22. Harina
Harina
Una despensa de mansión inglesa a las cuatro y media de la madrugada no es un lugar romántico.
Huele a levadura, a especias, a lata abierta.
Hay un saco de harina de veinticinco kilos sobre el que me siento, porque no hay otro asiento.
Hay un estante que me da en la nuca cada vez que me muevo.
Hay un tarro de pepinillos que, por motivos que no comprendo, parece mirarme.
Y hay, a cuarenta centímetros de mi cara, el hombro de Nathaniel Calder, que no cabe en ningún sitio y está de pie, encorvado, con la cabeza ladeada para no golpearse con una lata de sardinas.
—Siéntate —le digo.
—¿Dónde?
—En el suelo.
—Hay harina.
—Es harina, no lava.
—Me voy a poner perdido.
—Ya vas perdido.
Se sienta. Se pone, como puede, con la espalda contra un saco y las rodillas dobladas, y una nube blanca se levanta alrededor.
Tose. Se tapa la boca con la manga. Quedo cubierta de polvo en el jersey de lentejuelas, que ahora parece una tarta de cumpleaños mal hecha.
Nos miramos. Nos echamos a reír, sin ruido, con los cuerpos temblando, hasta que se me saltan las lágrimas y tengo que taparme la boca con las dos manos.
Por la rendija de la puerta se ve un trozo de cocina. La mesa, la bandeja de plata, el pudin falso con su ramita de acebo. Las velas, que ya no duran. A un lado, un fragmento del taburete de Penhallow, y su rodilla, que sube y baja con la respiración.
—¿Cuánto tiempo crees que tardará? —susurra Nate.
—No sé si vendrá.
—Vendrá.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque se ha equivocado una vez. Y la gente que se equivoca una vez, lo hace otra.
—Qué filosofía más humilde.
—Es mi especialidad. Estoy lleno de sabiduría barata.
—Se nota.
Nos callamos. Fuera, en el pasillo, el reloj da las cuatro y media. Un chasquido, una campanada, un eco. Escucho mi propia respiración, y la suya, que va un poco más lenta que la mía. Se me ha ido la risa. Algo la ha sustituido, algo menos ruidoso.
—Clem.
—¿Qué?
—Tengo una pregunta que hacerte.
—Hazla.
—Esos márgenes. Los de hace cinco años. ¿Los escribías para mí o para el libro?
Me quedo callada. No esperaba esa pregunta. Es una pregunta tan limpia, tan directa, que no sé dónde esconderme.
—Al principio, para el libro —digo.
—¿Y después?
—Después empecé a escribir cosas que no hacían falta.
—¿Cómo cuáles?
—«Muy bien esta frase.» «Aquí me he reído.» «Aquí me he emocionado, y es culpa suya.» —Aprieto la taza—. No se pone nada de eso en un informe de corrección. Nadie los lee. Los tachaba después, antes de enviarlos.
—No los tachaste.
—Algunos no.
—Los he leído todos.
—¿Todos?
—Los tengo guardados. Los de cinco años. En una carpeta. Los imprimo y los leo antes de dormir. —Levanta los ojos—. Me da vergüenza decirlo.
—Estás loco.
—Un poco.
—Calder…
—Escribía los libros para que me contestaras. —Se encoge de hombros, y se le escapa una media sonrisa—. Los ojos color tormenta eran una excusa. Los puse a propósito la primera vez para ver qué decías. Y dijiste algo tan inteligente y tan antipático que no pude parar.
—Qué cursi.
—Es mi especialidad también.
—Es horroroso.
—Lo sé.
—¿Cuántos libros llevas escritos para mí?
—Once.
—Qué barbaridad.
—Y el doce está empezado. Hay una correctora, y se llama Clementina, y es insoportable.
—No me llamo Clementina.
—Es un nombre literario.
—Es una crueldad.
Me río, y entonces me doy cuenta de que lo tengo mucho más cerca de lo que debería.
Se ha movido. O me he movido yo. No sé. Su rodilla roza la mía.
Su cara está a diez centímetros. Huele a harina y a cacao, y a algo más, un olor limpio, de jabón corriente, que me gusta mucho más que cualquier perfume caro.
—Clem.
—¿Qué?
—Tienes harina en la nariz.
—¿Dónde?
—Aquí.
Me la quita con el pulgar. Un gesto muy suave, apenas un roce. Se queda con el dedo en el aire. Los dos nos quedamos quietos. Fuera, el pudin falso espera. Dentro, un tarro de pepinillos nos mira con una discreción ejemplar.
—Dijimos que después —murmuro.
—Dijimos que cuando esto terminara.
—Es un acuerdo.
—Es un acuerdo muy serio.
—Muy formal.
—Con firmas.
—Con firmas y todo.
—Pues… —Traga saliva—. Esto aún no ha terminado.
—No.
—Pero es posible que esté a punto.
—Es posible.
—Y yo ya no sé si puedo esperar a la fecha.
—Tampoco yo.
Es una cosa que se dice muy deprisa, casi sin voz.
Y entonces, con un cuidado exagerado, como quien cruza un puente de cuerdas, Nate me pone la mano en la mejilla.
La tiene fría y áspera, y tiembla un poco.
Yo cierro los ojos. Y él se inclina, despacio, con la lentitud de un hombre que lleva cinco años esperando y no quiere estropearlo, y me besa.
Es un beso corto. Torpe. Con un poco de harina y mucho miedo.
Es el mejor beso que me han dado, y lo digo con la autoridad de quien ha corregido ciento doce novelas y sabe distinguir una escena buena de una escena demasiado buena.
No hay música. No hay luces. Solo una despensa, un olor a levadura, y una mano en mi mejilla que no se atreve a moverse.
Cuando nos separamos, nos quedamos con las frentes juntas.
—Vaya —digo.
—Vaya —repite él.
—Eso ha sido…
—Dilo.
—No sé qué sobra.
—¿Nada?
—Nada. —Me río, con la voz rota—. No sobra nada. Qué horror.
—Qué horror —asiente—. Qué desastre.
—Voy a perder el empleo.
—Yo voy a perder la cabeza.
—Calder.
—Dime.
—Otra vez.
Esta vez el beso es más largo. Más seguro.
Me agarra del jersey, que suelta una lluvia de lentejuelas y harina.
Yo le paso los dedos por el pelo y descubro que lo tiene más suave de lo que parece.
Se me cae la taza, que rueda por el suelo sin romperse.
Un tarro de pepinillos se tambalea en el estante.
Alguien, en algún lugar de mi cabeza, dice «hay un asesino», pero lo dice muy bajito, con la voz de una vecina que protesta por el ruido, y la ignoro.
Y entonces, desde la cocina, llega un sonido.
Un paso. Suave. Con tacón. Tic, tic, tic. Un tacón sobre baldosas.
Nos quedamos inmóviles, con las bocas a un centímetro.
Nate se separa muy despacio. Yo me llevo un dedo a los labios.
Por la rendija de la puerta, en el borde del campo de visión, veo aparecer una sombra.
Después, una mano pálida, de uñas pintadas de un color tan discreto que podría ser una cuestión de salud.
Y por encima de la mano, en la luz agonizante de las velas, un mechón de pelo rojo cobrizo, liso, perfecto, que cae sobre una cara que conozco muy bien.
Y que ya no sonríe.