5. Cuarenta segundos de oscuridad
Cuarenta segundos de oscuridad
Lo primero que descubro sobre la oscuridad es que no es negra. Es de terciopelo. Tiene peso y huele a cera apagada.
Lo segundo es que, cuando se va la luz en una mesa con nueve personas, nadie se queda callado.
—¡Mi copa! —dice Hermione, con la urgencia de quien anuncia un incendio.
—Queridos, no os mováis, que me caigo —pide Beatrix.
—No me gusta —murmura Teddy, desde alguna parte a ras de suelo—. No me gusta, no me gusta.
—Padre nuestro que estás en los cielos —empieza Declan, a media voz, y luego se corrige—: Perdón. Es un reflejo.
—Les ruego calma —dice Penhallow, desde un punto de la sala que juraría que no es su silla—. Forma parte del programa.
Ivy no dice nada. Me doy cuenta porque todos los demás hablan, y entre tanta voz el silencio de una persona se oye como un hueco en una dentadura.
Empiezo a contar. Es una manía. Cuando algo me da miedo, cuento, y cuando termino de contar descubro que ya no me da miedo, o que me da un miedo con numeración.
Uno. Dos. Tres. Una silla se arrastra a mi izquierda.
Cuatro. Alguien tose. Cinco. Fuera, el viento da un golpe contra el ventanal, y el cristal se queja.
—¿C.? —susurra Nate.
Lo dice tan bajito que apenas es un aire. Está delante de mí, al otro lado de la mesa, y aun así lo oigo en el oído.
—No —respondo, en el mismo tono—. Me he ido a Tenerife.
—Qué lista.
—Tengo un máster en ausentarme.
—Dame la mano.
—¿Perdona?
—Por si acaso. Para que no te caigas.
—Estoy sentada.
—Pues por si acaso te sientas más.
Tanteo sobre el mantel con la mano izquierda. Seis, siete. Mis dedos tropiezan con algo cálido, redondo, ligeramente áspero. Lo agarro con firmeza. Es un gesto sincero y bastante heroico, pienso, y le digo, con toda la dignidad que me permite la penumbra:
—Qué manos tan ásperas tienes.
—No es mi mano —susurra Nate—. Es un panecillo.
—Claro que es un panecillo.
—Mi mano está aquí. —Algo me roza los nudillos—. Esto es un dedo.
—Perfecto. Un dedo. Qué bien.
—Dime que no te estás poniendo colorada.
—Esto es oscuridad total, Calder. No puedes saber si me pongo colorada.
—Lo noto en la temperatura de la habitación.
Diez. Once. Su mano envuelve la mía, y la mía suelta el panecillo con una dignidad nula. Es una mano grande, tibia, con callos en el dedo corazón, de escribir a mano durante años en cuadernos, y tiene un pulso rápido. No sé si es el suyo o el mío.
Doce. Trece. Detrás de mí, junto a la puerta, hay un rumor de telas.
Quince. Alguien respira muy cerca de mi oreja, y no es Nate, y no es Declan, porque Declan está a mi derecha y se le oye rezar.
Me pongo rígida. Algo roza mi respaldo. Algo, o alguien, pasa por detrás de mi silla.
Una brisa con olor a jabón, muy sutil, casi a piel limpia.
Dieciséis. Diecisiete.
—Perdón —dice una voz, que no consigo reconocer en el murmullo. Dieciocho. Se me eriza la nuca.
Hay un clic. Es el ruido de una tapa de metal, o de un broche, o del cierre de un bolso. Veinte. Un pequeño roce de papel sobre madera. Veintiuno. Veintidós.
—Oigan, esto dura más de cuarenta segundos —protesta Hermione.
—Veintitrés —digo yo, sin querer.
—¿Qué dices, Margaret?
—Nada. Que van veintitrés.
—Pues cuenta mejor. Mi hijo siempre se pasa de los cuarenta.
Veinticuatro. Veinticinco. Una cucharilla cae al suelo con un tintineo de campana.
Alguien sofoca un grito. Teddy, suponemos todos, porque es el único que se ha ganado el derecho a gritar.
Veintiséis. Veintisiete. En el centro de la mesa, algo de plata se desplaza un milímetro. La bandeja del pudin.
—No lo toquen —sisea Penhallow, con una autoridad inesperada, y la bandeja se queda quieta.
Veintiocho. Veintinueve. Treinta.
Beatrix se deshace en una risa nerviosa, de esas que llevan varias octavas de más. Declan se aclara la garganta y empieza otra vez con el padrenuestro. Hermione dice «shhh». Treinta y uno. Treinta y dos.
Y entonces se oye.
Viene del salón. Del otro lado del pasillo, a lo lejos, amortiguado por dos puertas y una alfombra.
Primero, un sonido de cristal que se rompe sobre algo blando, un golpe pequeño y brillante.
Un segundo después, un golpe más grande.
Pesado. Un cuerpo adulto que cae de costado, sin ninguna gracia, como un saco de patatas desde un camión.
—Ahí va mi hijo —dice Hermione—, muriéndose con estilo.
Treinta y tres. Treinta y cuatro. Nadie se ríe, pero a mi lado alguien deja salir el aire, aliviado. Treinta y cinco. Treinta y seis. La mano de Nate aprieta la mía un poco más.
Treinta y siete. Treinta y ocho. Treinta y nueve.
Cuarenta.
La luz vuelve de golpe, y no es una luz dulce, es una bofetada. Las velas del comedor tiemblan, las lámparas de pared zumban, y los ocho nos quedamos clavados en nuestras posiciones como un cuadro vivo de mala calidad.
Lo primero que veo es a Teddy. Está debajo de la mesa, con la corona de papel naranja torcida sobre las gafas, abrazado a una de las patas de roble.
Lo segundo, a Beatrix, que ha sacado el brazo para apoyarse en alguien y se ha agarrado al del jardinero, no sé cuándo.
Declan está de pie, aunque yo juraría que estaba sentado, y mira a Beatrix con la expresión de un hombre que se acaba de dar cuenta de que lleva la camisa al revés.
Hermione sigue en su silla, con las dos copas en la mano, intactas.
Penhallow no está en su silla: está junto al aparador, con una mano apoyada en el borde, como quien se ha caído de pie.
Ivy está sentada. Tiene la silla separada de la mesa casi un metro, la espalda recta, la servilleta en el regazo y las manos juntas. Respira fuerte, de haber subido escaleras.
—Tu silla —le digo.
—¿Perdón?
—La has movido.
—Con el apagón me he asustado —dice, sin pestañear—. Todo el mundo se mueve en la oscuridad. Es un reflejo.
—Es verdad —dice Declan—. Yo también.
—Tú rezabas —le recuerda Beatrix.
—Y me he movido.
Nate suelta mi mano. Apenas lo noto, hasta que me quedo con una temperatura menos. Se pasa el dorso de la muñeca por la frente.
—Ya está —dice—. Cuarenta segundos.
—Cuarenta y tres —corrijo—. He contado.
—Qué detalle.
—Y ahora —anuncia Hermione, dejando por fin las dos copas —toca ir al salón y aplaudirle. Es lo que se hace.
Todos nos levantamos. Con el ruido de las sillas, el retumbar de los zapatos, la risa floja de los que ya han hecho esto otras veces, nadie repara en que, de todos los que estamos en la mesa, solo una persona sigue sentada un segundo más.
Vuelve despacio a acercar la silla. Despacio.
Y ordena, con las yemas de los dedos, su servilleta triangular, en un gesto tan pequeño que solo alguien que ha pasado ocho años mirando la sintaxis de los demás lo registraría.
Pero yo lo registro. Y no sé por qué.