20. Todo lo que sobra
Todo lo que sobra
Hay una discusión que se tiene a gritos y otra que se tiene a susurros. La segunda es mucho peor.
—No grites —dice Nate.
—No estoy gritando.
—Estás susurrando muy fuerte.
—Es que no puedo gritar. Hay un asesino durmiendo en el piso de abajo, un cadáver en un salón con lazo y una anciana enamorada en la cocina.
—Lo sé.
—Y tú.
—Y yo.
—Y yo, que ya no sé dónde ponerme.
Estamos de pie en el despacho, a un metro el uno del otro, con la caja fuerte abierta entre los dos como una boca.
Nate se ha sentado, o más bien se ha dejado caer, en la butaca de piel agrietada.
Yo me he quedado de pie, porque no quiero sentarme y porque, si me siento, es posible que me ponga a llorar.
—Dime una cosa —digo—. ¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo qué?
—Desde cuándo sabes que Barty sospechaba de Ivy.
—Me lo dijo por teléfono hace un mes.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que había encontrado algo raro en las cuentas. Que no sabía quién era. Que me invitaría a la cena de Navidad y que me lo contaría todo allí. Y luego llegó esa carta. Me la mandó con un mensajero. Tres semanas antes de hoy.
—Y la carta decía que vigilaras a Ivy.
—Sí.
—Y que no me lo contaras.
—Sí.
—Y lo hiciste.
—Sí.
—Muy obediente.
—Clem.
—Muy leal.
—Quería protegerte.
Esa frase. Esa frase exacta. La he oído muchas veces, en novelas, en películas, en la boca de hombres que bajaban la mirada con cara de culpa, y siempre me ha dado la misma reacción: unas ganas inmensas de coger un lápiz y tacharla.
—No me protegías —le digo—. Me tenías al margen.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo, Calder. Es mi trabajo. Me pagan por detectar lo que sobra y lo que falta. Y en esta historia me faltaba una cosa. Me faltaba que me lo contaras.
—No sabía cómo.
—Pues con palabras. Es como se cuentan las cosas.
—Era un secreto que no era mío.
—Era de los dos. Éramos los dos los que estábamos aquí por lo mismo.
—Barty dijo…
—Barty está muerto.
—Por eso mismo —replica, con una voz que se le quiebra—. Porque está muerto. Porque me pidió una cosa antes de morir, una sola, y yo pensé que lo menos que podía hacer era cumplirla.
Me callo. No me gusta que tenga razón. No me gusta que tenga una razón tan decente.
—No te enfades por lo que no hice —añade, más bajo—. Enfádate por lo que hice mal. Que fue creer que podías no enterarte.
—No creías que me enterara.
—Creía que no te lo tomarías mal.
—Qué ingenuo.
—Sí.
—Qué estúpido.
—Sí.
—Qué…
—Clem.
—¿Qué?
—Para. Que lo estoy pasando fatal.
Y entonces levanta la cabeza, y le veo los ojos mojados.
No llora. Solo están mojados. Es una cosa muy distinta.
Los de un hombre que lleva demasiadas horas sin dormir, sin saber dónde meter las manos, que ha hecho algo que consideraba correcto y que ahora tiene que contemplar cómo se convierte en un error en tiempo real.
Y siento una cosa muy rara en el pecho, un tirón, como cuando se descose un dobladillo.
—No me lo cuentes todo —digo—. Pero cuéntame lo que importa.
—Vale.
—Lo que importa, no lo que te da vergüenza.
—Vale.
—Y no me protejas. Mi abuela ya lo hizo durante veintitrés años y me salió una correctora.
—Vale.
—Y no digas «vale» tanto.
—Vale.
—Nate.
—Perdón. Es que estoy aliviado y no sé qué decir.
Se me escapa algo parecido a una risa, que se convierte en un hipo. Me paso el dorso de la mano por los ojos, de un modo muy poco digno.
—No te perdono —aclaro.
—Lo sé.
—Todavía.
—Me parece justo.
—Cuando esto termine, ya veremos.
—Cuando esto termine, ya veremos —repite, asintiendo, como si le hubieran concedido la libertad condicional.
Nos quedamos callados. Fuera, el viento ha bajado, y en el silencio se oye algo que antes no oíamos.
Un gotear. Un deshielo lento. Un cristal que suda.
Yo sigo de pie, con la carta de Barty en una mano y el bolígrafo en la otra.
Me pregunto qué clase de hombre escribe «la necesito sin que lo sepa» y qué clase de mujer lo lee y no sabe si reírse o romperle la cara.
—Hay una cosa más —dice Nate.
—Dime.
—Ivy. Tengo que decirte una cosa de Ivy.
—Dime.
—Hace dos meses me llamó. Para hablar de mi contrato.
Y me dijo algo que me hizo… —Frunce el ceño—.
Me dijo: «Nate, tus regalías son pequeñas porque los libros de este año se han vendido menos».
Y yo le dije: «Ivy, mis libros se han vendido más que nunca».
Y ella dijo: «Ah, sí, claro, es que hay un retraso en la contabilidad». Y colgó.
—¿Y?
—Y no era una mentira. Era una frase. Una de esas que se dicen sin pensar, como un reflejo.
Una frase hecha. «Hay un retraso.» Y me di cuenta de que la había dicho exactamente igual que se dice una frase aprendida.
Yo he escrito once novelas de policías. Reconozco cuando alguien ha ensayado su coartada.
—Eso no es una prueba.
—No. Es una sensación.
—Yo no puedo usar sensaciones.
—Tú detectas errores en una frase y no en una persona.
—Detecto errores en una persona a través de sus frases.
—Pues escucha las suyas.
Me quedo pensando. Es verdad. Ivy habla siempre en frases perfectas. Frases limpias, ensayadas, sin una sola exclamación. «Es la cosecha.» «Me da yuyu.» «Un signo de exclamación por libro.» Es una mujer que no deja nada al azar, ni siquiera el tono. Y de repente, algo encaja.
—Una tarjeta con interrogación —digo, despacio.
—¿Qué?
—La tarjeta. «Better luck next year?». Barty la habría escrito con exclamación. Ivy la escribió con interrogación.
—Porque ella tacha las exclamaciones.
—Porque no puede evitar tacharlas. —Me llevo una mano a la boca—.
Dios mío. Es un reflejo. Ella copió la letra.
Copió el rotulador, el papel, el inglés.
Todo. Pero cuando le tocó poner el signo final, su mano…
—Hago el gesto en el aire, con el bolígrafo—.
Hizo lo que hace cada día en todos los manuscritos de Quill & Crow. Quitó la exclamación y puso una duda.
Nate se incorpora de la butaca.
—Es un buen razonamiento.
—Es un razonamiento de correctora.
—Es el mejor tipo.
—No tengo pruebas.
—Tenemos una tarjeta y un álbum con veintiocho tarjetas con exclamaciones. Eso es una prueba.
—Una prueba de que no la escribió Barty. No de que la escribió Ivy.
—Pero…
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Esperar a que se equivoque.
—¿Y si no se equivoca?
—Se equivocará. —Guardo la carta de Barty en el bolsillo, junto al bolígrafo, y respiro hondo—. Todo el mundo se equivoca. Es lo único que se puede garantizar.
Salgo del despacho. No espero a que me siga.
Bajo la escalera de puntillas, con el muérdago balanceándose a mi espalda, y en el último escalón me detengo, porque se me ocurre que acabo de hacer algo muy raro, que es dejar a un hombre sentado en la oscuridad con los calcetines de la suerte de otro, y que no sé si lo he castigado o lo he salvado.
En la biblioteca todo sigue igual. Las brasas, los ronquidos, el reloj de la chimenea que marca las tres y media. Beatrix con su antifaz. Declan y su «amén». Teddy con su seta. Y en el rincón de la ventana, bajo la manta de cuadros, de espaldas a mí, inmóvil, Ivy.
Ha vuelto.
Me acerco muy despacio. No sé qué busco.
Quizá solo mirarla. Duerme, o lo finge, con la respiración muy regular, y la cabeza apoyada en el brazo, con el moño a medio deshacer.
En el suelo, junto a su sillón, hay un par de zapatos de tacón negros, colocados con los tacones juntos y las puntas hacia fuera, como los de una niña buena.
Me agacho. Los toco con un dedo.
Están mojados.
No de nieve derretida. De barro. De un barro fino y oscuro, de ese que se pega a las suelas cuando uno atraviesa un jardín helado. Y en la punta de uno de ellos, adherida con una pequeña costra, hay una hojita verde. Una hoja de helecho.
Me quedo mirándola un buen rato.
Y entonces, con una calma que no sé de dónde saco, me incorporo, me echo la manta por los hombros y vuelvo a mi sillón. Cierro los ojos. Respiro despacio. Y mientras finjo dormir, igual que ella, pienso una sola cosa, con una claridad casi alegre:
Ya se ha equivocado.