UNA NAVIDAD DE MUERTE 15. Confesión en la despensa
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15. Confesión en la despensa

Confesión en la despensa

Hermione tarda exactamente cuatro minutos en comprender que nadie va a confesar nada.

Lo intenta con una pregunta general, con una pregunta dirigida, con una mirada fulminante a Declan y con una tos de pega.

Nada. Beatrix se tapa con la manta hasta la nariz.

Teddy abraza su seta. Ivy abre el libro por una página cualquiera y finge leerlo.

Y Nate, que se ha quedado dormido a medias en el sofá de enfrente con la cabeza apoyada en el puño, abre un ojo, lo cierra y vuelve a abrirlo, como un gato que sospecha de una sombra.

—Muy bien —dice por fin Hermione—. Pues que duerma quien pueda. Yo me quedo de guardia.

—¿Tú? —pregunta Beatrix.

—Soy vieja. Duermo cuatro horas y media seguidas, y ninguna la tengo reservada para esta noche.

—Mamá, estás borracha.

—Estoy lúcida, querida. Es distinto. Los borrachos no ven tan claro.

Se acomoda en su butaca con el bastón entre las rodillas y la copa a un lado.

En diez minutos, la biblioteca se llena de pequeños ruidos de sueño, ronquidos y suspiros, el crujido del fuego, el ulular del viento en el cristal.

Nate se ha dormido de verdad. Tiene la boca entreabierta y un brazo colgando, y el hoyuelo se le ha ido a otra parte.

Yo no puedo. Lo he intentado. Me he tumbado en mi sillón, con una manta granate de lana que huele a armario antiguo, y he contado hasta trescientos, que es mi récord personal. Nada. Cada vez que cierro los ojos veo la mano de Barty, la que quedó hacia arriba, con las uñas de ese color sin nombre.

Me levanto sin hacer ruido. Salgo de puntillas por las puertas esmeriladas. En el pasillo, a oscuras, solo brilla el lazo rojo del muérdago al fondo, y desde la cocina llega una claridad muy tenue, amarilla, como de vela.

Voy a por agua. Esa es la excusa. Pero no me creo la excusa, y nadie en esta casa me la creería.

La cocina está en silencio, con la olla apagada y los cobres brillando en la penumbra.

En la mesa central, bajo dos velas, el pudin duerme en su bandeja.

Y detrás, de pie, rígido como un obelisco, con los ojos cerrados y las manos a la espalda, Penhallow.

Hay algo conmovedor en cómo se sostiene.

Respira muy despacio. Le tiembla un párpado.

—¿Penhallow? —susurro.

No contesta. Duerme de pie, o hace una excelente imitación.

Voy hasta el grifo, de puntillas, y me sirvo un vaso. Bebo despacio. Y es entonces cuando oigo, desde la despensa, un ruido pequeño. Un crujido. Un masticar.

Me quedo quieta.

El ruido se repite. Alguien, dentro de la despensa, está comiendo con muchísimo cuidado, como un ratón con complejo de culpa.

Dejo el vaso. Cojo la Implacable del bolsillo y la sostengo como si fuera un puñal, lo cual es absurdo, porque es un bolígrafo y porque la tapa tiene una forma muy poco amenazadora.

Empujo con el pie la puerta de la despensa, que se abre despacio.

Dentro, sentado sobre un saco de harina, entre estantes de mermeladas y latas de sardinas, con un pastelillo de carne picada en cada mano y la corona de papel morada otra vez en la cabeza, está el padre Declan Rourke.

Nos miramos.

—Esto no es lo que parece —dice.

—Parece que se está comiendo la cena de mañana.

—Es lo que parece, entonces. —Baja los pastelillos—. Perdón. No he podido evitarlo. Cuando me pongo nervioso, como. Es la única forma de oración que me funciona.

—¿Dos pastelillos a la vez?

—Es una oración muy intensa.

Me río. Me siento en el suelo, en una esquina, con la espalda contra una estantería, y él deja un pastelillo en una lata de galletas y me ofrece el otro, que acepto. Está frío, y sabe a clavo, a manteca, a pasas. Es el mejor pastelillo que me han dado en años.

—Penhallow se va a enfadar —digo.

—Penhallow está dormido de pie.

—Eso lo hace a propósito.

—Estoy casi seguro de que sí. —Declan se pasa la mano por la cara—. ¿Qué haces tú aquí?

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

—Es lo que se llama coincidencia.

—Yo prefiero llamarlo Providencia.

—Es que usted es cura.

—Es que soy cura. —Sonríe un segundo, y se le apaga enseguida—. Aunque creo que a estas alturas, la Providencia y yo nos hemos distanciado.

Come otro trozo. Se limpia los labios con el dorso de la mano. Me mira, de pronto, con una franqueza que no le había visto, y entiendo que lo que viene no es una conversación casual.

—Tengo que contárselo a alguien —dice— y tú pareces una persona a la que le gustan los hechos.

—Me gustan las comas.

—Es lo mismo.

—No lo es. Pero siga.

Respira hondo.

—Beatrix y yo tuvimos una relación. Hace tres años. Antes del tejado.

No me sorprende. Lo digo así, con la cara muy quieta, porque siempre he creído que cuando alguien confiesa algo es de mala educación abrir mucho los ojos. Asiento. Le doy un mordisco al pastelillo.

—Lo imaginaba.

—¿Se me nota tanto?

—Se pone usted rojo cuando ella entra en una habitación. Y ella se pone a hablar de sí misma, que es lo que hace cuando está nerviosa.

—No lo sabía.

—Es una observación editorial.

—Gracias —dice, con un deje sincero de gratitud, y se queda mirando el pastelillo—.

No fue… No fue lo que tú piensas. No fue una cosa sórdida.

Ni siquiera fue una cosa grande. Fueron cuatro meses.

Ella estaba sola. Barty viajaba mucho. Yo tenía una parroquia vacía, un tejado agujereado y un sermón semanal sobre la fidelidad que no me creía ni yo. Un día ella vino a confesarse y yo…

—No cuente más.

—Gracias. —Se cubre los ojos con una mano—. Lo terminamos nosotros. Los dos. El mismo día. Y a la semana siguiente, Barty vino a verme, y yo pensé: lo sabe. Me va a matar. Me va a echar. Y me dijo: «Declan, tu iglesia se está cayendo. Yo pago el tejado». Y lo pagó.

—Ochenta mil libras.

—Ochenta mil.

—¿Y nunca dijo nada?

—Nunca. —Declan levanta la vista—. Y ese ha sido el castigo.

Que nunca dijo nada. Cada vez que pasaba por su casa, cada vez que me servía el jerez, cada vez que me daba la mano en la misa de los domingos, yo pensaba: «Lo sabe».

Y él me sonreía. Y yo pensaba: «Pues no lo sabe».

Y luego: «Sí lo sabe». Y así, tres años.

—¿Cree que el anuncio de esta noche iba de eso?

—He pensado en ello. —Se encoge de hombros, derrotado—.

No sé. Quizá quería decirme que se acabó.

Que me iba a quitar la ayuda. O que me iba a mandar a otra parroquia.

O que me lo iba a perdonar por fin, y entonces yo me habría muerto de vergüenza.

Es el tipo de hombre que hace eso. Que te perdona delante de gente.

—¿Y usted qué quería?

—Iba a pedirle perdón. —Se le quiebra la voz—. Esta noche. Después del postre. Había ensayado el discurso toda la semana. Y ya no puedo.

Se le caen dos lágrimas sin ruido por las mejillas, y no hace nada para quitarlas.

Me acerco a gatas, sin hacer ruido, y me siento a su lado, sobre otro saco de harina.

Le pongo la mano en el hombro. Es un gesto tonto, y probablemente poco profesional, y sin embargo funciona.

Se queda así un buen rato. Desde la cocina llega un suspiro. Es Penhallow, que se mueve en sueños.

—Declan —digo, cuando se calma—. Quiero preguntarle una cosa. No como investigadora. Como… vecina de despensa.

—Dime.

—En el apagón. Se levantó usted.

—Sí.

—¿Por qué?

—Por Beatrix. —Cierra los ojos—. Me llamó. Con un susurro. «Declan». Me pareció que estaba asustada. Y fui, aunque estuviera a oscuras, sin pensarlo, como un reflejo. Pero no llegué a su lado. Alguien me rozó.

—¿Quién?

—No lo sé. Pasó entre mi silla y la de Barty. Con prisa. Creo que con tacones. Un… un tic-tic. Muy corto. Y olía a… —Frunce el ceño —. No era perfume. Era como a jabón. Pero de ese caro, ¿sabes? De los que se llaman «ritual» o «esencia».

—¿Y oyó algo más?

—Un clic. —Mueve dos dedos como si abriera una cajita—. Metálico. Como un estuche de gafas. O un pintalabios. O un monedero. Algo que se abre y se cierra.

—¿Ya está?

—Ya está.

Me quedo callada. Un clic, un tic-tic, un jabón de lujo. Es un puzle de tres piezas que no encaja, y que en cualquier otro momento me daría risa. Pero tengo la sensación de que ya he oído antes ese clic, esa noche, en esa mesa, y de que si me esfuerzo un poco más lo voy a recordar.

—Gracias —le digo.

—No sé si he sido útil.

—Ha sido muy útil. Y muy valiente.

—Valiente. —Declan sonríe, con tristeza—. Soy un cura que se esconde en una despensa a comerse unos pastelillos robados.

—Por eso mismo —digo—. Es lo más humano que he visto en toda la noche.

Salimos los dos de la despensa en fila, él delante, yo detrás, con las migas aún en la ropa.

En la cocina, Penhallow sigue de pie junto al pudin, con los ojos cerrados.

Pasamos junto a él con un cuidado exquisito.

Y justo cuando creemos que nos hemos librado, abre un ojo, uno solo, nos clava una mirada gélida y murmura, sin mover los labios:

—Los pastelillos se reponen a las nueve.

—Perdón, Penhallow —dice Declan.

—Los de carne los hago con grasa de ternera, padre. Y no con mantequilla. Para la próxima.

—Lo anotaré.

—Que no se le olvide.

Cierra el ojo. Y nosotros salimos de puntillas, conteniendo la risa, con el ánimo, por una vez, un poquito más ligero.