Una Navidad a punto de nieve 19 Diciembre
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19 Diciembre

Me despierto antes de que suene la alarma con una idea fija: arrancarle los ojos a Ben. ¿Qué se piensa? ¿Que puede seguir mareándome? ¿Que voy a permitir que me camele con un par de palabras dulces y miradas de soslayo antes de pasar de mí y tontear con Maya?

Miro el móvil: ninguna noticia desde su miserable mensaje de ayer por la noche. ¿Qué pretende? ¿Hacerme ghosting ? Si es así, debería haberlo pensado antes de acostarse con su compañera de piso.

Inspiro hondo para calmarme mientras me centro en el segundo problema del que debo encargarme: Violette. ¿Habrá llegado bien?

Llamo con suavidad a su puerta. Nada. Considero llamarla, pero no he recibido respuesta a mis tres mensajes de ayer.

Tampoco quiero parecer una acosadora. Contengo mi nerviosismo, contemplando los dibujos de zapatos en su escritorio.

Están genial. Y tiene razón, apenas le he preguntado por sus estudios o su vida, como una egoísta.

Me sobresalto al oír que la puerta principal se abre. ¡Por fin ha vuelto!

–¿Te has caído de la cama o qué?

Violette me contempla desde el umbral de la habitación.

–¿Estás de broma? Estaba muerta de miedo, Vio.

Pone los ojos en blanco.

–¿No te ha dicho Enzo que salí con su hermana?

–Sí, pero... pensaba que ayer por la noche íbamos a hablar.

–Ya hablaremos por la mañana.

Suspiro. Típico de Violette.

–¿Vas a hacer como que no ha pasado nada?

Fija la mirada al frente con expresión impasible.

–Esa es la idea. ¿Se te ocurre algo mejor?

–Sí, me gustaría que habláramos del tema. Me he pasado casi las últimas veinticuatro horas cuestionándome mis decisiones, enfadada conmigo misma por no haberte prestado suficiente atención.

Se estudia los pies sin responder.

–Lo siento, Vio –continúo–. Debería haber tenido en cuenta tus sentimientos. La he cagado desde el principio, al no contarte los verdaderos motivos de mi estancia aquí.

–Estoy de acuerdo –escupe.

Bueno, no era lo que tenía ganas de escuchar, pero al menos me habla. Suelto una carcajada amarga.

–Además, tú también me has ocultado algunas cosas. Incluso has venido a espiarme de parte de mamá y papá.

–Cierto. –Me dedica una sonrisa, avergonzada–.

Debo confesar que tampoco me he portado demasiado bien.

Toda esta historia me ha puesto de los nervios.

A ver, ponte en mi lugar. Imagina que, durante dieciocho años, tienes una hermana.

Y de repente busca a una nueva madre. Con otros hijos.

He sentido que caía en el olvido, como tu vieja muñeca, Nathalie.

¿Te acuerdas de ella? Pero he ido demasiado lejos.

Es obvio. ¿Somos... dos tontas egoístas?

Me dedica una sonrisa más sincera.

–Sí, eres una pequeña tonta egoísta y te quiero.

–Y tú eres otra pequeña tonta egoísta y te quiero aún más.

–Yo más aún.

–Vale. –Se echa a reír–. Tú ganas. ¿Ahora podrías decirles a tus compis de piso que dejen de darme la brasa? Es culpa suya que me fuera ayer por la tarde.

–¿Por?

–Son unos plastas insoportables. Los tres me dieron lecciones, uno a uno.

Primero, Tina, quien fue directa al grano.

Luego, Enzo, quien me recordó hasta qué punto tener una hermana es una suerte.

Y, por último, Ben, quien me ha cantado las cuarenta por arriba y por abajo.

No paraba, el tío. He creído incluso que le habías pagado. Menos mal que has dado con ellos.

–Y contigo. ¿Abrazo?

Me salta a los brazos. Tener una hermana consiste en esto, y nada podrá arrebatármela. Podemos lanzarnos pullas, pero siempre acabamos reconciliándonos. Sin embargo, ahora mismo será mejor que me dé prisa si no quiero llegar tarde.

Voy de camino a la Marmottons cuando, como si hubiera surgido de la nada, Ben aparece ante mí. Trato de no preguntarme de dónde ha salido, pero está sin aliento.

–Acabo de hacer un esprint desde casa –dice–. ¿Cómo estás?

Miro al frente.

–Bien, gracias. ¿Y tú?

Pronto solo hablaremos del tiempo. Pero esta vez estoy harta. ¿Está jugando a varias bandas? Este tío es una veleta, ¿no? Me defiende ante mi hermana, pero pasa la noche con Maya o con quien sea antes de aparecer ante mí con el corazón en la garganta.

–Bien. Quería saber si podrías liberarte esta tarde.

No logro evitar que se me acelere el corazón. ¡Qué mierda!

–¿Para?

–Para... llevarte a un sitio.

–Claro, ¿por qué no?

Me muerdo la lengua para no preguntarle si vendrá también la chica del bar. No es el momento. «Esta tarde», decido. Me dedica una mirada extraña.

–Vale –dice al final–. ¿Quedamos a las seis en casa? ¿Te paso a buscar?

–Vivimos en el mismo apartamento, Ben. «Pasarme a buscar» queda raro, ¿no crees?

–Solo quería que la invitación pareciera un poco más oficial, que pareciera lo que es.

Piel de gallina.

–¿Y qué es?

Suspira, pero se le curvan las comisuras de los labios.

–Una cita. Bueno, si te apetece...

Cualquiera diría que alguien acaba de abrir una botella de champán en el interior de mi estómago. El cuerpo no escucha nada de lo que le aconseja el cerebro. Consigo incluso convencerme de que pronto, cuando reciba una explicación, me reiré de mi paranoia.

–Sí, ya veremos si abro la puerta de casa o no.

–Si no la abres, no sabrás lo que te tengo preparado. Y, conociéndote, no creo que puedas resistirte.

–Nadie lo puede saber. Suelo mostrarme firme cuando me lanzan un desafío.

–Ya lo vi la otra noche –dice con una suave sonrisa.

–Bueno, tú también caíste.

–Me acuerdo, sí. Y, en cuanto a esta tarde, debo avisarte: ni se te ocurra ponerte zapatos de tacón.

Me echo a reír para ocultar mi turbación.

–¡Qué pena! Entonces, ¿dejo también en el armario el vestido con la espalda al aire?

–Me encantaría verte con él, pero hoy te recomendaría que lo evitaras. Te lo prometo, no te arrepentirás.

Tengo toda la ropa extendida sobre el colchón cuando Ben llama a la puerta de mi habitación. Abro y me topo con un ramo de flores. ¡Vaya! Se lo está tomando en serio.

–Entra.

No tengo ganas de que los demás lo vean, sobre todo porque no sé si Lilou anda por aquí hoy, pero me hace mucha ilusión.

–La pena es que no tenemos jarrones.

–No pasa nada –dice Benjamin–. Podemos ponerlo en una bota de esquí.

Ya veo cuál va a ser el tono de la velada. Bueno, es lo que me imaginaba. Sin embargo, no podría estar más lejos de la realidad.

En el teleférico, Benjamin me levanta la barbilla.

–Debo confesarte una cosa. Por muy seguro que esté de la cita, me he olvidado de dosificar.

–¿Qué quieres decir?

–Nada de lo que tengo previsto es el tipo de cosas que te gustan. Pero... quería que salieras de tu zona de confort porque tengo claro que primero me vas a gritar, vas a rechazar todo lo que te proponga y, luego, cuando lo pruebes, te lo vas a pasar bien.

–Pareces muy confiado, sí.

–Darás el veredicto final dentro de veinte minutos.

–Estás loco. Ni hablar. Niet .

Con los brazos en jarras, le dedico mi expresión más persuasiva. ¿Y él? Se echa a reír.

–Ya había supuesto que refunfuñarías.

–No estoy refunfuñando. Es solo que... En realidad, quieres que me dé un infarto, ¿no?

–Te va a gustar.

–Mírame bien, Benjamin. Estoy vivita y coleando. Nunca vas a conseguir que me suba a una maldita tirolina. Ni siquiera entiendo cómo se te ha podido pasar algo así por la cabeza.

–Porque me parecía que era simbólica.

–No, es peligrosa. Estás confundiendo las palabras, lo que demuestra que no estás en plenas facultades.

–No, es simbólica porque una tirolina va de un lado a otro. Y lanzarnos los dos al vacío es lo que hemos hecho desde que nos conocimos, sobre todo después de la otra noche...

–Ah, ¿crees que bailándome el agua vas a conseguir que ceda?

Spoiler : sí.

–Si me desmayo, ¿me despertarás al final? –le pregunto mientras el encargado nos coloca el arnés.

–Sí, pero sería una tontería porque tendríamos que volver a hacerlo.

¡Qué angustia! Desde mi perspectiva, la tirolina debe medir unos 12 kilómetros de largo y terminar a 4.806 metros de altura. Como el Mont-Blanc, sí, ¿y?

–Si quieres, nos quitamos los guantes para que me cojas de la mano –me dice Ben.

Está loco. Se arriesga a que le clave las uñas, pero al fin y al cabo será culpa suya. Bueno, el calor de sus dedos entrelazados con los míos me calma un poco. Allá vamos. ¡Adelante! ¡Aaaaaaaaaaaah!

–¿Y bien? ¿Qué tal ha ido lanzarte al vacío conmigo? –me pregunta mientras nos quitan los arneses.

–A decir verdad, he estado a punto de hacerme pis encima. Creo que voy a estar temblando una semana, pero... ha estado genial.

–Justo lo que te había dicho –se pavonea.

–Bla, bla, bla –contesto, lo que le hace reír.

–Un segundo –dice, recuperando el móvil que está sonando–. Debo responder. Es importante.

Mi buen humor se desvanece rápidamente. ¿Le está llamando Maya? Me molesta no saberlo. Decido hablarlo con él. Esta vez no me acobardaré.

Pero, cuando vuelve, parece inquieto. Se me constriñe el estómago.

–¿Debes volver?

Frunce el ceño.

–Qué va. ¿Por qué? ¿Tú quieres?

–No, pero pensaba...

–Eran los de la organización de la última parte de la cita los que me han llamado. ¿Qué creías?

Me encojo de hombros.

–Que era la chica que te llama todo el tiempo y por la que me abandonas una y otra vez.

Hala, ya lo he dicho. Contengo un suspiro.

–Ah, no –responde–. Esta tarde es solo para ti y para mí.

–¿Y las otras tardes?

–Algún día te lo contaré. Pero Maya... forma parte del pasado, y quiero disfrutar del presente, no pensar más que en nosotros dos. ¿Vale?

Asiento. Creo que me he quedado igual que antes, pero algo es algo. Me ha asegurado que forma parte de su pasado, y es lo único que necesito saber. En cuanto a los detalles, me los contará cuando esté preparado. Cada cosa a su tiempo.

–Bueno, ¿de qué va la segunda parte de la cita?

Esboza una nueva sonrisa.

–Hay dos sitios libres en el iglú.

–¿Y...? Así no saldré de mi zona de confort. Ya he estado allí, acuérdate.

–El 6 de diciembre, lo recuerdo muy bien. Pero esto va a ser distinto porque vamos a cenar allí... y dormir en una de las habitaciones de hielo.

–¿Qué? ¡Pero nos vamos a congelar!

Se echa a reír e imita la voz de un presentador de televisión:

–Fase 1: perder los nervios.

Le doy un manotazo en el brazo.

–No, me parece bien. Pasemos directamente a la fase de aceptación.

Llegamos cuando la comida está a punto de comenzar.

Hay cuatro largas mesas y nos instalamos donde hay hueco, con una familia de tres personas que acaba de llegar de Picardía para disfrutar de sus vacaciones.

La madre está embarazada, contempla a su marido con los ojos llenos de estrellas y el ambiente es agradable y muy amistoso.

En la mesa tras nosotros, un anciano comienza a cantar y acabamos haciéndole los coros.

La hora de irnos a nuestra habitación de hielo llega demasiado pronto.

Al principio, cuando entramos en ese espacio tan pequeño, estoy muy nerviosa, segura de que le voy a pedir a Ben que volvamos a casa al cabo de una hora.

No obstante, consigue tranquilizarme y, una vez que estamos aovillados bajo nuestro plumón doble, no hace tanto frío.

Pensar que vamos a pasar nuestra primera noche de verdad juntos en este lugar tiene un toque mágico y aterrador a la vez. Es lo que hacen las parejas, que es lo que nos considera, ¿no? Solo soy yo quien no deja de cuestionárselo todo, ¿verdad?

Los plafones se apagan. Con la débil luz que proyectan las pequeñas bombillas de las esculturas, siento una armonía genuina, una alquimia real entre los dos.

–¿Y bien? ¿Qué opinas? –susurra, dada la proximidad con las demás habitaciones.

–Estoy muy tranquila. Me encanta. Quizá haría falta una almohada más grande, pero...

–Pon la cabeza en mi pecho, si quieres.

Me deslizo hacia él y... encajamos. A través de las capas de tela, noto el latido de su corazón. La mejor música del año.

–Tienes un ritmo cardiaco regular –digo–. Quizá podría aprovechar para hacerte preguntas y saber si mientes.

Se echa a reír.

–¿Qué quieres saber?

Me acaricia el pelo con la mano, haciendo que no sepa ni en qué planeta vivo. ¿De verdad me está dando la oportunidad de interrogarlo? Vaya, ¡va a ser complicado! Al ver lo que me ha dicho sobre Maya, no tengo ganas de volver a sacar el tema. Pero hay otro en el que merece la pena concentrarse.

–¿Por qué dejaste el snowboar d ? –pregunto.

Sus dedos se inmovilizan una milésima de segundo. Luego, vuelven las caricias.

–Porque la última vez que lo hice, hace dos años, mi primo sufrió un accidente grave.

–Ah, lo siento mucho. No lo sabía.

–Normal, nunca se lo he contado a nadie. Creo que es la primera vez que digo en alto esta frase. Es raro, pero me esperaba algo peor.

No me atrevo a hacer más preguntas. ¿Cómo se encuentra ahora? ¿Qué pasó en realidad? Me guardo todas las dudas.

–En resumen, me pasé mucho tiempo sintiéndome responsable de lo que le ocurrió, y creo que volver a subirme a una tabla me haría revivir recuerdos desagradables.

Se detiene. Me incorporo sobre el codo, apoyo la barbilla en la mano y le sostengo la mirada.

–Gracias por contármelo –musito.

Sus dedos me dibujan círculos en la espalda.

–Yo también tengo una pregunta. Desde tu punto de vista, ¿qué espesor tienen estas paredes para protegernos de las apuestas que hemos hecho ahí fuera?

Suelto un bufido.

–Después de lo que pasó antes de ayer, me parece que podemos olvidarnos de las apuestas, ¿no?

–Bueno, como la otra noche saliste a hurtadillas como una ladrona, pensé que querías..., que no querías...

–¡Alucino! ¿Estás dudando de ti mismo, señor Confianza?

–Contigo, mucho, sí. Me siento angustiado y encantado al mismo tiempo. ¿Te das cuenta del efecto que tienes en mí? Así me siento vulnerable.

Noto una descarga eléctrica, tan fuerte que no puedo ni contestar. Nuestras manos se buscan y a nuestros labios no les cuesta nada encontrarse. Es un beso tierno, casi casto, pero me crea un espectáculo de fuegos artificiales en el estómago.

Se aparta antes de atraerme contra él.

–No sabía hasta qué punto necesitaba que nos besáramos –suspira.

Me encantaría no haberme dormido nunca para seguir sintiendo esta plenitud que se ha apoderado de mí. Pero, a mi pesar, los ojos no tardan en cerrárseme.

Mi último pensamiento antes de ceder al sueño es que debería protegerme, no enamorarme, porque me arriesgo a sufrir. Mi miedo al abandono va a ser complicado de controlar, pero, con su mano en la mía, me doy cuenta de que, como el suyo, mi corazón late más deprisa.