UNA NAVIDAD DE MUERTE 11. La pizarra de los postres
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11. La pizarra de los postres

La pizarra de los postres

En la cocina de Willowbrook hay una pizarra.

Está colgada junto a la despensa, en un marco de madera, y pone MENÚ DE NAVIDAD en letras blancas de tiza, con una guirnalda de acebo dibujada alrededor.

Debajo, la lista de los platos de esta noche: sopa de castañas, asado con guarniciones, pudin flamado.

Todo en una caligrafía redondeada y muy limpia, que supongo que es de Penhallow, y en la que ya he encontrado, sin quererlo, tres comas mal puestas.

—Voy a borrarla —digo.

—No la borres —dice Nate.

—Está mal escrita.

—Está sobre un muerto.

—¿Qué quiere decir eso?

—No lo sé, pero me ha parecido que quedaba bien.

Me río. No debería, pero me río. Cojo el borrador, limpio el menú de arriba abajo, con cuidado, y me quedo con la pizarra vacía y negra delante, olorosa a polvo de tiza. Hay un cajoncito con tizas de colores, de las que usan los niños. Elijo una azul.

—Lo que hacen los detectives —dice Nate— es poner una foto en la pared y unir cosas con hilos.

—No tenemos fotos.

—Ni hilos.

—Tenemos la lista de la compra.

—Y tú.

—Yo qué.

—Que tienes una letra preciosa.

Lo miro. Él mira la pizarra con las manos metidas en los bolsillos del traje.

—Escribe —dice.

Escribo. Con la tiza azul, arriba del todo, trazo ocho nombres en columna. Dejo el mío para el final y lo tacho enseguida, porque siento que es de mala educación investigarse a una misma. Luego borro el tachón, y lo vuelvo a escribir, y lo vuelvo a tachar. Nate me observa con la ceja levantada.

—Tú y yo hemos estado delante de todos desde la hora del brindis —digo.

—Salvo en el invernadero.

—Salvo cuarenta segundos de oscuridad.

—Me sostenías un panecillo.

—Tú lo has dicho. Me lo sostenías tú.

—Qué buena coartada —dice, sonriendo.

—Terrible.

—Muy romántica.

—Calder.

—Perdón.

Dejo el borrador. Al otro lado de la mesa, el resto de la compañía nos mira con una expresión que no sé interpretar.

Hermione, con su copita de jerez. Beatrix, con las medias algo rotas.

Declan, con cara de monaguillo regañado.

Teddy, que se ha puesto a pelar patatas sin que nadie se lo pida, porque necesita ocupar las manos.

Ivy, quieta, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

Penhallow, de pie, a la derecha del pudin, que sigue en su bandeja de plata, flanqueado por dos velas.

—Esto —dice Hermione— es lo más indecente que he visto en mi vida, y he visto la boda de Beatrix.

—Mamá —dice Beatrix.

—Una pizarra con nombres. Como en el colegio.

—Funciona —responde Nate.

—Ya lo sé que funciona. Lo que me escandaliza es que no se me haya ocurrido a mí.

Se me escapa otra sonrisa. Me aclaro la garganta, me doy la vuelta y escribo, junto al primer nombre, una palabra: «Motivo».

—Vamos a hacer una cosa —digo—. Cada uno dice cómo se llevaba con Barty. Sin florituras. No es un interrogatorio. Es… una conversación.

—Una conversación —repite Ivy, con un tono neutro.

—Con tiza.

—Qué elegante.

—Empiezo yo —dice Hermione—. Barty era mi hijo. Mi hijo único. Lo quise, y a veces me hizo reír, y casi siempre me sacó de quicio. No tenía enemigos que yo conociera, salvo todos los que conocía.

—¿Eso significa algo? —pregunta Nate.

—Que tenía una lengua larga y una billetera larga, y las dos cosas hacen enemigos. Escribe: «Madre amantísima. Sin motivo». —Hermione bebe—. Salvo que...

—¿Salvo que?

Se queda mirando la copa.

—Hace una semana me llamó —dice—. Me dijo que había tomado una decisión importante. Que iba a hacer un cambio grande. Que la casa, la editorial, todo, iba a cambiar. No me dio detalles. Me dijo: «Mamá, vas a odiarme y vas a alegrarte de que lo haga». Y colgó.

—¿Y qué crees que quería decir?

—Creo que quería vender Willowbrook.

Un silencio. Siento, a mi lado, que Nate se pone derecho.

—Hermione —dice, con mucho cuidado—, eso es un motivo.

—Lo sé.

—Para ti.

—También lo sé, querido. A mi edad se sabe todo. —Se encoge de hombros—. Pero tengo setenta y nueve años y mucha prisa por morirme en mi cama. No habría tardado tanto en hacerlo si hubiera querido evitar que vendiese una casa.

—Pero es un motivo.

—Un buen motivo. Escríbelo.

Lo escribo. Con tiza blanca, junto al nombre de Hermione: «Casa en venta (?)». Me detengo antes de cerrar el paréntesis. La interrogación se me queda colgada del extremo del paso, y me da un pequeño escalofrío.

—Sigamos —dice Nate—. Beatrix.

—Yo era su esposa —responde ella, con toda la dignidad que le permite el abrigo de pelo, que lleva puesto otra vez, no sé por qué —.

Doce años casados. Quise a mi marido. Quizá no como el mundo manda, ni como en la serie, pero lo quise.

Y él me quiso a mí. —Le tiembla la voz—. Que no se diga lo contrario.

—¿Te dijo algo del cambio?

—Me dijo… —Hace una pausa tan teatral que hasta Hermione levanta la cabeza—. Me dijo que tenía que hablar conmigo después del postre. Que era importante. Y que era sobre los dos.

—¿Y qué crees que era?

—¿Qué iba a ser, querido? Un divorcio.

Lo dice con una naturalidad tan aplastante que nadie sabe dónde mirar. Declan se hunde un palmo en su asiento. Teddy deja caer una patata. Ivy, sin embargo, ni parpadea.

—Un divorcio no es un motivo para matar a alguien —dice Declan.

—Un divorcio —replica Beatrix— sin acuerdo prenupcial es un motivo para que mi marido tenga que cambiar el testamento, querido.

—¿Había cambiado el testamento?

—No lo sé. Por eso lo pregunto.

—Beatrix —dice Hermione, con una voz muy baja y muy clara —. Si estás insinuando algo…

—No insinúo nada, mamá. Solo digo que hay un testamento. Y que no sé qué pone.

—Escríbelo —me dice Nate.

—«Testamento. Divorcio.» —Escribo—. ¿Dos motivos?

—Un solo motivo con dos cabezas.

—Qué imagen más desagradable.

—Hidra —dice Teddy, desde su rincón, sin levantar la vista de la patata—. Con muchas cabezas. Perdón. —Se pone colorado—. No he dicho nada.

—El padre Rourke —continúa Nate—. ¿Cómo lo describirías?

Declan carraspea. Se pone de pie, no sé por qué, como si fuera a dar un sermón, y vuelve a sentarse.

—Barty era un amigo —dice—. Un buen amigo. Pagó el tejado de la iglesia hace dos años, cuando se nos caía encima. Ochenta mil libras. Nunca me pidió nada a cambio. Nunca me lo recordó.

—Qué raro —murmura Hermione.

—¿Perdón?

—Mi hijo siempre recordaba lo que daba. Es un rasgo de familia.

—Pues a mí no me lo recordó nunca.

—Hasta ahora —dice Ivy, y es la primera vez que habla en un buen rato.

Declan se vuelve hacia ella, pálido.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Ivy se alisa la falda—. Solo digo que cuando alguien da tanto sin esperar nada, suele ser porque ya ha esperado algo antes.

—Eso es muy cínico.

—Es muy editorial. —Sonríe—. Escríbelo, Clem. «Tejado». No es un motivo. Es un dato.

Lo escribo. Con la tiza azul, debajo de Declan: «Tejado (80.000)». No sé por qué me tiembla la mano. Declan, mientras, parece haberse encogido, y por un momento me pregunto cuántas cosas habrá debajo de ese cuello de clérigo, que con tanta frecuencia le hace sudar.

Teddy deja las patatas.

—Yo no tengo motivo —dice.

—Todos tenemos motivo —responde Hermione.

—Yo no. De verdad. Soy el jardinero.

—Y exterminador de plagas.

—Pero eso es un asunto profesional. Y no he exterminado nada humano. —Se ajusta las gafas—. Aunque, a lo mejor, había una cosa.

Todos nos volvemos.

—¿Qué cosa? —pregunta Nate.

—Le di un manuscrito. Hace dos meses. Una novela.

—¿Tuya?

—Mía. Firmada con un seudónimo, claro. Rosalind Peach.

Se hace un silencio tan largo que el hervor de la olla suena como un tambor.

—¿Rosalind Peach? —repite Beatrix—. ¿La de las novelas de las cartas?

—No. Esa no es mía. La mía es Un abrigo ajeno. Es de un chico que, cuando llueve, le deja el abrigo a una chica, y la chica se lo queda, y él nunca se lo pide, y entonces pasan seis capítulos hasta que… Perdón. Me estoy yendo por las ramas.

—¿Y Barty qué te dijo? —pregunto yo, muy suave.

—Lo leyó. —Teddy traga saliva—. Y me dijo que estaba… que era… —Cierra los ojos—. «Lo más cursi que he leído en veinte años.»

—Qué cabrón —dice Hermione, sin ninguna pena.

—Y que mejor me dedicase al jardín.

—Teddy —dice Nate—. Lo siento.

—No pasa nada. —Pero se le nota la voz mojada—. Estuve enfadado una semana. Es la verdad. Le dije a mi gato, a las plantas, a la radio, que lo odiaba. Pero era solo… Era solo una novela. Ni siquiera la había firmado con mi nombre.

—Pero él lo sabía —digo.

—Claro. Se lo dije yo.

—Y esta noche… ¿habéis hablado?

—Esta tarde. Me dijo que… —Se rasca la nuca—. Me dijo que esperaba que no me lo tomara a mal. Que en realidad le había gustado. Que hay cosas que te gustan, pero que no puedes publicar. Y me dio un cactus.

—¿Un cactus?

—Lo había tenido todo el tiempo en el despacho. Me lo dio con un lazo. —Se echa a reír, una risa pequeña, mojada—. Nunca he sabido qué quiso decir con el cactus.

Hermione suelta un suspiro. Le toca la mano, un segundo, con las puntas de los dedos, y no dice nada. Y yo escribo en la pizarra, con una tiza verde, el único motivo que no parece un motivo: «Novela rechazada». Debajo, entre paréntesis: «(pero había cactus)».

Falta Ivy. Falta Penhallow. Y faltamos nosotros.

—Ivy —dice Nate.

—Yo trabajaba con él desde hacía dieciséis años —responde ella, sin que haya terminado de decir su nombre—.

Soy su directora editorial. Soy la que le dice que no a casi todo, que es lo que hace una buena directora editorial.

Barty y yo discutíamos cada semana. Una vez, en 2019, dimos un portazo tan fuerte que se cayó un cuadro.

Pero no había rencor. —Hace una pausa—. No lo había en mí.

—¿Y en él?

—En él… —Se detiene—. En los últimos meses estaba raro. Menos hablador. Se pasaba horas en el despacho. Cuando le preguntaba si pasaba algo, me decía: «Todo en orden, Ivy». Con signo de exclamación.

Dice lo último con un tono de burla pequeña, y noto, en lo hondo del estómago, un pellizco de algo que no sé nombrar.

—¿Te dijo algo del anuncio de esta noche? —pregunta Nate.

—Nada.

—¿Ni una pista?

—Barty no soltaba pistas. Soltaba cebos. —Se encoge de hombros—. No me dijo nada. Escribe: «Sin motivo». Aunque me temo que, si hay un anuncio de cambios, mi puesto no tendría por qué estar a salvo. Pero esa clase de motivo se tiene siempre. Es lo que se llama «ser empleada».

—Escribe lo de empleada —dice Hermione.

Lo escribo. Tengo la sensación de que Ivy me observa mientras lo hago, con una atención cortés, la de quien lee una frase suya en el borrador de otro. Y me doy cuenta de que ya no me parece una mujer fría. Me parece una mujer cansada que se ha puesto una coraza. Es una mezcla muy confusa.

—Penhallow —dice Nate.

—No tengo nada que decir, señor Calder.

—Cuarenta y un años en la casa.

—Cuarenta y dos en marzo.

—¿Y qué tal con él?

—Fue un buen patrón.

—¿Solo un buen patrón?

Penhallow aprieta una sonrisa tan pequeña que habría que mirarla con lupa.

—Fue el hijo de la señora Hermione —dice—. Y lo vi crecer. Y lo quise como se quiere a un niño travieso que nunca llegó a aprender a perder. Y, sí, es posible que esta noche me hubiera dicho algo. Es posible que yo supiera algo. Pero no puedo decirlo.

—¿Por qué no?

—Porque el señor Quill me pidió discreción.

—Barty ha muerto —dice Nate.

—Los muertos también piden discreción.

Se hace un silencio. Es de los que parecen pesar más que los otros. Penhallow mira a Hermione, y Hermione mira su copa, y entre los dos hay una especie de línea invisible que no he sabido ver hasta ahora. Es una línea corta. Muy tensa.

—Está bien —dice Nate, sin presionar—. Gracias.

Retrocedo un paso para ver la pizarra completa.

Ocho nombres. Ocho motivos, más o menos.

Una casa, un testamento, un tejado, un manuscrito, una vida de empleada, una discreción.

Y, escritos aparte, en un rincón, en tiza rosa, los nombres de Nate y de Clem, con una palabra al lado: «Sin motivo».

Y debajo, entre paréntesis, de la mano de alguien que no sé quién ha sido: «(¿seguros?)».

Me giro. Todos me miran.

—Yo no he sido —digo.

—Eso sería exactamente lo que diría la culpable —dice Hermione, alegre, por primera vez.