UNA NAVIDAD DE MUERTE 19. Tres de la mañana
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19. Tres de la mañana

Tres de la mañana

Me despierto con frío en un sillón que no es mío, con la boca seca y una manta granate que se ha ido resbalando por el suelo.

Tardo unos segundos en acordarme. Primero me acuerdo de que estoy en una biblioteca. Después, de que es Navidad. Después, de que hay un muerto, y entonces el cuerpo entero se me encoge, como cuando de pequeña pisaba un escalón que no estaba.

El fuego se ha reducido a un puñado de brasas.

En el reloj de pared, una esfera de marfil colgada sobre la chimenea, son las tres y cinco.

Beatrix duerme con la boca abierta y un antifaz de seda sobre la frente.

Declan, sentado en un puf, ha apoyado la cabeza en el respaldo y cada tanto murmura «amén» sin despertarse.

Teddy está hecho un ovillo con la seta. Hermione ya no está en su butaca: la manta doblada, el bastón ausente.

Miro el sofá de enfrente.

Vacío.

Nate se ha ido. La manta está doblada con un cuidado que no encaja con él, en cuatro partes iguales, con los bordes juntos. Hay una almohada en un extremo y un hueco tibio donde estaba su cuerpo. No hay nota.

Y tampoco hay nadie en el rincón de la ventana donde Ivy dormía, con su libro y su manta de cuadros. Solo el libro, abierto boca abajo en el suelo. Cómo matar a un editor, creo que se llama. No quiero pensar en eso.

Me levanto sin ruido. Cojo la Implacable, que ha pasado la noche en mi bolsillo, y la agarro con un puño sudoroso, como quien sostiene un crucifijo en una película de vampiros.

Salgo por las puertas esmeriladas. El pasillo está a oscuras.

Solo brilla, muy lejos, el lazo rojo del muérdago y, bajo mis pies, el hielo del suelo.

Subo la escalera con los zapatos en la mano.

Cada peldaño cruje, pero lo hago despacio, apoyando el borde del pie, como me enseñó mi abuela para no despertar a mi madre.

En el descansillo me paro. Miro el muérdago, que se balancea a un palmo de mi cabeza.

Le saco la lengua. Es una cosa que no sé por qué hago, pero me siento mejor.

El pasillo del primer piso está helado. Una lámpara pequeña, la de la pantalla de seda, sigue encendida. Y al fondo, a la derecha, bajo la puerta de roble, una raya de luz amarilla y temblona. Una linterna.

Camino hasta allí con el corazón en la garganta. Pego la oreja a la madera. Oigo un roce. Oigo una respiración. Oigo un clic metálico, de esos que ya empiezan a darme urticaria, y luego un golpe seco, como de una puerta de hierro que se abre.

Giro el pomo. No tiene llave. Empujo.

La escena que veo tiene la composición de una fotografía mala.

En el centro del despacho, agachado frente a la caja fuerte empotrada, con una linterna en la boca y el pelo revuelto, está Nate.

La caja está abierta. La puerta verde botella cuelga de sus bisagras como la mandíbula de un animal muerto.

En la alfombra, a su lado, hay un montón de cosas sacadas del interior: unos papeles, un sobre, una botella de whisky de marca desconocida y, por alguna razón que no entiendo, unos calcetines de rayas.

Se vuelve. La linterna le ilumina la cara desde abajo y le da un aspecto de aparición.

—¡Clem! —dice, con la linterna en la boca, que suena como «¡Gem!».

Yo levanto el bolígrafo rojo.

—Manos arriba, Calder.

—¿Con un bolígrafo?

—Es mi arma.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Corregirme?

—Si hace falta.

Se saca la linterna de la boca y la deja sobre la alfombra. Levanta las manos, despacio. En una sostiene un sobre abierto. En la otra, un papel doblado. Se le ve tranquilo, y eso me inquieta más que si estuviera nervioso.

—Puedo explicarlo.

—Eso es lo que dicen todos.

—Eso es lo que dicen todos los que pueden explicarlo.

—Y los que no.

—Clem, baja el bolígrafo.

—No.

—Por favor.

—Estás en el despacho de un hombre muerto, a las tres de la mañana, con la caja fuerte abierta y la mano en un sobre. En una novela, esa frase terminaría con un punto y aparte y con tu nombre en el capítulo siguiente.

—Estaba abierta.

—¿La caja?

—Cuando he llegado. Estaba abierta. —Mueve la cabeza—. Me desperté a las tres menos diez. Vi a Ivy salir de la biblioteca, de puntillas, con los zapatos en la mano. Pensé: ¿adónde va? La seguí. Estuve a punto de despertarte. Pero dormías, y tenías la boca abierta, y roncabas.

—No ronco.

—Un poquito.

—Qué morbo.

—Subí tras ella. La perdí en el pasillo. Oí un ruido aquí. Entré. Y estaba así. Abierta. Y no había nadie.

—Qué conveniente.

—Es la verdad.

—Ya.

—Mira dentro.

—Yo no miro nada.

—Clem. —Baja las manos un poco. Me mira, con esos ojos marrones, normalísimos, ligeramente turbios, y pienso, con una rabia muy absurda, que es la única persona del mundo capaz de poner cara de sinceridad con una linterna en el suelo—.

Si hubiera sido yo, no habría esperado a que me pillaras. Habría cerrado la puerta con llave.

Es un buen argumento. Odio que sea un buen argumento.

Bajo el bolígrafo. No del todo. A media altura.

—¿Qué había dentro?

—Esto.

Me tiende el papel. Lo cojo con la punta de los dedos. Lo desdoblo. Está escrito a mano, con la letra de Barty, grande, inclinada, de rotulador negro.

Querido ladrón: ¡buen intento! Aquí solo hay mis calcetines de la suerte, una botella de whisky malo y mi más sincera decepción. ¡¡Siga buscando!! B.

Miro los calcetines. Son de rayas rojas y verdes. Tienen un agujero en el talón.

—Es un señuelo —murmuro.

—Es un señuelo.

—Barty sabía que alguien intentaría abrir la caja.

—Y puso un cartel de «aquí no hay nada».

—Con exclamaciones.

—Con exclamaciones.

—Qué cabrón. —Se me escapa una risa, y me tapo la boca con la mano—. Perdón.

—No hay de qué. Es lo más amable que se le ha dicho en toda la noche.

—¿Y quién la ha abierto?

—Alguien que conocía la combinación.

—O que la ha adivinado.

—O que se la ha dado alguien.

Nate se pasa la mano por el pelo. Y entonces, cuando se mueve, veo algo asomar por su otra mano, la del sobre. No es un sobre cualquiera. Es crema, grueso, con un nombre escrito a mano en el anverso. Lo conozco bien. Lo he visto esta noche.

—¿Ese sobre? —pregunto.

—Este.

—Dámelo.

—Clem.

—Dámelo.

No me lo da. Lo mira, y yo veo que algo se le cierra en la cara, como una ventana.

—No es de la caja fuerte —dice—. Es mío. Lo llevaba en el bolsillo.

—¿Tuyo?

—Me lo dio Barty. Hace tres semanas. Por correo.

—¿Y por qué lo llevas en el bolsillo?

—Porque no lo he enseñado a nadie.

—Ni a mí.

—Ni a ti.

Me acerco. Le tiendo la mano. Y por primera vez desde que lo conozco, que son nueve horas y cinco años de márgenes, Nathaniel Calder baja la vista y me da el sobre.

Es una carta corta. La letra de Barty, otra vez. La leo despacio, en voz muy baja, con la linterna en el suelo iluminándonos desde abajo como a dos conspiradores.

Querido Nate: Sé que sospechas. Yo también sospecho, y desde hace más tiempo que tú.

No sé quién es. Creo que sí lo sé, pero no me atrevo a decirlo sin pruebas, y menos por escrito.

Si algo me pasa, vigila a Ivy. Pero sin pruebas no acuses a nadie.

Y por lo que más quieras, no le cuentes nada a Clem.

Es demasiado honesta. Se le notaría en la cara. Y la necesito sin que lo sepa. B.

Me quedo mirando el papel. Las palabras se mueven un poco. Es solo un poco, pero se mueven.

—Vigila a Ivy —leo.

—Sí.

—No le cuentes nada a Clem.

—Sí.

—Es demasiado honesta.

—Clem…

—Se le notaría en la cara.

—Escúchame.

—Y la necesito sin que lo sepa.

Levanto la vista. Nate está de pie, con los brazos caídos, tan desamparado que si no tuviera tanta rabia me daría pena. Fuera, en algún sitio de la casa, un reloj da las tres y cuarto.

—Lo sabías —digo.

—No lo sabía.

—Lo sospechabas.

—Sospechaba.

—Desde que llegaste.

—Desde antes.

—Cuando saludaste a Ivy en el salón, te endureció la mandíbula. Lo vi. Y me dije: es el frío.

—Era Ivy.

—Y esta noche, en el pasillo, cuando dije «es una corazonada», tú ya lo sabías.

—No sabía nada.

—Pero sospechabas.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—Clem…

—Llevamos nueve horas juntos, Nate. Nueve horas. Hemos comido pastelillos. Hemos leído una carta. Hemos hablado de decimales. Hemos estado a punto de… —Me falla la voz—. Y no me lo has dicho.

Nate cierra los ojos.

—No —dice.

Es una palabra muy pequeña. La más pequeña que he oído en mucho tiempo. Pero cuando la dice, me doy cuenta de que lo que más me duele no es que me lo haya ocultado. Es que lo ha hecho con tanta delicadeza.