UNA NAVIDAD DE MUERTE 21. Dos pudines
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21. Dos pudines

Dos pudines

Fingir que duermes es un arte menor, pero tiene su técnica.

Hay que respirar por la nariz, despacio, con una cadencia de siete tiempos.

Hay que dejar la mandíbula floja, sin exagerar, porque una boca demasiado abierta es una confesión.

Hay que parpadear de vez en cuando, bajo los párpados, como quien sueña, pero no tanto como quien sueña con un asesinato.

Y, sobre todo, hay que resistir las ganas de mirar el reloj.

Yo lo resisto durante treinta y cuatro minutos. A las cuatro y cinco me rindo.

Ivy no se ha movido. Está de espaldas, con la manta hasta el cuello. Beatrix ronca. Declan murmura. Y en el sofá de enfrente, la manta de Nate sigue doblada en cuatro partes iguales, vacía, y me da un pellizco en algún sitio del pecho que prefiero no investigar.

Me levanto otra vez, con el mismo sigilo, y salgo de la biblioteca.

No sé por qué voy a la cocina. O sí lo sé. Llevo dos horas dándole vueltas a una idea muy pequeña que se me ha metido en la cabeza como un granito de arroz en un zapato. Ivy ha ido a la caja fuerte. No ha encontrado nada. Y una persona que busca algo y no lo encuentra no se rinde. Cambia de sitio.

La cocina sigue a media luz. Las velas del pudin son dos muñones de cera que apenas dan claridad.

Penhallow duerme en su taburete, con la manta que le echó Hermione, y ronca con la boca entreabierta.

A su lado, apoyada en la pared, con el chal sobre los hombros y la cabeza caída, duerme también Hermione, sentada en una silla de cocina.

Se le ha caído el bastón. Está en el suelo, junto a su pie, con el zorro mirando al techo.

Les miro. Los dos duermen. Qué cosa más indecente, pienso, y más bonita, que dos personas lleven cuarenta años sin dormir juntos y que cuando por fin lo hacen sea sentados en una cocina.

Me acerco al pudin. Está ahí, en el centro de la mesa, redondo, oscuro, con su ramita de acebo clavada en lo alto. Me inclino. Huele a coñac, a pasas, a canela. Le doy un golpecito con el dedo. Es duro, compacto, de una densidad casi geológica.

—¿Qué tienes dentro? —le susurro.

El pudin no contesta. Qué falta de colaboración.

Giro sobre mis talones y me quedo mirando la despensa.

La puerta está entornada. Dentro, en la penumbra, se adivinan estantes, sacos, latas.

Entro. Hay un olor a harina y a especias.

Alumbro con el móvil, que ya no sirve para nada salvo para alumbrar, y recorro los estantes.

Mermeladas. Sardinas. Una caja de bombones a medio terminar.

Un tarro de pepinillos. Y arriba del todo, en el último estante, tapado con un paño de cocina a cuadros, algo grande, redondo y oscuro.

Me pongo de puntillas. Retiro el paño.

Es otro pudin.

Más pequeño que el de la mesa, apenas del tamaño de un melón, pero idéntico: la misma corteza oscura y brillante, la misma ramita de acebo. Al lado, pegada al estante con una cinta, hay una tarjeta escrita a mano con una caligrafía redondeada que ya conozco bien: San Esteban. Para el 26. No tocar.

Me quedo con el paño en la mano.

Dos pudines.

Penhallow ha hecho dos pudines. Claro. Es lo que se hace en Inglaterra: uno para Navidad, otro para el día siguiente. Una tradición de manual que cualquier inglés conoce y que yo, que llevo toda mi vida en Bristol, he olvidado de pura emoción.

Y entonces se me enciende la bombilla. Una bombilla grande, amarilla, de las que parpadean antes de iluminarse del todo.

—Qué cosa más tonta —murmuro.

—¿Qué es tonto?

Doy un salto que casi me lleva por delante el estante entero. Me giro con el paño en la mano y el corazón en la boca. En la puerta de la despensa, con la linterna apagada y el pelo revuelto, con dos tazas de cacao humeante, una en cada mano, está Nate.

—Me has asustado —susurro.

—Me lo imaginaba. Venía haciendo ruido a propósito. Lo que pasa es que no me oyes cuando estás pensando.

—Eso es verdad.

—Te he traído cacao.

—No, gracias.

—Es de Penhallow. Lo he calentado yo. No lleva pastillas.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo he probado.

—Qué valiente.

—Me estoy esforzando por reparar los daños.

Me tiende una taza. Lo miro un momento, con los labios apretados, con toda la dignidad que me da haber sido la parte ofendida. Y la cojo. Está caliente, y huele a chocolate y a nata. Me quema los dedos de un modo muy agradable.

—Solo porque tengo frío.

—Claro.

—No significa nada.

—Claro.

—Dejo de enfadarme a las cinco.

—Lo apunto.

Bebo un trago. Está buenísimo. Es lo mejor que he bebido en mi vida, y no pienso decírselo.

—He venido a pedirte perdón —dice Nate.

—Ya lo has hecho.

—Quiero hacerlo mejor. —Deja su taza en un estante y se pasa una mano por el pelo—.

Me he pasado veinte minutos sentado en la oscuridad, leyendo otra vez la carta de Barty, pensando qué clase de imbécil obedece a un muerto antes de hablar con la persona que tiene delante. Y he llegado a una conclusión.

—¿Cuál?

—Que Barty tenía razón.

—¿En qué?

—En que eres demasiado honesta. En que se te notaría en la cara. —Sonríe un poco, con un gesto muy de lado—. Y que por eso mismo no podía mentirte. Porque si te lo hubiera ocultado más tiempo, lo habrías notado. Y lo has notado. Y eso es lo mejor que tienes.

—Qué manera tan rara de pedir perdón.

—Es la única que sé. Se me da mejor escribirlo.

—Pues escríbelo.

—No tengo papel.

—Te presto un margen.

Se ríe. Y yo, a pesar de mí, también. Me paso la mano por la nuca. Estoy cansada, tengo los ojos pegajosos, y el cacao me ha dado una calidez interior que no es solo de azúcar.

—Vale —digo—. Te perdono un poco.

—¿Un poco?

—Un tercio.

—Es más de lo que esperaba.

—Los otros dos tercios están pendientes de revisión.

—Qué justicia más prudente.

—Soy correctora. Nunca doy el visto bueno a la primera.

Nos quedamos mirándonos, con las dos tazas, rodeados de harina y de estantes. Es la cosa más doméstica que me ha pasado en mucho tiempo, y también la más peligrosa.

—¿Qué hacías tú aquí? —pregunta él.

—Pensar.

—¿En qué?

Le señalo el estante de arriba. Lo mira. Frunce el ceño. Se pone de puntillas, con sus casi dos metros de estatura, y alcanza el pudin pequeño con una mano. Lo baja. Lo sostiene delante de él, como un niño con una calabaza.

—Otro pudin —dice.

—San Esteban.

—No lo conocía.

—Es una tradición. Uno para el día de Navidad, otro para el 26.

—Qué país más raro.

—No tengo nada que decir a eso.

—¿Y qué hacemos con él?

—Un cambio.

—¿Qué cambio?

Se lo explico en voz baja, mientras le pongo el dedo en el pecho, para que se calle y escuche.

Ivy quiere el pudin. Lo dijo en la cena, lo insinuó en la cocina, lo miró como quien mira un cheque.

Barty le dijo a Penhallow que lo protegiera.

Barty me dijo a mí que lo cuidara como una coma.

No sabemos qué tiene dentro. Pero sabemos que es importante, y que alguien lo quiere.

Y que ahora mismo, Penhallow está dormido, Hermione está dormida, y el pudin está en el centro de la mesa, a la vista de cualquiera, con dos velas casi apagadas.

—Es un cebo —dice Nate, lentamente.

—Es un cebo.

—Quieres cambiar el verdadero por el falso y dejar el falso a la vista.

—Y esconder el verdadero en un sitio seguro.

—¿Cuál?

—El cajón calientaplatos del horno. Bajo un trapo. Nadie lo mira nunca.

—¿Y nosotros?

—Nosotros nos escondemos aquí. En la despensa. Con la puerta entornada.

—¿Y esperamos?

—Y esperamos.

—¿A que venga?

—A que se equivoque.

Nate me mira un buen rato. Después, despacio, sonríe.

—Es un plan terrible.

—Lo sé.

—Tiene muchas posibilidades de salir mal.

—Lo sé.

—Me encanta.

Nos ponemos manos a la obra. No es fácil.

El pudin grande pesa una barbaridad, y levantarlo de su bandeja con las dos manos, sin hacer ruido, delante de dos personas dormidas, es una operación que requiere más sigilo del que yo tengo.

Lo sostenemos entre los dos. Lo cargamos como a un recién nacido muy pesado y muy denso.

Nate lleva la parte de abajo. Yo guío con los ojos.

A mitad de camino, a un metro de la cocina de hierro, Hermione se mueve en su silla y murmura, con los ojos cerrados:

—Alistair…

Nos quedamos paralizados. El pudin se balancea entre nuestros brazos.

—Mis dos hombres —murmura Hermione—. Los dos. Qué trabajo me dais.

Y se queda de nuevo dormida, con la boca ligeramente abierta.

Nate me mira. Yo le miro. Ninguno de los dos se atreve a decir nada.

Seguimos, de puntillas, hasta el horno. Abrimos el cajón de abajo, ese de metal negro donde se guardan los platos para que no se enfríen.

Metemos el pudin dentro. Lo envolvemos con un trapo de cocina a cuadros.

Cerramos. Y para mayor seguridad, ponemos encima una olla grande, vacía, de las de cobre, y una tabla de cortar.

Nadie va a mirar ahí. Nadie en su sano juicio miraría ahí.

Luego colocamos el pudin pequeño sobre la bandeja de plata, en el centro de la mesa, con su ramita de acebo bien alineada. Le acercamos las dos velas. Nate le da un pequeño toque con el dedo para que parezca recién puesto. Retrocede. Contempla su obra con los brazos en jarras.

—Parece más pequeño —dice.

—Es más pequeño.

—Se va a notar.

—Está oscuro.

—Se va a notar mucho.

—Está oscuro y es de noche y quien lo coja tendrá prisa.

—Es una teoría.

—Es mi teoría.

—¿Y dónde nos metemos?

Señalo la despensa. La puerta entornada. La oscuridad dentro. Un sitio muy pequeño, muy estrecho, de dos metros por uno y medio, lleno de sacos de harina, latas y estantes.

Nate me mira. Después mira la despensa. Después me mira a mí.

—Ah —dice.

—¿Qué?

—Nada. Que es un sitio muy pequeño.

—Sí.

—Y muy oscuro.

—Sí.

—Y tendremos que estar muy juntos.

—Calder.

—Perdón.

—Entra.