Una Navidad a punto de nieve 17 Diciembre
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17 Diciembre

–Mierda, Cerise, ¿dónde estabas? Son las dos de la mañana. He estado a punto de llamar a la policía –grita mi hermana cuando entro en mi habitación.

–¿La policía? –contesto, sarcástica–. ¿O a papá y a mamá para hacerles tu pequeño informe diario?

Se le bajan los humos de inmediato.

–Cerise...

–¿Cómo es eso que dice papá? «Ves antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio». Podría aplicarse a ti, con tus lecciones morales.

–Deja que te dé mi versión.

–No te ha pillado por sorpresa. ¿Te ha llamado tu madre?

–Nuestra madre –me corrige Violette con sequedad.

Me dejo caer en la cama, con expresión tensa.

–Yo estaba preocupada por ti mientras que tú me espiabas para contárselo a papá y a mamá.

–Estás exagerando. Estaban angustiados, y yo solo los he tranquilizado. Les he dicho que tus compañeros eran geniales y que te notaba feliz. Nunca te he traicionado con el tema de Marie.

Trago saliva. Estoy enfadada, pero tiene razón: ya no consigo ver las situaciones con perspectiva.

Suspiro.

–No hay nada sobre lo que traicionarme. Le he contado a Marie que era mi madre y ni ha reaccionado.

Violette se incorpora de golpe.

–¿Qué? Madre mía, ¿qué ha pasado?

Una lágrima me cae sobre la mano. Mierda. Había conseguido contenerlas durante casi dos horas. Ha sido todo un récord. Pero, bum, la barrera acaba de ceder.

Violette me abraza y me mece como si fuera una niña pequeña hasta que, poco a poco, me calmo. Cuando por fin dejo de llorar, tengo los ojos hinchados y el corazón marchito.

–¿Quieres hablar? –musita.

Escondo el rostro tras el cuello del jersey.

–No mucho. Quiero olvidarme de toda esta historia. Nunca sabré de dónde vengo. Eso es todo. Hay mucha gente que sigue adelante sin saberlo.

Violette me acaricia la mano con el pulgar.

–Hay un refrán que dice que la felicidad consiste en apreciar lo que ya se tiene: en tu caso, una familia que te adora.

Me sorbo la nariz.

–Tienes razón, hermanita. Debería pasar la Navidad con vosotros tres.

–¿Lo crees de verdad?

–No lo sé –susurro con un suspiro contenido–. Llevo toda la noche haciéndome esta pregunta sin decidirme.

–¿Dónde has estado?

–He entrado en tres sesiones consecutivas en el cine para poder llorar sin que nadie me juzgara.

–¿Apagaste el teléfono?

Suelto un suspiro, apenada.

–Es tan tonto como yo. No soporta el frío y se queda sin batería a los quince minutos.

Silencio. Violette se muerde una uña.

–¿Estás... muy enfadada conmigo?

–Un poco. Me ha dolido –digo, señalándome el corazón.

Hace un mohín triste. Aquel al que nunca he podido resistirme.

–¿Qué puedo hacer para compensarte? –pregunta con la mirada del Gato con Botas.

–¿Duermes conmigo como cuando éramos pequeñas?

–¿Y me escondo bajo las sábanas para que papá y mamá no nos descubran juntas?

–Siempre fingían que no te veían.

Se apoya en el codo con aspecto sorprendido.

–¿Estás de broma?

–Para nada. Me hacían una señal para que me callara, y yo intentaba no echarme a reír.

–¡Increíble! Pensaba que no eran muy listos. Fíjate, en esa época, eras tú quien les contaba secretos a ellos.

–Mmm.

–¿Demasiado pronto para bromear sobre el tema?

–Será mejor que esperemos un poco más, sí.

¡A tope con nuestra «fiesta navideña»!

Es nuestra tradición desde que éramos crías. Se trata de un día en pijama, haciendo un maratón de películas de Navidad, apostando sobre lo que pasará con cada trama y poniéndonos hasta el culo de comer. En resumen, calorías and chill .

–¡Qué guaaaay! –dice Tina, desperezándose.

Sí, hemos incluido a nuestra compi de piso en la ecuación. Yo no he ido a trabajar. Volver a mirar a Marie a la cara..., no tengo fuerzas suficientes. Por eso, Violette le ha enviado un mensaje para disculparse por mi ausencia.

–Me sabe mal por los niños –digo entre un puñado de palomitas y el siguiente–. Bueno, menos por William, quien me manchó el jersey blanco.

–Volverás cuando estés preparada –responde mi hermana–. Además, con la cara con la que te has levantado, los habrías traumatizado. Estamos en diciembre. Halloween ya pasó.

Trato de sonreír. Llevo así desde esta mañana. Como técnica no está mal, hasta que, de repente, vuelve a darme otro bajón. Entonces, me obligo a reír más fuerte. Más o menos funciona, al menos hasta el siguiente nubarrón.

–Cerise, vuelve a la tierra –dice Vio.

–No sirve de nada que recuerdes en bucle la escena de ayer –me asegura Tina, a quien hemos puesto al corriente–. No debes arrepentirte de nada, querida.

–Es normal que tengas momentos en los que estés depre –prosigue mi hermana–, pero debes concentrarte en lo positivo. Ya se te pasará.

–Sí, además, mira –se burla Tina, señalando la tele–. Alégrate de no ser como Barbara, a la que han echado de su apartamento y se ve obligada a vestirse de duende en el centro comercial.

–Nadie quiere ser como Barbara –declara Violette.

–Claro que sí. Pronto se encontrará con el hijo de Papá Noel y conducirá el trineo.

–¡Me has destripado la peli! –se queja Tina, lanzándome una palomita.

–Y, hablando de tíos buenos, ¿has tenido noticias de Ben? –pregunta mi hermana.

–Nos hemos estado enviando mensajes.

–¿Qué? ¿Mensajes guarros?

Pongo los ojos en blanco.

–No, solo tonterías sin importancia. Hoy tenía las pruebas de la formación como rescatista. Le he enviado suerte.

–¿Y ya?

–Seguimos buscándonos de vez en cuando, pero no estoy segura de que vayamos a encontrarnos.

–Pregúntale si quiere montar en trineo esta tarde –interviene Tina–. Enzo quiere saberlo.

–¿No tiene entrenamiento de esquí?

–Es oficial: tiene una lesión.

–Ay, maldita sea, ¿qué se ha hecho?

–Esguince en la motivación.

¡Mierda! Me río mientras bebo, por lo que acabo escupiendo agua por todas partes.

Me levanto del sofá cuando suena el timbre.

–Debe ser Enzo. Se ha olvidado las llaves –grita Tina.

Cojo el auricular del telefonillo.

–¿Sí, Enzo? ¿Cuál es la contraseña?

–¿Cerise? Soy Marie. ¿Podemos hablar?

Ay, ¡MIERDA! Me da la impresión de que, de repente, me ha desaparecido toda la sangre de la cara.

–Eh, sí, te abro –digo, presionando el botón.

Me tiemblan las manos.

–¿Va todo bien? –grita mi hermana desde el sofá.

–Marie está en la puerta. Acaba de llegar.

La estupefacción le inunda las facciones.

–Vale, sis . ¿Quieres que la echemos? ¿O que nos quedemos?

Inspiro, decidida.

–Prefiero hablar con ella cara a cara.

–Entonces, nos iremos a dar un paseo –contesta Violette–. Nos escribes cuando termines, ¿vale?

–Sí.

–No olvides lo fuerte que eres.

Las dos me abrazan antes de meterse en el cuarto de baño. Yo me acerco a la puerta de casa con el corazón en la garganta y las manos húmedas.

–Vamos a mi habitación, si te parece bien –digo.

Marie baja la barbilla y me sigue. Me instalo en la cama, con la espalda contra la pared.

–¿Puedo sentarme?

Asiento.

–Bueno –comienza con un suspiro–, lamento no haber reaccionado ayer. Supongo que debió resultarte violento.

Me gustaría detener mi mente, pero es demasiado tarde: en mi interior se enciende una chispa de esperanza. ¡Pilla las oportunidades al vuelo!

Me pone una mano en el hombro y me mira a los ojos.

–Pero... no soy tu madre biológica.

–Ah...

–No sabía que eras adoptada –continúa Marie, incómoda–. ¿Por qué creías que era tu madre?

Señalo hacia el sobre en el centro del escritorio.

–Por una carta que dejó mi progenitora. Tenía muchos puntos en común contigo.

–¿Por eso viniste a trabajar en la guardería?

–Sí.

Durante una milésima de segundo, me planteo confesar que mentí en el currículo y que no sé esquiar. Me muerdo la lengua. Quizá no sea mi madre biológica, pero sigue siendo mi jefa.

–Pero ¿por qué no me lo has dicho antes? –me pregunta.

–Puf... Es complicado. No podía decirte: «Ah, por cierto, eres mi madre».

–Lo entiendo. –Esboza una mueca.

–Si ayer exploté, fue sobre todo porque acababa de hablar con mis padres por teléfono y... Da igual, ahora mismo están pasando muchas cosas en mi vida.

–Lo siento mucho. Por eso y por haberte sermoneado. Yo también había pasado un día horrible.

–Bueno, todos cometemos errores.

–¿Vas a volver al trabajo? Los niños han preguntado por ti.

No estaba segura. Sin embargo, en cuanto me hace la pregunta, la respuesta irrumpe en mi cerebro con total claridad:

–Sí, incluso voy a intentar llegar puntual.

Marie no tarda en irse. ¿Qué más decirnos, si no hay nada que decir? Sufro un nuevo ataque de lágrimas, pero luego me acuerdo de lo que me ha aconsejado Violette: debo concentrarme en lo que tengo porque soy muy afortunada.

Me maquillo para ocultar mi tristeza y llamo a las chicas para saber dónde están.

–Por vuestro primer restaurante con estrellas –brinda Enzo, levantando su porción de pizza hacia la cúpula celeste.

Es verdad, las estrellas brillan y, aunque no estamos tan cómodos como en un local gourmet , la decoración es mágica. Sentados en trineos a los pies de las pistas, tapándonos con mantas, disfrutamos de la comida.

Estoy consiguiendo incluso esquivar los momentos de bajón.

A veces. Sobre todo, cuando Ben se acerca a mí o me mira, como suele hacer a menudo desde que les conté mi breve conversación con Marie.

Trato de asegurarle que todo va bien, pero debe darse cuenta de que estoy más callada de lo habitual.

Necesito tiempo para asimilar todo esto, sin duda.

Alrededor de las diez, antes de que comencemos a convertirnos en Olaf, nos dirigimos hacia el teleférico.

Me dispongo a cruzar los tornos cuando Ben exclama:

–Mierda, he perdido un guante. Seguid adelante. Voy a buscarlo. –Me coge de la mano–. ¿Me acompañas?

Noto las miradas de las chicas fijas en mí. Un poco más y sacan las palomitas. Incluso Enzo ha esbozado una suave sonrisa.

–Si quieres... –digo.

La puerta del teleférico encierra dentro a nuestros amigos y suelto una carcajada.

–¿Por qué te ríes?

–El guante perdido te sobresale del bolsillo, yeti.

–Ups.

–¿Querías hablar?

–Un poco. Bueno, en realidad, esperaba que te retiraras.

–¿Qué?

Me responde con un beso en la comisura de los labios. Ligero, rápido, pero muy emocionante.

–Acabas de perder, ¿no?

–Los besos robados no cuentan –dice con un guiño.

–Si inventas las reglas sobre la marcha, te arriesgas a que te descalifique por tramposo.

Me dedica una sonrisa deslumbrante.

–En todo caso, seré el ganador.

El corazón se me acelera de nuevo y debo recordarme mi propia determinación para no ceder, para no lanzarme sobre él, hacerlo caer a la nieve y besarlo hasta perder el aliento. Necesito calmarme.

–En realidad –prosigue–, al ver lo triste que llevas estando toda la tarde, pensaba que un pequeño paseo tranquilo te vendría bien.

Tiene razón. Y, de repente, esa manera de preocuparse por mí hace que tenga ganas de rendirme aquí y ahora. Sin embargo, no digo nada, por supuesto.

–Te vibra el móvil –anuncia al cabo de un momento.

Es un mensaje de Tina.

Chicos, esta noche hay Trivial en el WoordBear. ¿Nos vemos allí?

–¿Quieres que vayamos? –le pregunto, enseñándole el mensaje.

–No mucho. Se me está acabando la batería social. ¿Y tú?

¿Yo? Sería menos peligroso para mi corazón, sin duda. No tendría que enfrentarme a Ben y a mis sentimientos. Pero ¿no estaré huyendo para evitar aceptar lo que siento?

–Igual –digo, y la sonrisa de Ben me revolotea en el estómago.

Le envío una respuesta a Tina:

Estoy muerta, igual que Ben. Vamos a volver a casa. ¡Pasadlo bien!

No, pasadlo bien VOSOTROS. Pero usad protección, chicos. Los condones están en el cuarto de baño.

Mañana habrá un titular en el periódico local que diga: «¿Un faro en el centro de los Arc?». Y sabré que se refiere a mí.

–¿Qué dice?

–Nos desea buenas noches.

Continuamos descendiendo. ¿Estará pensando, igual que yo, en que la casa estará vacía cuando volvamos? Se me contrae el vientre ante la idea, pero me niego a centrarme en ella. Quizá Ben se marche nada más llegar.

–¿Ves cómo sí que hay gente que se pasea por aquí de noche? –observa, travieso, sacándome de mis pensamientos.

Me echo a reír.

–Parece que hace siglos que tuvimos esa conversación.

–¿Siglos? ¡Qué exagerada, Barquillo de Frambuesa! Hace solo once días.

Suelto un silbido de admiración.

–¡Qué memoria!

–Es fácil acordarse. Esa noche...

Se interrumpe.

Siento un escalofrío.

–¿Esa noche?

–Termina tú la frase –replica con malicia–. Debes enumerar todas las opciones posibles, siempre y cuando sean ciertas. Empiezo yo. Esa noche ibas como una inconsciente por la montaña hasta que te perdiste.

Pienso qué responder mientras cruzamos la entrada del pueblo.

–Esa noche, creía que me iba a comer un oso.

–Esa noche, me dije que quizá eras una chica especial.

–Y yo, que tal vez no eras mal tipo.

–Pero casi me sacas un ojo.

Estamos a punto de llegar a los Dahus. Pronto, cada uno se encerrará en su habitación... Pero no tengo ganas.

–Esa noche, aprecié el silencio a tu lado –comento mientras abre la puerta.

No contesta. ¿El juego se ha acabado en cuanto hemos entrado en casa?

No volvemos a mediar palabra. Me quito el abrigo, las botas de montaña y el gorro y lo observo de reojo.

Estoy segura de que va a cambiar de tema, de que me va a desear buenas noches...

, pero se acerca a mí en el centro del pasillo.

–Esa noche supe que me enamoraría de ti.

Creo que se me acaba de parar el corazón. Se me corta la respiración.

–Esa noche quise que me besaras por primera vez –respondo.

–Y yo.

Se coloca ante mí, todo lo alto que es. Aún tiene la nariz roja y los ojos brillantes. Nos miramos. ¿Se estará preguntando si voy a ceder? Ay, mierda, ¡solo se vive una vez!

Ya no hay preguntas ni retos. Nadie gana ni pierde.

Nos abalanzamos el uno sobre el otro como si solo hubiera una cosa que pudiéramos hacer.

Su barba de tres días me roza las mejillas, su lengua me abruma los sentidos, sus labios me devoran y consumen, sus dedos se cuelan en mi pelo antes de que me coja por la cintura y me presione contra la pared.

Me dejo llevar por completo. Entre sus brazos, totalmente pegada a él, me olvido de quién soy, me metamorfoseo en quien quiero ser: una chica que no tiene miedo de cogerlo por la muñeca, arrastrarlo a su habitación e insistir para que se quite la camiseta, una chica que se atreve a recorrerle el torso con las manos, a acariciarle la piel, a masajeársela de forma sensual.

Durante largos minutos, nos besamos hasta perder el aliento, nos sonreímos, reímos, nos descubrimos, nos sorprendemos, contamos nuestra historia sin hablar, nos guiamos y nos convertimos en los cimientos del otro.

Y, tras explorarnos con lentitud, me transformo en la chica que sabe lo que quiere: a él. Aunque sea solo por una noche.