3. Rosas de invierno y otros venenos
Rosas de invierno y otros venenos
Barty Quill abraza como quien intenta sacarte un hueso de sitio.
Me levanta del sillón, me da un apretón que me hace crujir las costillas y me planta dos besos con ruido.
Huele a colonia de lavanda, a tabaco de pipa y a clavo.
Tiene sesenta y un años, una cara redonda y colorada, un bigote blanco que parece cosido a mano y el jersey de muñeco de nieve con cuchillo, que parpadea.
Cuando se aparta de mí, su sombra tiembla.
—¡Mi correctora! —brama—. ¡La mujer que me cuesta tres reimpresiones al año! ¡La de los decimales!
—¿Perdón?
—Nada, nada. —Me suelta y se vuelve hacia Nate con los brazos abiertos—. ¡Y mi escritor! ¡El que describe mal los ojos!
—Barty —dice Nate, y se deja abrazar con la resignación de un gato al que le ponen un lazo.
—Enemigos íntimos —nos presenta Barty a todos, con una mano en el hombro de cada uno—. Cinco años de guerra en los márgenes, y es la primera vez que se miran a la cara. Tendrían que haberlo grabado. ¿Quién ha ganado?
—Yo —decimos los dos a la vez.
—Perfecto. Un empate. Es lo que más me gusta.
Hermione, junto a la chimenea, levanta una copa a la altura del hombro.
—Bartholomew, que te vas a hacer un daño.
—Mamá, estás preciosa.
—Estoy vieja y borracha. Siéntate.
—Me siento a las ocho. —Barty consulta el reloj de pared—. Las siete y cuarenta. Faltan veinte minutos para cenar. Tiempo de sobra para que Teddy les enseñe el invernadero. ¿Dónde está Teddy? ¡Teddy!
—Aquí, señor Quill.
Aparece en la puerta del salón un chico de unos veintinueve años, flaco, con gafas redondas empañadas, un jersey de renos con la nariz del más grande iluminada de rojo y un cactus en la mano. Un cactus pequeño, con una cinta alrededor de la maceta, de las de cumpleaños.
—Es para usted —le dice a Barty, ofreciéndoselo con las dos manos—. Un Mammillaria. Es muy resistente.
—Teddy, hijo, es la tercera vez que me regalas un cactus.
—Es que aguanta mucho. —Se ajusta las gafas—. Casi más que las personas.
—Pues enseña el invernadero a estos dos, anda. Que vean las rosas de invierno.
Nate y yo nos miramos. Hay un instante de duda sobre quién tiene que dar el primer paso y ninguno de los dos quiere dar el primer paso.
Al final, Teddy tira de nosotros con una timidez inmensa, la que da hacer algo a favor de los demás, y nos lleva por un pasillo de cristal que sale del comedor y desemboca en un invernadero enorme y tibio, con olor a tierra mojada y a hojas.
Es otro mundo. Fuera cae la nieve a bocanadas, y aquí dentro hay helechos, y palmeras pequeñas, y orquídeas en macetas colgadas, y filas de mesas de madera con tiestos. Una bombilla cálida cuelga del techo. Hay una radio apagada. Hay un mono de trabajo colgado en un clavo.
—Bienvenidos —dice Teddy, con las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Perdonen el desorden. He estado plantando.
—No hay desorden —dice Nate.
—Hay mucho, pero se agradece.
—¿Esto es tuyo? —pregunto, señalando un rincón lleno de flores de color malva, con una etiqueta de cartulina que pone en letra pequeñísima Aconitum napellus.
—Ah, eso. Sí. Es bonito, ¿verdad? —A Teddy se le ilumina la cara como a un niño con un pastel—. Lo llaman capucha de monje, porque la flor tiene esa forma, mire. O casco de Júpiter. Es la planta más venenosa de Inglaterra. Se vende en cualquier vivero. Con quince miligramos…
—¿Quince miligramos de qué?
—De cualquier parte de la planta. La raíz es lo peor.
Y mire, esta es la hiedra, Hedera helix, que no mata a nadie, pero se come las paredes.
Hay quien dice que es una trepadora. A mí me cae simpática.
Se llama Ivy en inglés, como la directora de la editorial.
Me hace gracia, porque la señorita Delacroix también sube por todas partes.
Se queda blanco al darse cuenta de lo que ha dicho.
—Perdón. No he querido…
—Te prometo que no se lo digo —respondo.
—Gracias. Es que… hablo de más. Me pasa con las plantas. Las plantas no contestan, y entonces una se acostumbra a no esperar respuesta.
—Teddy —dice Nate, con una voz más amable de la que le conocía—, ¿has dicho que el acónito es la planta más venenosa de Inglaterra, y la tienes en una maceta, al fondo, sin llave?
—Hay llave. Está en el cajón. —Señala un armario de madera —. Pero la gente no viene aquí, no se preocupen. Solo el señor Quill, Penhallow, la señora Hermione de vez en cuando, y hoy ha venido también la señorita Delacroix.
—¿Ivy ha estado aquí? —pregunto.
—Esta tarde, a las cuatro. Quería un ciclamen para su despacho.
Qué amable, ¿verdad? Hay gente que se acuerda de regalarse algo bonito a sí misma.
—Se rasca la nuca—. Le enseñé todo, claro.
Le hablé de las orquídeas, de los helechos.
Le hablé un poco de más, creo. Se quedó mirando mucho el rincón de las plantas peligrosas, pero eso lo hace todo el mundo. Es como mirar un precipicio.
Dejo que Nate me mire. Nate deja que yo lo mire. Ninguno de los dos dice nada, porque no hay nada que decir. Una señora ha ido a ver unos ciclámenes. Qué escándalo.
—Y tú —digo, para cambiar de tema—, ¿llevas mucho en Willowbrook?
—Tres años. Antes trabajaba en Manchester.
—¿En qué?
Teddy mira a un lado. Mira a otro. Baja la voz.
—Control de plagas.
—Ah.
—Es lo que yo digo. En el pueblo, en cuanto se enteraron, empezó a correr el rumor de que había sido… —carraspea— un asesino profesional.
—¿Un asesino?
—Maté mucho. —Se encoge de hombros—. Ratas. Cucarachas. Un nido de avispas en un asilo. Termitas por un tubo. Y a un topo, una vez, pero fue en defensa propia. Aquel topo no tenía ninguna buena intención.
Se me escapa una risa. De las feas, de las que salen por la nariz. Teddy se ríe también, aliviado, y por un momento los tres nos reímos de un topo desconocido, bajo una bombilla amarilla, entre plantas que podrían matarnos.
—¿Y qué más hace por aquí, Teddy? —pregunta Nate—. Aparte de las plantas.
—Pues… nada. —Mueve los pies—. Leo mucho. Eso sí. Leo novelas.
—¿De qué tipo?
—De amor —susurra.
—¿De amor?
—De mucho amor. —Se le ponen rojas las orejas—. Del que tarda, y tiene lluvia, y alguien lleva un abrigo ajeno. Esas.
Nate y yo nos miramos otra vez. Algo hay ahí, pero lo dejamos pasar con tacto, que es lo único que sabemos hacer bien.
Teddy nos enseña después una orquídea que parece un pato, un limonero enano que se niega a dar limones y un helecho que, según él, tiene mal carácter.
Para cuando salimos del invernadero son casi las ocho, y Penhallow, en el comedor, hace sonar una campanilla de plata.
—La cena está servida —anuncia, con la voz de quien lleva cuarenta años anunciando cenas—. Rogaría a los señores que no se maten hasta el postre.