UNA NAVIDAD DE MUERTE 9. Qué se hace con un muerto en Nochebuena
31%

9. Qué se hace con un muerto en Nochebuena

Qué se hace con un muerto en Nochebuena

Nadie te enseña esto en ningún sitio. Ni en el instituto, ni en la universidad, ni en los cursillos de primeros auxilios que se hacen en horario de oficina con un maniquí que se llama Resu.

No existe un manual de buenas maneras para cuando el anfitrión se muere a media cena y tú tienes que decidir con otros siete adultos dónde se guarda el cuerpo.

—En la despensa —propone Beatrix.

—En mi despensa no —dice Penhallow, y es la primera vez que le veo perder los estribos, que consiste en levantar la voz medio tono.

—Hace frío.

—Hay mantequilla, señora.

—En el invernadero —sugiere Teddy—. Allí hace fresco. Y con las orquídeas…

—Mi hijo no va a pasar la noche entre orquídeas —sentencia Hermione.

—Pues en el sótano.

—En el sótano están los vinos.

—Qué mejor compañía —dice Declan, y se tapa la boca.

—Padre.

—Perdón. Ha sido un nervio.

Hermione, en el banco, golpea el suelo con el bastón. No sé de dónde ha sacado un bastón. Lleva diez minutos sin él, y de repente lo tiene, con empuñadura de plata y una pequeña cabeza de zorro. Supongo que es lo que tienen los bastones, que aparecen cuando hace falta.

—Mi hijo se queda donde ha caído —dice—. Se queda en su salón, junto a su árbol, delante de su chimenea. Se cierra la puerta con llave y nadie lo toca. Si ha sido asesinado, y lo ha sido, que lo vea la policía tal como lo dejó el que lo hizo.

—Tiene sentido —dice Nate.

—Siempre tengo sentido. Lo que pasa es que a mi edad me lo perdonan menos.

Penhallow cierra los ojos, hace una pequeña inclinación de cabeza y sale hacia el salón. Nate lo sigue. Yo también. Y por detrás, a una distancia prudente, los demás, como patos.

El salón sigue como lo dejamos. El fuego casi apagado, el árbol que parpadea, el mantel blanco sobre el bulto. Pero algo ha cambiado. Me cuesta un segundo entenderlo. Y después lo veo.

El mantel se ha movido.

No mucho. Un par de centímetros. La esquina de arriba, que cubría la cara, se ha deslizado hacia un lado y deja a la vista un trozo de frente, una ceja y un ojo. El ojo de Barty. Abierto. Mira al techo. Mira, pensándolo mejor, hacia el lugar donde estamos todos.

—Se ha movido —susurra Teddy.

—Ha sido la corriente —dice Nate.

—¿Qué corriente? Las ventanas están cerradas.

—La chimenea tira.

—No lo mires —me dice Ivy, desde atrás—. Es lo que hace el cuerpo. Los músculos se relajan.

—Gracias, Ivy —digo, con la voz más aguda de lo normal—. Muy tranquilizador.

—A veces es peor no saberlo.

Penhallow se acerca al cuerpo con el paso de quien entra en una iglesia y, con la punta de los dedos, devuelve el mantel a su sitio.

Le arregla las esquinas. Después saca de un cajón de la consola una cinta roja, de las de envolver regalos, que seguramente llevaba allí desde 1987, y la ata con cuidado alrededor del bulto, en la altura del pecho, formando un lazo.

Hay algo casi obsceno en eso. Barty, convertido en el regalo de Navidad de alguien.

—Ya está —murmura—. Así no se mueve.

—Perfecto —digo—. Ahora parece un paquete de Amazon.

—Clem —dice Nate.

—Lo sé. Perdona. Es el nervio.

—No pasa nada.

Hermione se queda mirando el bulto. Levanta una mano, como para tocar algo, y la deja caer.

—Te has ido sin la nota, Barty —dice—. Y sin el postre.

Nadie dice nada. Penhallow saca una llave de hierro de su manojo, sale al pasillo, nos hace salir a todos con una mirada, y cierra la puerta del salón con dos vueltas.

Se guarda la llave en el bolsillo del chaleco, junto a la dorada.

Allí, supongo, descansarán toda la noche.

Y no se me ocurre ninguna forma de pedirle que me las enseñe.

Volvemos al recibidor. En el reloj de pie son las diez y media.

Nadie sabe qué hacer con las manos. Declan se sienta en un escalón y se queda mirando el suelo.

Teddy se apoya en la pared con los brazos cruzados, y yo, que no sé estar quieta, empiezo a andar de un lado a otro, como un metrónomo que ha perdido el compás.

—Hay una cosa —digo.

—Dime —dice Nate.

—El decantador.

—¿Qué decantador?

—El de la sangre. Barty se sirvió de ahí. Penhallow lo trajo del salón al comedor y lo dejó en la mesa. Nadie lo ha tocado desde entonces.

—Ahora que lo dices —dice Ivy, con calma—, hay que lavarlo. Si se queda así, el vino se estropea.

—No.

La palabra sale más fuerte de lo que quería. Ivy levanta la mirada. Me observa con mucho interés, unos tres segundos, quizá cuatro, que me parecen una hora.

—No lo laves —repito, más suave—. Por si acaso. Por si hace falta que lo vea alguien.

—¿Alguien como quién? —pregunta Ivy.

—La policía.

—Es vino.

—Es el vino que se bebió el muerto.

—El que se bebió él y el que se habría bebido cualquiera de nosotros —responde ella—. No me digas que crees que hay algo en un decantador.

—No creo nada. Digo que no lo laves.

—Muy bien. —Se aparta un mechón inexistente—. No lo lavo.

—Yo lo guardo —dice Penhallow, con gravedad—. Con su permiso, señorita Ashworth. Lo pondré en la despensa, sin lavar, con el tapón puesto y una nota encima que diga «No tocar». Y la cerraré con llave.

—Pensaba que en tu despensa no cabía ningún muerto —dice Beatrix.

—Un decantador no es un muerto, señora.

—Es un cómplice.

—Es un testigo.

—Penhallow —dice Nate—, ¿puedes hacer eso ahora? ¿Y asegurarte de que nadie más entra?

—Con muchísimo gusto, señor Calder.

Se va. Cuando se aleja por el pasillo, con su pajarita y su paso de funeral, me viene a la cabeza una idea muy fea, y es que Penhallow lleva cuarenta años cerrando puertas con llave y no sé quién le ha dado permiso para tener todas.

Nate se me acerca. Habla bajo.

—¿Qué has visto?

—Nada.

—Clem.

—No sé qué he visto. Lo del decantador es una corazonada. —Miro al grupo, que se ha dispersado en rincones—. Barty dijo que estaba amarga. «Este año te has pasado de amarga.» Se lo dijo a Ivy. Y no es la clase de comentario que se hace a la ligera.

—¿Crees que estaba envenenado?

—No lo sé. Creo que ha muerto en diez minutos sin ruido, sin sangre, sin cuchillo. Y un hombre sano de sesenta y un años no se cae de repente como un saco de patatas.

—A veces sí.

—Sí. A veces sí. —Me muerdo el labio—. Pero la tarjeta tenía una interrogación.

—Dime por qué eso importa.

Se lo explico. En voz muy baja, en una esquina, con una frase detrás de otra, como quien dicta un informe: las exclamaciones de Barty, los cinco signos, la «afirmación» de los editores.

Nate me escucha sin interrumpir. Es un detalle que no esperaba de él.

Mueve la cabeza hacia delante y hacia atrás, muy poco, como quien oye música interior.

—O sea —dice, cuando termino— que la nota no la escribió Barty.

—O la escribió con prisas.

—Con prisas o con miedo.

—O la escribió otra persona que lo imitaba.

—Y que no conoce sus signos de puntuación.

—Y que sí conoce su letra, y su costumbre de la tarjeta, y el sitio donde la dejaba. —Hago una pausa—. Y que ha tenido cuarenta segundos de oscuridad.

—Estamos hablando de uno de los ocho.

—Estamos hablando de uno de los siete.

—¿Siete?

—Tú y yo no hemos sido. —Me da la risa—. Perdón. Es lo que se dice. «Tú y yo no hemos sido.» Cuando lo escribes en un libro, suena sospechoso.

—Yo no lo escribo así.

—Tú pones: «Descartó mentalmente al otro».

—Lo cual es mucho más elegante.

—Lo cual es más largo.

Sonríe. Y de pronto me doy cuenta de que ya no estamos susurrando por el miedo, sino por una especie de pacto, y que la tarjeta, la copa y el decantador son los tres primeros ladrillos de una pared que vamos a construir juntos. No me parece bien. Tampoco me parece mal.

—Hay que hablar con todos —dice.

—Sin que se note.

—Sin que se note, claro. Imposible. Pero lo intentamos.