18. Cacao a las dos de la mañana
Cacao a las dos de la mañana
Las dos de la madrugada es la hora a la que los secretos pierden la vergüenza.
Lo descubro al volver a la biblioteca con Teddy y encontrar a Nate despierto en el sofá, sentado, con la manta sobre las rodillas y mi nota en la mano. Me mira con unos ojos que podrían haber estado cerrados hace diez minutos y no lo parecen.
—Veinte minutos —dice.
—Son veintidós.
—Los he contado.
—Qué bien.
—Te dije que no te buscaría.
—Y no me has buscado.
—No. Me he sentado a esperarte. Es distinto.
—Ya.
—Te he guardado la silla.
Es un sillón, pero no lo corrijo.
Teddy se despide con una inclinación de cabeza, se hace un ovillo en su rincón y se duerme casi al instante, con la seta contra la barbilla.
Yo me siento en el sillón que Nate ha guardado, que está caliente, y le cuento en voz baja lo del acónito, la raíz, Mildred, los guantes de terciopelo verde que no se quitó.
Nate escucha en silencio. A medida que hablo se le va endureciendo la cara.
Cuando termino, tarda un buen rato en abrir la boca.
—Ivy.
—No lo sé.
—Ivy, Clem.
—No tenemos nada. Unos guantes y un moño deshecho.
—Y una tarjeta con interrogación. Y un clic. Y un jabón caro. Y un decantador que es su responsabilidad. Y un pudin que quería cortar.
—Y una raíz que no sabemos quién cortó.
—Que cortó alguien con guantes.
—Que cortó alguien con guantes, sí. Y que se dejó la tierra removida.
—Una persona cuidadosa y chapucera.
—Esa es Ivy.
—No la conozco tanto como tú.
—Sí me la conoces. La corriges.
Se echa a reír, por la nariz, en silencio, para no despertar a nadie. Me mira. Yo lo miro. Y el reloj de pie da las dos y cuarto en el vestíbulo, lejos, como el eco de una vida ajena.
—Voy a por agua —digo.
—Voy contigo.
—Estás cansado.
—Estoy despierto. Es lo mismo en un asesinato.
Vamos a la cocina de puntillas. En el pasillo, las baldosas son hielo. El muérdago del descansillo se balancea con la corriente, y yo hago un esfuerzo heroico por no mirarlo. A mi lado, Nate hace lo mismo con tal fuerza que parece que se le va a descoyuntar el cuello.
La puerta de la cocina está entreabierta. Una claridad amarilla de velas cae sobre el suelo, y por la rendija se oye algo que no esperaba oír: un ronquido pequeño, regular, tranquilo. Nos asomamos.
Penhallow duerme.
No de pie. Sentado en un taburete junto a la cocina de hierro, con la espalda encorvada y la cabeza ladeada, con la boca ligeramente abierta y la barba húmeda de saliva.
A sus pies, volcada, hay una taza de cacao.
En la mesa, el pudin sigue en su bandeja, con las dos velas casi consumidas.
Y de pie junto al taburete, en camisón largo de seda color marfil, con un chal sobre los hombros, el pelo plateado suelto sobre la espalda y un bastón de zorro en la mano, está Hermione Quill.
Nos quedamos quietos detrás de la puerta. Nate me agarra la mano. Yo se la dejo.
Hermione se agacha, con una lentitud dolorosa, para recoger la taza.
La deja en la mesa. Luego coge una manta que había traído colgada del brazo, y con un cuidado exquisito, con un cuidado que no le he visto con nadie en toda la noche, se la echa a Penhallow sobre las rodillas.
Le sube los pliegues hasta los hombros. Le coloca bien la pajarita, que se le había girado.
Y se queda así un momento, con las manos en su cuello, mirándole la cara dormida.
—Viejo terco —murmura.
Penhallow ronca.
—Cuarenta años —dice ella, más bajo—. Cuarenta años, Alistair, y todavía no sabes hacer una cosa a medias.
Si te digo que no te quedes de pie, te quedas de pie.
Si te digo que te sientes, te sientas, pero te sientas con la espalda como un palo.
—Le acaricia la mejilla con el pulgar—. Te he echado tres pastillas en el cacao.
Tres. De las mías. No me mires. Lo habrías hecho tú por mí.
Nate y yo nos miramos. Él tiene la boca abierta, como un niño en un cumpleaños. Yo trato de ponerle la mano en la boca, pero él ya se la ha tapado solo.
—Pobrecito mío —sigue Hermione, mientras se inclina y le da un beso largo, muy suave, en la frente—.
Mi hijo ha muerto. Y yo no he podido llorar.
Y a ti te ha tocado cuidar su pudin. Y mañana tendremos que decirlo todo, y entonces ya no habrá más…
—Se calla—. Qué cobardes hemos sido. Los dos. Cuarenta años.
Lo dice con una voz que no es de nadie conocido. No es la de la señora que bebe champán, ni la de la matriarca, ni la de la vieja que llama «Margaret» a todo lo que se mueve. Es una voz de mujer muy joven que se ha quedado esperando en una estación.
Se me llenan los ojos. Y entonces, por pura mala suerte, estornudo.
El estornudo de una correctora no es un estornudo cualquiera.
Es un acontecimiento. Retumba en la cocina como un petardo.
Los cobres vibran. Penhallow se mueve en sueños.
Y Hermione se vuelve, muy despacio, con el bastón en la mano y una expresión en la cara que me hace desear haber nacido en cualquier otro siglo.
—Margaret —dice.
—Clem.
—Julian.
—Nate.
—Lo que sea. —Nos mira a los dos—. Entrad.
Entramos. Cada uno por su lado, como niños pillados en la despensa. Hermione se sienta en un taburete, y el camisón de seda cae a su alrededor con un susurro. Parece muy pequeña. Parece mucho más pequeña que a las seis de la tarde.
—Cuánto habéis oído —pregunta.
—Todo —confiesa Nate.
—Qué descortés. —Se arregla el chal—. ¿Sois de los que cuentan las cosas?
—Soy de los que corrigen —digo.
—Es peor.
—Yo no se lo voy a contar a nadie, Hermione —dice Nate.
—Yo tampoco —añado.
—No me importa si lo contáis —responde, y levanta la barbilla —. Eso es lo que quería decir. Lo que me importa es que lo sepáis bien. Porque si tenéis que escribirlo, lo escribiréis mejor si lo sabéis bien.
Nos mira. Se queda un momento en silencio, con la vista en Penhallow, que ronca otra vez, y al fin dice, sin dramatismo, con una naturalidad que me parte el alma:
—Yo llevo cuarenta años enamorada de este hombre.
—Lo sabíamos —digo.
—No me mientas, Margaret. No lo sabíais.
—Lo sospechábamos.
—Eso es un poco más honesto.
—¿Y él? —pregunta Nate.
—Él me ha querido siempre, el muy imbécil.
Y no me lo ha dicho jamás. Un mayordomo no dice esas cosas.
Un mayordomo se limita a poner la mesa y a sostenerte el abrigo durante cuatro décadas.
—Una sonrisa muy torcida—. Me quedé viuda en el noventa y dos.
Barty tenía veintisiete años. Y yo pensé: lo diré en cuanto pase el luto.
Pero el luto pasó, y Barty se casó con una actriz, y la casa se llenó de gente.
Y siempre había alguien. Y siempre había una cena. Y nunca hubo un momento.
—Hermione —dice Nate.
—No hace falta que me consoléis.
—No íbamos a hacerlo.
—Es un alivio. —Se seca una lágrima con un pañuelo de encaje que se saca de la manga como un ilusionista—. Pero escuchad. Os cuento esto por una razón. Porque en el apagón, yo no me moví de mi silla. Pero Alistair sí.
—Lo dijo —recuerdo—. Se levantó para ir al cuadro eléctrico.
—Se levantó para ir hacia mí.
Se nos quedan los ojos como platos.
—Se levantó porque yo lo llamé. Con la mano, bajo el mantel.
Tengo una forma de llamarlo que solo él conoce.
Y él vino. Se agachó. Se puso detrás de mi silla.
Y me dijo al oído: «Señora, no se asuste».
Cuarenta segundos de oscuridad. Los pasamos así.
—Cierra los ojos—. Los mejores cuarenta segundos de mi vida, que es una cosa horrible de decir esta noche. Y, sin embargo, es verdad.
—Entonces él no fue —digo.
—No fue él. No fui yo. Y los dos estábamos allí.
—Hermione abre los ojos—. Pero si lo decíamos, tendríamos que contar por qué.
Y no queríamos hacerlo delante de Beatrix, ni de la gente.
Ni siquiera esta noche. Así que Alistair mintió.
Dijo que estaba en el aparador. Y yo mentí. Dije que no me había movido.
—No era mentira del todo —dice Nate.
—Era una mentira bien hecha. —Sonríe—. Me ha enseñado a mentir bien el mundo editorial.
—¿Y por eso quería que nadie cortase el pudin?
—Por eso quiero que lo guardes tú, Margaret.
—¿Yo?
—Tú. Y el escritor. Mañana, cuando yo ya no tenga fuerzas.
Mi Alistair es incapaz de dejar de cuidarlo, pero no es eterno.
Y el pudin… —Se interrumpe. Mira la bandeja de plata, la ramita de acebo, la corteza oscura, brillante.
Baja la voz hasta que apenas es un hilo—.
El pudin lo dejó mi hijo en sus manos. No sé por qué. No me importa. Pero lo dejó.
—Lo cuidaremos —prometo.
—Como una coma.
—¿Cómo ha dicho?
—«Como una coma.» —Hermione se encoge de hombros—. Es lo que decía siempre Barty. Que ibas a entender lo de las comas.
Me quedo sin respiración. Nate me aprieta la mano, otra vez, sin darse cuenta. Hermione se levanta, se ajusta el chal y se acerca a Penhallow, que ronca con una dignidad sorprendente. Le pasa una mano por el pelo canoso y se queda así, de espaldas a nosotros, un buen rato.
—Idos a dormir —dice, sin volverse—. Esta noche aún no ha terminado, queridos. Y los asesinos, como los editores, trabajan mejor de madrugada.