Una Navidad a punto de nieve 18 Diciembre
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18 Diciembre

–¡Arriba, chiiiiicos!

Dios, ¿a qué vienen esos gritos?

Seguro que Enzo le ha vaciado el gel de ducha a Tina. O ella ha usado el jabón de brillantina que pensaba usar contra Ben como venganza...

Me da igual. Me voy a dormir de nuevo.

O no. Alguien irrumpe en mi habitación, corre las cortinas y abre la ventana. El frío me convierte en un cubo de hielo y la luz me ciega. Tina, ¿quién si no?

Por suerte, me fui de la cama de Ben hacia las seis de la mañana para asegurarme de no cruzarme con nadie en el pasillo.

–¿Qué haces? –chillo–. Hace menos ocho mil grados.

Me tapo con la colcha hasta las orejas. Tina tira de ella para lanzarla al suelo.

–Rááápido, vístete.

–¿Por qué? ¿Hay un incendio?

–No, está nevando.

Me despierto de repente.

–¿En casa?

Se abalanza sobre mí.

–No, pedorra, fuera. ¡La montaña se ha vestido con un espeso manto blanco!

–Me alegro por ella. Pero deja la poesía de preescolar. ¡Quiero dormir!

–¿Estás loca? Date prisa. Va a empezar la batalla.

¿Cuántas veces tengo que repetirle que no me gusta la nieve?

–Ponte un chándal –continúa–. Si en cuatro minutos no estás lista, te saco ahí fuera con el pijama de Lilo y Stitch . Vamos, ¡que empiece la cuenta atrás! Me encargaré de avisar a los demás.

–Sí, claro. ¡Buena suerte!

De ninguna manera va a poder despertar a Violette, y Ben y Enzo no sacrificarían unos minutos de sueño por tocar la nieve.

–¡Ha nevado! ¡Bataaaalla! –ruge Enzo, brincando por el pasillo.

Madre mía, se ha transformado en un canguro durante la noche.

–¡Veeenga! –exclama mi hermana.

¿Pero ya está vestida? ¡Traidora!

–Hola, tú –me dice Ben, deteniéndose en el umbral de la puerta.

El corazón se me rebela en el pecho cuando las imágenes de ayer me inundan la mente. Tenía miedo de que empezara a ignorarme, por lo que me siento más tranquila. Además, está muy guapo con el pelo revuelto.

–Vamos, tenemos que ponernos en marcha. ¿Nos vemos abajo?

¿Él también está de su parte? Retiro lo dicho. Prefiero que pase de mí.

–Pero ¿por qué tenemos que ponernos en marcha? La nieve no va a desaparecer de repente.

Me contempla como si acabara de afirmar que la Tierra es plana.

–¡Para disfrutarla mientras siga estando fresca!

Están todos locos y yo soy una aguafiestas, ¿verdad? Genial.

Será mejor que parezca emocionada medio minuto, en plan «Ah, qué guay, es blanca y fría», antes de buscar una excusa y entrar a toda prisa. Quizá tenga incluso tiempo de volver a meterme bajo el edredón.

Plan perfecto. O casi.

–Ay, ¿quién me ha lanzado un iceberg a la cara? Aj, ¿y eso?

¿En serio? ¿Estoy soñando, o soy el único objetivo de Ben? ¿Después de la noche que hemos pasado juntos?

Vale, chaval, te vas a tragar cada copo de nieve que me lances. Formo una bola y la tiro con fuerza. Maldita sea, ¡he fallado!

–Chicos contra chicas –grita Tina, quien ya está preparando munición.

Cambio de planes. ¡La batalla ha comenzado!

Al cabo de dos minutos, ya no pienso en el edredón. Cinco minutos más tarde, ni siquiera siento frío. ¿Y luego? Estoy totalmente metida en la pelea. Lanzo las bolas a ciegas como una loca. Corro, me escondo y me tiro a la nieve.

–¡Ay!

¡Sí! He acertado. ¡Baile de la victoria!

Estoy sin aliento, muerta de risa. Me siento como si tuviera ocho años y me lo estoy pasando genial. Al final resulta que había juzgado mal el poder de la nieve.

Ben agita un pañuelo de papel.

–Pedimos una tregua.

¡Toma ya! Hemos ganado. Mejor así, porque me voy a morir como siga corriendo y riéndome.

–¿Hacemos compis de nieve? –propone nuestro tatuado.

–¡Sí! –exclama Tina–. Pero esperad. Debemos establecer primero las reglas. Yo me encargo.

–Escuchad todos a la líder Tina –se burla Enzo.

–Cada uno debe tratar de crear a uno de nosotros cinco. La idea es hacer un muñeco de nieve clásico y añadirle detalles que lo vuelvan reconocible para los demás. Tenéis exactamente un cuarto de hora.

Nos repartimos los nombres y comenzamos. Formo a mi Tina de nieve y subo a casa para buscar un micrófono, una taza de té y un pedazo de raclette que le coloco en el vientre. Todos me atacan por haber malgastado el queso, pero me da igual: estoy muy orgullosa de mi obra de arte.

–Deberías haberle hecho más tetas. –Tina esboza una mueca.

–Debía parecerse a la realidad –replico entre risas hasta que me lanza una bola de nieve a la cabeza.

Se está arriesgando a que comience de nuevo la batalla.

–Venid a admirar mi Violette de nieve –nos pide Ben.

Le ha puesto un lápiz de dibujar y una hoja de papel en la mano. Además, ha reemplazado los pies por mis botines de brillibrilli.

–¿Sabes qué? Prefiero que me llames «Barquillo de Frambuesa» que «urbanita» –le susurro al oído mientras vemos el Enzo de nieve de Tina.

Me guiña un ojo. ¡Aaah! Tengo ganas de besarlo. ¡Estoy acabada!

–¿Unos esquís, unos condones y una cerveza? –se queja Enzo–. ¿Así me ves?

–No tenía vodka a mano. He hecho lo que he podido con los medios con los que contaba –replica Tina.

–¿Y ese soy yo? –dice Ben entre risas para cambiar de tema.

Enzo ha clavado una flor seca en la nieve y ha añadido unas raquetas en los pies.

–Sí, eres tú. Al menos, el nuevo tú. No está mal, ¿no?

El mensaje está claro, por lo que Ben coge a Enzo del cuello con cariño y me lanza un beso cuando los demás nos dan la espalda. Me voy a convertir en una nube de chuche. O no, porque Violette me coloca los guantes (¡empapados!) ante los ojos.

–Atención, no estás preparada –me susurra.

Vale, tengo miedo. ¿Cómo me habrá representado? Estos últimos días, me imagino sobre una base inestable y con un signo de interrogación en la cabeza.

Violette quita las manos. Mi muñeca de nieve ha heredado un vaso de agua hasta arriba, un paquete de barquillos de frambuesa y una batidora.

–Mi hermana de las nieves –declara Vio–, quien siempre acaba viendo el vaso lleno del todo y debería plantearse dedicarse a la pastelería.

Me siento rebosante de amor, con lágrimas en los ojos.

–¿Nos tomamos una foto con nuestros dobles? –propone Tina.

Saca el teléfono, comprueba la perspectiva e inicia el temporizador. Una vez, dos y una tercera con las muecas de rigor.

Observo el resultado. El corazón me va a estallar de alegría. Quizá no haya encontrado lo que venía buscando, pero lo que he vivido esta mañana es un auténtico punto de partida para convertirme en la persona que quiero ser.

Estoy disfrutando del mejor desayuno de mi vida. Las guerras de bolas de nieve de buena mañana dan hambre, eso seguro.

–¿Me las puedes pasar, porfi? –pregunto, mordiendo con ganas la tostada–. Me encantaría enviarles una foto a mis padres.

Violette apoya la barbilla en mi hombro.

–Muy buena idea. Verán que compartes piso con unos críos inmaduros y monos y no con rebeldes de las nieves. Así se tranquilizarán.

Enciendo el teléfono para recuperar los archivos, envío las fotos y a punto estoy de caerme de la silla.

–¿Y esta locura? –exclamo–. ¿Alguno ha subido un vídeo mío rompiéndome la crisma?

–Me habría encantado –comenta Ben entre risas–, pero no he podido grabar ninguno de esos momentos. Sin embargo, siendo tú, aún me quedarán muchas oportunidades.

Pongo los ojos en blanco.

–Me debe haber entrado un virus. Tengo muchas notificaciones en Insta y 217 seguidores nuevos.

Violette me arrebata el móvil.

–¿Has subido algo que pueda haber causado tanto furor?

–¿En Insta? ¡Qué va! Nunca subo nada.

–¡Mira esto! Una influencer te ha etiquetado. Es una foto de tus magdalenas. ¡Qué maravilla!

El corazón me late a mil por hora.

–Ah, ¡qué lío! –exclamo al entender lo que está ocurriendo–. Es la madre de Marissa, la niña de la guardería, la que me pagó para que le preparara una bandeja de magdalenas.

–¿Cómo se llama? –pregunta Enzo.

–Camille. Bueno, su nombre de usuario es Milleca.

–Ah, sí, la conoce todo el mundo aquí –responde–. Fue campeona de esquí.

–Eso es. Estuvo en el mismo equipo de Marie, mi... jefa. Eran compañeras.

Mierda, pensar en ella me vuelve a poner depre.

–Espera, tía –exclama Tina, acariciándome el hombro–. ¿Estuvo con Marie en el equipo de Francia? ¿Su apellido es Milleca?

–Sí, pero ¿qué...?

Ah, acabo de pillarlo.

–Mierda, ¡ya está! Hay algo a lo que no he dejado de dar vueltas desde que hablé con Marie –reflexiono en voz alta–. Si mi madre biológica formaba parte del equipo de Francia, Marie debía conocerla, ¿no?

Tina parece aún más emocionada que yo.

–Tienes que ir a ver a Camille. Debéis hablar. Si es así, serás la hija de una influencer . ¡Qué guay!

Bum. Mi hermana deja con fuerza el vaso en la mesa. Me giro hacia ella, sorprendida.

–O no –escupe entre dientes.

–¿Qué?

Ella misma parece sorprenderse por su reacción.

–Creía que habías decidido dejarlo estar.

–Porque no era Marie. Pero aquí tenemos una nueva pista y...

–En serio, Cerise. Me encantaría que me explicaras por qué quieres una familia nueva, cueste lo que cueste. ¿Para ti qué somos? ¿Una familia de mierda? ¿No somos suficiente? ¿Esperas algo mejor?

–¿Qué? No quiero... Maldita sea, ya lo hemos hablado, Vio. Me dijiste que lo entendías, que me apoyabas.

Me fulmina con la mirada.

–Sí, lo he intentado, pero... no te das cuenta de que esto no solo te afecta a ti.

–Lo sé.

–No, no piensas en los demás. Ni una vez me has preguntado cómo me encontraba.

Lo único que te importa es cómo estás tú.

Tú, tú, tú. ¿Crees que para mí es fácil?

Solo te tengo a ti. Siempre serás mi única hermana.

No puedo buscarme otras. Sin embargo, parece que quieres agrandar tu círculo familiar a cualquier precio.

–No entiendes nada –replico, dolida.

–¿Yo? ¿Debo recordarte en qué estado te ha dejado todo esto, lo de Marie? No tengo ganas de recoger tus pedazos otra vez, Cerise. ¿Sabes qué? Ve a ver a Camille. O incluso a Rihanna. O al papa si te apetece, pero yo no quiero estar cerca cuando te vengas abajo. Me largo.

Echa hacia atrás la silla y sale de la habitación. ¿Qué acaba de pasar? Estoy temblando como una hoja. Tina me abraza.

–Ve a prepararte para el trabajo. Yo me encargo de tu hermana. Lo vamos a arreglar.

Aprieto los labios.

–Deja que se vaya si eso es lo que piensa de mí.

–Está enfadada. No se lo tengas en cuenta –me tranquiliza Ben, abrazándome.

Ni siquiera su olor consigue reconfortarme. Me sorbo la nariz.

–Ha dicho lo que pensaba. Prefiero a la Cerise de las nieves que el retrato que acaba de hacer de mí.

De manera milagrosa, llego a tiempo a la guardería. No demasiado fresca, pero sí puntual.

Maxence está en la sala de espera. Tan rojo como si todo su cuerpo se hubiera convertido en la nariz de Rudolf, el reno de Papá Noel. Ah, sí, espera, se me había olvidado nuestra charla con tanto lío.

–Hola, Cerise.

–Hola, Max. ¿Quieres... que hablemos de lo del otro día?

Creía que era imposible que se pusiera más rojo aún. Si sigue así, va a acabar explotando.

–Prefiero fingir que no pasó, si no te importa.

–Vale. Si cambias de opinión...

–Gracias por preocuparte por mí, pero todo va bien. ¿Abrimos?

–¿Puedes empezar sin mí? Tengo que terminar una cosa.

Y, sobre todo, no tengo ganas de cruzarme con Camille esta mañana. Necesito despejarme, porque hay un detalle que no encaja en nuestra teoría.

Que una chica se presente ante ti acusándote de que eres su progenitora no es la clase de cosas que pasan todos los días. Por lo tanto, si Marie es amiga de Camille, sin duda le habrá hablado de mi búsqueda. Lo que quiere decir que, si Camille es mi madre biológica, sabe también quién soy...

Ay, mierda. ¡Qué dolor de cabeza! Iré a hacer el payaso delante de los niños, así evitaré seguir dándole vueltas.

A mediodía me esperan dos mensajes. Mi madre ha respondido a nuestra foto con unos 127 emoticonos distintos. Por suerte, se ha olvidado de la berenjena.

El corazón se me acelera al leer el de Tina.

Vio ya no se va. Ha admitido que ha exagerado. Besos.

Genial. Si Violette se queda, podremos explicarnos mejor. ¿Estoy enfadada con ella? Lo que me ha echado en cara no me ha gustado, pero me ha hecho pensar. No tiene toda la razón, pero tampoco se equivoca.

–Marmota, ¡qué guapa estás!

Ni mi atuendo estrafalario ni el calor agobiante que paso dentro me hacen mucha gracia, pero me encanta ver cómo los niños corren a mi encuentro. Además, es como con las botas de esquí: cuando me quito el disfraz, me da la impresión de que peso doce kilos menos y voy a echar a volar.

–¿Pasamos por la tienda de quesos? Es el nuevo patrocinador de la guardería –me susurra Max.

Mi enorme cabeza se bambolea a modo de confirmación. Por las diminutas rejillas por las que veo a duras penas, percibo a Ben. Me giro para darle un abrazo de marmota antes de frenar en seco.

–¿Qué pasa? –me pregunta Max.

Nada. Solo que Ben está sumido en una conversación con la chica del bar. Y está tan absorto que ni se ha dado cuenta de que hay una marmota de casi dos metros parada en mitad de la calle.

Violette no está en el salón. Ni en la cocina. Ni en su habitación. Ni... Sí, no está en casa. ¿Habrá vuelto a Burdeos? Bueno, su maleta sigue aquí. Algo es algo.

–Enzo, ¿has visto a Vio desde esta mañana?

–Sí, ha salido con Lilou. A una fiesta en un refugio con los amigos de mi hermana.

Me dejo caer en el sofá.

–Debe seguir enfadada conmigo.

Se encoge de hombros, compasivo.

–La celebración tenía muy buena pinta.

–Sí, pero esperaba que pudiéramos limar asperezas. En fin...

Por suerte, Enzo y Tina están en casa. Les preparo una bandeja de galletas e interpreto a una fan extasiada mientras Tina ensaya su canción para el concierto del domingo. Luego, Enzo nos cuenta anécdotas de las lecciones de esquí, demostrándome que hay peores alumnos que yo.

Así logro no pensar demasiado y pasar una buena tarde. Sin embargo, cuando me voy a la cama, me doy cuenta de que Ben no ha vuelto. Y que me ha enviado un mensaje escueto para disculparse, sin referirse a la chica con la que lo he visto. ¿Maya?