no se pueden evitar, como estornudar.
—Ivy —digo—. ¿Te importaría hacer una cosa por mí?
—Depende.
—Es muy pequeña. —Cojo una tarjeta en blanco de la mesa de las bebidas, de las que Penhallow deja para anotar los pedidos del bar, y un rotulador negro, que encuentro en un cajón—. Quiero que copies una frase.
—¿Qué frase?
Abro el álbum por una página al azar, la de 2015, y se lo acerco. Dice, con la letra de Barty, grande, inclinada: Better luck next year!
—Esa. Cópiala. Con tu mejor letra.
—No pienso hacerlo.
—¿Por qué no?
—Porque es absurdo.
—Es muy simple. Una frase. Seis palabras.
—Es una trampa.
—Es una comprobación.
—Es un juego.
—Es lo que Barty habría querido —digo, con toda la dulzura de la que soy capaz, que es mucha cuando la uso a propósito—. Un último juego. Una tarjeta. Una frase.
Ivy me mira. Me mira de arriba abajo, con una fijeza que me pone la piel de gallina. Después mira a su alrededor, a los ocho rostros que la contemplan, a la chimenea, a la ventana oscura. Sus ojos se detienen un momento en Hermione, que levanta una ceja. Se humedece los labios.
—Está bien —dice.
Coge la tarjeta. Coge el rotulador. Con una caligrafía fina, de colegio de monjas, escribe despacio, en inglés, copiando la frase letra por letra, sin apartar los ojos del modelo.
Better luck next year. Y al llegar al final, sin pensarlo, con un gesto automático de la muñeca, una cosa de reflejo, como quien aparta un mosquito, dibuja la curva, deja el punto, y se queda mirando lo que ha escrito.
Better luck next year?
Silencio.
Un silencio tan completo que se oye la nieve desplazándose por el tejado.
Ivy mira la tarjeta. Yo miro a Ivy. Y por una vez, muy brevemente, solo por una décima de segundo, veo cómo se le descompone la cara. Es solo un instante. Una grieta en un espejo. Pero lo veo.
—Es un reflejo —dice, y su voz ya no es perfecta—. Cualquiera…
—No —digo, con suavidad—. No cualquiera.
—Se me ha ido la mano.
—Se te ha ido la mano a la interrogación.
—Es una casualidad.
—Es una costumbre.
—Es… —Se detiene. Aprieta los labios. Mira la tarjeta otra vez, como si hubiera aparecido allí sola—. Es una tontería.
—Es la prueba más inteligente que he visto nunca —dice Nate, en voz baja, y yo me pongo colorada hasta las orejas.
Ivy deja la tarjeta sobre la mesa. Cruza las manos. Levanta la barbilla. Y en ese gesto, tan limpio, tan de directora editorial, comprendo que acaba de empezar la segunda mitad de esta historia.
—Aun así —dice—, una tarjeta no es un asesinato.
—Tienes razón —respondo—. Por eso hay más cosas.