24 Diciembre
Mi madre biológica se llama Émilie.
Es lo primero en lo que pienso al despertarme. Lo segundo es que Ben ya no está a mi lado. Lo tercero es una pregunta: ¿qué es todo ese jaleo?
Aguzo el oído. ¿Esa voz es de...?
Ah, vaya, las alucinaciones auditivas son un síntoma del traumatismo craneoencefálico, ¿no? ¿Ayer me di en la cabeza? Quizá cuando iba en el cucurucho de patatas.
¿Violette estará hablando con papá y mamá y habrá activado el altavoz? Me levanto y me dirijo al salón.
–¡Está despierta, Marc! –grita mi madre.
No estoy soñando. Para nada. Si no, el nivel de sonido no sería tan alto.
–¡Cerise! –grita mi padre, precipitándose hacia mí–. ¿Te duele algo?
Están delante de nuestro enorme árbol, ahora algo alicaído por todas las bolas que ha perdido. Mis padres. La emoción me abruma.
Me lanzo en brazos de mi padre, entre lágrimas, mientras mi madre se une a nosotros.
–Estoy bien...
Doy un paso atrás para mirarlos. ¿Están aquí de verdad? ¿Cómo es posible?
–Madre mía, ¡qué lío! –exclama mi madre–. Violette nos lo ha contado.
El corazón se me constriñe de forma dolorosa.
–¿Os lo ha dicho todo?
–No sé si nos falta algún detalle, pero nos ha repetido las explicaciones de Benjamin...
–Ah, habláis del incidente de ayer.
–¿Por qué? ¿Hay algo peor? –grita mi padre, con terror en la voz.
Me alejo de ellos.
–Creo que sí. No lo sé. Voy a decepcionaros...
–No, cariño –me asegura mi madre, acariciándome la espalda como si quisiera que expulsara los gases–. No nos decepcionarás.
–Creo que sí. Os he ocultado las razones de mi estancia aquí. He... He seguido una pista que creía que me llevaría a encontrar a mi madre biológica.
Hala, ya lo he dicho.
Tengo la impresión de que un peso inmenso me ha desaparecido del pecho. Debo asumir las consecuencias de mi confesión, pero ya ha pasado lo peor.
–Shhh –musita mi madre pasándome el índice por la frente, como hacía cuando era pequeña para calmar mis berrinches.
–Ah, eso. –Mi padre suelta un suspiro, aliviado–. Creía que estabas embarazada.
Me quedo boquiabierta, paralizada.
–Esperad. He venido a buscar a mi madre biológica, que no era quien creía, pero he descubierto de quién se trata. ¿No estáis tristes ni enfadados?
Mi padre me coge de la mano.
–Llevamos diecinueve años preparándonos para este momento, cerecita. Habríamos preferido ayudarte y apoyarte...
–Pero tenías derecho a decidir ocuparte de eso por ti misma –continúa mi madre.
–Para ser sinceros, hemos imaginado tantos escenarios catastróficos que sirvieran de explicación para tu estancia aquí que la verdad nos tranquiliza.
¡Anda! Y pensar que llevo semanas con el cerebro hecho papilla... ¡Qué tonta he sido!
–¿Y vosotros? ¿Ha sido Violette quien os ha pedido que vengáis?
–Culpable –declara esta última al entrar en el salón con una bandeja llena de tazas y dulces.
–No queríamos pasar la Navidad sin los dos mejores regalos de nuestra vida –anuncia mi madre.
Lloro de nuevo. ¡Como una magdalena!
Una vez me he calmado, nos sentamos en un rincón y les cuento a mis padres cómo ha ido mi investigación desde la lectura de la carta en el archivo de mi adopción hasta las últimas revelaciones de Marie y Camille. Observo a Violette. No parece habérselo tomado mal.
–Necesitaba hacerlo, pero he sido muy torpe –concluyo en el momento en el que una voz reverbera en el pasillo:
–¿Has terminado de darles explicaciones? ¿Podemos pasar?
La cabeza de Tina aparece en el umbral y le hago un gesto para que se acerque.
–Como si estuvieras en tu casa.
Enseguida se coloca a mi lado en el sofá. Enzo, Lilou y Ben la siguen. Es evidente que ya se han presentado sin que estuviera delante.
Mi crush me estudia con la mirada y me sonríe al ver que estoy bien.
–Parece que ahora te dedicas a recorrer rutas fuera de pista, ¿no? –se burla Enzo.
–Soy el genio de la estación. ¿Qué quieres que te diga?
Tratamos el incidente de ayer, pero no tardan en entablarse conversaciones por grupos en las que todos gritan para hacerse oír. Yo, sin embargo, me dedico a observarlos y me siento en calma. Y sí, quizá tenga algo que ver la mirada azul océano de Ben fija en mí.
–Bien, no quiero ser aguafiestas –anuncia Tina–, pero esta noche es la cena de Nochebuena, y sería genial tener de postre, tras nuestra raclette , un buen dulce. No digo nada...
Me arrastra a la cocina y comprendo enseguida que no le interesan ni los troncos navideños ni las galletas de mantequilla.
–¿Y bien? –pregunta, impaciente–. ¿Ben ha dormido en tu habitación?
–Bueno... Solo porque se lo pedí y debió pensar que tenía una conmoción cerebral.
–Sí, sí –responde, escéptica.
–Pero cuéntame tú, en vez de cotillear tanto... ¿Qué tal fue la conversación con Enzo? Os vi juntos ayer.
Sus labios se curvan en una enorme sonrisa.
–Hemos hablado y ha sido... interesante.
–¿Y ya está?
–Me ha pedido una cita para la semana que viene.
–Tina, eso es genial –susurro, dando saltitos.
–Calla –dice, abriendo mucho los ojos.
Me giro y veo a Enzo en el umbral de la cocina.
–Cerise, alguien quiere verte.
¿Quién puede faltar? Max ha llegado hace media hora y todas las personas importantes están presentes. A no ser... Marie me espera en la entrada.
–Siento molestarte, pero debo darte una cosa.
–Pasa. Han venido mis padres y me gustaría presentártelos.
–Ah, eh...
–Les he puesto al corriente de lo de Émilie.
El alivio le ilumina el rostro.
–En ese caso...
Me sigue hasta el salón y les da la mano a mis padres. Una vez hechas las presentaciones, rebusca en el bolsillo y saca una hoja de papel que me tiende.
Se me humedecen los ojos.
–¿Es...? –comienzo a decir, pero no puedo continuar.
–Sí. –Marie suelta un suspiro–. Se había ido a escalar el Kilimanjaro. Por eso no tenía acceso a sus mensajes. Conseguí reunirme con ella ayer por la noche. Tuvimos una larga conversación y... me pidió que te dejara su dirección. Haz con ella lo que quieras.
Mi madre me coge de los hombros y oigo cómo se sorbe la nariz.
–Estaremos a tu lado, cerca o lejos, como quieras –me dice–. Y, si deseas ir a Canadá, te ayudaremos a pagar el billete o te acompañaremos si crees que lo necesitas.
Río a través de las lágrimas.
–Por el momento, no tengo muchas ganas de ir: allí hace mucho frío y acabo de empezar la temporada aquí. Me gustaría terminarla. Aún me quedan muchas cosas bonitas por vivir –digo, mirando a Ben, que se ruboriza.
¿En serio se ha ruborizado? Ya lo he visto todo.
No sé cómo, pero mis padres, Violette y yo nos unimos en un abrazo colectivo. Lo que entiendo todavía menos es que Tina también forma parte de él, pero, después de todo, tiene su lógica. Ahora es un miembro más de esta familia.
–Vamos con la hora pegada al culo –dice Lilou, impaciente, alrededor de las seis.
–¿Qué culo? –pregunta Tina.
–Es una expresión.
–Es un poco tonta, ¿no?
–¿Qué más da? ¿Nos vamos? Tenemos que llegar pronto. Si no, nos quedaremos sin sitio. Toda la estación asiste a los fuegos artificiales.
¡Allá vamos! Una multitud ruidosa y feliz pasea por las calles llenas de nieve. En la plaza del reloj, nos detenemos en un puesto que sirve vino caliente. Yo opto por chocolate, pero brindamos mientras contemplamos, extasiados, la belleza del árbol y el ambiente.
–Es mágico –comenta mi madre, asombrada–. Creo que vendré unos días en febrero para verte y dar un paseo con las raquetas.
–Puedo recomendarte al mejor guía de la estación –digo, señalando a Benjamin.
–Ah, ¿sí? –pregunta mi padre–. ¿Eres guía?
–No de forma profesional. A ver, no quiero parecer un engreído, pero conozco bastante bien la zona. Incluso me sé orientar de noche, ¿no, Barquillo de Frambuesa?
Disimulo mi sonrisa.
–Bueno, ¿nos movemos? –insiste Lilou.
Nos situamos a los pies de la pista de trineos justo a tiempo para ver el principio de los fuegos artificiales.
¡Qué bonito! Las chispas de colores iluminan el cielo y caen sobre la montaña y el valle.
Los copos de nieve se unen a la fiesta, añadiendo un toque poético al momento.
Entonces, Ben se inclina sobre mi oído, llenándome los ojos de lágrimas y erizándome el vello del cuerpo:
–Ayer una chica me dijo que, cuando me veía, su corazón estallaba en fuegos artificiales. Quería decirte que... me pasa igual.
Nos miramos a los ojos, que brillan más que todas las estrellas del cielo.
En el salón, el ambiente no podría ser mejor. La velada está llena de vida, con lágrimas de felicidad, risas, juegos, conversaciones más serias... Y me siento genial. He encontrado mi lugar.
Poco antes de las diez de la noche, Maxence se levanta.
–Debo volver antes de que se acabe la misa de medianoche –se disculpa, avergonzado.
–¿Te vas ya? –pregunta Violette, apenada–. Nuestra Lilou se va a poner muy triste si te marchas, ¿verdad, amiga?
Mi hermana y su falta de sutileza... Supongo que por eso le gustan los zapatos bien llamativos. Max está superincómodo, como..., bueno, como solo le ocurre a él, al fin y al cabo. Hay cosas que nunca cambian.
–Nosotros también volveremos al hotel –dice mi padre–. Ha sido genial conocer a tus compañeros de piso, cariño. Pero te dejamos con los demás jóvenes.
Ya se han puesto el abrigo cuando mi madre, con la excusa de darme un último beso, se inclina para susurrarme al oído:
–Oye, cerecita, me gustaría decirte que... ese tal Ben es muy mono.
¡Vaya que sí! No podría estar más de acuerdo con ella.
Los observo mientras bajan las escaleras, y me despido con la mano de ellos por última vez antes de volver al salón en el momento en el que Ben se dirige a la cocina.
–¡Parad! ¡No os mováis! –comienza a gritar Tina, haciendo que nos quedemos inmóviles.
Me da un vuelco el corazón.
–¿Qué? –grito, aterrada–. ¿Una araña?
–No –dice Lilou con una sonrisa–. Mirad hacia arriba.
Levantamos los ojos a la vez y descubrimos una rama de muérdago pegada al marco de la puerta.
Siento cómo me ruborizo. ¡Qué vergüenza! No me atrevo siquiera a girarme hacia Ben.
–Ah –digo, muy incómoda–. Tengo que... Tengo que cambiarme los zapatos.