Una Navidad a punto de nieve 21 Diciembre
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21 Diciembre

–Hoy bajaré la pista azul vestida de marmota gigante.

Ante el espejo, me observo mientras pronuncio la frase, aunque suena rara viniendo de mí. Puf, no me ha quedado demasiado bien. Además, creo que mi estado emocional se me refleja en la cara. La frustración, la confusión, las dudas.

Esta noche, he tomado mil decisiones y las contrarias:

Hablar con Ben.

Pasar de él cuando vuelva.

Ordenarle que me dé explicaciones.

Disculparme con Lilou.

Preguntarles a Marie y a Camille si saben quién es mi madre biológica.

Evitarlas mientras pueda.

Abortar misión y volver a casa de mis padres.

Quedarme aquí y seguir hasta el final para demostrarme de lo que soy capaz.

Resultado: tengo la cara de un oso panda que acabara de aterrizar en plena fiesta en Ibiza. Y, como es obvio, cero respuestas a las preguntas a las que llevo dando vueltas toda la noche.

Sin duda, en el Monopoly de mi vida siempre acabo volviendo a la casilla de salida. Pero nunca me dan los doscientos euros. Una pena, porque ahora sería rica.

Dicho esto, estoy muy nerviosa. Aun así, en comparación con Tina, soy un monje budista. Más que una chica, es un ataque de nervios. Creo que, si la rozamos, sufriremos una descarga eléctrica.

–Te lo tengo que contar –comenta cuando se sienta conmigo en el salón para desayunar–. He soñado que me encontraba en el escenario, desnuda y con unas crocs talla 46. Abría la boca y las únicas palabras que me venían a la mente eran «Pequeño Papá Noel». Créeme, nunca me ha alegrado más despertarme.

Sentada ante una miel con té (dada la proporción de miel y agua caliente, no puedo llamarlo de otra manera), está a punto de hiperventilar.

–Para ser una chica tan sociable y abierta como tú, me parece una locura lo angustiada que estás ante la idea de cantar en público. El otro día cantaste no sé cuántas canciones en el escenario. Esto es igual, ¿no?

Deja el bol en la mesa.

–Para hacer el payaso en el karaoke no se necesita ninguna competencia en concreto. Cuanto peor cantes, más te aplauden. Ahí está la diferencia. Para cantar de verdad, tienes que abrir el corazón y mostrarlo delante de los desconocidos. La crítica podría hundirme.

–Estaremos entre el público y vas a hacerlo que te cagas. Además, con Vio por aquí, no corres el riesgo de saltar al escenario con crocs .

–Menos mal que puedo contar con vosotras. –Suspira–. ¿Y tú qué sientes al pensar en la carrera como marmota esquiadora?

Aprieto los labios. En ese momento, mi hermana entra en el salón y me da un beso en la coronilla.

–De momento, me siento entumecida. Después de ayer, hacer ese recorrido es pan comido.

–¿Ayer? –interviene mi hermana–. ¿Qué pasó ayer?

–Un caos interestelar. En pocas palabras, bajar la pista a toda prisa, convertirme en una bola de nieve inmensa y hacer un strike con el público solo sería la continuidad de una semana de mierda.

Violette y Tina intercambian una mirada de preocupación.

–Ay, tías, ¿sabéis algo de lo que tenga que estar al tanto?

–Depende –me dice mi compañera de piso, desviando la mirada–. ¿Sobre qué tema?

¿De verdad vamos a seguir pasando de puntillas alrededor del asunto toda la mañana y hablando en código? Tanto secretismo me pone de los nervios. Inspiro hondo y lo cuento todo: mi noche mágica en el iglú, Lilou, la reacción extraña de Ben...

Violette está conteniendo las ganas de insultarlo, se le ve en la cara. Tina se muerde el labio.

–Hala, ya os lo he contado todo. Ahora os toca a vosotras. ¿Qué pasa? ¿Habéis descubierto que hay algo entre Ben y Lilou y está jugando a dos bandas? Si es así, prefiero sufrir a no saberlo, estoy preparada.

Tina entorna los ojos.

–Ay, no, para nada. Ya hemos hablado de eso: nunca ha pasado nada entre los dos.

Debería sentir alivio, pero en realidad me siento aún más perpleja. E inquieta.

–Vale, entonces..., ¿qué me estáis ocultando?

–Bueno, como sabes, Lilou siempre sintió debilidad por Ben. Ayer me la encontré cuando vino a casa.

–¿Cómo estaba? ¿Qué te contó?

Tina niega con la cabeza.

–No te repetiré palabra por palabra lo que dijo. No quiero dañarte el ego, ya que no te encuentras en tu mejor momento, pero estaba un poco enfadada.

–¿Solo un poco?

–Más bien a tope, pero, visto cómo te encuentras, no quería restregártelo.

–¿Habrá hecho alguna tontería? ¿Por eso se puso Ben tan nervioso?

–No, qué va. Lilou tiene una mente de hierro forjado. Como mucho, estará enfurruñada contigo un tiempo.

–¿Es posible morirse de angustia?

A menos de dos horas de mi descenso, comienzo a sufrir miedo escénico y palpitaciones.

–Por lo general, no –me asegura Violette, quien me ha acompañado hasta la guardería junto con Tina.

–Con la suerte que tengo ahora mismo, ¿os imagináis que me rompo una pierna? ¿No traumatizaré así a los niños?

–No pasará –me asegura Tina con aspecto confiado.

–¿Y tú qué sabes?

–Porque te lo prohíbo. De ninguna manera puedes estar en el hospital mientras yo estoy subida en el escenario. Te necesito. Además, chicas, estaréis entre bambalinas conmigo, ¿verdad?

–No nos lo perderíamos por nada del mundo –dice Violette con una sonrisa.

–¡Hola! –nos saluda Maxence, que acaba de llegar.

Como siempre, parece darle vergüenza existir, pero mi hermana consigue relajarlo en tres minutos e incluso comienza, tan sutil como un elefante borracho, a alabar a Lilou ante él. Este Cupido nuestro nunca se rinde.

–Bueno, ¿te ayudo a ponerte el disfraz? –pregunta Max con las mejillas sonrojadas.

–Espera, creo que he recibido un mensaje.

Una oleada de calor. ¿Será Ben? Ah, no, solo son mis padres.

Buena suerte   Besos   papá y mamá P. D.: ¡No te rompas nada!

Demasiado tarde. Ya me han roto el corazón.

Ser una marmota gigante sobre esquís no te deja ni un segundo de descanso. No he salido apenas de la guardería cuando estoy a punto de caerme. No me quiero ni imaginar lo que va a ocurrir en los remontes.

Bueno, no va tan mal. Además, bajo la cabeza del animal, puedo sacarle la lengua al encargado que me juzgó la primera vez que lo cogí. ¡Punto!

Sin embargo, lo que ocurre a continuación es más peligroso. ¿Por qué no me he puesto el disfraz en la parte superior de las pistas? Se ven obligados a parar el telesilla para que me siente y paso todo el viaje estresada por la idea de que me quede aquí atrapada.

Me imagino los titulares: «Una marmota da 120 vueltas en el telesilla antes de que consigan sacarla de allí». Bienvenida, vergüenza.

–¿Va todo bien? –me pregunta Max desde el asiento de atrás: ha tenido que dejarme sola porque no había espacio para él.

Le enseño el pulgar. Entonces, me vengo abajo. Había pasado por alto un detalle importante.

–Max, ¡casi es de noche! ¿Voy a esquiar en la oscuridad?

–Sí, esa es la gracia de bajar con la antorcha encendida, Cerise. Si lo hiciéramos de día, sería menos interesante.

¡Qué tonta! Debería haberlo pensado antes. Por suerte, no necesito salir desde la cima con el resto del cortejo. Si no, no habría sobrevivido.

Las gotas de sudor me perlan la espalda, noto las manos húmedas y mi culo está tocando unas castañuelas. ¡Olé!

–Marie acaba de enviarme un mensaje –dice Maxence–. Está cerca de la línea de meta con sus hijos, pero también con Marissa, Léandre, Naomie y William.

Me muestra una foto. Mis niños de la guardería levantan un cartel en el que pone: «Vamos, Cerise». Tengo ganas de llorar. Y de hacer pis, pero con el disfraz va a ser complicado.

–Vale, ninguna presión. ¡Ninguna!

Se están acercando los esquiadores. Este descenso con la llama que inaugura la auténtica temporada de esquí es simbólico. Lo llevan a cabo los equipos locales, los monitores... Entre ellos, Enzo. A punto estoy de saltar de alegría al verlo llegar.

–Me he presentado voluntario para cerrar la comitiva. Iré justo detrás de ti, Guinda del Pastel –me dice.

–Gracias, Enzo, ¡te adoro!

–Vamos, marmotita –me anima, tendiéndome la llama–. Siéntete orgullosa.

Saco pecho y me impulso sin perder de vista los consejos que me ha dado Benjamin. Mantengo la antorcha en alto mientras inspiro y espiro. El coach de bienestar de TikTok estaría orgulloso. ¡Y milagro! Cruzo la línea de meta sin caerme.

Todos mis amigos están a pie de pista, pero, aunque me alegro de verlos, solo busco a uno. ¿Habrá venido al menos?

El corazón me da un vuelco cuando lo veo con los ojos fijos en mí. Justo después, mis pequeñas marmotas se me abalanzan encima. ¡Qué maravilla tenerlas aquí!

–Bravo, pequeña marmota –me dice Marie una vez que todos los niños me han dado un abrazo–. ¿Tienes un momento? Me gustaría...

–No hay tiempo –replica Violette por mí–. Cerise debe cambiarse deprisa y, luego, tenemos un compromiso importante.

–Ah, vale –responde Marie–. Nos vemos mañana en el trabajo.

¿Qué querrá decirme? ¿Será sobre Camille? Me planteo alcanzarla de nuevo, pero voy mal de tiempo. Me dirijo a la guardería para prepararme antes de encontrarme con Tina entre bambalinas.

–¡No cabe ni un alfiler!

–Es verdad –le respondo a mi hermana–. Nunca había visto el WoodBear tan lleno.

–Tengo miedo escénico –dice Violette.

–Vio, te recuerdo que tú no te vas a subir al escenario.

–Yo no, pero mis zapatos sí. He basado todo el proyecto en esos zapatos. Con una buena nota, pasaré sin problemas al segundo año. Debo hacerle fotos a mi creación.

–No te preocupes. Tienes talento, hermanita.

Nos abrazamos y nos acercamos a Tina, que espera a que la llamen para situarse detrás de la gruesa cortina.

–Nos colocaremos entre el público para ver tu salida. ¡Mucha mierda!

Mi compañera de piso cruza los dedos y nos envía un beso. Nos cuesta abrirnos paso para buscar un hueco entre la multitud.

–¡Y aquí está la última candidata de la velada! –anuncia el presentador.

Tina cambia el ambiente solo con su contoneo al andar.

Su mera presencia es impresionante. El rojo de su vestido destaca sobre su piel, y la tela ajustada al cuerpo le resalta las curvas voluptuosas.

¡Y los zapatos! Son vertiginosos. Mi hermana ha hecho un trabajo maravilloso.

No tienen nada que ver con los crocs de su pesadilla.

Mi compañera de piso es impresionante, y estoy convencida de que ha conquistado al público sin abrir siquiera la boca. Sin embargo, sé lo que se arriesga a provocar si no comienza a cantar.

Con la mirada perdida, susurra las primeras notas. Los técnicos de sonido cortan la música y el silencio inunda la sala. ¡Mierda! Tina parece aterrorizada.

Sin pensarlo, grito:

–¡Vamos, Tina! ¡Eres la mejor!

Noto cómo algunas miradas curiosas se desvían en mi dirección.

–Sí, venga, Tina –grita Enzo a unos metros de mí.

Nuestra amiga cuadra los hombros. Violette empieza a corear su nombre y el público la sigue. Una sonrisa cruza el rostro de la chica. Da un par de golpecitos al micrófono, lo que produce un crujido, se pasa la lengua por los labios y dice:

–Al final no necesito música.

¿Qué? El corazón se me constriñe. No va a abandonar, ¿verdad? No, se gira y coge una guitarra entre bambalinas.

Ay, madre mía. ¿Se va a atrever a tocar una composición propia? Parece que sí. Tras las primeras notas, el público se calla, cautivado.

Deslumbro como una estrella.

Acaricio la lluvia con el dedo.

Sonrío como una centella.

Pero a veces mi corazón siente miedo

porque permaneces escondido,

en una nube tan gris

que, por mucho que te quiera conmigo,

a veces tengo ganas de huir.

Cada noche apareces en mis sueños,

perdido en otros placeres,

en otros brazos, en otros cielos.

¿Por qué los prefieres?

Un verso sigue al siguiente, acompañado de notas que se vuelven cada vez más agudas.

Con mucha emoción y algo de vergüenza, relata un amor que podría haber sido maravilloso, pero que se marchitó antes de empezar.

Las palabras podrían aplicarse a Enzo y a ella y, al parecer, a muchos más, a juzgar por los ojos llenos de lágrimas que me rodean.

A mí se me ha erizado el vello de los brazos.

–Si nuestro tatuado no lo pilla después de esto, me hago monja –me susurra Violette al oído justo antes de que la multitud estalle en aplausos.

Si el público hubiera estado sentado, habría recibido una ovación de pie.

–¡Yuju! Eres la mejor –grito, saltando, formando con los dedos el signo de la victoria.

Hace una reverencia y baja de la plataforma antes de que la rodee un montón de gente que desea felicitarla.

–Voy a intentar llegar hasta ella –dice Violette–. ¿Vienes?

–Luego, cuando haya menos fans a su alrededor.

Segundos después, busco a Benjamin entre el público. Aún no nos hemos cruzado ni una sola vez. ¿Habrá sido una casualidad, o lo habrá hecho adrede?

Doy una vuelta por el bar, pero no lo encuentro. Entonces, por fin, lo veo, dirigiéndose a la salida. Lo sigo y abro la puerta justo a tiempo para ver cómo una tía salta a sus brazos. La chica del bar, Maya.

Bam. El corazón se me rompe en mil pedazos. Rápido, vuelvo al interior.

–Y la ganadora es... –anuncia el presentador– Tina.

Suspiro para ahuyentar el malestar y me acerco a ella para felicitarla. Gritamos, saltamos y reímos hasta que Violette se queda paralizada.

–¿Va en serio?

Apoyado contra la pared, con Maya pegada a él, Ben no parece siquiera incómodo cuando me sostiene la mirada. Al contrario, me parece que pretende hacerme más daño, porque le pasa un brazo por los hombros a la chica y se inclina para susurrarle algo al oído antes de mirarme y echarse a reír.

Un sollozo se me escapa de la garganta. ¡Qué imbécil! Prácticamente contrató a un violinista para conquistarme. ¿Y ahora viene con esto? ¿A qué está jugando?

Pierdo los nervios y recorro la distancia que nos separa, hecha una furia.

–¿Qué tal, amigo mío?

Directa al grano: 0/10. Puedo hacerlo mejor. Un brillo extraño le atraviesa las pupilas y se incorpora, todo lo alto que es. ¿Qué pretende? ¿Intimidarme?

–¿Te las tiras a todas o cómo va esto? –escupo.

–¿Yo? No eres quién para dar lecciones. Eres tú la que se lanza a los brazos de Enzo ante el menor problema.

Me quedo boquiabierta.

–¿Seguimos con ese tema? ¿Estás celoso de Enzo? No soy yo quien ha aparecido aquí pegado a una chica.

–Ni yo quien tiene citas a escondidas.

¿Está de broma? ¿En serio me va a montar una escena porque ayer por la tarde me tomé una copa con nuestro compañero de piso? Flipo. La rabia se derrama por mis venas y me impide reflexionar con calma. Me encantaría decirle que no tiene nada que ver, pero paso de justificarme.

–¿Sabes qué? No vuelvas a hablarme. No dejas de confundirme. Debí suponer desde el principio que no eras el tío que me merecía.

–Y yo que solo me causarías problemas, ya que mientes a todos.

Doy un paso atrás como si me hubiera dado una bofetada. ¿Es lo que piensa de mí?

–Eres un pedazo de imbécil –escupo antes de fundirme con la multitud para buscar a mi hermana. No voy muy lejos, porque me mira desde la barra.

–Cariño, ¿cómo estás?

–Genial –grito, pestañeando para que no se me escapen las lágrimas de rabia.

–¿Quieres que volvamos a casa?

Niego con la cabeza.

–No. ¿Sabes qué? Esta noche, vamos a pasárnoslo bien. ¡La primera ronda de tequila corre de mi cuenta!