UNA NAVIDAD DE MUERTE 17. El asesino de plagas
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17. El asesino de plagas

El asesino de plagas

Teddy me encuentra a la una de la madrugada, al pie de la escalera, con una linterna y cara de haber visto un fantasma.

—Perdón —susurra—. Perdón, perdón. No quería asustarte.

—No me has asustado.

—Se te ha caído el bolígrafo.

—Se me ha caído el bolígrafo, sí. —Lo recojo del suelo. La Implacable rueda hasta la punta de su zapato—. Es un modo muy discreto de asustarse.

—Me acabo de acordar de una cosa —dice, con los ojos redondos detrás de las gafas—.

Y no puedo decírselo a nadie, porque si se lo digo a alguien creerán que he sido yo, y si no se lo digo a nadie y luego resulta que sí era importante, habré sido cómplice.

Y me he dicho: se lo cuento a la correctora, que sabe de errores. Y aquí estoy.

—Respira, Teddy.

—Respiro.

—Más despacio.

—Más despacio. —Inspira. Espira—. Es el invernadero.

—¿Qué le pasa?

—Falta algo.

No hace falta más. Enciendo la linterna del móvil, aunque no sirve de nada porque no hay cobertura, y subo la mano para llamar a Nate.

Pero Nate duerme en la biblioteca, tumbado de lado, con un brazo bajo la cabeza, y no me atrevo.

Dejo un papelito en mi sillón: «He ido al invernadero con Teddy.

Vuelvo en veinte minutos. Si no, no me busques; ven con una linterna y un paraguas».

Lo firmo con una C. y una cara sonriente.

Después lo tacho. Después lo vuelvo a escribir.

Con esa incoherencia sentimental, me voy.

El pasillo de cristal que lleva al invernadero está helado.

La nieve se ha detenido, y detrás de los paneles se ve un cielo de color ceniza, con una luna delgada que aparece y desaparece entre las nubes.

A cada paso, el suelo cruje. Teddy va delante con la linterna, que baila sobre las baldosas, y yo detrás, con la sensación de que estamos cruzando un puente hacia una isla.

Dentro huele a tierra y a humedad. Hace más calor que en el resto de la casa, un calor dulce, de selva en miniatura, y las hojas de las palmeras proyectan sombras largas.

Teddy enciende la bombilla del techo, la amarilla de antes, y el invernadero se recompone alrededor de nosotros: las mesas de madera, los tiestos, los helechos, la radio apagada.

—Aquí —dice, y se acerca al rincón de las plantas peligrosas.

Alumbra con la linterna un tiesto grande, de barro, lleno de tallos altos y flores de color malva con forma de capucha. Aconitum napellus. Capucha de monje. Casco de Júpiter. A la luz de la linterna, las flores parecen pequeñas cabezas de cuervo con el pico hacia abajo.

—Mira la tierra —me pide.

Me agacho. Hay un hueco. Un agujero reciente, de unos cinco centímetros de ancho, en el borde del tiesto, rellenado deprisa y mal, con una costra de tierra suelta encima. Alguien ha escarbado, ha cortado algo y ha vuelto a tapar.

—Falta una raíz —dice Teddy—. La más gorda. La del lado norte. La tenía cuidada desde hace meses, para ver cómo se desarrollaba. Es una raíz tuberosa. Parece una zanahoria pequeña y fea. Esta mañana estaba. Lo juro. La toqué. —Hace una pausa—. Es que me da vergüenza decirlo, pero hablo con ella.

—¿Con la raíz?

—Con la planta. Se llama Mildred.

—Qué nombre más sensato.

—Gracias.

—¿Y cuándo te diste cuenta de que faltaba?

—Hace diez minutos. Estaba en mi cuarto, sin poder dormir, y me puse a pensar en las plantas.

Siempre lo hago. Las repaso, una por una, como cuando se cuentan ovejas.

Y llegué a Mildred. Y me di cuenta de que, esta tarde, cuando os enseñé el invernadero, la tierra de su tiesto estaba removida por el borde.

La vi de reojo y pensé: un topo. Y me dije: Teddy, ya no estás en Manchester, no veas topos en todas partes.

—¿Y por la mañana?

—Por la mañana estaba intacta. Lo sé porque le di un poco de agua y le canté una canción.

—¿Qué canción?

—«Los doce días de Navidad». Solo hasta los tres gallos. No me sé más.

—Teddy. —Me incorporo. Me sacudo las rodillas—. ¿Cuánto tarda en actuar una raíz de esas?

Él traga saliva.

—Depende de cómo se prepare. Si se mastica, en minutos.

Si se macera en alcohol y se filtra, la aconitina se concentra y se disuelve.

Un trozo del tamaño de una uña, en un vaso de vino, puede ser suficiente.

El sabor es amargo, picante, muy desagradable.

Primero entumece la lengua. Luego… —Se interrumpe—.

Los síntomas son terribles. Hormigueo. Sudor frío.

Náuseas. El corazón se desboca y de pronto se detiene.

Es una cosa rápida, si la dosis es buena.

—¿Y se nota?

—Si lo sabes, sí. Los labios se ponen entumecidos. Hay gente que dice que sabe a pimienta. —Calla. Se le va el color de la cara, como el agua por un desagüe—. Barty dijo que el vino estaba amargo.

—Lo dijo.

—Y se tomó un trago largo.

—Lo hizo.

—Y puso mala cara. Y no dejó de sonreír. Siempre sonreía. —Se lleva las manos a las gafas—. Dios mío. Ha sido con la raíz de Mildred.

—Teddy.

—Ha sido con una planta mía.

—Teddy, escúchame.

—No, es que… —Se le llenan los ojos de lágrimas—. En el pueblo siempre dijeron que yo era un asesino. Y yo nunca he matado nada que no tuviera seis patas o un nido. Y ahora han usado mi planta, y mi invernadero, y mi… —Le tiembla la barbilla —. Me van a echar la culpa.

—Nadie te va a echar la culpa.

—Todos me la echarán.

—Yo no.

—Tú aún no me conoces.

—Te conozco lo suficiente. —Le pongo una mano en el brazo, como se hace con un animal pequeño al que se quiere decir que no pasa nada—.

Sé que le hablas a las raíces. Sé que le has puesto nombre a una planta.

Sé que el cactus que te dio Barty fue su manera de decirte que te quería, y que no sabía cómo decirlo. Un asesino no hace nada de eso.

—Un asesino puede hacerlo todo.

—Un asesino que es tan bueno disimulando no se pone a llorar delante de una correctora. —Sonrío—. Y, además, tienes una novela con un abrigo ajeno. Esos nunca matan a nadie.

Se queda mirándome. Se limpia las lágrimas con la manga del jersey de renos, de modo que la nariz del reno le deja una mancha roja en la mejilla. Y suelta una risa corta, entrecortada, y luego dos más.

—¿Me la leerías?

—¿Cuál?

—La mía. Un abrigo ajeno. La tengo en mi cuarto. Son trescientas doce páginas. No es muy buena. Pero no la ha leído nadie más que Barty, y él dijo que era cursi.

—Es cursi, seguro.

—Sí.

—Y a mí me encanta lo cursi.

—¿De verdad?

—En el cuerpo, fatal. En el papel, perfecto. —Le tiendo la mano —. Te la leo. Con lápiz rojo.

—Con lápiz rojo.

—Con bolígrafo, concretamente.

—Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

—Y todavía no te lo he leído.

—Ya. Pero me lo estás prometiendo.

Nos estrechamos la mano. Una mano pequeña, callosa, con tierra bajo las uñas. Y entonces se me ocurre una pregunta.

—Teddy. Esta tarde. Cuando Ivy vino al invernadero. ¿Qué llevaba puesto?

—¿La señorita Delacroix? —Frunce el ceño—. Un vestido oscuro. Una chaqueta. Y unos guantes. Qué elegantes. De terciopelo verde, de esos de ópera, que llegan hasta el codo. Me llamaron la atención. Pensé: es la única persona que se pone guantes para ver una orquídea.

—¿Se los quitó?

—No. Bueno, sí. Se quitó uno para tocar la hiedra. Me pidió que le sostuviera el otro. —Se encoge de hombros—. Pero se lo puso otra vez. Y se fue con los dos.

—¿Y a qué hora?

—A las cuatro y media. Antes de que empezara a nevar fuerte.

—Gracias.

—¿He dicho algo importante?

—Has dicho algo muy importante.

—Ah. —Se pone derecho—. Qué bien. Ya me había parecido que iba a ser útil por una vez.

Apago la linterna. Apagamos la luz. Y salimos del invernadero por el pasillo de cristal, con la nieve brillando fuera, la luna apareciendo y desapareciendo, y la sensación de que alguien, muy cerca, nos mira desde un rincón que no vemos.

No es un fantasma. Es mi imaginación, supongo.

Pero me la apunto.