8. Sin teléfono, sin puente
Sin teléfono, sin puente
—Hay que llamar a la policía —dice Declan.
—Ya, sí, hay que llamar —respondo yo—. Esa parte me la sé.
Estamos en el recibidor, de pie junto a un teléfono fijo de color marfil, de esos con disco, que debe de tener mi edad al cuadrado.
Penhallow ha levantado el auricular y se lo ha puesto en la oreja con una expresión de máximo recogimiento.
Al cabo de un rato, lo deja sobre la horquilla con mucho cuidado.
—No hay línea.
—¿Cómo que no hay línea?
—La tormenta ha derribado los postes del camino. Pasa casi cada invierno. La compañía suele tardar dos días.
—¿Dos días?
—Tres, si es Navidad.
Nate saca el móvil del bolsillo. Lo levanta como una ofrenda. Lo mueve hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia el techo. Se sube a una silla. Se baja. Se sube a una mesita. Teddy le sostiene la mesita con las dos manos, por si acaso.
—Nada —dice—. Cero barras. Ni una.
—Y no hay wifi —añade Ivy, que ha comprobado el suyo sin que se lo pida nadie—. Barty nunca la quiso. Dice que la gente tiene que hablar.
—Claro que lo dice —murmura Beatrix—. Y luego se pasaba el día mandando faxes.
—¿Hay un coche? —pregunto.
—El Rolls del señor Quill —responde Penhallow—. Un Rolls-Royce Phantom del treinta y ocho. Está en el patio. Hace tres años que no arranca.
—¿Y el tuyo?
—No tengo coche.
—¿Y el taxi que me ha traído?
—El taxi no ha vuelto, señorita Ashworth. Y no volverá. El puente sobre el arroyo de Little Brook se inunda con cada tormenta. Con esta nevada y este viento, a estas alturas estará bajo medio metro de agua. Y el único camino que sale de Willowbrook cruza ese puente.
—¿Y a pie?
—A pie son nueve kilómetros hasta el pueblo. De noche, con la nieve y sin linternas decentes, y con esa ropa… —Echa una mirada diplomática a mis zapatos de ciudad y a mi jersey de lentejuelas—. Yo no se lo recomendaría. Ni al padre Rourke, que ya ha demostrado que lo hace.
—Solo fue una vez —dice Declan.
—Dos —corrige Hermione—. La de la boda de los Pickering.
—Aquello fue un malentendido con un autobús.
—Señores, por favor —dice Penhallow, con un suspiro tan largo que parece venir de otra década—. Las máquinas quitanieves llegan al camino a eso del mediodía de mañana. Si todo va bien. Si no, tarde.
Catorce horas. Tengo la sensación de que Penhallow las ha dicho en voz muy baja, con respeto, para no despertarlas.
Me apoyo en la pared. La pintura es de un verde muy oscuro y tiene un olor a cerrado.
Al otro lado del cristal de la puerta cae una nieve espesa, interminable, que tapa el árbol del patio y el Rolls-Royce y el camino por el que he llegado, y el cielo es un sándwich de nubes color hierro.
Hace cuatro horas esto era una postal. Ahora es la tapa de un libro que nadie querría leer.
—O sea —dice Beatrix— que estamos atrapados.
—Estamos aislados —corrige Nate.
—Es lo mismo.
—Aislados suena menos a película de terror.
—Pero lo es.
—Un poco, sí.
—Con un cadáver —añade Teddy.
—Gracias, Teddy —dice Ivy—. No lo habíamos notado.
—Perdón. Es que lo repito para asimilarlo.
Nos miramos. Ocho. Los ocho de la mesa, con la cara descompuesta, repartidos por el recibidor, con las coronas de papel ya guardadas en los bolsillos y las copas a medio terminar.
Un viejo reloj de pie da las diez y cuarto con una campanada seca.
Hermione, sentada en un banco junto a la escalera, vuelve a tener la copa en la mano.
La ha vuelto a llenar. No sé quién se la ha servido.
—Lo que propongo —dice Nate— es que hagamos lo único razonable. Nada.
—¿Nada? —pregunta Declan.
—No tocamos el cuerpo. No tocamos la sala. No nos separamos demasiado. Esperamos a que lleguen las máquinas, a que vuelva la línea, a que venga la policía. Y mientras tanto, cada uno se queda en lo suyo.
—Qué prudente —dice Ivy.
—Qué cobarde —replica Hermione.
—Señora —dice Nate, con un cuidado exquisito—. No es cobardía. Si empezamos a jugar a los detectives y nos equivocamos, alguien puede salir muy dañado. Y si lo hacemos mal, lo estropeamos todo antes de que llegue quien sabe hacerlo.
—Lo estropeamos todo… —Hermione ríe con los ojos cerrados, un sonido seco, de palo que se parte—. Mi hijo lleva veintiocho años organizando este juego. Cada Nochebuena, ocho o nueve personas buscando a un asesino de mentira. Y ahora que hay uno de verdad, me dices que no hagamos nada.
—Mamá —dice Beatrix.
—Barty habría querido que lo averiguásemos. —Hermione abre los ojos y busca los míos, por alguna razón, entre todos—. ¿Tú qué opinas, Margaret?
—Clem.
—Margaret. ¿Qué opinas?
Me da vergüenza responder, porque tengo, en realidad, una opinión.
Una pequeña, concreta y muy poco recomendable.
Tengo una tarjeta con una interrogación, una silla que se movió en la oscuridad y una copa de vino demasiado amarga.
Tengo, sobre todo, ocho horas de insomnio por delante y un bolígrafo rojo en el bolsillo.
—Opino —digo despacio— que Nate tiene razón en que no deberíamos tocar nada. Pero también opino que alguien de esta casa lo sabe. Y que si nos quedamos callados y quietos, ese alguien también lo sabe. Y tiene toda la noche.
Un silencio. El viento aúlla en la chimenea del recibidor.
—Entonces —dice Declan, con la voz más débil que le he oído— ¿qué proponéis?
Nate me mira.
Yo miro a Nate.
Y es entonces cuando entiendo, con una claridad espantosa, que en algún momento de los últimos diez minutos hemos pasado a ser «nosotros».