2. El salón de las copas
El salón de las copas
Nate Calder entra en Willowbrook Manor de lado, como quien teme que la puerta lo juzgue.
Lleva el paraguas muerto en una mano y una maleta en la otra.
Tiene el pelo mojado y pegado a la frente, y tiene gotas de nieve en las pestañas.
El traje azul oscuro, que debió de costar un dineral, tiene ahora el aspecto de haber pasado por una lavadora industrial.
Es más alto de lo que me esperaba. Es más joven de lo que me esperaba. Es, sobre todo, menos pana.
—Señor Calder —dice Penhallow.
—Hola. Perdón. Hola. —Suelta el paraguas, que cae al suelo con un golpe de huesos—. Me ha atacado.
—Lo he visto.
—Ha sido en defensa propia. Por mi parte, quiero decir.
—Lo he visto también.
Nate se pasa una mano por el pelo y entonces me ve.
Se queda quieto. Mueve un poco la cabeza, el gesto de quien trata de cuadrar un número en una cuenta.
Los ojos, marrones, normalísimos, ligeramente turbios, repasan el recibidor y luego se posan en mí, en mi jersey de lentejuelas y en mi bolsillo, donde asoma el capuchón rojo.
—No —dice.
—Hola —digo yo.
—No puede ser. —Da un paso—. ¿C.?
—¿N.?
Nos miramos. Hay un silencio pequeño y estúpido, de esos que se estiran como un chicle.
—Esperaba a alguien mayor —dice él por fin.
—Y yo a alguien con un perro.
—Tengo un gato.
—Qué decepción.
—Le puedo prestar el gato —ofrece, muy serio—. Para la ocasión.
Penhallow carraspea. Apenas, un grado en la escala de los carraspeos, pero basta para que los dos nos pongamos derechos. Nate me tiende la mano. Se la estrecho. La tiene fría y húmeda, y la mía está helada de arrastrar la maleta, así que lo que ocurre es un apretón entre dos peces.
—Encantada. Tienes los ojos marrones.
—¿Perdona?
—Normalísimos. Un poco turbios. Nada de tormenta.
—Lo ha dicho tres veces en mis márgenes —replica, sin soltarme— y siempre me ha parecido una injusticia. Mis ojos tienen mucho carácter.
—Tus ojos tienen mucha ginebra, a juzgar por el color.
—Es el frío.
—Claro.
Y entonces, por primera vez, sonríe. Es una sonrisa torcida, apurada, como si le hubieran pillado en una errata. No sabría explicarlo mejor. Tiene un hoyuelo en la mejilla izquierda. Lo apunto mentalmente en la lista de cosas que no me gustan de él, que ya es larga, y que tiene muy pocas entradas.
—Señores —dice Penhallow—, el salón.
Y nos guía.
El salón de Willowbrook es una cueva de fuego y cristal.
Hay una chimenea en la que cabría un caballo, una repisa llena de velas y acebo, un árbol de Navidad gigantesco en la esquina más lejana, con luces doradas que parpadean sin prisa, y una alfombra persa de un rojo tan intenso que da la sensación de pisar una herida.
Delante de los ventanales, que dan a un jardín nevado, hay sofás y sillones de terciopelo y una mesita con copas.
Hay muchas copas. Hay, de hecho, más copas que invitados.
Y hay gente.
—Pasad, pasad —dice una voz de mujer—. No os quedéis en la puerta, que se enfría el champán.
Hermione Quill está de pie junto a la chimenea.
Tiene setenta y nueve años, y lo sé porque Penhallow me lo ha dicho en el pasillo con la voz de un notario, y tiene el pelo plateado en un moño perfecto y un vestido verde esmeralda con tantas lentejuelas que, cuando se mueve, hace ruido.
En una mano sostiene una copa de champán.
En la otra, otra copa de champán. Supongo que una es de repuesto.
—Tú debes de ser la correctora —dice, y me escruta con unos ojos azules diminutos—. Margaret.
—Clementine. Clem.
—Margaret. —Se encoge de hombros—. Tienes cara de Margaret. Y tú —se vuelve hacia Nate— eres el escritor. Julian.
—Nate. Nathaniel.
—Julian —insiste—. Mi hijo me ha hablado mucho de ti. Dice que escribes muy bien y que tienes los ojos color… ¿cómo era?
—Tormenta —responde Nate, sin mirarme.
—Eso. Los tienes marrones.
—Eso me dicen.
—No importa. Siéntate. Os serviré algo. Penhallow, tráeme mi copa.
—Señora, tiene dos.
—Mi otra copa.
Penhallow no dice nada. Se aleja con la dignidad de un hombre que va a buscar una copa más a una mujer que ya tiene dos.
Nos sentamos. Yo en un sillón de terciopelo verde, que me traga un poco. Nate en el sofá, con las rodillas muy juntas, como un alumno en el despacho del director. Y poco a poco, entre las llamas y el champán, la gente va asomando.
Primero la viuda. Todavía no lo es, pero se nota que podría.
Beatrix Quill baja la escalera con un abrigo de pelo de color miel, a pesar de que dentro de la casa hace un calor de horno, y un vestido azul oscuro que le llega a los tobillos.
Tiene cuarenta y tantos años, pelo negro y brillante, labios rojos, y esa forma de entrar en las habitaciones que solo tienen las actrices que han trabajado mucho en la televisión y quieren que se les note.
—Queridos —dice—. Queridos, queridos. Qué maravilla. Qué locura. Qué nieve.
—Beatrix, la correctora y el escritor —dice Hermione—. Margaret y Julian.
—Clem y Nate.
—Encantada, queridos. Soy la esposa. —Hace una pausa para que se aprecie el efecto—. Beatrix. Sí, la de Hospital Cross. No se preocupen, ya estoy acostumbrada a que me pidan que les diga lo de «el bisturí no miente».
—No iba a decir nada —confieso.
—Qué amable. Qué desconcertante.
Detrás de ella baja una mujer más joven, delgada, con el pelo rojo cobrizo muy liso y recogido en un moño bajo, un vestido negro de corte impecable y los labios pintados de un color tan discreto que podría ser una cuestión de salud.
Ivy Delacroix. La directora editorial de Quill & Crow.
La conozco de oídas. Llevo cinco años mandándole manuscritos corregidos a su correo, y ella me responde con tres líneas, nunca más, nunca menos.
—Clem —dice, y me ofrece una mano seca—. Por fin. Tus informes son preciosos.
—Gracias.
—Un poco largos. —Sonríe con la mitad de la boca—. Siempre te pasas con las exclamaciones.
—¿Con las exclamaciones?
—Las dejas. Yo las tacho todas. —Se lleva un dedo a la sien—. Un signo de exclamación por libro, y a regañadientes. Es mi regla de oro. Al lector hay que hablarle bajito.
—A mí me gusta que el lector se asuste de vez en cuando.
—Ya veo —dice Ivy, en un tono que suena a que me ha descontado un punto.
Se vuelve hacia Nate y le da dos besos, uno en cada mejilla, rápidos, de tren de cercanías. Hablan de la entrega, de unos plazos, de un asunto con el agente. Nate responde con monosílabos, y yo, que lo observo desde mi sillón, me pregunto por qué se le ha endurecido la mandíbula. Quizá es el frío.
Un golpe seco en la puerta principal interrumpe la conversación. Penhallow vuelve a abrir. Y entra un hombre alto, delgado, de unos treinta y ocho años, con un abrigo negro lleno de nieve y un cuello blanco de clérigo que asoma entre la bufanda.
—¡Padre Rourke! —exclama Hermione—. ¡Qué sorpresa!
—Hermione. Perdón, buenas noches a todos. He venido caminando. —Sacude los pies sobre la alfombra y levanta los ojos al techo, como pidiendo perdón por la nieve—. Dios proveerá de calcetines.
—Lleva el mismo cuello que el año pasado —le dice Beatrix.
—Tengo dos.
—Qué desperdicio. Un hombre tan guapo.
El padre Declan Rourke se pone rojo. De un rojo muy sincero, de abajo arriba, como un termómetro. Mira a Beatrix, mira a la chimenea y mira a la alfombra, por ese orden, y es evidente que yo no soy la única que lo ve.
Anoto, mentalmente: Beatrix y el cura. Mirada rara. Subrayado doble.
—¿Qué miras? —me susurra Nate.
—Nada. Es deformación profesional.
—¿Corregir miradas?
—Corregir lo que sobra.
—¿Y qué sobra aquí?
Echo un vistazo a la habitación. Una anciana con dos copas, una actriz con abrigo de pelo, una editora que odia las exclamaciones, un cura rojo como una granada. Una casa que huele a canela y a estufa. Hay árboles, cristales, nieve, coronas. Hay doce, quince, veinte velas.
—Todo —respondo—. Y, curiosamente, falta algo.
—¿El qué?
No lo sé todavía. Lo único que veo es que, sobre la mesa de las copas, hay un decantador de cristal con un vino rojo, casi negro, y que nadie lo toca. Todos beben champán. Nadie se acerca al decantador.
—¿Qué es eso? —pregunto.
—La sangre —dice Ivy, desde su lado, sin mirar—. Barty la bebe en el brindis, antes de morir. Es horrible. Nadie más la prueba.
—¿Ni tú?
—A mí me da yuyu —responde, y se aparta el moño.
Las llamas chasquean. Detrás de nosotros, desde la escalera, una voz tronante, que se oye desde el primer piso hasta el sótano, anuncia:
—¡Ya están todos aquí! ¡Pues que empiece la función!
Y baja, con un jersey de muñeco de nieve armado con un cuchillo, que parpadea, el hombre al que van a matar.