UNA NAVIDAD DE MUERTE 23. La ladrona de postres
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23. La ladrona de postres

La ladrona de postres

Ivy Delacroix entra en la cocina como entraría en un banco, es decir, con la espalda recta y sin mirar a los lados.

Lleva un abrigo largo de lana gris, abrochado hasta el cuello, los zapatos en la mano y unas medias negras que no hacen ningún ruido sobre las baldosas.

El pelo, recogido de nuevo en un moño bajo.

Una bolsa de tela colgada del hombro. Se detiene en el umbral, a medio metro de la mesa, y gira despacio la cabeza hacia Penhallow y hacia Hermione, que duermen como dos niños tras una fiesta.

Yo contengo la respiración. Nate, a mi lado, contiene también la suya, y el resultado es un silencio de tal densidad que oigo cómo se me mueve la sangre por las orejas.

Por la rendija de la despensa la veo perfectamente. Veo cómo se acerca a la mesa. Veo cómo deja los zapatos en una silla, con mucho cuidado, uno al lado del otro, tacones juntos. Veo cómo se queda un momento mirando el pudin con las manos a la espalda, como quien visita un museo.

Y veo, con una especie de espanto fascinado, cómo se inclina y le da un golpecito con la uña.

—Es lo que yo he hecho —susurro, apenas con aire.

—Chist —susurra Nate.

—Pero es que es lo mismo.

—Chist.

—Qué mal gusto el nuestro.

—Que te calles.

Ivy hace una pausa. Frunce el ceño. Levanta la vista, y por un segundo mi corazón se detiene, porque da la impresión de que mira directamente a la rendija.

Pero no. Mira un poco más arriba, hacia las cacerolas de cobre.

Parece que calcula algo. Después se sube las mangas del abrigo, saca un trapo de cocina del cajón, y con las dos manos, con un cuidado de cirujana, levanta el pudin de la bandeja.

Se detiene.

Lo sopesa. Lo mueve arriba y abajo, con el trapo, como una frutera que duda de un melón. Se le encoge la boca en una mueca muy pequeña.

—Pesa menos —murmura.

Es una frase dicha en voz baja, casi para sí misma. Pero la oigo. Y Nate la oye. Y en la oscuridad de la despensa nos damos un codazo a la vez, cada uno al otro, sin querer.

—Pesa menos —repite Ivy.

Se queda inmóvil. Un segundo. Dos. Se me hace eterno.

Después, muy despacio, vuelve la cabeza hacia Penhallow.

Lo observa. Observa a Hermione. Observa la cocina entera.

Y yo comprendo que esa mujer inteligente, esa mujer que ha pasado dieciséis años calculando, está haciendo un cálculo ahora: ¿ha cambiado alguien el pudin?

¿Es una trampa? ¿O es que, simplemente, se ha equivocado?

Elige lo segundo. Es un error humano. Es el error de siempre: cuando alguien desea demasiado una cosa, no quiere que sea falsa.

Envuelve el pudin en el trapo. Lo coloca en la bolsa de tela. Se calza una zapatilla, no los zapatos de tacón, una zapatilla de fieltro que se saca del bolsillo, plana y silenciosa, y se cuelga la bolsa del hombro. Y sale de la cocina de puntillas, como una sombra, sin mirar atrás.

Nos quedamos quietos diez segundos. Quince.

—¿Ahora? —dice Nate.

—Ahora.

Salimos de la despensa con tanto cuidado que parecemos dos actores de teatro mudo.

Yo piso un tarro de pepinillos, que rueda por el suelo con un sonido espantoso.

Nate lo atrapa a media altura, con un movimiento de portero, y lo devuelve a su sitio con la expresión de un hombre que ha aprendido a respetar los tarros.

Penhallow se mueve. Murmura algo en sueños. Hermione sonríe sin despertarse.

—Vamos —susurro.

—¿Por dónde ha ido?

—Por el pasillo.

—Hay tres pasillos.

—Pues por el que suene.

Salimos a la penumbra. Fuera, en el vestíbulo, todo es quietud.

Las paredes, forradas de retratos con cara de reproche.

El reloj de pie, que marca las cuatro y cuarenta.

El árbol de Navidad del recibidor, con sus luces pequeñas que parpadean en una calma casi insolente.

Y, lejos, a la izquierda, en el ala norte, una puerta que se cierra con un clic.

—La sala de música —digo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es la única que aísla el sonido.

Corremos de puntillas por el pasillo, uno detrás del otro, como una pareja de niños que quiere ver a los Reyes Magos.

Pasamos delante del salón cerrado, donde Barty duerme bajo su lazo.

Pasamos delante de la escalera. Pasamos junto al muérdago, que se balancea sobre nuestras cabezas con una indiferencia que me parece un insulto personal.

Y llegamos, jadeando, ante una puerta de madera clara, con un picaporte de latón.

Pego la oreja. Nate pega la suya al otro lado. Nuestras cabezas se tocan. Los dos olemos a harina.

Dentro, un ruido.

No es música. Es un chasquido. Después, algo que se parte. Un cuchillo que se hunde en una masa densa. Un golpe de metal contra madera. Una respiración agitada. Y luego, una voz muy baja, con una furia contenida que no le había oído nunca:

—Vamos. Vamos. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás, maldito…?

Otro golpe. Y la voz, de pronto, ya sin contención, rota, aguda, estridente, estalla:

—¡Maldita sea!

Nate y yo nos miramos con los ojos como platos.

—Ha dicho una exclamación —susurro.

—¿Qué?

—Ha dicho «¡maldita sea!». Con exclamación. Era una exclamación. Lo he oído.

—Clem, no es el momento.

—Es la primera que se le escapa en toda la noche.

—Eres increíble.

—Es una prueba psicológica de primer orden.

Dentro se hace un silencio. Un silencio muy largo. Y luego unos pasos rápidos, ligeros, sobre la alfombra. Se acercan a la puerta. Yo me aparto de un salto. Nate me agarra de la manga y tira de mí hacia atrás. Nos quedamos pegados a la pared, a ambos lados del marco, sin respirar.

El picaporte gira.

La puerta se abre despacio. Ivy sale, con la bolsa de tela colgada del hombro, el pelo revuelto, el abrigo manchado de migas negras, y un cuchillo en la mano derecha.

Un cuchillo largo, de cocina, con restos de pasas y masa oscura en la hoja.

Tiene los ojos muy abiertos, el moño deshecho.

Parece otra persona. Parece, por primera vez desde que la conozco, una mujer de cuarenta y dos años que ha perdido el control de su plan.

Se detiene. Levanta la vista.

Nos mira.

Nosotros la miramos.

Nadie dice nada. En el pasillo se oye el goteo del deshielo en alguna parte. En la mano de Ivy, el cuchillo tiembla muy poco, una vibración casi imperceptible.

—Buenas noches, Ivy —digo.

—Clem.

—¿Qué tal el pudin?

Ivy mira el cuchillo. Mira la bolsa. Mira a Nate, y vuelve a mirarme a mí. Y lo que pasa a continuación sucede tan deprisa que apenas puedo registrarlo, aunque lo recordaré durante años con una nitidez que no me conviene.

Ivy sonríe.

Y echa a correr.