UNA NAVIDAD DE MUERTE
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1. Una errata en la verja
Una errata en la verja
La verja de Willowbrook Manor tiene una errata.
La veo desde el taxi, a través de un parabrisas medio tapado por la nieve, y lo primero que siento no es miedo ni admiración. Es un picor en la mano derecha. El cartel de hierro forjado pone PRIVATE PROPERY, así, sin la T, como si a la propiedad le hubiera dado vergüenza terminar de escribirse.
—Hasta aquí llego —dice el taxista.
—Falta un kilómetro.
—Falta un kilómetro y me faltan unas cadenas para las ruedas. Yo me vuelvo al pueblo antes de que lo cierren. Son veintidós libras.
—Veintidós. En el contador pone dieciocho.
—Dieciocho más el consuelo.
Le pago los veintidós. El consuelo es mío, al fin y al cabo. Bajo con mi maleta, que tiene cuatro ruedas y ninguna vocación de nieve, y el taxi da media vuelta con una elegancia que no le había visto en todo el trayecto. Las luces traseras se hacen pequeñas. Luego nada.
Me quedo sola delante de la verja, con el abrigo cerrado hasta la barbilla y el bolígrafo rojo en el bolsillo.
La Implacable. Así la llamo, y no pienso dar más explicaciones.
Llevo ocho años con ella y no me ha fallado nunca, salvo la vez que se me cayó en una alcantarilla y tuve que pedirle prestada una a un fontanero. No fue lo mismo.
Me llamo Clementine Ashworth, pero nadie me llama Clementine, y los que lo hacen es porque quieren pedirme algo.
Tengo treinta y tres años. Soy correctora.
Me pagan por encontrar lo que sobra, lo que falta y lo que está mal escrito, y últimamente trabajo casi en exclusiva para una editorial de novela negra, Quill & Crow, que es el motivo de que esta noche esté a punto de pasar la Nochebuena con ocho desconocidos y un anfitrión que, según su carta, quiere «contarme algo después del postre».
Saco la Implacable. Miro la verja. Miro el cartel.
No lo hago. Soy una invitada.
Lo hago. Con el capuchón entre los dientes, me pongo de puntillas, alargo el brazo y trazo una T diminuta, en rojo, entre la R y la P. Queda monísima.
—Mejor —murmuro.
Y empiezo a andar.
El camino es largo y está lleno de pinos con la nieve a medio caer, y la maleta me va dando golpes en la pantorrilla con una regularidad que casi se parece al cariño.
Tengo tiempo de pensar. Pienso en la carta, que llegó hace tres semanas en un sobre color crema con mi nombre escrito a mano. Decía así, más o menos:
Querida señorita Ashworth: venga a Willowbrook el 24. La cena es a las ocho. Traiga un jersey feo y no le diga nada a nadie. Tengo algo que contarle después del postre. B. Quill.
Lo de no decir nada a nadie me costó poco. Vivo sola, con un ficus, y el ficus no cotilleará.
Lo del jersey feo me costó una tarde entera. Cuando eres correctora tienes pocos jerséis feos. Los errores los llevas por dentro. Al final compré uno rojo de lentejuelas en un mercadillo de Bristol, y es el que llevo puesto debajo del abrigo. Me pica. Pero lo reconozco: es feísimo.
Y pienso, claro, en N.
N. es Nathaniel Calder. Nate, para los pocos que se atreven.
Autor de once novelas protagonizadas por el inspector Mortimer Grimm, un hombre amargado con una gabardina y una infancia sin resolver.
Vende cientos de miles de ejemplares. Y yo llevo cinco años corrigiéndolos.
Cinco años de manuscritos con mis comentarios al margen en rojo y sus respuestas debajo, en azul, siempre con las mismas dos iniciales. Él firma N. Yo firmo C. (la de rojo).
Nunca nos hemos visto. Ni una foto. Ni una llamada. Solo márgenes.
Al margen de la página 214 de su última novela escribí: «Otra vez los ojos color tormenta. Nadie tiene los ojos color tormenta. Los ojos son marrones, verdes, azules, y a veces ligeramente turbios. Tormenta es lo que sale en las noticias.»
Él contestó, debajo, en azul: «Mi inspector tiene los ojos color tormenta. Si no le gusta, que le pida cita al oculista.»
Le contesté: «Ya lo hice. Dice que los suyos son de un marrón normalísimo y que usted lo exagera.»
No volvió a contestar en esa página. En la siguiente, en cambio, hay un dibujo de un inspector con los ojos cruzados.
No sé cómo es. Me lo imagino de sesenta años, con una chaqueta de pana y un perro, y me lo imagino mal, probablemente, porque siempre me equivoco con la gente que se esconde tras una prosa tan bien cuidada.
La casa aparece al fondo cuando las piernas ya me están protestando.
Willowbrook Manor es enorme. Es de ladrillo oscuro, con chimeneas por todas partes, y cada ventana tiene luz y una corona de acebo.
El tejado está cubierto de nieve y parece una tarta que alguien ha olvidado en un alféizar.
Hay un árbol de Navidad al lado de la puerta, de tres metros, iluminado de arriba abajo, con bolas rojas y doradas.
Y hay un coche antiguo aparcado en el patio, negro, brillante, con una capa fina de nieve encima.
Si le pusieran una vela encima sería una escena de Navidad de postal.
Si le pusieran un cadáver encima, también.
—No pienses en cadáveres —me digo en voz alta.
La carta de Barty Quill no decía una palabra sobre cadáveres.
Pero en la editorial todo el mundo conoce su cena.
«La Cena del Crimen», la llaman, con mayúsculas y con cierto temor reverencial.
Cada Nochebuena, desde 1998, Barty reúne a un puñado de gente en su casa, finge que lo matan, cae al suelo con un gorro de Papá Noel y todos tienen que averiguar quién ha sido antes de medianoche.
Dicen que el ganador se lleva una llave dorada y una botella que vale más que mi alquiler.
Yo nunca he asistido. Es la primera vez que me invita, y todavía no sé si eso es un honor o una amenaza.
Subo los tres escalones de la entrada. Antes de que pueda llamar, la puerta se abre sola.
Es lo que tienen las casas con mayordomo.
—Señorita Ashworth.
El hombre que me mira desde arriba lleva una pajarita perfecta, una barba cana muy bien recortada y la cara de quien lleva cuarenta años sin sorprenderse por nada. Tendrá unos setenta y tantos. Se sostiene como un paraguas cerrado.
—Buenas noches. ¿Cómo sabe quién soy?
—Es la única persona de la lista que no ha llamado para preguntar qué tiene que traer. —Hace una pausa—. Ni qué ropa ponerse. Me llamo Penhallow.
—Clem.
—Señorita Ashworth —repite, como quien no ha oído nada—. Permítame su abrigo. Y su maleta. Y su paraguas.
—No tengo paraguas.
—Lo suponía. Nadie viene a Shropshire en diciembre con paraguas. Prefieren la fe.
Me quita el abrigo con una delicadeza de relojero.
Detrás de él se abre un recibidor con suelo de damero, una escalera de roble que sube en curva, guirnaldas verdes en la barandilla y un olor a canela y a clavo y a algo asado que me recuerda de golpe que no he comido desde las siete de la mañana.
Hay un reloj de pie. Las agujas marcan las seis y diez.
—Llega usted con dos horas de adelanto —dice Penhallow.
—Tenía miedo de la nieve.
—Muy sensato. Los demás invitados están llegando o por llegar.
La señora Hermione está en el salón, la señora Beatrix se retoca arriba, el padre Rourke ha venido caminando desde el pueblo, lo cual es una temeridad, y el jardinero está en el invernadero consolando a un cactus.
El señor Quill está en su despacho. Me ha pedido que le recuerde que esta noche nadie mata a nadie hasta después del aperitivo.
Me quedo mirándolo.
—Es una broma.
—Supongo. —Se pone el abrigo mío en el brazo—. Es difícil saberlo con el señor Quill.
—¿Y el cartel de la verja? —pregunto—. Falta una T.
—Lo sé.
—¿Y no la han arreglado?
—El señor Quill sostiene que es deliberado. Dice que es el primer misterio de la casa. —Levanta una ceja, solo una, tan poco que casi me lo imagino—. Por lo visto lleva once años sin que nadie lo resuelva.
—Ah. Pues yo ya lo he resuelto.
—¿Sí?
—He puesto la T.
Penhallow cierra los ojos unos segundos. Es el gesto de un hombre que acaba de ver cómo se cae una copa de cristal en cámara lenta y decide no intervenir.
—Con mucho gusto lo comunicaré al señor Quill —dice por fin.
—Con rotulador rojo. Se quita con agua.
—No se quita con agua.
—No, es verdad. No se quita con agua.
Afuera suena un ruido como de una cabra enferma. Después, una puerta de coche que se cierra muy fuerte. Después, un grito.
—¡No! ¡Maldito paraguas! ¡Maldito, maldito paraguas!
Penhallow no se inmuta. Se acerca al ventanal que da al patio y descorre una cortina con dos dedos.
Yo me pongo a su lado. En el patio, bajo la luz del árbol, hay un hombre alto, de traje azul marino, empapado hasta los hombros, luchando contra un paraguas que se ha dado la vuelta por completo y que parece decidido a llevárselo al cielo.
Lleva una maleta pequeña debajo del brazo.
El pelo castaño, revuelto. Mal afeitado.
Un tanto despeinado y un tanto guapo, aunque eso último lo guardo para mí.
Gana el paraguas. Lo oigo desde aquí: un crujido seco, varillas por todas partes.
—Ese será el señor Calder —dice Penhallow.
Algo en mi estómago se pone firme.
—¿Nathaniel Calder?
—El mismo. Llega, como usted, con ropa inadecuada.
—Yo lo creía mayor. Por la prosa.
—Treinta y seis —responde Penhallow, que se sabe las edades de todo el mundo—. Le advierto que no se parece a lo que se imaginaba.
—¿Cómo sabe lo que me imaginaba?
—Usted se imaginaba a alguien con una chaqueta de pana y un perro.
Lo miro con la boca abierta. Penhallow, mientras tanto, se dirige hacia la puerta con la majestuosidad de un barco.
—Tiene la cara de quien se lo imagina todo mal —añade, sin volverse—. Es una cara muy corriente en esta casa.
Y abre.