UNA NAVIDAD DE MUERTE 4. Coronas de papel
14%

4. Coronas de papel

Coronas de papel

La mesa del comedor de Willowbrook podría albergar un congreso.

Es larga, de roble oscuro, cubierta con un mantel blanco, y la han llenado de velas altas, de coronas de acebo, de platos con borde dorado y de copas de tres tamaños.

En el centro, sobre una bandeja de plata, hay un pudin de Navidad redondo y oscuro, con una ramita de acebo clavada en lo alto.

Todavía no lo han prendido. Parece una bomba con corbata.

—No lo toquen —dice Penhallow, con un hilo de voz.

—Nadie lo va a tocar —responde Beatrix.

—Lo digo por si acaso.

Barty preside, en la cabecera. A su derecha se sienta Beatrix, con el abrigo de pelo colgado del respaldo y la sonrisa de una mujer que acaba de aprender a sonreír en un taller.

A su izquierda, Ivy, con la espalda recta y la servilleta doblada en un triángulo exacto.

Luego Hermione, que se ha traído las dos copas.

Después, el padre Declan, que ha pedido permiso para decir la bendición y lo ha obtenido con un gruñido general.

Y el resto: yo, con Nate en frente, y Teddy en un extremo, con la luz de las velas reflejada en las gafas.

Penhallow, de pie junto al aparador, se niega a sentarse, hasta que Barty le dice por tercera vez «Alistair, es Nochebuena», y entonces se sienta al fondo de la mesa, junto a Hermione, con la rigidez de quien se acomoda en una silla eléctrica.

—Señor —dice Declan, juntando las manos—. Bendícenos a nosotros y estos alimentos que vamos a tomar, y…

—Y que no haya ningún muerto antes de las diez —añade Barty.

—Y que no haya ningún muerto —repite Declan, muy serio— que no sea de mentira.

—Amén —dice Hermione, y bebe.

Sirven la sopa de castañas. Después un asado, con patatas y coles de Bruselas, que todo el mundo se esfuerza en terminar, salvo Ivy, que corta cada trozo de carne en cuadraditos del mismo tamaño y los desplaza por el plato como piezas de ajedrez.

A mi lado, el padre Declan habla del tejado de su iglesia, que Barty pagó hace dos años; Beatrix habla de un papel que le ofrecen en una serie; Hermione habla de la sopa, mal; y Teddy, al otro extremo, se concentra en una col de Bruselas que parece a punto de explotar.

Nate, frente a mí, levanta una ceja.

—Estás contando los signos de puntuación del menú.

—Falta una coma después de «asado».

—Esto es una cena, no una novela.

—Todo es una novela, Nate. Algunas, con mejor sintaxis que otras.

—Eso explica mucho de tus márgenes.

—¿Y qué explican los tuyos?

—Que me distraes. —Se mete una col en la boca—. Todo el rato. Desde hace cinco años. Es una forma de acoso literario.

—Qué amable.

—Es verdad. Cuando escribo una frase bonita pienso: ¿qué dirá C.? Cuando escribo una frase mala pienso: C. me va a matar. Y cuando escribo «ojos color tormenta» pienso: C. me va a matar, pero lo pongo igual porque me divierte.

—Lo sabía.

—Tú también lo sabías —dice Nate, sin dejar de mirarme—. Siempre has sabido que lo hacía a propósito.

No contesto. Estoy ocupada en no ponerme colorada, que es una tarea que, en una cena con velas y a tres metros de un jersey de muñeco con cuchillo, tiene sus complicaciones.

Barty, mientras tanto, se ha puesto de pie.

—Queridos amigos —empieza, y golpea una copa con el tenedor—. Queridos todos. Antes de que lleguemos al postre, hay que hacer lo de siempre. Las galletas.

Penhallow se levanta como un resorte, trae una cesta de mimbre, y de ella saca nueve paquetes envueltos en papel brillante, cada uno con una cinta roja.

Es lo que los ingleses llaman crackers. Se coge de las dos puntas, se tira, hace «pum» y sale una sorpresa.

Una corona de papel, un chiste, un juguete de plástico.

—A la de tres —dice Barty—. Uno, dos…

—¡Tres! —gritan todos, y las nueve galletas hacen «pum» a la vez, con un ruido que me deja las orejas pitando.

De la mía cae una corona de papel amarillo, un chiste en una tira y un peine de plástico.

Nate recibe una corona azul, un destornillador de juguete y una adivinanza.

Hermione, una corona verde, que se pone en la cabeza con la misma gracia que una reina destronada.

Beatrix, una roja, que le queda divina. Declan, una morada, que es el color del Adviento y que él se coloca con una timidez arrebatadora.

Teddy, una corona naranja, que le baja hasta las gafas.

Ivy se pone la suya, blanca, con dos dedos, igual que un pañuelo.

—Léanse los chistes —ordena Barty—. En voz alta. Por turno.

—¿Qué le dice un jardinero a otro? —lee Teddy, con un hilo de voz.

—Dilo —le anima Hermione.

—¿Qué… le dice un jardinero a otro? Pues… «Vamos a regar».

Nadie se ríe. Penhallow tose. Beatrix suspira, con la boca muy cerrada.

—Qué agudo —dice Ivy.

—Yo tengo uno —interviene Nate—. ¿Cuál es el colmo de un asesino navideño? Dejar la nieve manchada. —Hace una pausa—. No tiene sentido. Alguien lo ha escrito mal.

—Faltan los puntos suspensivos —le sugiero.

—Eso lo habrá arreglado Ivy.

—No —dice Ivy, seca—. Eso no.

Barty golpea la copa otra vez.

—Y ahora, lo importante. —Todos nos quedamos callados.

Las velas parpadean. Lejos, muy lejos, se oye algo parecido al viento—.

Como todos los años. Voy a morir. Me iré antes del postre.

Ustedes me buscarán, me encontrarán, y tendrán hasta medianoche para averiguar quién me ha matado. Quien lo descubra se queda con esto.

Saca de un bolsillo del pantalón una llave dorada, larga, con una cinta de terciopelo verde, y la deja caer junto a su plato. Hace un ruido pequeñito de metal.

—Abre la bodega. Y dentro hay una botella de Château Latour del 82 que costó más que el coche de Penhallow.

—Yo no tengo coche —dice Penhallow.

—Pues entonces más.

—Y una cosa más —añade Barty, y de pronto su voz es otra, más baja, más grave. Tiene los ojos fijos en mí, no sé por qué—. Esta noche, cuando acabe el juego, tengo algo que decirles. Algo importante. Quiero que me escuchen todos. Será después del postre.

—¿Algo importante? —pregunta Beatrix, con el tenedor en el aire.

—Mi vida, siempre es algo importante.

—Pero esta vez lo dices distinto.

—Esta vez lo digo distinto —confirma Barty, con un guiño que no consigue ser un guiño del todo.

Se hace un silencio denso. Declan se aclara la garganta. Ivy no se mueve. Teddy se limpia las gafas con el borde del jersey. Siento, a mi lado, la rodilla de Nate contra la mía, o la mía contra la suya, y no sabría decir quién empezó, pero ninguno de los dos la aparta.

Penhallow se acerca a Barty y, con una reverencia casi imperceptible, le pone delante el decantador de cristal que ha traído del salón, el del vino casi negro. Barty se sirve una copa grande, de cáliz, y la sostiene delante de la llama de una vela.

—La sangre —dice, con solemnidad—. Como cada año. Preparada, por supuesto, por nuestra querida Ivy.

—Con todo mi cariño —murmura ella.

Barty bebe un trago largo, muy largo, y se queda un segundo con los ojos cerrados. Después los abre y frunce toda la cara.

—¡Puaj! ¡Está peor que nunca! Ivy, este año te has pasado de amarga.

—Es la cosecha —responde Ivy, y toma un sorbo de agua.

—Te agradezco la lealtad al desastre. —Barty sostiene la copa en alto—. Brindo por los asesinos. Y por los que los descubren. Y por los que se equivocan de asesino y acusan a su cuñado.

—Por los cuñados —dice Hermione.

—Por los cuñados.

Todos levantan las copas, todos menos yo, que tengo agua y me siento ridícula, y la levanto igual. Nate me guiña un ojo. Un ojo marrón, un poco turbio. Me sorprende descubrir que el guiño me hace gracia.

Barty, con la copa de sangre en una mano y la llave en la otra, se mete un trozo de pan en la boca y se dirige a la puerta. Es la hora. Hermione dice «adiós, hijo», porque siempre lo dice. Beatrix suspira, con el cuello inclinado. Declan se santigua por pura costumbre.

—Atentos —dice Barty, desde el umbral. Su mano derecha toca un interruptor de la pared, grande, de los antiguos, de porcelana —. Cuarenta segundos de oscuridad. Ni uno más. Y cuando se haga la luz…

Sonríe.

—Ya no estaré.

Aprieta. Y todo se apaga.