Una Navidad con las Conalls (El Legado de Morna 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

L a cabaña permanecía en silencio frente a mí. Por un momento temí que ya se hubiera ido a dormir por la noche, pero el cachorro que acunaba bajo mi brazo soltó un chillido agudo. En cuestión de segundos, la puerta de la cabaña se abrió de golpe.

—Ach, buenas noches, Adelle. Por un momento temí que hubiera un tercer cachorro que hubiese encontrado su camino fuera de la nieve, pero veo que solo es tu pequeño.

—Ah, sí. —Me detuve y le hice una seña a Arran para que se marchara ahora que había arrastrado el pequeño árbol que acabábamos de cortar hasta el frente de la cabaña y me había ayudado a llevar la comida y las decoraciones hasta cerca de la puerta—.

Gracias, Arran. De alguna manera te lo voy a compensar.

Arran me gritó por encima del hombro mientras se daba la vuelta y se internaba en la oscuridad, dejando a Hew y a mí solos. —No, no hace falta, Adelle. Ten cuidado de regreso al castillo.

Le había indicado que se fuera tan pronto como dejara todas las cosas. Quería tener la oportunidad de quedarme a solas con ese hombre callado y extraño, y no quería arriesgarme a que él le pidiera a Arran que se quedara también.

No es que debiera haberme preocupado. Con la expresión de sorpresa en el rostro de Hew, me pregunté si siquiera me invitaría a entrar.

Levanté la canasta de comida que sostenía con la mano izquierda mientras dejaba a mi cachorro en el suelo.

De inmediato corrió hacia el interior de la cabaña para unirse a su hermano.

—Um…Mary estaba ocupada, así que le dije que te traería algo de comer.

Espero que no te moleste. También… —señalé las cosas que estaban detrás de mí— traje unas decoraciones.

Nos sobraron algunas de hoy, y pensé que te servirían para entretenerte, ya sabes, si querías decorar la cabaña para Navidad.

Frunció el ceño. No sabía si estaba confundido o disgustado.

No había pensado mucho en el hecho de que era un hombre y probablemente le importaba un comino embellecer nada.

Yo solo estaba tratando de contagiar el espíritu navideño.

—Yo…no tienes que quedarte con las decoraciones.

Puedo volver con Arran en la mañana a recogerlas.

Pero al menos acepta la comida. Me voy ya de regreso al castillo.

—Me agaché torpemente y silbé para llamar a mi cachorro, pero fue en vano.

Los dos hermanos peleaban juguetonamente en el piso sin intención alguna de poner fin a sus jueguitos en un futuro cercano.

Hew me sorprendió al extender la mano para posarla sobre mi hombro. —No, muchacha, disfrutaré de las decoraciones. Por favor, entra.

Se hizo a un lado para indicarme que pasara, y yo lo hice de inmediato, frotándome los brazos de arriba abajo para entrar en calor.

—Ven a sentarte junto al fuego mientras pongo la mesa. Seguro que no tienes prisa por volver al castillo. ¿Por qué no te quedas y comes conmigo? Siento si te hice sentir que quería que te fueras. Es solo que me sorprendió tu presencia.

—Oh. —Quise darme un manotazo en plena frente por mi incapacidad de hablar como una mujer adulta delante de él. Era absolutamente ridículo. Ningún hombre, ni siquiera el padre de Bri, tenía la capacidad de dejarme tan completamente sin palabras.

—¿Ya comiste, muchacha? Si es así, esperaré hasta después de que te hayas ido. Quizás al menos puedas calentarte un rato junto al fuego, ¿sí?

Para ser alguien tan tímido, lo intentaba. Yo recompensaba sus esfuerzos pareciendo mucho menos amistosa de lo que en realidad era. Me encantaba hablar y, por Dios, pensaba hacerlo. Me propuse volver a actuar como un ser humano antes de abrir la boca. —No. No he comido.

Se puso de pie y se acercó a la pequeña mesa, disponiendo todo lo que yo le había llevado. —Ven y come conmigo, muchacha.

* * *

Comimos en silencio. Mientras buscaba en mi mente ideas sobre qué podría decirle, cada vez me detenía en seco. Él podía percibir mi vacilación, pues a veces incluso alcanzaba a pronunciar una sílaba para luego dejar de hablar. Se apiadó de mí y habló él mismo.

—Te pido disculpas por la forma en que me comporté cuando abrí la puerta. Estoy muy acostumbrado a estar completamente solo. Aunque soy un visitante aquí, visitantes míos son algo muy inesperado. ¿Puedo contarte algo?

Asentí. —Por supuesto.

—Se me ocurrió que quizás sigues deteniéndote antes de hablar porque te preocupa que note la forma extraña en que hablas.

No tenía nada que ver con eso, pero no quise objetar cuando era evidente que había reflexionado tanto al respecto. En vez de eso, me quedé en silencio y esperé a que continuara. Lo hizo al poco rato.

—Confieso que sí me di cuenta cuando te conocí, pero fue solo después de que Mary me contó tu historia sobre de dónde y de cuándo vienes que lo entendí. Así que no te preocupes, muchacha, no voy a juzgar la forma en que hablas. Yo mismo no soy muy bueno para hablar con otros.

Sorprendida por sus palabras, sonreí antes de hablar. Mary no había mentido. Su hermano era un hombre amable. —¿Cómo es que pareces haber creído con tanta facilidad lo que Mary te contó? Nos cuesta trabajo incluso a quienes hemos experimentado la magia de Morna aceptarla.

—Ach, has encontrado tu voz. Me alegra. —Sonrió levemente.

Si hubiera estado de pie, supongo que las rodillas se me habrían debilitado ante la belleza de esa sonrisa.

—Conocí a Morna cuando era un niño, y crecí escuchando historias sobre sus poderes.

Conozco lo bastante a mi hermana como para saber que no me mentiría sobre algo así.

Además, la vida es tal que suceden muchas cosas que no podemos explicar cómo ni por qué.

Debió de ser un gran cambio para ti venir aquí, ¿sí?

Nuestra comida ya se había terminado, y sabía que pronto se esperaría que me marchara.

—Sí, lo fue, pero fue un cambio que recibí con gusto.

Con mi hija aquí, no hay ningún otro lugar en el que preferiría estar, y me encanta este lugar.

—Me levanté, empujé la silla hacia adentro y caminé hacia la puerta—.

¿Por qué no te ayudo a meter estas cosas y luego te dejo tranquilo por la noche?

La misma expresión inescrutable que había cruzado su rostro antes volvió a aparecer, y temí haberlo molestado de alguna forma.

Extendió la mano hacia la habitación vacía.

—¿No te vas a quedar a ayudarme? Parece que has traído suficiente para decorar toda una aldea, y no he celebrado la festividad desde que era un niño pequeño.

Me temo que no sabré qué hacer con todo esto yo solo.

Sonreí de oreja a oreja y salí a la oscuridad para que no viera mi cara enrojecida. —Sí, me encantaría.

Para ser alguien a quien no le gustaba la compañía de otros, no parecía tener ninguna prisa por deshacerse de la mía.

* * *

La muchacha debía seguir llevando la magia de Morna con ella para poder causarle semejante efecto.

Se había sorprendido al ver su figura esbelta en la puerta, pero se alegró de verla, con el cabello rubio ondeando salvajemente al viento, mientras ella se apresuraba a despedir a Arran.

Ella quería quedarse a solas con él. Aunque no estaba seguro de por qué, la idea hizo que algo en lo más profundo de él se calentara por primera vez en muchísimo tiempo.

Al principio, Adelle había parecido más nerviosa incluso de lo que él se sentía, y eso de algún modo le ayudó a calmar los nervios en presencia de aquella belleza. De hecho, se sentía muy él mismo con ella y habló con tanta soltura como lo hacía con cualquiera.

La timidez de la muchacha no duró mucho.

Después de que él le pidiera que se quedara a ayudarlo con las decoraciones, ella habló largo y tendido, contándole grandes historias sobre todo lo que había sucedido en el castillo de Conall en los últimos meses.

Hew se descubrió por primera vez deseando no haberse mantenido lejos de su tierra natal durante tanto tiempo.

Cuando todo lo que Adelle le había traído estuvo dispuesto justo como a la muchacha le gustaba, él la acompañó de regreso al castillo, con el corazón más triste de lo que estaba dispuesto a admitir porque su velada juntos había llegado a su fin.

—Gracias por permitirme interrumpir tu noche. Espero no haber sido demasiada molestia.

La muchacha estaba loca si no era capaz de ver cuánto había disfrutado él de su compañía, pero sospechaba que los sentimientos que siempre mantenía encerrados muy hondo dentro de sí no se reflejaban con claridad en su rostro, como a veces habría deseado.

La miró directamente a los ojos verdes, tan vibrantes y llenos de vida que no pudo evitar darse cuenta de lo poco que se había permitido vivir de verdad durante demasiados años.

Era la mujer más hermosa que había visto jamás, con el rostro pálido teñido de rosa por estar parada en el frío.

No deseaba nada más que calentárselo con el roce de sus labios.

—No, muchacha, no fuiste ninguna molestia. Lo pasé de maravilla.

Reuniendo todo el valor que le quedaba esa noche, se inclinó rápidamente para besarla en la mejilla. Dándose la vuelta antes de que ella pudiera ver su reacción, se internó a grandes zancadas en la oscuridad, con el corazón latiéndole más rápido que en décadas.