UNA NAVIDAD DE MUERTE 10. Coartadas con jerez
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10. Coartadas con jerez

Coartadas con jerez

Hermione, por supuesto, propone el jerez.

—Para los nervios —dice—. Y para soltar la lengua.

Estamos en la cocina de Willowbrook, que es un lugar inmenso, de azulejos blancos y cacerolas de cobre colgadas del techo, con una mesa central de madera maciza y una cocina de hierro negro que ocupa una pared entera.

Huele a asado y a clavo. Hay una caja de bombones abierta.

Hay una olla enorme, tapada, con algo que hierve a fuego muy bajo.

Y en el centro de la mesa, majestuoso, el pudin de Navidad.

Penhallow lo ha trasladado desde el comedor sin que nadie lo notara. Lo ha puesto sobre su bandeja de plata, con la ramita de acebo en lo alto, y se ha colocado detrás, de pie, con las manos a la espalda. Parece un centinela. Parece un padre en el bautizo.

—¿Por qué has traído el pudin a la cocina? —pregunta Beatrix.

—Para flamearlo, señora.

—¿Ahora?

—A su debido tiempo.

—¿Va a haber postre esta noche?

—Siempre hay postre, señora —dice Penhallow—. Es una norma de la casa.

—Hay un muerto en el salón.

—Y el postre sigue siendo el postre.

Hermione levanta su copa de jerez a modo de aprobación. Es una copa pequeña, ridícula, con el pie fino, que en sus manos adquiere la solemnidad de un cáliz.

Nos sentamos todos alrededor de la mesa.

Yo, con el bolígrafo rojo, que he sacado sin darme cuenta y que he empezado a hacer girar entre los dedos.

A mi lado, Nate, con un cuaderno de tapas negras que ha sacado de la maleta y que se llama, según me ha explicado en el pasillo, «el cuaderno de las ideas peligrosas».

Enfrente, Beatrix y Declan, separados, muy separados, con una silla vacía entre los dos que podría albergar a un elefante.

Teddy, en un taburete. Ivy, en el extremo, con las manos juntas.

Hermione, en la cabecera, de presidenta del consejo.

—Bien —dice ella—. Yo propongo un procedimiento. Cada uno cuenta lo que hizo cuando se apagó la luz. Sin mentiras. O con mentiras, pero buenas.

—No somos policías —protesta Declan.

—Ni falta que hacen. Aquí lo que importa es la intención. —Da un trago—. Empiezo yo. Yo no me moví.

—¿Nada?

—A mi edad uno no se mueve en la oscuridad. Uno se queda quieto y reza para que no le toque una escalera. Me quedé en mi silla, con mis dos copas. Cuando la luz volvió, tenía mis dos copas. ¿Alguna pregunta?

—¿Y no oíste a nadie pasar? —pregunta Nate.

—Oí a todos. Pero oír a todos es como no oír a nadie.

—Muy bien dicho —digo, sin querer.

—Gracias, Margaret.

—¿Alguien más? —pregunta Nate.

Se hace un silencio. El hervor de la olla suena como una pequeña conversación al fondo.

—Yo estaba rezando —dice Declan.

—Y te moviste.

—Y me moví. —Le sale una voz de colegial—. Tuve… tuve un momento de pánico. No me gusta la oscuridad. Me levanté y di un paso. Solo uno. Hacia la puerta. Para… para salir. O para entrar. No sé.

—Y chocaste con Beatrix —dice Hermione.

—No choqué con nadie.

—Beatrix se te agarró del brazo.

—Me agarré del brazo de Teddy, queridos —corrige Beatrix, sin mirar a nadie—. Y de nadie más.

—Yo era… yo era el que estaba en el suelo —dice Teddy, tímido —. Me metí debajo de la mesa. No quería… tengo un poco de problema con los apagones. Es una cosa de la infancia. En mi casa solían cortar la luz cuando mi madre no pagaba, y yo…

—Teddy —dice Ivy, con una suavidad que me sorprende—. No hace falta que lo cuentes.

—Es que si no lo cuento parece que he sido yo.

—Nadie ha dicho eso.

—Pero lo pienso.

—Piensa menos.

Teddy se encoge sobre sí mismo. La nariz roja de su jersey de renos, aún encendida, le ilumina una mejilla.

—Yo estaba en el aparador —interviene Penhallow, desde detrás del pudin—.

Me levanté al apagarse la luz, como es mi obligación.

Cuando el señor Quill apaga el interruptor general, mi deber es acercarme al cuadro eléctrico del pasillo y asegurarme de que no se ha quemado nada.

Estaba en camino. Pero me detuve junto al aparador. Por si había alguna copa en peligro.

—No había ninguna copa en peligro —dice Hermione.

—No, señora. Pero eso no puede saberse en la oscuridad.

—Lógico.

—Y usted, señorita Delacroix —dice Nate, girándose.

Ivy tarda un segundo en responder. No dura más de lo normal.

—Tuve miedo. Me levanté, retiré la silla, y volví a sentarme. Estaba muy cerca del sitio de Barty. Pensé que si pasaba algo, lo mejor era no moverse demasiado.

—Pero te moviste.

—Lo suficiente para apartarme del mantel. Me da claustrofobia. —Se encoge de hombros con elegancia—. ¿Hay alguna ley contra eso?

—Ninguna.

—Pues entonces.

—Yo estuve a mi lado todo el rato —dice Beatrix—.

Quiero decir, al lado de Barty. Es decir, al lado de su silla.

Es decir… —Cierra los ojos—. Me aferré al brazo del primero que encontré, queridos, y ese primero era el chico de las plantas.

No fue nada. Los apagones me aterran. En la serie, una vez me quedé encerrada en un ascensor durante una escena de cuatro horas.

—¿Cuatro horas? —pregunta Nate.

—Fueron dos. Pero se sintieron cuatro.

—Ya.

Nadie me pregunta a mí. Es raro. Me mira Hermione, y me mira Nate, y me mira, de reojo, Ivy.

—Yo estaba contando —digo.

—¿Qué contabas? —pregunta Beatrix.

—Segundos. Cuarenta y tres. Es una manía.

—Qué rara —dice Beatrix, con una ternura sincera, y me da un poco de rabia que me caiga bien.

—Y yo estaba sosteniéndole la mano —añade Nate, con el tono más neutro del mundo.

Un silencio. Mucho más largo que los otros.

—Un panecillo —aclaro—. Me sostenía un panecillo.

—Es verdad. Era un panecillo. Después, su mano.

—Es un asunto de lo más banal —digo.

Hermione sonríe por primera vez en la noche. Una sonrisa fina, con mucha malicia y mucha pena.

—Pues así me gusta —dice—. Que aunque se haya muerto mi hijo, por lo menos se enamore alguien.

—No nos hemos enamorado —responde Nate.

—Qué prisa tienes por negarlo.

—No hay nada que negar.

—Lo estás negando muy deprisa, Julian.

—Nate.

—Lo que sea.

Declan se atraganta con el jerez. Ivy, por primera vez, sonríe con toda la boca. Teddy se pone rojo, porque se pone rojo siempre, y yo, que quería parecer una investigadora seria, me doy cuenta de que tengo la cara como una guinda.

—Bueno —digo, aclarándome la garganta—. Hemos oído a todos.

—A todos no —dice Nate—. Falta una cosa. La más importante.

—¿Cuál?

—Los motivos.

Y ocho pares de ojos se vuelven, a la vez, hacia el pudin.