6. Es solo el juego
Es solo el juego
El salón huele a vino y a pino.
Entramos en fila, como en una procesión que ha olvidado qué santo lleva.
Penhallow va delante, con un candelabro de tres velas, aunque las luces ya están encendidas, porque dice que la ocasión lo exige.
Detrás, Hermione, apoyada en el brazo de Declan.
Luego Beatrix, con el abrigo de pelo otra vez en los hombros, y Teddy, con las gafas en la mano, y Ivy, la última, a un paso de distancia de todos. Nate y yo cerramos el cortejo.
—Ahí está —dice Hermione, con un orgullo que no sé a qué atribuir.
Barty Quill yace en medio de la alfombra roja, boca arriba, con los brazos abiertos y una pierna ligeramente doblada.
Lleva el gorro de Papá Noel sobre la cara, a medio caer, de modo que solo se le ve la barbilla y el bigote.
Junto a su mano izquierda, la copa de cáliz está tirada de lado, con el pie roto, y un charco de vino oscuro se extiende por la lana como una mancha de tinta.
En la chimenea, el fuego ha bajado. En el árbol, las luces doradas parpadean, ajenas.
Debajo del árbol, entre los paquetes, asoma un cartel de cartulina que dice, con letra torcida: «ME HAN MATADO».
—Qué detalle lo del cartel —dice Declan.
—Siempre pone lo del cartel —responde Hermione.
Empieza a aplaudir ella sola. Un aplauso seco, de señora que ha visto mejores funciones. Declan se une. Después, Beatrix, con las manos casi sin tocarse. Teddy aplaude con la punta de los dedos, como si le diera vergüenza hacer ruido.
—Bravo, Bartholomew —dice Hermione—. Este año te has superado en realismo.
Barty no se mueve.
—Barty, querido —dice Beatrix, y se acerca un paso—. Ya está bien. La gente tiene hambre.
Nada. El pecho no sube. El fuego chisporrotea. En el árbol, un adorno de cristal da una vuelta lenta, del lado de la luz al lado de la sombra, y vuelve.
—Papá Noel está muy concentrado —dice Teddy, en voz baja.
—No. —La palabra me sale de la boca antes de que la haya decidido.
No sé en qué momento he empezado a andar.
Cruzo la alfombra con los zapatos de ciudad y me arrodillo junto a Barty, con la rodilla encima del vino, que está frío y me empapa la media.
Me da igual. Hay algo en la mano derecha de Barty, la que ha quedado hacia arriba, entreabierta.
Los dedos están pálidos, casi grises, y las uñas, de un color que yo no sé nombrar y que no me gusta.
—Barty —digo.
Nada. Le toco la muñeca. Está tibia, pero no hay pulso. O creo que no. Me tiemblan los dedos y puede que no lo sepa buscar, así que lo busco otra vez, más arriba, en el cuello, debajo de la mandíbula, donde lo busco en las películas.
—Déjame —dice Nate, y se arrodilla a mi lado.
Pone dos dedos en el cuello de Barty. Frunce el ceño. Cierra los ojos, como si el pulso fuera una frase que se oye mejor sin mirar. Espera. Espera mucho.
—¿Y? —pregunta Hermione, desde atrás.
Nate abre los ojos.
—No tiene pulso.
—Aguanta la respiración —dice ella—. Siempre lo hace. Una vez estuvo un minuto entero y nos asustó a todos.
—¿Cuánto llevamos? —pregunta Nate, sin mirar a nadie.
—Cuatro minutos —digo yo—. Desde el apagón. He estado contando.
—¿Contando qué?
—Todo.
Nate levanta el gorro. Lo hace despacio, con dos dedos, y lo deja sobre la alfombra, y la cara de Barty aparece debajo.
Tiene los ojos casi cerrados. La boca ligeramente abierta, con un hilo de saliva en una comisura.
La piel, color ceniza. En la frente, gotitas de sudor frío, ya secas. Está sereno y espantosamente tranquilo.
La habitación se queda sin aire.
—No —dice Beatrix.
—Es el juego —dice Hermione. Más bajo.
—Mamá.
—Es el juego, Beatrix. Es el juego. Siempre es el juego.
—Barty. —Beatrix cae de rodillas del otro lado del cuerpo, con tanta violencia que el abrigo de pelo hace un ruido de bolsa de basura—. Barty, mi amor. Barty, abre los ojos. Esto no tiene gracia. Esto ya no tiene gracia.
Le coge la cara con las dos manos. La sacude un poco.
La cabeza de Barty oscila, y yo desvío la mirada porque el movimiento tiene algo de muñeco roto.
Declan se ha quedado de pie, con los brazos colgando, como un hombre al que han quitado el suelo.
Se arrodilla de golpe, junto a Beatrix, junto a mí, y empieza a murmurar algo que no oigo, en latín o en irlandés, con los ojos cerrados y la mano derecha sobre la frente fría de su amigo.
—Que alguien llame a una ambulancia —digo.
—Es parte del juego —repite Hermione, con una voz que ya no es la suya.
—Hermione —dice Nate, muy suave—. Esta vez no.
Ella lo mira. Se agarra al respaldo de un sillón con las dos manos, que son pequeñas y están llenas de manchas y sortijas, y por un momento el champán, el moño plateado y el vestido de lentejuelas parecen un disfraz demasiado grande. No dice nada. Solo asiente, una vez, con la barbilla temblando.
Detrás de nosotros, Teddy deja caer las gafas, que hacen un ruido ridículo contra el suelo. Ivy tiene una mano en la boca. Penhallow, inmóvil junto al candelabro, parece de piedra, y solo parpadea una vez, muy despacio, y la luz de las velas le tiembla en los ojos, que son dos charcos.
Me miro las manos. Las tengo manchadas de vino. Me pregunto, con una lucidez estúpida, de qué año será la cosecha, y si es verdad lo que ha dicho Ivy, que es mala, que es amarga. Y pienso en la última cosa que ha dicho Barty en este mundo, sentado en la cabecera de su mesa, antes de apagar la luz.
Cuando se haga la luz, ya no estaré.
Estaba bromeando, y ha cumplido su palabra. Qué cosa más espantosa, cumplir la palabra.
—Está muerto —dice por fin alguien. Es Nate, que no ha apartado los dedos del cuello—. Barty Quill ha muerto.
Y cuando lo dice, como una errata que se corrige a lápiz, la realidad entera cambia de lugar.