7. Una tarjeta con interrogación
Una tarjeta con interrogación
Cuando alguien muere en una novela, siempre hay alguien que dice «hay que avisar a la policía». Y siempre hay alguien que dice «no toquen nada». Lo que nunca he visto en una novela es a ocho adultos mirándose unos a otros durante un minuto entero sin decidir quién habla primero.
—Habrá que cubrirlo —dice por fin Penhallow.
Lo dice a la nada, con una voz pequeña. Se va del salón sin esperar respuesta y vuelve al cabo de dos minutos con un mantel blanco, de los buenos, de los que se sacan para Navidad.
Lo despliega con cuidado. Lo extiende sobre el cuerpo de Barty, empezando por los pies y subiendo hasta el pecho, y se queda un momento con la tela en las manos, a la altura de la cara.
—Señor —murmura. Y se la tapa.
Nadie dice nada. La alfombra, el vino, el mantel. Por debajo del mantel asoman los zapatos de Barty, unos mocasines marrones con borlas. Uno de ellos tiene una suela gastada. Es la clase de detalle que no debería quedárseme grabado, y sin embargo ya sé que lo recordaré dentro de veinte años.
—La nota —dice Hermione.
Se ha sentado en el sillón más cercano a la chimenea. Tiene la copa en la mano, pero no bebe. Mira el fuego, o lo que queda de él, con los ojos muy abiertos y secos.
—¿Qué nota? —pregunta Declan.
—La de siempre. —Hermione hace girar la copa—.
Mi hijo escribe una tarjeta cada Nochebuena y la esconde debajo de su plato.
Pone «Better luck next year». Suerte la próxima vez.
Es para los que no averiguan quién lo ha matado.
La encontramos a medianoche, cuando el juego se acaba, y Barty se levanta del suelo y se la enseña a todo el mundo y nos da un abrazo y se bebe una copa de verdad.
—Hermione —dice Beatrix.
—Hay que mirar la mesa —insiste ella, sin hacerle caso—. Si él lo ha dejado, estará allí. Si no está, entonces es que… —Se queda en el aire.
—Entonces es que no ha sido él quien lo ha dejado —termina Nate.
—Eso.
Volvemos al comedor como una comitiva fúnebre, y esta vez nadie se ríe.
El pasillo, los retratos de antepasados con cara de reproche, las puertas dobles.
La mesa sigue ahí, con las velas casi consumidas y el mantel manchado de migas.
Las coronas de papel siguen en las cabezas, de modo que, por un instante, parecemos un grupo de payasos que acaban de enterarse de una desgracia.
Uno a uno nos las quitamos, avergonzados.
Teddy deja la suya en el plato, aplanada. Declan la dobla en cuatro.
En la cabecera, la silla de Barty está retirada hacia atrás. Su servilleta, caída. Su plato, a medio comer. Junto al plato, la llave dorada con su cinta de terciopelo verde. Y a su lado, apoyada contra la copa de agua, una tarjeta pequeña de cartulina color crema.
Me acerco primero. No sé si porque soy la más curiosa o la menos prudente. Nate viene detrás, y Hermione, y los demás, y la tarjeta está ahí, con la letra de Barty, grande, inclinada hacia la derecha, hecha con un rotulador negro. Dice:
Better luck next year? :)
La leo una vez. La leo otra.
—Es la de siempre —dice Hermione, con la voz rota por primera vez—. Qué cabrón. La ha dejado antes.
—Antes de salir —dice Declan.
—No es normal. La esconde. Siempre la esconde.
—Esta vez no la ha escondido. —Beatrix tiene los ojos llenos de lágrimas y el rímel intacto, que no sé cómo se consigue—. Es como si quisiera que la viéramos. Es como si…
—Es como si lo supiera —dice Teddy, muy bajito.
Una frase de Teddy, y todo el mundo se calla.
Yo no me muevo. Estoy mirando la tarjeta, y algo me pica detrás de los ojos, una cosa pequeña y obstinada, parecida a la sensación de ver una errata en una frase y no saber todavía cuál es.
La letra, bien. El rotulador, bien. «Better luck next year», correcto.
Los dos puntos y el paréntesis, que forman una carita.
Y, al principio de todo, al final de la frase, un signo.
Una interrogación.
—Qué raro —murmuro.
—¿Qué? —me susurra Nate, a mi lado.
—Nada.
—Dime.
—Nada. —Bajo la voz hasta que apenas es un soplo—. Luego.
Me mira. Ladea la cabeza. Mi «luego» tiene un tono muy preciso que él, que ha leído mis márgenes durante cinco años, descifra a la primera. Asiente, un milímetro.
Ahora sí que lo sé. No es el contenido. Es el signo.
Barty Quill no habría puesto una interrogación ni muerto.
Llevo cinco años corrigiendo sus correos, sus prólogos, sus cartas a los autores, hasta las felicitaciones de cumpleaños de la plantilla.
Barty Quill escribe con exclamaciones. «¡Gracias, Clem!
». «¡Buen trabajo!». «¡Que empiece la función!
». Escribe «¡¡Genial!!» con dos signos, y en una ocasión, cuando le dije que dos eran demasiados, me respondió con cinco.
Para él, la duda es una forma de debilidad, y los puntos de interrogación, un truco de gente que no está segura.
«Un editor no pregunta, querida. Un editor afirma.
» Lo dijo en una comida de empresa, delante de todos, y lo recuerdo porque me dieron ganas de tacharlo.
Y esta tarjeta, la que según su madre repite cada año la misma frase, la que debería decir Better luck next year!, no lo dice.
Me muerdo la lengua.
—Toquémosla lo menos posible —dice Nate, en voz alta, como quien lo ha pensado en ese momento—. Por si acaso. En las novelas, la gente siempre lo toca todo y luego resulta que son pruebas.
—Hablas como un policía —observa Ivy, desde el otro extremo.
—Hablo como alguien que ha escrito once novelas con un policía.
—No hay nada más peligroso —dice ella, con una media sonrisa que no llega a ninguna parte.
La miro. Está de pie junto a su silla, con las manos cruzadas por delante, tranquila. Tiene el color de piel de siempre, el moño perfecto, ni un pelo fuera de sitio. Si ha llorado, lo ha hecho en un lugar donde yo no puedo verlo.
La llave brilla bajo las velas.
—¿Y esto? —pregunta Declan.
—El premio —dice Penhallow—. Abre la bodega. —Alarga la mano hacia ella y se detiene a medio camino, como si la llave pesara de pronto cuarenta kilos—. El señor Quill habría querido que la guardase alguien de confianza.
—Quédatela tú —dice Hermione.
—Señora…
—Alistair. Quédatela. —Es la primera vez que lo llama por el nombre delante de todos, y por una décima de segundo se produce entre ellos un cruce de miradas tan breve, tan limpio y tan raro que no sé cómo describirlo.
Lo anoto, sin saber qué anoto. Penhallow recoge la llave y se la mete en el chaleco.
—Mi hijo —dice Hermione, despacio, a toda la mesa— ha muerto en su propia casa, en mitad de su cena de Navidad, rodeado de nosotros. Esto no ha sido un infarto. Un hombre que se muere de un infarto no deja una tarjeta junto al plato y una copa tirada en la alfombra.
—Mamá, no sabes eso —dice Beatrix.
—Lo sé. —Hermione levanta la barbilla. Los ojos, azules y muy pequeños, brillan como dos botones—. Y lo sabéis todos. Alguien de esta mesa le ha hecho algo a mi hijo.
Nadie replica. Todos miramos el mantel.
—Hemos sido nueve —sigue—. Nueve menos uno, ocho. Y a ver quién me dice que no ha sido uno de los ocho.