24. Persecución con cacerolas
Persecución con cacerolas
No sabía que Ivy Delacroix podía correr.
Es una de esas cosas que nunca imaginas de la gente que ordena su vida con servilletas dobladas.
Una mujer de moño, de espalda recta, de frases limpias, de manos que tachan exclamaciones con la precisión de un metrónomo.
Y de pronto se lanza por el pasillo, con el abrigo ondeando, la bolsa golpeándole la cadera y el cuchillo en alto, a una velocidad que me deja con la boca abierta.
—¡Para! —grito.
—¡No me persigas! —grita ella, sin volverse.
—¡Dame el cuchillo!
—¡Dame tú el bolígrafo!
—¡No es mío! ¡Bueno, sí es mío!
—¡Eso me parecía!
Es una conversación absurda, que se desarrolla a veinte metros de distancia, a gritos, en un pasillo de roble, mientras corremos las dos hacia ninguna parte.
Nate va detrás de mí. Oigo sus zancadas, sus resuellos, su respiración de escritor sedentario que hace ejercicio dos veces al año.
Ivy se mete a la derecha. Giramos tras ella.
La seguimos. Pasa junto a la escalera, dobla a la izquierda, y entra a toda velocidad en la cocina.
—¡Al pudin! —grito, sin saber por qué.
—¿Qué pudin?
—¡El nuestro!
—¡El nuestro está en el horno!
—¡Pues que no llegue al horno!
Nunca he entendido cómo se da una orden de ese tipo.
Pero Nate, que es un hombre de recursos, coge lo primero que encuentra, una sartén de hierro colgada de un clavo, y la lanza hacia la puerta del horno.
Falla por un metro. La sartén aterriza en el suelo con un estruendo que hace temblar los cobres.
Penhallow se despierta de golpe, con un grito de «¡Señor!
» y los ojos desorbitados. Hermione se cae de la silla.
—¡Mi pudin! —ruge Penhallow, de pie, con la manta enredada en las piernas.
—¡No es su pudin! —grito yo—. ¡Es el de San Esteban!
—¿Qué ha hecho con el de San Esteban?
—¡Se lo ha llevado ella!
—¿Quién?
—¡Ivy!
—¿La señorita Delacroix?
—¡Sí!
—¡Qué descaro!
Ivy no se detiene. Atraviesa la cocina como una bala y se mete en la despensa, que ya conoce, o que supone.
Sale por la otra puerta, la que da al patio de servicio.
Corremos tras ella. Hermione, en el suelo, grita: «¡Alistair, mi bastón!
». Penhallow, con una agilidad que jamás hubiera sospechado en un hombre de setenta y dos años, se lo lanza sin mirar.
Ella lo atrapa con una mano. Se levanta.
Se sube el camisón hasta las rodillas. Y se une a la persecución, con el bastón en alto como una guerrera medieval.
—¡Por aquí! —grita Nate.
El patio de servicio es un cubo de nieve y piedra.
Hace un frío que me corta la cara. Ivy corre por la nieve en zapatillas de fieltro, que se le empapan en tres pasos.
Resbala. Se levanta. Resbala otra vez. Yo también resbalo, porque llevo zapatos de ciudad, que son lo peor que se puede llevar a una persecución.
Caigo de rodillas. La nieve me sube por las mangas. Nate me levanta de un tirón.
—¿Estás bien?
—¡No!
—¡Bien!
—¡Gracias!
Seguimos. Ivy gira hacia el ala este. Pasa debajo de una ventana iluminada: en el cristal aparece, con un antifaz de seda en la frente y una expresión de terror absoluto, la cara de Beatrix.
—¡Queridos! —grita, desde dentro—. ¡Queridos, hay alguien corriendo por el jardín!
—¡Es Ivy! —respondo.
—¿Ivy? ¿Mi Ivy?
—¡Ivy tiene un cuchillo!
—¡Qué horror!
Beatrix desaparece de la ventana. Un segundo después se oye un portazo, el repiqueteo de unos pies descalzos, y la voz de Teddy, que grita desde el interior con una autoridad sorprendente: «¡Yo me encargo!».
Ivy da la vuelta a la casa por el jardín trasero.
Corremos tras ella. La luna asoma. La nieve se ha vuelto azul, y todo, el invernadero, los setos, las estatuas de piedra, parece un decorado de teatro.
Siento que me arden los pulmones. En algún rincón de mi cabeza, una voz muy serena me dice: «Clementine, tienes treinta y tres años, no corres desde 2014 y estás persiguiendo a una asesina en medio de la nieve con un jersey de lentejuelas. Esto no va a terminar bien».
—¡Ivy! —grito.
—¡Déjame en paz!
—¡Tú has matado a Barty!
—¡Yo no he matado a nadie!
—¡Entonces para!
—¡No!
—¡Eso es lo que dicen los culpables!
—¡Eso es lo que dicen los que saben que no los van a creer!
Es una buena frase. Odio que lo sea.
Ivy se mete de nuevo en la casa por una puerta lateral, la del invernadero.
Cruza el pasillo de cristal a toda velocidad.
Detrás de mí, Hermione, que ha llegado hasta aquí con una dignidad inexplicable, grita: «¡Margaret!
¡A la izquierda!». Giro a la izquierda. Nate gira a la derecha.
Nos separamos. Ivy desaparece entre las orquídeas.
—¡Está en el invernadero! —grita Nate.
—¡Cerrad las puertas!
—¿Cuáles?
—¡Todas!
Se oye un estruendo de cristales. Un golpe seco. El ruido inconfundible de una maceta que se rompe contra el suelo. Y una voz masculina, aguda, chillona, que grita: «¡Mis orquídeas! ¡Mis orquídeas, por favor!».
Es Teddy. Está en la puerta del invernadero, en pijama de franela azul con estampado de ovejas, descalzo, con una bomba de fumigar en las manos, un artilugio de latón con una manguera y una palanca que parece sacado de una novela de Dickens. Tiene los ojos desorbitados y las gafas torcidas.
—¡No se acerque! —grita—. ¡Tengo insecticida!
—¡Teddy, no lo uses! —grito.
—¡Es de uso profesional!
—¡Es una persona!
—¡Una persona con plaga!
Y antes de que nadie pueda pararlo, Teddy bombea la palanca, y una nube blanca, densa, con un olor químico a pino y a lavanda, sale disparada por la manguera, directa hacia la cara de Ivy, que acaba de salir de detrás de un helecho gigante.
La nube la envuelve. Tose. Se cubre la cara con el brazo.
Retrocede a ciegas, a tientas, con la bolsa colgando, y choca contra una mesa de macetas que se tambalea y se viene abajo con un estruendo glorioso de barro y cristal.
Ivy cae de espaldas sobre un seto de helechos.
La bolsa se le abre. Y de ella salen despedidos, en un arco lento y casi poético, un pudin pequeño, partido por la mitad, con las pasas desparramadas, un pintalabios, unas gafas, un cuaderno y un par de guantes largos, de terciopelo verde, que aterrizan, con una delicadeza insultante, a los pies de Hermione.
Hermione baja la vista. Se agacha, con la lentitud de una reina, y recoge uno. Lo levanta a la luz de la luna. Lo huele.
—Tierra —dice.
Se hace un silencio. Fuera, el viento ha dejado de soplar. Ivy, tendida entre los helechos, con la cara blanca de insecticida, el moño deshecho y el abrigo lleno de barro, tose una última vez. Se incorpora sobre los codos. Y mira, uno por uno, los rostros que la rodean.
Hay muchos. Más de los que esperaba. Hermione, con el guante en la mano y el camisón empapado.
Nate, jadeando, con las manos en las rodillas.
Teddy, con su bomba de fumigar en alto. Declan, que ha llegado corriendo en calcetines, con la corona morada de papel todavía en la cabeza y un crucifijo de madera en la mano, no sé de dónde.
Beatrix, con el abrigo de pelo sobre el camisón y un zapato en cada mano.
Penhallow, con la pajarita torcida y un cazo de cobre. Y yo.
—Buenas noches —dice Ivy.
Su voz es perfectamente tranquila.
—Es un malentendido.
—Estás sentada sobre una mesa de orquídeas —dice Teddy, con un hilo de voz.
—Solo quería un trozo de pudin.
—Con un cuchillo.
—Es una costumbre.
—Y con unos guantes de terciopelo.
—Es invierno.
Hermione se acerca. Se agacha frente a Ivy, con la mano apoyada en el bastón, y le pone el guante bajo la nariz.
—Querida —dice, con una suavidad que da miedo—. Esto huele a invernadero. Y tú, también.
Ivy abre la boca. La cierra. Y por primera vez desde que la conozco, la directora editorial de Quill & Crow no encuentra una frase que decir.