Una Navidad a punto de nieve 23 Diciembre
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23 Diciembre

–No eches demasiado azúcar, Marissa. Así, perfecto. No, Léandre, no chupes la batidora. ¿Quieres comerte el pastel con la lengua llena de cortes?

Le limpio la harina de la nariz a William para evitar que le entre en el ojo y compruebo la temperatura del horno. ¿Alguien me puede recordar por qué me he presentado voluntaria para preparar los dulces navideños de la guardería con los niños?

Bueno. Por esos pequeños ojos que brillan con intensidad, lo que sea.

–Vale, lo metemos en el horno y ahora ya podéis uniros a la fiesta. Léandre, ponte la camiseta. Te aseguro que así estarás más guapo.

Todo está preparado en la sala de juegos. La agencia de eventos de Camille se ha encargado de la decoración y es una pasada. Hablando de la reina de Roma, mira quién acaba de aparecer con Marie y otros padres. Marissa se lanza a los brazos de su padre. En cuanto a Camille, se dirige hacia mí.

Me cuesta tragar saliva. ¿Marie le habrá hablado de mi búsqueda? ¿Será posible que sea mi madre biológica? Estoy casi segura de que me lleva evitando desde la última vez, justo por esa razón.

–¿Va todo bien, Cerise?

Levanto el pulgar, muy incómoda.

–Sí, solo quedan algunos pasteles en el horno. Después, todo estará listo.

–Genial. Por cierto, ¿podríamos hablar?

¡Qué nervios! De repente, tengo calor. Las sigo, tanto a Marie como a ella, hasta la cocina. «No te hagas ilusiones, no te...». Demasiado tarde. Mi cerebro va por libre.

–Camille y yo hemos hablado largo y tendido, y debo pedirte disculpas –comienza a decir Marie, directa.

–¿Disculpas?

–Sí, el otro día no te dije toda la verdad. No voy a mantener el suspense mucho más tiempo. Sé... Bueno, Camille y yo sabemos quién es tu madre biológica.

Me fallan las rodillas y me tambaleo. Enseguida, Camille coge una silla para que me siente.

–¿Estás bien? –pregunta, preocupada.

Asiento, aunque no dejo de sufrir descargas en el cerebro.

–¿Eres...? ¿Eres tú, Camille? –pregunto.

–No, no, qué va. Pero ¿tu hermana no te ha dicho nada?

¿Violette? ¿Qué tenía que decirme? Sea lo que sea, siento miedo.

–Vino a verme para hacerme la misma pregunta –continúa Camille.

–¿Y...?

–Me emocionó mucho. Percibí todo el amor que siente por ti. Es bonito.

–Ah...

El corazón me late a toda velocidad. Mi Vio dejó de lado sus inquietudes para hacerme feliz.

–Lo que hemos decidido, Marie y yo, es tener esta conversación contigo lo antes posible –prosigue Camille–. Porque no, no soy tu madre biológica.

–Pero la conocemos –insiste Marie–. La cuestión es que por un lado estás tú, que quieres saber de dónde vienes, y, por otro, una joven que quiso entregar a su hija de forma anónima y que también tenía derecho a hacerlo.

Asiento. No estoy asimilando lo que está pasando, pero me sorprende mi serenidad.

–Soy consciente. He leído testimonios de madres que lo hicieron así, y entiendo su punto de vista. Pero yo no pedí venir al mundo sin saber mi origen. No tengo ganas de acosar a quien sea; solo necesito respuestas para entender quién soy, para avanzar.

–Lo sé –dice Marie–. Empiezo a conocerte, Cerise, y dudo que le guardes rencor.

Se consultan en silencio. Luego, Marie suelta un largo suspiro.

–¿Está viva?

Mi jefa asiente.

–¿Una de vosotras dos sigue en contacto con ella?

–De vez en cuando, sí –responde Marie.

–Entonces, quizá sea más fácil preguntarle si desea que me contéis algo sobre su pasado o no.

–No he conseguido hablar con ella –se disculpa–, pero te puedo dar algunos detalles: tu madre biológica se llama Émilie, pero su apodo era Ème, por eso firmaba con una M en las notas que nos escribía.

Me llevo una mano al corazón. Émilie. El nombre de mi progenitora. Lo he visto varias veces mientras investigaba a las chicas del equipo. No me concentré en él, claro. ¿Cómo iba a imaginar que era ella?

–¿Fuiste tú quien le dio mi jirafa de peluche?

–Sí, era mía. La tenía en la mochila, y pensamos que sería bonito que te quedaras con algo así.

–Es... Gracias. ¿Está casada? ¿Tiene hijos?

–No –responde Marie–. El esquí siempre ha sido su única pasión. Ganó una medalla menos de una semana después del parto. Tenía objetivos muy precisos en la cabeza, y los ha cumplido todos.

–¿Vive aquí?

–Se ha marchado de Francia. Ahora vive en Canadá. Viaja mucho. Es una auténtica aventurera.

–¿Se parece a mí?

–Tienes sus ojos y la forma del rostro. Y su fuerza de voluntad. Pero eres mejor pastelera.

Me echo a reír, a pesar de las lágrimas que se derraman sin previo aviso.

Ya está. Ahora cuento con datos concretos.

El punto de interrogación de mi vida tiene un nombre, una identidad.

¿Me convierte en algo distinto? En realidad, no.

Supongo que necesito tiempo para entenderlo. Pero me siento más ligera.

–Y, en lo que respecta a tus pasteles –interviene Camille–, no es el momento de hablar de eso, pero me encantaría proponerte que te asociaras a mi empresa de eventos para preparar tus fabulosos postres.

¿Qué?

–La idea no es que dejes la guardería –me indica Marie–, pero ajustaré tus horarios para que puedas ocuparte de las dos actividades y, después, optar por la que prefieras. Bueno, si te quieres quedar hasta el final de la temporada, claro.

–Ya no sé ni lo que deseo, pero...

–Tómate tu tiempo para pensarlo. Hablaremos después de fin de año, ¿vale?

Asiento.

–Mmm, ¡qué bien huele aquí! –nos interrumpe Maxence al entrar en la cocina.

Me seco los ojos.

–No lo toques, goloso –dice Marie entre risas.

–Cerise, ¿has visto que Lilou ha vuelto de Albertville?

El pecho se me constriñe. Esta mañana le he explicado que, a pesar de los mensajes que le he enviado (que he mandado al destinatario correcto, ¡lo he comprobado!), Lilou no me respondía y no sabía qué hacer.

Niego con la cabeza.

–No lo sabía. ¿Has hablado con ella?

–No, pero he visto su ubicación en Snapchat.

–¿Desde cuándo tienes Snapchat?

Se sonroja una vez más.

–Bueno, Lilou me pidió que me lo instalara...

–Vaya, vaya...

–Lo que quería decirte es que, si vas al snowpark , quizá te la encuentres. Pero no le digas que te lo he dicho yo.

–Bueno, es que...

Miro a mi alrededor. Aún queda mucho por hacer.

–Vete si es importante. Ya nos las apañaremos –me asegura Marie.

Le doy las gracias con un abrazo, cojo los esquís para ir más rápido y me marcho a buscar a Lilou. Sí, yo, Cerise Trécourt, reina de los porrazos en la nieve, he decidido por voluntad propia esquiar cuando podría caminar. Ya ves, todo puede pasar.

En el fondo, voy en piloto automático después de todas estas revelaciones. Debo dedicar tiempo a asimilarlo, pero una cosa es segura: reconciliarme con Lilou sería la guinda del pastel de este día tan particular.

Cuando ocupo mi sitio en las escaleras mecánicas para esquiadores amateurs , advierto que Tina está paseando con Enzo un poco más abajo. Parecen estar sumidos en una conversación seria. ¡Bien! Espero que pase algo entre ellos. ¡Mi amiga se lo merece!

Venga, voy a bordear la pista de trineos. Solo tengo que deslizarme hasta el snowpark .

Mi madre biológica se llama Émilie...

Dios, he estado a punto de perder el equilibrio. Si empiezo a reflexionar sobre la identidad de mi madre o la propuesta de Camille, me voy a dar de bruces. Debo concentrarme.

Ahora, giro a la izquierda, a la derecha, cuña...

¡Qué orgullo! El terreno es casi plano y me alejo de hacer eslalon, pero no voy nada mal.

Y ni siquiera me agobia que se haya puesto a nevar.

Minúsculos copos flotan por el viento, y me sorprendo pensando que es muy bonito.

Es una locura, pero a mi nueva yo le gusta la nieve y aclarar las cosas.

Una vez que llego al snowpark , me equilibro. Luego, me ciño la capucha sobre el gorro para protegerme, al mismo tiempo que busco un anorak naranja y verde. No hay rastro de Lilou. ¿Se habrá puesto un chándal?

Al cabo de diez minutos estudiando a todas las personas subidas a una tabla de snowboard , debo rendirme ante las pruebas. No está aquí.

Acabo preguntándole a un chico si la conoce y si tiene idea de dónde puede encontrarse. Habla con sus amigos y me indican que hay un segundo snowpark al otro lado del valle.

Dudo. ¿Podré llegar bien? Las escaleras mecánicas están a punto de cerrar. No obstante, está a menos de diez minutos.

No me acobardo. ¡Puedo hacerlo! Avanzo, repitiéndome mentalmente la información que me han dado los chicos: cogeré el telesilla hasta Aiguille Rouge, bajaré la pista roja, giraré a la izquierda en la bifurcación y, hala, llegaré.

Fácil. Si pensamos en el aspecto genético, llevo esta montaña en la sangre. No debería irme mal.

La adrenalina hace que me olvide de que nunca he probado la pista roja yo sola. Bueno, lo olvido hasta cierto punto. No me siento nada segura. Hay incluso una capa de hielo. Me limitaré a hacer lo que pueda.

En cuanto al estilo, suspenso, pero todavía no he ido a clases de esquí.

Me deslizo adoptando la posición de la cuña, giro a la derecha y continúo. Me caigo al dar la vuelta. Me levanto. Me pregunto si no será más sencillo seguir arrastrándome sobre el culo. Aj, debería haber venido en trineo.

En realidad, no debería haber venido. Punto. Las explicaciones confusas de los chicos me llevan hasta la entrada de una pista negra. ¡Mierda!

Debe haber una salida en alguna parte. Según el plano mental que me he hecho, no debería haber lejos un telesilla.

El problema es que no lo veo. Es normal.

La nieve ya no cae en forma de enormes copos.

Ahora hay niebla, el sol debe haberse ido a tomar vino caliente al bar, el cielo está encapotado, cubierto y cargado. Vale, lo peor de lo peor.

Ahora tengo que elegir entre la pista negra o una ruta fuera de pista. ¿Dónde están las malditas pistas azules?

Dejo escapar un largo suspiro para recuperar el valor. Me encantaría montarme en un trineo hasta la pista roja. A menos que... Estoy segura de que, al recorrer esta pequeña porción fuera de pista, reencontraré mi camino. Será cuestión de minutos. Y, si avanzo de culo, no podré caerme. ¡Sin miedo!

Mentira. ¡Qué horror! Sobre todo, porque no voy en la dirección correcta. Lo mejor será esperar a que llegue el empleado de las pistas de esquí, pero... la cuestión de las rutas fuera de pista es que este no pasa. Lógico. Un problema gordo.

Miro la hora: las escaleras mecánicas han cerrado.

Tengo menos de un 12 % de batería. Con esta temperatura, se acabará enseguida.

No sé si la captará, pero, por si acaso, le mando la ubicación a Violette, un mensaje a mis padres diciéndoles que les quiero y un audio lacrimógeno y tembloroso de sentimentalismo a Benjamin.

¿Soy un poco dramática? Sí, pero nunca se sabe.

Es una locura la cantidad de pensamientos tontos que se pueden tener al estar en peligro. Y yo acabo de descubrir quién es mi madre biológica.

¿Max y Lilou se sentirán culpables? Debo enviarles también un mensaje a los dos. Vaya, mi teléfono ha muerto. Maravilloso.

No debo llorar. Si no, con el frío, la piel se me cuarteará. En lugar de eso, me como los barquillos de frambuesa que encuentro en la mochila. Quizá sea mi última comida. Me voy a morir aquí, en la montaña. Bueno, lágrimas, derramaos. Total, qué más da.

A menos que... Acabo de oír el sonido de un motor. ¿Qué hacen en las películas? Debería levantarme, gritar, lanzar una bengala de emergencia. Una pena que no tenga ninguna y esté tan congelada que no pueda moverme.

El ruido se acerca. Quiero mantener la esperanza, pero tengo miedo. Entonces, Benjamin aparece ante mí.

–¿Ben? ¿Eres tú de verdad? ¿O el frío me ha congelado el cerebro?

–Estoy aquí, Barquillo de Frambuesa –susurra, cubriéndome con una manta térmica de supervivencia como si fuera un burrito–. Todo va a salir bien, ¿vale?

–Debería haber confiado en ti, Ben. Estoy demasiado bien contigo, y me arrepiento de que ya no me quieras porque, en cuanto te veo, en mi corazón estallan fuegos artificiales. Además, tienes un culo de infarto y...

¿Alguien le puede decir a mi boca que se calle?

–A la de tres, te levantaremos –dice otra voz.

–Lilou, ¿eres tú? Te estaba buscando. Lo siento. Te quiero.

–Lo mismo digo, pero cállate, porfa.

–Ah, sí, eres tú. ¡Oooh!

Me llevan por el aire y cierran una cremallera. Ya no veo nada.

–No, pero no estoy muerta. No me llevéis a la morgue. Ay, ¡mierda!

Cruzamos la montaña a toda prisa mientras lloro.

–No soy un cadáver ni una patata frita en un cucurucho.

El trayecto no dura ni cinco minutos. O quizá sean dos horas. Sí, diré dos horas cuando cuente la historia. Así dará menos vergüenza.

Siento el cuerpo de Benjamin cuando este me sujeta, el olor de nuestra casa, una vela de arándano, la suavidad de mi jirafa de peluche...

–¿Estoy dormida?

–Todavía no –me susurra Ben.

–Oye, ¿me acabas de sacar una foto?

–Puede –bromea.

–Tengo ganas de pegarte. Y besarte.

–Cállate. Y descansa.

Me arropa y se levanta, pero lo cojo de la mano.

–¿Puedes... quedarte conmigo, por favor?

–Vale, Barquillo de Frambuesa.

Se tumba boca arriba y me acaricia el pelo.

–Tenemos que hablar, Ben. No quiero que...

–Ya tendremos todo el tiempo del mundo más tarde. No te muevas, ¿vale?

–Eres la mejor bolsa caliente de...

Pantalla en negro.

Me despierta el hambre. Ben está dormido a mi lado. Cojo su teléfono. Solo son las 23:30.

Con suavidad, me deslizo fuera de la cama y me dirijo a la cocina. Ya encontraré algo que comer. Una luz en el salón me empuja a dar media vuelta. Lilou está sentada en el sofá con una novela en las manos. Levanta los ojos cuando me acerco.

–Lilou, eh... –Me interrumpo.

Da un par de golpecitos al hueco a su lado.

–Ven.

–Gracias –susurro.

–No hay de qué. En parte, es culpa mía que te metieras en ese lío.

–Pero, sobre todo, mía. Si te hubiera dicho antes que Ben me gustaba, si...

–Lo sabía –responde.

–¿Perdón?

–Estaba casi segura. Por eso te hice todas esas preguntas en el balneario y propuse ese juego estúpido. Me porté como una idiota. Quería marcar mi territorio, aunque Ben no me perteneciera y no vaya a hacerlo jamás.

Entonces, ¿lo hizo aposta? Bien jugado.

–Yo tampoco fui muy avispada –confieso–. Debería haber hablado contigo cuando sentía que podía pasar algo con él.

–Sí. La hemos cagado las dos. ¿Estás enamorada?

Vaya, sí que es directa.

–Eh... Sí, pero no quiero hacerte sufrir.

–Se me pasará, Cerise. Cuando las cosas no funcionan, es por un buen motivo. Y quizá ya haya encontrado el mío.

–¿En serio? ¿Cuál?

–Te lo contaré cuando lo sepa seguro. No quiero gafarlo.

–Vale, cruzaré los dedos.

–Gracias. Y... ¿Cerise?

–¿Sí?

–Estoy segura de que no tardaréis en reconciliaros. Está loco por ti, se ve.

No digo nada. Pero espero que tenga razón.