UNA NAVIDAD DE MUERTE 12. El pudin intocable
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12. El pudin intocable

El pudin intocable

A las once y media de la noche, en la cocina de una mansión inglesa, con un cadáver bajo llave y un asesino entre los comensales, estalla la guerra por un postre.

La empieza Beatrix.

—Tengo hambre —dice.

—Acabas de cenar —le recuerda su suegra.

—Hace tres horas. Y no he tomado postre.

—Nadie ha tomado postre.

—Pues por eso. —Se levanta, estira el cuello de zorro del abrigo y mira al centro de la mesa—. Penhallow, querido, ¿te importaría cortar un trozo de ese pudin?

—Sí, señora.

—¿Sí te importaría?

—Sí, señora. Me importaría.

—¿Y eso por qué?

—Porque no se corta hasta medianoche —responde Penhallow, que ha dejado de ser un mayordomo para convertirse en un monumento—. Es una norma de la casa. El pudin se flamea a las doce. Con coñac. Con una vela. Delante de todos los invitados. Cantando.

—¿Cantando qué?

—«Dios salve al rey».

—Hace siglos que no lo cantamos —dice Hermione.

—Hace veintiocho años, señora. Exactamente. Desde que el señor Quill decidió que el pudin merecía un himno.

—Qué pesado era.

—Era mi patrón.

—Era un pesado —repite Hermione, y parece que lo dice con cariño.

—Pues faltan treinta minutos —dice Beatrix—. Treinta minutos de hambre. Yo no sé tú, Declan.

—A mí me da igual —responde Declan, con una voz que dice que no le da igual.

—Teddy, ¿tú quieres?

—Yo quiero lo que haya.

—Ivy.

—Ahora mismo, no. —Ivy hace un gesto vago—. Aunque sería una pena que se quedase ahí toda la noche, y se secara.

—No se seca —dice Penhallow.

—Un pudin de esas dimensiones, sin cortar, con tantas horas de horno… Se pone duro como un ladrillo.

—No se pone duro como un ladrillo.

—Es lo que dicen.

—¿Quién lo dice?

—La gente que entiende de postres.

—Señorita Delacroix —dice Penhallow, y por primera vez tiene un destello en la mirada, un chispazo muy fino, más cerca del odio que de la cortesía—. He hecho este pudin cada Navidad durante cuarenta y un años. No se va a poner duro.

—Pues entonces cortémoslo.

—Se flamea a las doce.

—Pero…

—Se flamea a las doce.

—Señor Penhallow, ¿no lo notas? Estamos tensos. No hay por qué ponerse así por un postre.

—No me pongo.

—Estás blanco.

—Soy un hombre blanco.

—Penhallow —dice Nate, con una voz blanda, la de un entrevistador de radio—. ¿Por qué tanto empeño?

Penhallow se pone muy recto.

—No es empeño, señor Calder. Es obediencia. —Hace una pausa—. El señor Quill me dio una instrucción.

—¿Qué instrucción?

—«Pase lo que pase, proteja el pudin.»

Lo dice así, con la voz neutra, como quien recita el nombre de una calle. Y se produce, durante un segundo, una especie de vacío colectivo. Ocho cabezas se giran lentamente hacia el postre. Es redondo, oscuro, brillante, un poco inclinado, como un sombrero.

—¿Perdón? —pregunta Hermione.

—Es lo que dijo.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Mientras ponía las velas. Me llamó aparte, en el pasillo. Me dijo: «Alistair, pase lo que pase, proteja el pudin». Yo pensé que era una broma. Pero tenía los ojos…

—¿Qué ojos?

—Los de un hombre que no bromea.

Hay un golpe seco. Es Teddy, que ha dejado caer el cuchillo. Se agacha a recogerlo, y se queda a gatas, buscándolo por debajo de la mesa, con las gafas ladeadas.

—Protéjalo de qué —dice Declan.

—No lo sé.

—¿Y por qué querría proteger un postre?

—No lo sé.

—¿No le preguntó?

—El señor Quill no era un hombre al que se le preguntase, padre. Se le obedecía.

—Pues ahora no está —dice Beatrix, con una sonrisa de oreja a oreja y una cierta dosis de locura—. Y yo tengo hambre.

—Señora, con todo respeto…

—Con todo respeto, querido, voy a cortar ese pudin.

Se acerca. Avanza hacia la mesa con el abrigo de pelo, los tacones en los baldosines, y la mano abierta como una actriz que va a recibir un premio. Penhallow, que en toda la noche no se ha movido más de cuatro pasos, da un paso al frente y se interpone entre la señora Quill y el pudin.

—No —dice.

—Apártate.

—No.

—Penhallow, apártate. Es una orden.

—Con el debido respeto, señora, solo recibo órdenes de los vivos. Y solo de uno.

—¿De cuál?

—De la señora Hermione.

Todos nos volvemos hacia Hermione. Que está inmóvil, con la copita a la altura de la boca y los ojos abiertos de par en par, mirando a Penhallow como si hubiese dicho algo que no iba a decir jamás. Dura un parpadeo. Después, baja la copa con una calma admirable.

—Alistair —dice—. Que no se toque el pudin.

—Gracias, señora.

—Por encima de mi cadáver —añade Hermione, y se vuelve hacia Beatrix—. Y ya tenemos uno, querida, así que no tientes a la suerte.

Beatrix retrocede con las manos en alto.

Ivy contempla el pudin con los labios muy juntos y la expresión de una mujer que acaba de perder una apuesta que ni siquiera sabía que había hecho.

Nate me mira. Yo lo miro a él. Y los dos, sin decir una palabra, apuntamos mentalmente la misma pregunta: ¿por qué la directora editorial de Quill & Crow tiene tantas ganas de que alguien corte un postre?

—Está bien —dice Hermione, al fin, con esa autoridad que se le va y se le viene como la marea—. Aplazamos el pudin. No a medianoche. A mañana. Lo flamearemos cuando lleguen las máquinas, delante de todos, con la policía, y Penhallow cantará «Dios salve al rey».

—Con mucho gusto, señora.

—Y hasta entonces, vosotros dormiréis.

—¿Dormir? —dice Declan—. ¿Con un asesino en casa?

—Con ocho. Es decir, con uno. —Hermione se levanta con mucha dificultad y se apoya en el bastón de zorro—. Quien ha matado a mi hijo no va a matar a nadie más esta noche. No tiene motivo. Ya ha conseguido lo que buscaba.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto.

—Porque soy vieja, Margaret. Y las viejas lo sabemos todo.

—¿Y si no ha conseguido todo lo que buscaba?

Se detiene. Me mira de arriba abajo, con los ojos azules muy afilados.

—Entonces —dice— vamos a pasar una Nochebuena la mar de entretenida.