20 Diciembre
–¡Hola, bella durmiente! ¿Has descansado?
Me estiro como un gato.
–Aunque parezca una locura, sí. ¿Y tú?
–También, pero tengo hambre. ¿Nos levantamos?
Beber chocolate caliente con las primeras luces del alba como compañía, desde una terraza panorámica, es impresionante. En silencio, saboreamos el desayuno y el paisaje.
–Deberíamos irnos ya –me propone Ben cuando ya hace diez minutos que hemos terminado.
–Por desgracia, sí.
–Vaya, ¡parece que le has cogido el gusto a la montaña!
Sonrío. Tengo la impresión de que esta mañana solo se me da bien esto, ser feliz. ¡Y no es una sensación desagradable!
–Sin embargo, no puedo llegar tarde. Vámonos.
Pero, de la mano, bajamos con tranquilidad hacia el chalé.
Benjamin es dulce y me observa con los ojos brillantes.
No soy una persona enamoradiza; no obstante, no necesitaría demasiadas miradas de ese tipo para que cayera en sus redes.
Además, me dedica una de esas suaves sonrisas que hacen que me derrita.
–¿Tú crees que se habrán dado cuenta de nuestra ausencia en casa?
–Espero que no. Escribí a Vio ayer por la noche para decirle que no me esperara, pero, justo después, se me murió la batería, por lo que no pude contarle que no volvería.
–¿Sabe que estás conmigo?
–Sí, bueno, es mi hermana. Se lo cuento todo...
Silencio. Me giro hacia él para observar su reacción. ¿Le ha molestado? Es evidente que no. En todo caso, parece halagado por mi respuesta.
Debería aprovechar para preguntarle si se lo ha dicho a alguien, pero, cuando abro la boca, cambio de opinión. Será mejor que seamos discretos hasta que definamos nuestra relación y hable con Max y Lilou.
Tras veinte minutos de paseo, llegamos a la plaza del campanario.
–Ay, mira –dice Ben–. Han decorado el árbol.
Es verdad. Ya me imagino cómo reaccionará Tina cuando lo vea. Es suntuoso. E inmenso. Debe medir unos cinco metros. Las guirnaldas doradas y las enormes bolas a juego que lo envuelven le dan al lugar un toque extra de magia.
Acelero el paso para verlo más de cerca. Una idea horrible. Me resbalo sobre lo que debe ser la única placa de hielo que queda en toda la estación. Al parecer, el imbécil de mi mal karma no ha firmado una tregua por Navidad.
Ben me coge del brazo para frenarme cuando mi pierna, que se ha levantado por voluntad propia para equilibrarme (o para señalar al Amazonia, ¿quién sabe?), golpea la suya.
Solo haber puesto en pausa la imagen explicaría cómo acabamos deslizándonos como patinadores artísticos amateurs , pero, por algún milagro, no aterrizamos en el suelo. Quizá eso sea lo que más me sorprende.
–Contigo se hace deporte todos los días –musita a unos centímetros de mi boca.
Me da un suave beso en la punta de la nariz. Luego, me rodea con los brazos. Estoy en el paraíso o, por lo menos, se le parece. Pero la felicidad no tarda en desaparecer cuando capta mi atención una chaqueta naranja y verde, reconocible entre mil. Ay, mierda.
–¡Lilou! –exclamo, liberándome de repente del abrazo.
Demasiado tarde. Con la boca torcida en una mueca de ira, fulminándonos con la mirada, toma impulso con el talón para deslizarse sobre la tabla de snowboard por la cuesta que lleva a las pistas.
No tengo oportunidad de alcanzarla. Pero mi cerebro me pide que lo intente. Es, sin duda, la peor idea del mundo: el pie se me ha quedado enganchado en la correa de la mochila de Ben. ¡Bam! Nuevo porrazo para la colección.
Me incorporo justo a tiempo para ver cómo Lilou me mira una última vez. Con sus ojos me lanza un «¡Zasca!», un «Me habría encantado empujarte yo misma» o un «Zorra traidora», lo que prefieras. No tengo acceso a la traducción simultánea, pero no es agradable, eso está claro.
Desaparece por una esquina de la calle. Me levanto, contrariada, y me giro hacia Ben. Estupefacta, lo descubro aterrorizado, con los ojos como platos. Cualquiera pensaría que ha visto un fantasma.
–Mierda, otra vez igual –musita.
–Ben, ¿estás bien?
No me mira, como si me hubiera vuelto invisible. Esta escena me parece irreal. Pero aún me quedan varias sorpresas por vivir. Se coloca ambas manos contra la cara, le da una patada a un montón de nieve y, antes de que pueda preguntarle qué sucede, se marcha corriendo.
Eh... ¿Pero qué ha pasado?
Ben acaba de largarse para perseguir a Lilou. Sin dirigirme ni una palabra ni una mirada. El contraste con nuestra complicidad de hace unos minutos es evidente, y este abandono me hiela la sangre. ¿Me habré equivocado a lo grande, como Tina y Violette? ¿Lilou y Ben...?
No me lo puedo creer. Es imposible, ¿no?
Puf, estoy perdidísima.
Ni siquiera el chorro de agua ardiente es suficiente para ordenarme las ideas. Repaso la escena a cámara lenta, en busca de algún indicio o detalle que me permita entenderlo, pero mi cerebro acaba con las manos vacías. Confuso. En la niebla.
Cargo el teléfono mientras me visto, reflexionando sobre el mensaje que podría escribirle a Ben. Estoy bloqueada. Las únicas ideas que se me ocurren me parecen patéticas e incongruentes.
«¿La has alcanzado?».
«Yo he llegado bien, gracias por preguntar».
«Hola, soy Cerise, ¿te acuerdas de mí? Me has dejado tirada al lado de un árbol. No te preocupes, no he echado raíces».
A decir verdad, no me apetece hacer más el ridículo esta mañana. Decepcionada. Estoy muy decepcionada. Bueno, eso es decir poco.
Un peso me constriñe el pecho y siento que me están taladrando la cabeza.
Además, me tiemblan las piernas y tengo el estómago revuelto.
Lo peor es que me siento una idiota por imaginarme que Ben y yo teníamos una conexión especial.
Porque lo que acaba de pasar no es solo una red flag , no.
Es un aviso de tormenta, una señal de prohibido para que no piense siquiera en él.
¿Es divertido fingir estar enamorado? Creo que no entiendo las reglas del juego.
Cierro los ojos. «Contén las lágrimas, rápido. Vamos, tía».
No voy a hacer una montaña de un grano de arena.
Tarde o temprano, recibiré una explicación.
Vivimos bajo el mismo techo. No va a poder huir cada vez que me encuentre en la misma habitación que él.
¿Y quién sabe? A la fuerza, quizá me acostumbre a las decepciones.
¡Aaaj! Ya comienzo a victimizarme. «Para. ¡Fuerza y honor, hermana!».
Adopto una expresión aparente de buen humor, encierro a mi corazón tras una barricada doble y me preparo para fingir alegría.
Tras una jornada como la que acabo de vivir, debería inscribirme en la escuela de teatro. Ganaría todos los Oscar, Palmas de Oro y Globos de Oro yo sola.
Si miramos el lado positivo, me he asegurado de mantener las apariencias. El resultado es que me encantaría dormir treinta y ocho horas seguidas. Fingir es agotador. Por otro lado, con tanto fingir ser feliz, creo que he exagerado. Ahora mismo, algunos padres deben sospechar que me drogo.
Este mediodía, como Maxence estaba ocupado, he ido a esquiar yo sola, como una adulta. Me he pasado una hora utilizando el remonte, cogiendo el telesilla y descendiendo la pista azul.
Con la postura de la cuña, no hace falta pasarse de la raya, pero no me voy a pedir nada más. Tampoco intento tener estilo.
¿Y si hablamos de que tengo la sensación de que Camille me ha ignorado a propósito a la salida de la guardería?
Estoy casi segura de que fingía estar llamando por teléfono para limitar la conversación a un sencillo «Hola» dicho con la boca pequeña.
¿Es una casualidad? ¿O de verdad me están ocultando algo Marie y ella?
¿Debería forzar la charla o dejar estar la situación? Me harta no poder estar tranquila.
Solo tengo un deseo ahora mismo: meterme en la cama y recuperar el móvil que he olvidado conectado al marcharme esta mañana. Pero el universo parece ir en mi contra.
Cuando paso por delante del WoodBear, me encuentro con Enzo, con la expresión seria y la mandíbula tensa. Un hombre que se parece a él está a su lado. Una alerta resuena en mi cabeza, al mismo tiempo que la invade la imagen de Lilou huyendo y Benjamin yendo tras ella. Como si la hubiera olvidado...
¿La presencia de su padre tiene relación con lo que ha pasado esta mañana? No debería involucrarme en el asunto.
–Hola, Cerise.
Genial.
–¡Ey, Enzo!
Tengo la sensación de que está intentando mandarme un mensaje con la mirada. Una pena que entre los dos no se nos dé demasiado bien la telepatía.
Se inclina para darme dos besos. Lo nunca visto. Vivimos juntos y nos saludamos, pero nunca nos rozamos la mejilla. Luego, me coge de la mano y me la aprieta más fuerte de lo necesario.
–Papá, te presento a Cerise, la chica con la que había quedado.
¿Qué? Ah, vale, quiere utilizarme para escapar de las garras de su padre.
–Ah, sí, perdona. He tardado más tiempo del que pensaba. Encantado, señor.
Su padre me saluda con un movimiento de barbilla.
–Bueno, te dejo –declara–. Piensa en lo que hemos hablado.
Y se marcha. Vaya, ¿es la jornada internacional de las despedidas sin decir adiós, o soy la única que está al corriente? Mi compañero de piso continúa apretándome la mano, siguiendo a su padre con la mirada. Sin desprenderme de mi falsa sonrisa, acabo diciéndole:
–¿Puedes dejar de aplastarme las falanges y explicarme de qué va la supuesta cita?
–Perdona –se disculpa, reduciendo la presión–. ¿Quieres tomar un café? Corre de mi cuenta por haberme salvado el pellejo.
–Venga, vale.
En realidad, no tengo demasiadas ganas de apoyarme en la barra de un bar, pero Enzo parece necesitarlo.
–Pues ya has conocido a mi padre –suspira en cuanto nos sentamos.
Busco qué responder sin parecer que lo juzgo.
–Es... Em... Tiene...
–Es arrogante, exigente, soberbio, despectivo y cruel.
–Vaya, te has aprendido todas las palabras del diccionario.
Suelta una pequeña carcajada que suena falsa.
–Bueno, para empezar, no sabemos comunicarnos ninguno de los dos. No tenemos la misma longitud de onda. Y se está dando cuenta de que sus grandes proyectos de verme formar parte del equipo de Francia de esquí están a punto de derrumbarse. Le pone de los nervios.
–¿Tú qué opinas de todo eso?
–¿De no estar en el equipo de Francia? Ni fu ni fa. A ver, aparte de decepcionar a mi padre, me da igual. Me gusta la competición, superarme a mí mismo y la adrenalina. Odio la disciplina, los sacrificios y la impresión de estar pasando por alto lo que considero importante.
–Sí, parece difícil de conciliar.
–Tampoco tengo ganas de hacerlo. Ser monitor me gusta porque puedo esquiar, lo que me encanta, pero también hacer otras cosas que me gustan de verdad, como...
–¿Como?
Parece dudar.
–Si te cuento una cosa, ¿prometes no decírselo a nadie?
Me llevo una mano al pecho.
–Vale. ¿Sabes las velas que hay en casa? Soy yo quien las fabrica.
¡No! ¡Alucino!
–¡Qué maravilla! No deberías ocultar tu don. Son increíbles.
Un brillo de orgullo le ilumina la mirada.
–Gracias, es mi pequeño secreto. Me encanta mezclar los olores, inventar fragancias novedosas, ir a buscar nuevos moldes, crearlas...
Pero mi padre nunca aceptará que me dedique a la artesanía de velas.
Por eso, lo hago a escondidas, a la espera de...
De que esté preparado para rebelarme quizá, ¿sabes?
–Mejor de lo que puedes imaginarte, sí. Es una locura. Nos estamos convirtiendo en adultos, pero me da la impresión de que nunca hemos tenido más miedo a la opinión de nuestros padres que desde que cumplimos la mayoría de edad. Bueno, hablo de mí, pero...
–Pienso igual.
Aun así, creo que me contentaría si solo tuviera que lidiar con la opinión de mis padres. Pienso en la montaña de problemas que me esperan... y la angustia me vuelve a invadir. Es hora de volver a casa.
Entro en el apartamento de puntillas. Me da pánico cruzarme con alguien y tener que dar explicaciones.
Por suerte, el pasillo está desierto. Me dirijo de forma discreta a mi habitación y me tumbo en la cama sin quitarme siquiera el abrigo.
Desconecto el teléfono y... ¿Eh? ¿Tiene un virus?
¡Tengo por lo menos un millón de notificaciones!
Las veo por orden de prioridad. Violette me ha dejado unos quince mensajes en vano. El último es:
Tía, acabo de oírlo sonar en tu habitación. Te has debido olvidar el teléfono. Voy a pasar el día en Bourg-Saint-Maurice para ir de compras.
En cuanto a Ben, me ha dejado tres mensajes.
¿Puedes hablar?
Lo siento, te lo explicaré.
Pasaré a verte.
Recibido a las 16:59.
Una mentira más.
Los borro sin responder y me dispongo a escribirle a Lilou.
Debería haberlo hecho desde el principio.
Es la prioridad. ¿Y si pretendía hacer una tontería?
Sin embargo, de nuevo dudo. ¿Guardar las apariencias?
¿Decir la verdad? Ni siquiera sé qué es verdadero y qué no lo es. Le dejo un mensaje de voz en WhatsApp: