Una Navidad a punto de nieve 22 Diciembre
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22 Diciembre

–Otro chupito de tequila, Kévin, por favor.

–Soy Steve –me corrige el camarero.

–Gracias, Kévin.

–Cerise, ¿estás bien? –pregunta mi hermana, preocupada.

Le doy un beso.

–Genial. ¡Vamos a divertirnos! Me he hecho amiga de todos. No sé cómo se llaman, pero lo estoy disfrutando a tope, aunque me dé vueltas la cabeza.

–Quizá deberías...

–¿Tomarme otra copa? Vale. Lo estamos pasando bien, ¿no? Bailo, río, no miro a Ben y su novia. No sé ni quiénes son.

–Ya... ¿Puedo dejarte sola cinco minutos? Me está llamando Tina.

–No te preocupes, yo controlo. Y ellos estarán ahí, dale que te pego. Es graciosa la expresión, ¿no? «Dale que te pego». Quiero repetirlo para que lo veas. Ah, ya te has ido.

–Oye, ten cuidado con el tequila –dice Enzo, cogiendo mi vaso.

–¡Dale que te pego!

–¿Qué? En serio, Cerise, es la una de la mañana y vas superpedo.

Me echo a reír.

–Calla, solo se me ha derramado el tequila. No es tan grave, Enzo. Tenemos que reber.

–¿Cómo?

–¡Reber! Me lo acabo de inventar. Es reír y beber al mismo tiempo.

–Creo que ya has rebido bastante. Mañana te va a estallar la cabeza.

–¡Qué va! No voy a dormir con explosivos.

–Menuda merluza llevas, sí.

–Vamos, repite: «Y dijo el buzo a la buza: ¡cómo corre la merluza!». Rápido.

–Será mejor que bebas agua. Toma.

Aparto el vaso que me está tendiendo. No tengo sed de agua.

Solo de tequila. Debo pedírselo a Kevin, en la barra.

Es majo. No como Ben, que es un maldito imbécil hipócrita.

No, no debo pensar en él. No se lo merece.

Aunque me esté observando con ese océano en la mirada. ¿Quiere un espectáculo? Se lo daré.

–Baila conmigo, Enzozo.

Me pongo de puntillas, me equilibro posando las manos en su torso y acerco los labios a los suyos. Entonces..., nada. Acabo de besar el aire.

Fracaso total. Mi compañero se ha retirado. En sus ojos intuyo tristeza. O pena.

–Vamos, Cerise, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte. Has bebido demasiado.

–No, en realidad, no –le aseguro, tambaleante–. Aún puedo apoyar el codo sobre la rodilla.

–Te estás arriesgando a romperte el tobillo. Voy a por tu abrigo y te acompaño a casa. Lo vas a agradecer.

Nuevo vistazo a Ben. No aparta los ojos de mí. Una suave voz en mi interior me dice que Enzo tiene razón.

–De acuerdo, pero quiero que todos nos vean irnos juntos.

–Vale –dice con un suspiro–. No creo que así vayas a arruinarme la reputación.

El aire frío me despeja. En el sentido de que me refresca las ideas... y me envuelve en una tristeza inmensa.

Cierro los ojos. No quiero llorar. Si no, sé que no voy a poder parar. Vuelvo a abrir los ojos. Enzo me está observando.

–¿Me lo vas a contar?

Niego con la cabeza.

–No tengo ganas.

–Vale, pero creo que te vendría bien hablarlo.

Sin duda, mi compañero de piso es más listo de lo que aparenta. De repente, le cuento toda la historia, incluida la huida de Lilou.

–Ah, sí... –Suelta un silbido cuando termino–. En serio, deberíais haberlo hablado. Te habrías evitado todos esos chupitos de tequila.

–Solo he tomado tres.

–Más bien, siete, y solo porque le he pedido a Steve que te llenara uno de cada dos de agua.

Levanto la mirada.

–¿Sí? Qué fuerte estaba el agua, entonces.

–Suele ocurrir cuando no se tiene la costumbre de beber y se intenta parecer una rebelde. En todo caso, deberías contar la verdad. A todos. Los secretos son un veneno que destroza las relaciones.

–Hablas como la canción de Tina. ¿Tú te aplicas el cuento?

–Golpe bajo, Cerise. También debería planteármelo.

–Genial. Por cierto, ¿Steve no se llamaba Kévin?

–¿Puedo entrar?

Tumbada en la cama, con la colcha hasta la nariz, abro los ojos. Mi hermana está en el umbral de la puerta.

El alcohol se ha disipado, llevándose consigo la euforia. Lo único que me queda es un enorme desánimo y una vergüenza aún mayor. Tanto que estallo en lágrimas.

–He hecho el ridículo. Soy un desastre –digo.

–Vamos, caraculo, no vengo sola. Es con ella con quien debes disculparte.

Violette se aparta y aparece Tina. Suelto un sollozo.

–Perdón, Tina. Fue una tontería. Solo soy una idiota egoísta.

Las dos se sientan en la cama y me incorporo para dejarles sitio.

–Me gusta que te arrastres como un felpudo. –Me dedica una sonrisa–. Pero frena. Ya vi que pasaba algo raro.

–Ah, eso... Me duele hasta la raíz del pelo. ¿Me estará creciendo hacia dentro?

Se echan a reír, lo que no alivia mi migraña.

–Esa ha sido buena –comenta Violette.

–Sí, pero he aprendido la lección. ¿Y ahora qué, Tina?

–Pues, al final, hasta me hiciste un favor.

–¿Por qué?

–No sé si mereces que te lo cuente. Podría ser una buena venganza dejarte en ascuas.

Me quedo boquiabierta.

–No, qué va, nunca harías algo así.

–¡Intentaste incluso besar a Enzo!

–Y me disculparé por eso cada día si hace falta.

–¿Haciéndome galletas de chocolate?

Acepto su propuesta con un asentimiento.

–Vale, me parece bien. De todas maneras, tengo muchas ganas de contártelo. He recibido un mensaje de Enzo: ¡le gustaría que habláramos!

–Ay, ¡qué bien! –exclamo–. Uf, mi cabeza.

–¿Te has tomado un ibuprofeno? –me pregunta Violette.

–Sí.

–Perfecto. Ahora, duerme un rato. Es lo único que debes hacer. Y, Cerise, consejo de hermana: primero lávate los dientes. Apestas como un animal en descomposición.

Ben, ¿podemos hablar?

¿Dónde estás? Estamos preocupados en casa.

La he cagado, pero tú también, te recuerdo.

Ben, ¿de verdad quieres que juguemos a esto?

¿Sabes qué? Vete al infierno con tu sinceridad de mierda.

Estoy harta. He seguido los consejos de mis compañeros de piso y he decidido aclarar las cosas, pero llevo intentando que quedemos todo el día, en vano. No responde a nadie.

Lo sé porque he intentado llamarle desde el teléfono de Tina y el de Enzo. Y, bueno, vale, esta tarde también se lo he pedido prestado a una mujer en la calle con la excusa de que debía llamarle desde un número desconocido. Sin éxito.

Tengo los nervios de punta. ¿Dónde está? ¿Cómo se encuentra? ¿Habrá huido sin dar explicaciones?

Demasiadas preguntas. No me cabe ni una más en la cabeza.

En cuanto a Lilou, he abortado la misión por el momento. Está en un curso de snowboard y no vendrá hasta mañana. No quiero acosarla.

Lo único que me apetece es hacer un pastel para calmarme. Mi lugar feliz se encuentra tras los fuegos.

–Me marcho, Cerise. ¡Que pases buena tarde! –anuncia Maxence.

Los tres nuevos animadores han venido esta mañana y Céleste, una chica superenérgica, ha accedido a reemplazarme como marmota gigante. Mentiría si dijera que no me siento aliviada.

–Max, ¿podríamos hablar unos minutos antes de que te vayas?

–¿Sí?

El retorno de la expresión aterrada.

–Debo confesarte una cosa. El otro día, cuando me preguntaste..., ya sabes...

Se sonroja, lo que me indica que entiende de qué hablo.

–No fui del todo sincera contigo y, como eres mi amigo... Mi corazón pertenece a otra persona.

–¿A Ben?

Asiento.

–Me alegro por ti, Cerise. Y me alegra que me lo hayas contado. Y más todavía que me sigas considerando un amigo.

–Sí que te alegras, sí –digo entre risas.

–Lo digo en serio.

Nos damos un abrazo y se marcha. Unos minutos más tarde, lo imito, una vez que ya ha vuelto Céleste. Encantada, al parecer, y dispuesta a hacerlo todos los días. ¿Mi karma habrá cambiado? Estoy a punto de creerlo...

Hasta que recibo un mensaje de Tina:

Tía, ¿dónde estás? Hay un problema con tu hermana. ¿Cuánto tardarás en llegar a casa?

Se me congela la sangre en las venas. Mierda, ¿qué habrá pasado ahora?

En 5 minutos. ¿Qué ocurre?

Compruebo el teléfono mientras corro hasta quedarme sin aliento, pero la pantalla sigue en negro. Como mis ideas.

–¿Dónde está? –le digo a Tina al irrumpir en el apartamento.

–En tu habitación –responde, siguiéndome, al mismo tiempo que Enzo nos pisa los talones.

–¿Sola?

Abro la puerta de golpe, y estoy recorriendo la estancia con los ojos cuando Tina me empuja hacia el interior.

Estoy confusa. ¿Qué...? ¿Por qué?

–Y ahora, hablad, par de plastas –escupe mi compañera de piso, girando la llave en la cerradura.

–¿Tina? ¿Me has encerrado?

No lo entiendo hasta que veo a Ben, sentado en el suelo, furioso.

Ay, mi madre, nuestros compañeros de piso están fatal.

La cinta adhesiva en la boca le impide hablar y tiene las piernas y los brazos inmovilizados por guirnaldas navideñas enrolladas.

Tina, Enzo y seguramente Violette me han tendido una trampa típica de una película de Hollywood, y no han dudado en atar a Ben para juntarnos en la misma habitación.

No sé si los adoro o los detesto.

–Mmmm –me suplica Ben, lo que supongo que quiere decir: «Desátame».

–No entiendo lo que dices –farfullo.

Se contorsiona como un gusano al ver a una gallina.

–¡Mmmm!

–Nada. Tendrías que aprender a vocalizar.

Me fulmina con la mirada.

–No tengo muchas ganas de ayudarte, pero supongo que, si no hablamos, no nos dejarán salir de aquí, ¿no?

–¡Exacto! –exclama Tina desde el pasillo–. Nos vamos a ir. Volveremos dentro de una hora.

Con un gruñido irritado, arranco la cinta adhesiva de un único tirón.

–Joder, ¡cómo duele!

–No me voy a disculpar.

–Pues no te lo agradezco. ¿Puedes...?

Señala las guirnaldas con la barbilla y le desato los nudos a regañadientes.

–Me las van a pagar –musita, golpeando la puerta con el puño.

–No intentes tirarla abajo, porfa. Hablemos y nos liberarán.

Se sienta con la espalda contra la cama, en el suelo, y, con los ojos entrecerrados, deja escapar un largo suspiro.

–Te escucho –comenta con sequedad.

–¿Tú a mí? ¿Por qué tengo que empezar yo? Eres tú el que estaba con esa chica. Maya, ¿no?

Asiente. Y me duele.

–Maya, la mujer de Esteban, mi primo, el que tuvo el accidente.

¿Qué? Me ruborizo.

–¿Por qué no me lo dijiste?

–Te... dije que formaba parte del pasado.

–Creía que era tu ex. No negarás que tus palabras pueden llevar a confusión.

Se encoge de hombros.

–¿Y tú? Te vi cogida de la mano de Enzo delante del bar mientras te buscaba por todas partes. Luego, oí el audio que le mandaste a Lilou.

–¿Eh? ¿Cómo?

–Te equivocaste de destinatario y lo recibí yo.

Mierda. ¡La reina de las cagadas! Es para darse cabezazos contra la pared.

–Lo siento.

–Y yo, Cerise.

–No pensaba ni una palabra de lo que dije.

–Pero las pronunciaste todas.

–Sí, pero la situación era complicada. No sirve de excusa, pero hemos sufrido muchos malentendidos.

Enzo me necesitaba, como amiga. En cuanto al audio de Lilou, a juzgar por tu reacción, temía que hiciera una tontería, por lo que decirle algo así me pareció la mejor solución.

Por eso, sí, le mentí. Pero tú tampoco me has contado toda la verdad.

–Lo sé.

–Aún nos queda algo de tiempo –comento, señalando la puerta cerrada–. ¿Te gustaría hablar de lo de Esteban y tú?

La tristeza le inunda el rostro.

–¿De qué serviría?

–¿Para que te comprenda mejor? ¿Para liberarte?

Nuevo suspiro. No va a ser fácil. Sin embargo, se humedece los labios, cruza los brazos y contempla el suelo.

–Hace dos años, éramos dos jóvenes idiotas unidos por nuestra pasión por el snow , las cervezas y la hierba.

Subsistíamos en el snowpark , hacíamos tours , ese tipo de cosas.

Esa noche, habíamos bebido y fumado mucho.

Estábamos jugando a verdad o atrevimiento.

Jenn, una amiga, me desafió a besar a Maya.

Solo era un juego. Maya y yo éramos como hermanos...

Pero Esteban no lo escuchó porque estaba lejos. Cuando volvió, nos vio.

–Ah, mierda.

–Esteban estaba decepcionado. Se enfadó y empezó a bajar la pista con la tabla de snow . Se cayó en el primer bache.

–Maldita sea. ¿Y luego qué pasó?

–Dos años de desgracias. Coma. Luego, parálisis. Desde ese momento, echó a todo el mundo de su vida, incluido a mí. Recuperamos el contacto el día en que... Ya sabes, cuando estábamos haciendo galletas y tuve que irme a toda prisa.

Vale, ahora lo entiendo todo. Y veo ciertas cosas bajo la luz de esta nueva información, como por qué se niega a beber alcohol o por qué insistió en acompañarme desde el iglú. Igual que la escena con Lilou.

–¿Sabes? –continúa–. Me arrepentiré toda la vida por lo que pasó. Y también de lo que ocurrió contigo.

Juro que noto cómo el corazón se me rompe en mil pedazos. Los ojos se me llenan de lágrimas mientras los suyos se abren de par en par. Me pone una mano en el muslo. Sufro un escalofrío.

–No es lo que quería decir. No me arrepiento de todo, pero la hemos cagado en muchas cosas.

Cuando Lilou salió corriendo, pensé que estaba reviviendo la escena con mi primo.

Estaba fuera de mí. Luego, te vi con Enzo por la tarde y sí, lo confieso, me puse celoso.

Tu audio a Lilou me hizo perder los nervios, y traté de vengarme.

Fue patético, lo entiendo. Por eso volví a casa de mis padres. Quería reflexionar.

–¿Sobre nosotros?

–Sobre nosotros, sobre mí mismo... ¿Te acuerdas cuando te dije que estaba asistiendo a un curso de rescatista porque era un desafío? Es mi manera de redimirme, pero también me supone una presión horrible. Cada vez que me envían a un accidente, revivo lo que le sucedió a mi primo.

–Entonces, ¿por qué sigues?

–Al principio pensaba que así dejaría de culparme, pero no es cierto. ¿Te acuerdas de tu metáfora con el agujero de un recipiente? El mío también está roto, pero en mi caso parece un queso gruyer. Por eso, he decidido ir al psicólogo.

–Me alegro, aunque es una pena que no me lo contaras antes. Todas esas llamadas, esas despedidas precipitadas..., no me ayudaron a confiar en ti.

–Fui imbécil. Estas últimas semanas, Maya sintió que Esteban estaba más receptivo y que quizá aceptaría verme.

Lo preparó todo para que pudiéramos hablar y lo consiguió.

Por eso salía a menudo. Ayer me anunció que pronto le darían el alta en el hospital para ir a un centro de rehabilitación.

Es una enorme victoria, aunque sea un proceso lento.

–¡Qué alegría! ¿Y... nosotros? ¿Crees que tenemos oportunidad de ir despacio?

Esboza una sonrisa apagada.

–Quiero creerlo, Barquillo de Frambuesa, pero me contaste todo el lío que tenías en la cabeza, igual que yo.

Por eso, preferiría que siguiéramos siendo solo buenos amigos, como te dije antes de tu cumpleaños, quizá no de la manera adecuada.

Desde entonces, no he podido resistirme, pero tal vez sea mejor seguir así por el momento.

–Lo entiendo –respondo con los ojos llenos de lágrimas.

De todas maneras, nada volverá a ser como antes. Encontraremos un nuevo equilibrio. O no. Espero de corazón que Ben y yo lo consigamos.