14. Muérdago
Muérdago
El muérdago de Willowbrook cuelga de una cinta roja, en lo alto de la escalera, y tiene todo el aspecto de un artefacto con mala intención.
Es una bola de hojas verdes y bayas blancas, atada con un lazo, balanceándose un poco, justo en el centro del descansillo, como si lo hubiera colocado a propósito alguien con un sentido del humor muy cruel. Bajo él, el suelo de madera tiene una ligera depresión, de tanta gente que habrá pasado.
—No pienso pasar por ahí —dice Nate.
—Pues baja por el otro lado.
—No hay otro lado.
—Pasa deprisa.
—No funciona así. Si pasas deprisa, es peor. Dicen que trae mala suerte.
—¿Quién lo dice?
—Mi abuela.
—¿Y qué dice tu abuela de los asesinatos?
—Que traen más mala suerte que el muérdago.
Se me escapa otra risa. La noche se está convirtiendo en una colección de risas contra mi voluntad. Me detengo en el primer escalón y lo miro.
—Calder.
—¿Sí?
—Si te beso, ¿es un delito?
—Depende de la jurisdicción.
—Y si no te beso, ¿es mala suerte?
—Muy mala.
—Pues, entonces —respiro—, lo hacemos rápido, como el que se quita una tirita.
—Qué romántica.
—No soy romántica. Soy práctica.
—Lo sé. Por eso lo digo.
Subo un escalón. Él también. Quedamos los dos debajo del muérdago, apretados en un descansillo que de repente es muy pequeño.
Tiene la boca a diez centímetros de la mía, y los ojos, esos ojos marrones, normalísimos, con unas pestañas largas que nunca le habría puesto a ningún personaje, me miran con una seriedad que no tiene nada que ver con lo que dice.
—Clem.
—¿Qué?
—Es que… si lo hacemos ahora, y luego resulta que uno de los dos…
—¿Qué?
—Nada. Que no quiero que esto sea una cosa que hacemos por miedo.
—No tengo miedo.
—Yo sí.
—¿De qué?
—De que luego no sea verdad.
Me quedo con la frase sin saber a dónde ponerla. Es la frase más limpia que me han dicho en años. Todas las que se me ocurren para contestarla son peores. La Implacable, en mi bolsillo, pesa como un ladrillo.
—Entonces —digo, bajito— no.
—No.
—Después.
—Después. Cuando esto acabe.
—Cuando esto acabe, si todavía quieres.
—Y si tú todavía quieres.
—Tienes un hoyuelo —murmuro.
—¿Qué?
—Nada. Una errata.
Y en lugar de besarlo, que es lo que haría cualquier persona con un mínimo de instinto de supervivencia, levanto la mano y le doy un golpecito, apenas un toque, con el dedo, en la mejilla, justo encima del hoyuelo.
Es un gesto ridículo, de maestra de párvulos, y él cierra los ojos con una expresión de dolor exquisito.
—Eso es peor —dice.
—Lo sé.
—Eso es mucho peor.
—Lo sé. Vamos.
Bajamos por la escalera, sin mirarnos, con la cabeza gacha, y el muérdago se balancea a nuestra espalda con una satisfacción insoportable.
La biblioteca de Willowbrook está en la planta baja, al fondo del pasillo, detrás de unas puertas de cristal esmerilado.
Es una sala enorme, de dos plantas, con una galería de hierro y una escalera de caracol, y las estanterías suben hasta el techo con libros de todos los tamaños.
Hay sofás de cuero, sillones orejeros, una chimenea que alguien ha vuelto a encender, y mantas.
Muchas mantas. A cuadros, de lana, de color granate, apiladas sobre una mesa.
Al entrar, nos reciben cinco pares de ojos y un silencio.
—Llegáis tarde —dice Hermione.
—Estábamos… buscando una manta —respondo.
—Hay una pila de mantas en esa mesa.
—No las habíamos visto.
—Qué mala vista —dice Hermione, que ha reunido a todo el mundo en un círculo de butacas alrededor del fuego, con la copa de jerez y el bastón sobre las rodillas—. Y tú, Julian, tienes una hoja en el pelo.
Nate se lleva la mano a la cabeza y saca otra hoja de pino. Lo juro por la Implacable: no sé de dónde la saca.
—Es del árbol —dice.
—Qué árbol.
—El del pasillo.
—El del pasillo es un abeto, y esa es una hoja de muérdago.
—¿Es de muérdago?
—Y bastante fresca.
Declan se atraganta con el té. Beatrix reprime una carcajada.
Teddy, que está hecho un ovillo en un sillón con la seta contra el pecho, sonríe con una dulzura inesperada.
Y hasta Ivy, desde el rincón, con una manta sobre las rodillas y un libro cerrado en las manos, levanta una ceja con una expresión indescifrable.
—Voy a sentarme —digo.
—Siéntate, Margaret.
Me siento en el sillón más alejado, el que queda debajo de una ventana.
Nate, tras un instante de duda, se deja caer en el sofá de enfrente.
Desde donde estoy veo el reflejo de los dos en el cristal oscuro, y pienso, con una especie de lucidez triste, que esta es la imagen que más voy a recordar de esta noche: un grupo de gente asustada alrededor de una chimenea, y dos personas que no se miran porque se miran demasiado.
—Bueno —dice Hermione—. Ahora que estamos todos, ¿quién empieza con los secretos?
—¿Con los secretos? —pregunta Declan.
—Los secretos. —Hermione levanta la copita—.
Aquí hay ocho personas con motivos, mentiras y un historial sospechoso.
Lo he oído esta mañana en la radio. Lo dijo un señor con voz de seda.
Pues es verdad. Alguien aquí tiene un secreto que se está comiendo por dentro.
Y es mejor que lo diga antes de que se lo coma a él.
—Mamá —dice Beatrix—, es medianoche.
—Es la hora perfecta. —La anciana sonríe—. A medianoche, los secretos pesan menos.
Y entonces, en el reloj del vestíbulo, empieza a sonar una campanada. Una. Dos. Tres. Doce, de seguido, lentas, solemnes.
Es Navidad.
Nadie se mueve.
—Feliz Navidad —dice Teddy, muy bajito, a la nada.
Y por increíble que parezca, uno por uno, siete adultos aterrorizados contestan en voz baja, casi con vergüenza:
—Feliz Navidad.