UNA NAVIDAD DE MUERTE 16. La viuda
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16. La viuda

La viuda

La música llega desde el fondo del pasillo, como un hilo de agua.

Es un piano. Una melodía muy lenta, en tono menor, de esas que parecen improvisadas por alguien que no quiere que lo oigan.

Declan se ha vuelto a la biblioteca para ver si despierta alguien, y yo, que he decidido no volver a mi sillón, sigo el sonido sin pensar, como se sigue un olor a pan, hasta una puerta entreabierta, con una rendija de luz.

Es la sala de música. Una habitación pequeña, forrada de paneles de madera clara, con un piano de cola negro en el centro, un arpa tapada con una funda de lino y un gran ventanal que da a un jardín nevado.

La luz viene de una lámpara de pie con la pantalla verde.

Y al piano, de espaldas a mí, con el abrigo de pelo sobre los hombros y el pelo negro suelto, está Beatrix.

No toca bien. Se equivoca, repite, se detiene. Pero cuando se detiene, no aparta las manos del teclado, y se ve que lo que busca no es la nota sino la costumbre.

—Puedes pasar, querida —dice, sin volverse.

—No quería molestar.

—Molestas muy poco. Siéntate.

Me siento en un puf de terciopelo, a su derecha.

Tiene la cara lavada, sin maquillaje, y es la primera vez que la veo así.

Parece más joven, o más vieja, o simplemente más real.

Tiene los ojos hinchados. Y en el rostro, sin los labios rojos, se le ve una especie de cansancio esperanzado, el de una niña a la que le han dado una mala noticia y que todavía no sabe si va a ser verdad.

—Barty me regaló este piano —dice—. Hace diez años. Por mi cumpleaños. Yo no sabía tocar. Me apunté a clases con un señor que olía a pescado, y toqué «Para Elisa» durante meses, y él lo escuchaba desde su despacho y decía: «¡Bravo!». Luego se encerraba a reírse.

—Qué cruel.

—Qué tierno. Se reía con cariño. —Aprieta una tecla, un si bemol—. Ya no hay nadie que se ría así de mí.

—Lo siento.

—No lo sientas. Tú ni lo conocías.

—Lo conocía por correo.

—¿Y cómo era por correo?

—Gritaba.

—Con exclamaciones.

—Con muchas.

Sonríe. Es una sonrisa torcida, en la que se le nota todo el cansancio de una actriz que lleva dos horas interpretando a una mujer que no es ella.

—Los hombres que escriben con exclamaciones son los que menos se ríen en voz alta —dice—. Lo digo por experiencia.

Pasamos un rato en silencio. Ella aprieta teclas sueltas, sin melodía. Yo miro la nieve, que ya cae con menos violencia, en copos grandes y lentos. La tormenta se está cansando.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice, de pronto—. Que esta tarde fui a su despacho.

—¿A las seis?

—Un poco antes. Me dije: «Voy a buscar el testamento». Es lo que haría cualquier mujer prudente, ¿no? Si sospecha que su marido le va a dejar sin nada. Entrar con una horquilla, abrir un cajón, leer un papel. Como en las películas. —Hace una mueca—. Qué ridículo. En las películas siempre sale bien.

—¿Lo encontró?

—No. Encontré otra cosa.

Abre el abrigo. Del forro, en un bolsillo interior, saca un sobre doblado. Está arrugado y ligeramente húmedo, de llevar horas pegado al cuerpo. Me lo tiende.

Dentro hay dos billetes de avión. Impresos, con el logo de una compañía azul. Lisboa. Veintiséis de diciembre. Dos pasajeros. Barty Quill y Beatrix Quill. Y una tarjeta de cartulina color crema, con la letra grande de Barty.

Mi querida Bea: te debo un viaje desde 2014. Es hora de pagártelo. ¡¡Voy a vender la editorial!! ¡¡Voy a retirarme!! ¡¡Vámonos a Portugal, a vivir de las rentas y de tus risas!! Te lo cuento esta noche. Después del postre. Con todo mi amor. B.

Lo leo dos veces. Cuando levanto la vista, Beatrix tiene los ojos cerrados y los labios apretados, y una lágrima le resbala hasta la barbilla.

—Un viaje —dice—. Era un viaje. «Algo importante sobre los dos.» Un viaje a Lisboa. Y yo llevo toda la noche pensando que me iba a pedir el divorcio.

—No podías saberlo.

—Sí podía. Si no hubiera sido tan lista. Si hubiera esperado. Si me hubiera comportado como una esposa y no como una actriz.

—Beatrix…

—Le fui infiel —dice, de golpe, abriendo los ojos—. Hace tres años. Con el cura. Lo sabes ya, ¿verdad? Lo ha visto todo el mundo. Es la peor discreción del mundo, la nuestra.

—Declan me lo ha dicho.

—Pobre Declan. —Esboza una sonrisa—. Qué buen hombre. Qué poca suerte. Se me enamoró en cuanto me vio, y yo, que me enamoro de cualquiera que me escuche, pues… —Se encoge de hombros—. Pero Barty lo sabía.

—¿Lo sabía?

—Me lo dijo hace un año. En esta misma habitación.

Entró con una bandeja de té, la dejó sobre el piano y me dijo: «Bea, hace dos años que sé lo de Declan».

Y yo me quedé helada. Y él añadió: «No pasa nada.

Yo también he sido un marido bastante malo».

Y se bebió el té. Y ya está. Nunca más lo mencionó.

—Qué raro.

—Qué grande —dice ella, con una voz muy dulce—. Qué hombre más grande y más tonto. Nunca me lo reprochó. Y yo he pasado un año esperando que me lo reprochase, para poder odiarle un poco. Y no pude.

Le devuelvo el sobre. Ella lo dobla con dedos temblorosos y lo guarda en el abrigo.

—Entonces, ¿quién ha podido matarle? —pregunta, con una vocecita—. Si todo el mundo lo quería.

—Todo el mundo no.

—¿Por qué dices eso?

—Porque alguien lo ha hecho.

—Pero qué horror. —Se tapa la boca con la mano—. Qué horror, querida. Con lo que yo le quería.

—Lo sé.

—Y no lo supe decir.

—Lo dijo la tarjeta. Está en el sobre.

—Es verdad. —Se ríe, entre lágrimas—. Seis exclamaciones.

—Tres frases, dos signos cada una. Seis.

—Pues seis, querida. Las contaré cada noche.

Se me arruga el corazón y me hago la dura. Me levanto del pufé, doy una vuelta a la sala, toco el arpa por encima de la funda, y al pasar frente al ventanal, aprovecho para preguntar con tono casual:

—¿Viste a alguien más en la planta de arriba esta tarde? Cuando fuiste al despacho.

—A Teddy, en el pasillo, que llevaba una bandeja con un helecho. A Penhallow, subiendo con las toallas. A Declan, no. Y a Ivy.

Se me quedan quietos los dedos sobre la funda del arpa.

—¿A Ivy?

—Salía de la zona del despacho. Hacia las seis y media. Iba peinándose, con una mano. Me dijo que buscaba el baño. —Se encoge de hombros—. Y yo le dije que el baño está en el otro ala. Y ella: «Qué despiste». Y se fue por donde había venido.

—¿Seguro?

—Segurísima. Tiene una forma de caminar que no se confunde. Toda recta. Como si llevara un libro en la cabeza.

—¿Y no te pareció raro?

—Con Ivy nunca parece nada raro. Es la mujer más normal que conozco. —Beatrix frunce el ceño, y algo se le cuaja en la mirada, un pensamiento nuevo, torpe, de actriz que ha leído una línea que no estaba en su guion—. Aunque, ahora que lo dices…

—¿Qué?

—Nada. Una tontería.

—Dime.

—No lo sé. —Mueve la cabeza—. Es que Ivy no se peina nunca con las manos. Lleva siempre un moño. Y esta tarde, a las seis y media, lo llevaba deshecho.

Se hace un silencio. Fuera, un copo de nieve choca contra el cristal y se queda pegado, intacto, durante un segundo.

—Gracias, Beatrix —digo.

—No hay de qué. —Vuelve a mirar el piano—. ¿Quieres escuchar una cosa?

—Claro.

Pone las manos en el teclado, respira hondo y empieza a tocar «Para Elisa».

Lo hace mal. Lo hace despacio, con una delicadeza nueva, y en el tercer compás se equivoca y se ríe, y se vuelve a equivocar, y yo me quedo escuchándola con la espalda contra el cristal helado, pensando que los únicos errores que no pienso corregir en toda mi vida son los de esta mujer que toca el piano para un marido que ya no puede decir «bravo».