Epílogo Un año después
Epílogo
Un año después
Hay cosas que se corrigen y cosas que se heredan.
La Nochebuena siguiente, a las ocho en punto, estoy otra vez en el comedor de Willowbrook, con un jersey feo, rojo y verde, que he comprado esta vez con tiempo, con un par de campanillas cosidas en el puño y una luz que parpadea en el pecho. Me pica. Pero lo reconozco: es feísimo.
La mesa es la misma. Larga, de roble, cubierta de velas y de coronas de acebo. Hay copas de tres tamaños. Hay platos con borde dorado. Y en el centro, sobre una bandeja de plata, hay dos pudines: uno grande, para Navidad, y otro pequeño, para San Esteban.
No hay nadie que los vigile. Pero Penhallow, sentado ahora en la cabecera, entre Hermione y un anillo de oro que lleva desde agosto, los mira de reojo cada tres minutos, por si acaso.
—Alistair —dice Hermione.
—¿Sí, querida?
—Nadie los va a robar.
—Nunca se sabe.
—Come tu sopa.
—Sí, querida.
Se les nota que se han casado: se hablan sin mirarse, con la confianza de los que llevan cuarenta años compartiendo una sopa.
Hermione lleva un vestido verde, con lentejuelas, y dos copas de champán en cada mano, porque, según dice, ahora que tiene marido tiene derecho al doble.
Penhallow lleva su pajarita. Y una expresión, la verdad, que no le había visto nunca: la de un hombre que se ha sentado por fin a su propia mesa y descubre que la silla es cómoda.
A mi izquierda, Beatrix, bronceada, con un sombrero de paja en el respaldo y el pelo más corto.
Ha vuelto de Lisboa con una historia de un pianista, un tranvía y un barco que se llevó su equipaje, y la ha contado ya tres veces con variaciones.
Frente a ella, Declan, que lleva el cuello de clérigo desabrochado y una expresión nueva.
«Estoy pensando», dice cuando le preguntan.
Y se pone rojo. A su lado, Teddy, con un jersey de renos nuevo, de nariz roja y luz intermitente, hojea con la mirada ansiosa una pila de ejemplares todavía con olor a imprenta.
Un abrigo ajeno, de Rosalind Peach. Cuatro mil copias vendidas en seis meses.
La editorial, Quill & Crow, que ahora dirige una comisión de autores presidida por Hermione, me ha pedido que corrija la segunda edición.
Le he puesto tres comas más. Él me lo ha agradecido con lágrimas.
Y a mi derecha, con el pelo revuelto, un jersey de renos rojo y verde que le queda de maravilla, con los ojos marrones, normalísimos, ligeramente turbios, que no son de tormenta ni de nada, y que me miran de reojo cada vez que se me cae el tenedor: Nate.
—Tienes una cosa en la nariz.
—¿Dónde?
—Harina.
—No hay harina.
—Es una errata.
—Calder.
—Perdón.
Vivimos juntos desde febrero. En una casa de Bristol con un ficus que ahora tiene una compañera, una gata atigrada que se llama Coma y que me ha cogido manía.
Él escribe en el despacho, yo corrijo en la cocina, y a las siete nos intercambiamos los textos.
Él me los devuelve con comentarios al margen en azul.
Yo se los devuelvo con los míos en rojo.
Hay una carpeta, en un cajón, con todos los márgenes de seis años.
Y desde esta primavera, otra, nueva, con una sola hoja dentro: la primera página de un libro que estamos escribiendo juntos.
Se titula Una Navidad de muerte. Es la historia de una correctora y un escritor y una cena de Navidad que salió muy mal.
Él insiste en que la protagonista tiene que tener los ojos color tormenta.
Yo he tachado la frase. Él la ha vuelto a escribir.
Yo la he vuelto a tachar. Vamos por la versión cuarenta.
A las nueve y media, Penhallow se levanta. Tose. Todos nos quedamos callados.
—Con el permiso de la señora —dice.
—Concedido, querido.
—Es costumbre de esta casa, desde hace veintinueve años, que antes del postre se celebre la Cena del Crimen. —Hace una pausa —. Este año, por decisión unánime de esta mesa, no habrá cadáver.
—Gracias a Dios —murmura Declan.
—Ni asesino.
—Aleluya —dice Teddy.
—Pero sí habrá, como cada año, una tarjeta.
Se hace un silencio. Penhallow busca en el bolsillo del chaleco. Saca un sobre de color crema, grueso, con un nombre escrito a mano. Lo sostiene un momento, con las dos manos, como una reliquia. Luego me lo tiende.
—Es para usted, señorita Ashworth.
—Clem.
—Señorita Ashworth.
Lo abro. Dentro hay una tarjeta pequeña, de cartulina, con un matasellos de una cárcel de mujeres de West Yorkshire. No tiene remitente. Solo una letra fina, de colegio de monjas, que reconocería en cualquier parte, escrita con un bolígrafo azul y mucho cuidado.
Feliz Navidad.
Y al final, solitario, dibujado con una duda que se nota en el trazo, un poco más pequeño de lo que correspondería, pero perfectamente claro:
!
Me quedo mirándolo mucho rato.
Nate me pone una mano en la rodilla, bajo la mesa. Hermione, que lo ha visto todo, levanta una copa muy despacio. Penhallow se sienta. Beatrix se suena la nariz. Declan reza algo muy breve, sin dramatismo. Teddy aplaude con las yemas de los dedos, solo una vez, por si acaso.
Y yo, que llevo trece años buscando lo que sobra, lo que falta y lo que está mal escrito, cojo la Implacable, la saco del bolsillo, le quito el capuchón, y me doy cuenta de que no hay nada que corregir.
Pongo la tarjeta junto a mi plato. La apoyo contra la copa de agua. Y con el bolígrafo rojo, con mucho cuidado, con un trazo firme, redondo, orgulloso, subrayo la exclamación.
Una sola.
A regañadientes.
Better luck next year!
Fin